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Golpes, sudor y sangre: Antropología del pogo

Un homenaje al baile más extremo de todos.

Cientos de veces he sentido los puños en mi cara y los codazos en mi espalda. Cientos de veces he recibido patadas en las piernas y he terminado con mi rostro en el suelo mientras decenas de pies me pasan por encima. Cientos de veces he sentido mis nudillos clavarse en un cachete y he terminado con sangre ajena en mi ropa. Cientos de veces he corrido en círculos con una sonrisa al ritmo de una batería salvaje mientras mi cuerpo magullado sigue lanzando puños, a pesar del dolor y el cansancio. Cientos de veces he sido poseído por el demonio del pogo y he aprendido que, una vez que el remolino te absorbe, la única forma de sobrevivir es a los golpes.

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Todo género musical tiene un baile y todo baile tiene un aura de ritual. El movimiento del cuerpo al compás de la música es algo que induce a la gente a un trance, el cual en muchas culturas tiene un sentido espiritual y místico. El baile es la expresión de la felicidad, el desenfreno, la emoción; es una invitación a los espíritus del sabor para que posean ese pedazo de carne en donde habitas y te lleven con la música al reino de la felicidad pura.

El pogo, o mosh, o slam o como quieran llamarlo, es igual a todos los demás bailes. Solo pasa cuando la música es lo suficientemente buena como para que el cuerpo sienta el llamado al desenfreno. Involucra movimientos de brazos, piernas y caderas. Hay contacto físico. Y se hace en grupo. La diferencia es que no bailas en pareja, ni sacas a nadie a la pista, el único contacto que tienes con alguien de otro género es un empujón y es muy jodido que termines la noche tirando, tal vez peleando, pero frotándolo con alguien, complicado.

Este baile de golpes es algo obligado para todo rockero. No puedes decir que te gusta la música pesada si nunca en tu vida te has metido en uno de esos remolinos. Es como si tu proceso para pasar de ser un poser a ser un verdadero defensor de tu género extremo preferido, no está completo hasta que no sientas lo puños.

En la antropología existe un concepto llamado ritos de paso, lo que significa que la sociedad crea y reproduce una serie de prácticas que siempre se repiten de la misma forma, para que las personas pasen de un estado a otro. Por ejemplo: el matrimonio, una ceremonia llena de simbolismo, con rumba incluida, en la que dos felices novios dejan de ser una pareja informal que vive en pecado y se convierten en dos seres que conviven juntos legalmente ante los ojos de Dios y del Estado.

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Los ritos de paso siempre involucran alguna acción simbólica en la que una persona se desprende de su estado pasado y sale condecorado como un nuevo ser. Como cuando a un karateka le dan un cinturón nuevo después de superar varias pruebas. Estos pueden ser de todo tipo, tan sencillos como una fiesta de quince, en la que la niña de la casa se convierte en una mujer disponible para el hijo de algún acaudalado terrateniente; o como una graduación, que cuando termina significa que los padres legalmente pueden echar a su hijo mantenido a la calle para que encuentre trabajo. O tan complejos, peligroso y dolorosos como las sesiones de mutilación a la que se someten los hombres de la tribu Sepik de Papua Nueva Guinea, para dejar su piel como la de un cocodrilo y así convertirse en verdaderos hombres.

En el caso de la música extrema todo iniciado debe demostrar en el pogo que está al nivel de los demás boleadores mecha. Cuando llegas a tu primer concierto con tu camisetica negra, tu cara llena de acné y tu corazón latiendo a mil porque estás emocionado y al mismo tiempo asustado por ver tanto borracho loco reunido en un solo lugar –además que te escapaste y no le dijiste a tu mamá en dónde estabas exactamente–, entras a un mundo en el que debes probar por qué estás ahí. Tu pelo largo no basta, que te sepas todas las canciones de las bandas no basta, que tengas el logo de un grupo todo podrido en tu pecho no basta. A penas llegas a un concierto, la gente se da cuenta de que es la primera vez que estás ahí. Es como que los rockeros consagrados pueden oler la sangre nueva y todo recién llegado es un ser indeseable hasta que se bautiza.

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Entonces uno qué hace: primero se amarra duro los zapatos, guarda bien los dos mil pesos que tiene en el bolsillo para volver a la casa, acomoda el pedazo de celular que carga para que no se pierda y nada… Se echa la bendición invertida, coge impulso y se mete a ese Infierno para lanzar puños y patadas por todo lado. Al principio uno no sabe nada, solo sigue el impulso de golpear todo lo se mueva y esquiva lo coñazos que llueven por todo lado.

Cuando uno entra por primera vez al ruedo es un animal embrutecido, generalmente se está en plena pubertad y uno está cargado de una energía sexual reprimida que solo busca aflorar como sea. Así que ese ritual de violencia pura se convierte en la válvula de escape para todo esa frustración adolescente. El primer pogo es crucial para tu vida rockera, es el que demuestra de que estás hecho, que mereces vestirte de negro y tomar vino en cartón en los andenes. Es la iniciación, después podrás quedarte en la parte de atrás de los conciertos, pero primer debes superar este ritual de dolor y sangre. Una vez que sales del remolino todo moreateado, con los labios rotos, la cabeza llena de chichones y los nudillos pelados, has pasado la prueba. Entraste como un poser y ahora subiste un escalón más. Cada vez estás más cerca de ser un true.

Pero la cosa no termina, tienes que mantener tu estatus de poguero consagrado. El remolino se convierte en tu razón de ser. Ahora vives en función del pogo. Ya probaste la adrenalina, cada vez entiendes mejor los códigos y los golpes te encantan. Ahora te conviertes en la persona que arma los pogos, eres quien convoca a la gente, el que les grita: “vamos hijuputas o se cansaron”. Eres a quien buscan para que el baile no pare. Te vuelves el más loquito y el más violento, por eso cuando uno va un concierto siempre ve a los adolescentes corriendo más rápido que todos los demás. Es como que no se cansan, dan mil vueltas y duran todo el concierto dándose en la jeta. Cuando eso pasa uno solo puede sentir orgullo por esos pelados fieles a las tradiciones, pero también toca meterles su patadón cuando se pasan porque el baile, por más caótico que sea, tiene sus códigos.

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Si bien en ningún lugar existe un “manual del pogo”, todo el mundo conoce una serie de cortesías y acciones que dicen más o menos así:

  • No dar golpes a propósito en la cara. Pasa que a veces un puñito se escapa sobre una nariz, pero el que lo hace con mala intención es una rata, que nunca falta por cierto, y merece que le devuelvan la trompada.
  • Si alguien se cae hay que levantarlo, cómo sea, así toque parar la ronda. Nadie se queda abajo.
  • Si está muy cansado y quiere bajarle un poco al ritmo, lo mejor es hacerse en la parte más alejada del centro. Entre más cerca al núcleo es mejor la cosa.
  • Si se arma una pelea, lo mejor es dejar que se casquen un rato y después intervenir, porque todos queremos seguir bailando y están estorbando.
  • No hay que ser picado, si no le gusta que le peguen no se meta. La única razón para devolver las cortesías es si la cosa se pone pesada y que de verdad le estén buscando bronca.
  • No buscar bronca, básico. Aunque bueno, eso no es tan fácil.
  • A todo herido hay que sacarlo.
  • Y sobre todo identifique bien el pogo en el que está porque el nivel de violencia varia dependiendo del género.

Además de todo resulta que hay muchos tipos de pogos. Por ejemplo: en el mosh del hardcore la gente baila una especie de capoeira y hace piruetas y casi no se tocan, ni se corre en círculos. En el del ska la gente sobre todo salta y se empuja suave. En el del punk hay golpes duros y se baila haciendo un paso en el que se coordinan los pies y los brazos, mientras se mantiene la espalda arqueada. Y el del metal es cosa seria porque es más cerrado y los golpes se lanzan con más furia, ahí toca cubrirse bien la cara y golpear sin piedad a todo lo que esté al frente.

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Eso son los códigos, no te puedes meter al pogo de Manu Chao con la misma furia que a un pogo de Napalm Death, ni puedes pogear saltando y dando empujoncitos en Masacre.

Uno siempre tiene que saber dónde está y sobre saber lo que hace. No se trata de joder a la gente, sino de entrar en ese ritual de sudor y agresividad. Esa descarga de odio y ese bailoteo guapachoso que le da sentido a la vida. Es la fiesta de los que no se van hasta abajo, de los que les importa un carajo menearlo al ritmo de la salsa, o saberse los compases de la canciones. Es el la dislocación de la danza y es un tumulto lleno de hermandad en lo que se deja todo.

¿O no les ha pasado que se acaba un concierto y terminan dándole las gracias a todos los que le dieron en la jeta? Un toque solo estuvo bueno si terminas agitado, adolorido y mareado.

No hay nada mejor en esta cochina vida.