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Cultura

Treintañeros frotándose: ¿ha vuelto el petting?

Besarse, tocarse y frotarse con la ropa puesta durante horas, en ocasiones hasta el orgasmo. Nada de penetración.

Sabina Urraca

Sabina Urraca

Petting, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía. Tu mano inicia un viaje de dos pasos para apoyarse, en el segundo, en la bragueta de mis vaqueros. P E T T I N G.

Según la revista Vale, que irrumpió bruscamente en las mentes algodonosas de nenas y nenes que aún no habíamos ni besado, el petting venía a ser besarse, tocarse y frotarse con la ropa puesta. Y hacerlo durante horas, hacerlo sin fin, en muchas ocasiones hasta llegar al orgasmo. Nada de penetración, ni vaginal, ni anal. Sólo refrote feroz e insistente, muchas veces hasta llegar al escozor y la rozadura.

Petting proviene del verbo inglés "to pet", es decir, acariciar y besar a tu animal de compañía, y fue un término que tomó su sentido de refrote sexual entre dos personas durante los años 70 en Estados Unidos, coincidiendo con los años de la revolución sexual. Cayó luego en el olvido, para reaparecer de forma explosiva en las revistas noventeras para adolescentes. Estas revistas, que en España fueron principalmente la Súper Pop , la Bravo y la Vale (que fue algo posterior, e incidía más que las otras dos en temas sexuales) ofrecían consejos sexuales bastante alejados de lo que entenderían unos inocentes padres de familia como sana educación sexual, sobre todo teniendo en cuenta que muchos empezamos a consumir estas publicaciones teenager a los once o doce años.

Las revistas Bravo y Vale ofrecían consejos sexuales. Muchos empezamos a consumir estas publicaciones teenager a los once o doce años.

El lector más joven, que quizás aún pasaba las noches en vela estremeciéndose ante la posibilidad de que un beso con lengua le diese asco, absorbía esas imágenes de filtro quemado que le ofrecía el papel couché de la Bravo, en las que una pareja veinteañera vestida con lencería blanca, pero sexy, hacía jueguecitos con fresa y nata. Más que un empujoncito hacia un sexo adolescente consciente y seguro, estas revistas parecían ofrecer consejos de recámara para matrimonios cuarentones a lo que se les habían apagado las llamas de la pasión. Así pues, estos misiles sexuales impactaban contra nuestros cerebros, pero no penetraban del todo en ellos. Resultaban, no obstante, una ficción divertida y cosquilleante para alguien que no era capaz ni de mirar a los ojos al chico que le gustaba.

Petting proviene del verbo inglés "to pet", es decir, acariciar y besar a tu animal de compañía.

Molaba comprar la revista, desenvolverla con dedos furiosos, y pasar páginas a toda prisa, saltándose a Nick de los Backstreet, dejando que cayese al suelo el collar de regalo con el símbolo de Take That, desdeñando a la jipigitana Kelly Family a tu paso, para sumergirte en las páginas centrales, esa fantasía noventera que llenaba de delicia y terror a las niñas a las que las pollas todavía les provocaban risitas y les parecían feas. Pero había un término que resplandecía, que parecía amable, posible y más acorde a nuestras fantasías románticas forjadas a golpe de Leyendas de Pasión : el petting. Y de pronto, un día, lo estabas practicando.

No había esa artificialidad de la primera vez coital, en la que sentías la emoción, pero al mismo tiempo todo estaba impregnado de una teatralidad y unos gestos aprendidos que le quitaban toda la naturalidad y la diversión al asunto. El petting salía de tu cuerpo de forma animal y natural. Tus caderas se movían solitas, tu mano iba a buscar lo que le gustaba. Pasabas unas horas de salvaje refrote en cualquier parque oscuro, y después, en la mesa, mientras cenabas con tus padres, un martillazo de lucidez te traía a la mente a aquella pareja zafia de la Bravo. Te dabas cuenta de que lo habías conseguido, de que ya eras ELLOS (aunque siguieses sin llevar bragas de encaje). Recuerdo un momento en el que el petting era un estatus. Estaban los que sólo habían besado y los que, además, habían hecho petting, los que lo practicaban a menudo, ya en forma de actividad habitual que te dota de una especie de 'vida sexual adulta'.

Tus caderas se movían solitas, tu mano iba a buscar lo que le gustaba. Pasabas unas horas de salvaje refrote en cualquier parque oscuro.

Me acuerdo cuando, hablando con esa clásica amiga por carta que todo el mundo tiene alguna vez, me comentó que ya había hecho cosas: besar y POLVO TEJANO. Mi amiga era de un pueblo de Toledo. El corazón me dio un vuelco ¿Qué coño era eso? ¿Era quizás hacer aquello que nosotros, en Tenerife, llamábamos FOLLAR CON ROPA? Comprendí que sí, y me fascinó la globalidad del asunto. Era excitante, como un gran secreto que todos los adolescentes tempranos de España compartíamos. La VALE y la BRAVO nos habían adiestrado con maestría, y ahora todos formábamos parte de la SectaPetting, unidos por nuestras rozaduras en la parte interna de los muslos, por los pezones doloridos de tanto toqueteo, por la picha amoratada y sensible tras el vigoroso refrote.

Años después, ya viviendo en Madrid, se volvió un tema habitual, que intentaba sacar a colación siempre que la conversación tomaba esos derroteros. Así fue como corroboré la fortaleza del concepto, lo mucho que había significado para tanta gente que el clásico magreo hubiese tomado la importancia y magnitud de institución.

El 'polvo tejano' o 'polvo vaquero' tiene primas hermanas en Colombia, donde, al llamar al pantalón vaquero blue jean, acuñaron el verbo 'bluyinear'. En provincias extremeñas hacían gala de un poder de ocultación ejemplar, pues lo llamaban simplemente 'quedar'. Es fascinante que encerrarte con alguien en una cochera y rozarte a través de la ropa hasta orgasmar pudiera resumirse en una palabra tan coloquial como 'quedar', pero así era. En otras zonas de Extremadura, utilizaban el fascinante término 'simulacro', que quizás sea mi preferido, por lo que tiene de promesa futura y de consciencia del acto del petting como un ensayo de la que finalmente será la acción definitiva. Imagino a cientos de teenagers extremeños practicando 'simulacros' a la sombra de las encinas, y un saborcillo a Torta del Casar me llena la boca. En algunos pueblos de Almería, era 'darse un refregao'. En Melilla y Málaga, llevaban esta expresión, ya soez de por sí, hasta un extremo más brutal, llamándolo 'darse el refregón'.

Los madrileños me sorprendieron con su 'bombear'. ¿No suena eso a polvo coital en toda regla, a metesaca frenético y empotrador? Pero mis fuentes me juraron que era sólo eso, petting, aunque más exactamente lo definieron como "ponerse uno encima del otro vestidos y besarse, acompasando el movimiento de los cuerpos". Y si el extremeño 'quedar' pudiese resultarnos de un eufemismo exasperante, el capitalino 'hacerlo por fuera' tampoco se quedaba atrás. En Alcalá de Henares se acuñó el mágico término de 'hacer un falso', que comparte con 'simulacro' el saber que sí, que muy rico todo, pero que hay algo más potente ahí adelante esperando. Los adolescentes gallegos, con la brutalidad que otorga el cielo gris y el tiempo eternamente desapacible, lo llamaban 'mazar', dando lugar a frases tan fascinantes como: "Esta noche mazo fijo, neno". Qué cosa, 'mazar', cómo suena a golpear algo con un mazo, con insistencia y fuerza bruta. Y es que supongo que allí el refrote debía hacerse con más ímpetu para salvar las gruesas capas de ropa que separaban los cuerpos.

En Valencia, quizás bebiendo de la franqueza del vocabulario bakala, le decían 'follar en seco'. Imaginen practicar una follada en seco con una fallera: qué bonito, cuánto frufrú de falda crespa y enagua. En estos casos de capas y capas de ropa, y multitud de complementos, el petting era un valor seguro a explotar. En provincias leonesas, el petting se vuelve casi lengua romance, enamorar en calle empredrada con caballo y el escudero avisando si viene alguien: 'arrumacar' era el bello término utilizado por los jovenzanos y jovenzanas de la zona del Bierzo. A lo largo de esta investigación, surgen palabros sueltos, pertenecientes a varias comunidades autónomas, o sin una procedencia clara. Algunos de ellos son el cursi 'froti-froti', primo hermano del 'hacer un frotis' o 'hacer un froting'. También cabe destacar que, el chico o la chica que practicaban el 'froting' en exceso eran denominados, no sé si para cubrirlos de gloria o para someterlos al escarnio público, 'frotingo' y 'frotinga', respectivamente.

Enseguida el petting, que los adolescentes de aquel momento creíamos tan nuestro y tan secreto, salió al mercado apadrinado por campañas de educación sexual que, quitándole su carácter de acción secreta y mágica, lo habían hecho suyo para promover una sexualidad que no expusiese a los jóvenes españoles a los embarazos no deseados y las ETS. Fue este un gesto feo. La gracia se esfumó un poquito. Más tarde, sucedió lo inevitable. Y una vez que habías pasado al coito, el petting corría el riesgo de convertirse en el primo feo que una vez besaste, pero del que ahora te avergonzabas. Tenías un novio nuevo que se llamaba 'follar', y todo lo anterior pasaba al olvido.

Sin embargo, con el paso de los años, vuelvo a oír el término resonar en conversaciones de bar. El petting es vintage del bueno, del que reluce con más fuerza por el valor que tuvo en su momento, y los treintañeros se vuelven a lanzar al refrote como quien decide comprarse una panificadora y hacer su propio pan en casa: con la ilusión de retomar el encanto de las buenas costumbres del pasado. Se habla mucho, y así lo documentó la zafia serie española "Física o Química", de que los adolescentes actuales celebran 'fiestas petting', y que madres desorientadas vagan aterradas por la red, buscando descifrar el porqué del desgaste cercano a la transparencia de la ropa interior de sus retoños. Algo en el aire huele a quemado, a piel rozando con insistencia contra tela vaquera. Quizás sea cierto que todo lo bueno acaba por volver.