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Salud

"La primera vez no es agradable": hablamos con españoles que viven descalzos

Los referentes del descalcismo en España nos cuentan las ventajas de caminar, correr y vivir con los pies al aire libre.

por Guille Álvarez
22 Marzo 2017, 5:15am

Para la inmensa mayoría de nosotros es algo cotidiano, un elemento de nuestras vidas que nos ha acompañado desde bien pequeñitos y que, como muchas otras cosas, no nos cuestionamos nunca. Hablo del calzado, de las zapatillas y los zapatos que nos han cubierto el pie ante los peligros del clima, la superficie terrestre y, todavía peor, el estigma social.

Estas tres cualidades son, sobre el papel, las principales funciones del calzado desde tiempos inmemoriales, una prenda que apareció ya en la edad del cobre con esa misma función de protección. A día de hoy, si vemos a alguien descalzo por la calle, nuestra mente proyecta dos líneas de pensamiento: o se trata de un loco o de un pobre. Hay, sin embargo, una tercera opción que no contemplamos.

"Imagínate la sensación de ir caminando descalzo por la arena o llegar a un río y poner los pies en el agua. Es una sensación muy agradable, como llegar a casa del trabajo y quitarse los zapatos, pero no te dura demasiado porque no estás acostumbrado a ir sin zapatos. Ahora imagínate tener esa sensación permanentemente, eso es lo que consigues practicando el descalcismo", explica Santi Ruiz, uno de los pioneros de esta práctica en España. "Ahora piso una piedra y ya no siento dolor o peligro, se trata de una sensación nueva".

Santi Ruiz y varios amigos descalcistas en una boda en Almería

Los descalcistas todavía son pocos en España, y probablemente seguirán siéndolo porque nadan a contracorriente en un mundo de consumo y marketing que lleva décadas embutiendo nuestros pies en zapatillas que nos adormecen los sentidos y nos hacen frágiles ante cualquier superficie. "La primera vez no es agradable. Cuando llevas toda la vida sobreprotegiendo el pie, en el momento que los desproteges, tu cerebro lo procesa todo como un peligro", reconoce Santi, farmacéutico de profesión y corredor por vocación. 

Este granadino de 43 años lleva más de cinco años practicando el descalcismo en maratones y carreras de resistencia de montaña, y ahora sus tres hijos bajan al parque a jugar sin zapatillas. "Mi hijo de cinco años sale a jugar siempre descalzo, y si le ponemos unos zapatos tarda 30 segundos en quitárselos", comenta. "A la madre le costó un poco, pero ahora ya va con calzado minimalista". No todo es ir descalzo, pero lo importante para este colectivo es quitarse la losa del calzado de las grandes marcas.

"No hay que estropear los pies de un niño desde tan pequeños. Es como si te metieran unos guantes acolchados en la mano en cualquier entorno, y te tienen así durante veinte años. Cuando te los quitan tendrías las manos inútiles, atrofiadas, no serías ni capaz de escribir. Pues eso es lo que hacemos con los pies", sentencia Ruiz, que gestiona un grupo en Facebook con más de 2 500 miembros donde se dan consejos de la revolución minimalista.

Santi Ruiz junto a uno de sus hijos en un parque cerca de su casa

Correr descalzo, vivir descalzo

La mayoría de iniciados en el descalcismo y el minimalismo lo hacen porque son runners; además, muchos han leído el libro Nacidos para Correr del estadounidense Christopher McDougall, que vendría a ser la Biblia del siglo XXI de esta tendencia a correr descalzo. A pesar de la evidente conexión deportiva, el descalcismo es algo que se puede aplicar en todas las esferas de la vida pública y privada. Mariano Pascual, al que sus amigos llaman Nano Pies Negros, recuerda todavía que con 16 años no le dejaron entrar en un cine porque iba descalzo, y es que él ha ido así desde siempre a pesar de que su madre le repetía la cantinela de te vas a resfriar, te harás daño. "Debía ser algo rebelde", bromea Nano.

Con 42 años, este madrileño se pasa más horas descalzo que calzado y las cosas le van bien. Tiene una inmobiliaria y una consultoría de nutrición deportiva, y se mueve por el centro de la capital sin necesidad de cubrir sus pies. ¿No te miran mal por la calle?, le pregunto. "Normalmente la cara de la gente es más bien de curiosidad, te preguntan y les explicas que es algo natural. Se sorprenden más en invierno que en verano, por ejemplo", contesta.

Ahora mismo se está tomando un café, ya que ha salido de una reunión y sí, va descalzo y tan pancho. "Mi día a día es ir descalzo. Llevo unas sandalias en el coche por si en algún momento me las tengo que poner, pero yo voy descalzo por la ciudad. Me he encontrado a otros como yo por la calle, pero muchos son extranjeros, creo que fuera se lleva esto con más naturalidad", reflexiona Nano, que cuando tiene alguna reunión importante recurre a sus sandalias. "Con zapatos de vestir me siento incómodo, estoy todo el rato deseando quitármelos".

Mariano Pascual, Nano Piesnegros, ha recorrido más de 18 000 kilómetros descalzo

El único límite para los descalcistas no tiene nada que ver con superficies, meteorología o distancias de carrera, sino con las convenciones sociales. "Son etiquetas que nos inculcan desde pequeños cuando realmente es algo totalmente innecesario. Los ambientes en los que nos movemos son sitios donde no te encuentras nada agresivo para los pies", explica Nano, que evidentemente se ha clavado algún cristal que otro. "También puedes tropezar y partirte una pierna", relativiza Víctor Hidalgo, podólogo malagueño especializado en técnica de carrera y estudio pisada.

"Nano es el mejor ejemplo de adaptación. Parece que le hayan metido una carga hormonal en el pie, es súper ancho, grande y musculoso. Tiene una almohadilla, una planta muy blanda que el propio pie ha desarrollado. Su pie no entra en cualquier zapato", incide este experto.

De hippies a podólogos

Mariano empezó a ir descalzo gracias a una curiosa cadena de influencia que incluye a sus hermanos mayores, un señor hippy y un podólogo. "Había un tipo muy hippy en el pueblo donde vivía de niño. En un momento dado, a ese hombre, el podólogo le recomendó ir descalzo por unos problemas en los pies, y a mis hermanos también les recomendaron lo mismo...Ya sabes, cuando eres niño copias a tus hermanos, y al final quien se enganchó a esto fui yo".

Fina González corriendo sobre tierra en Catalunya

Más allá de la anécdota, la salud es otro de los motivos que respaldan la vida sin calzado. "Cuando empecé a hablar de este tema, de minimalismo, tuve a muchos detractores", reconoce Hidalgo, de la clínica del pie de La Malagueta. "Llevamos toda la vida estudiando el pie y cómo el calzado ayuda a protegerlo. Hemos tenido que romper muchas lanzas a favor de las propiedades físicas y naturales del pie en contra de lo que nos ofrece el calzado tradicional".

El calzado tradicional, según este experto, no ha demostrado ninguna relación directa con la reducción de lesiones en los corredores. "Llevamos muchísimos años condicionados por las grandes marcas de zapatillas: más control de movimiento, estabilidad, pronación...", ejemplifica. "Las marcas han impuesto una necesidad, sin ellas hubiéramos seguido corriendo sin interferencias, igual que ya hacían en los cincuenta, que en las fotos se les ve corriendo con alpargatas".

De hecho, Abebe Bikila ya demostró en 1960 que lo de ganar maratones descalzo no era ninguna locura, pero las marcas de zapatillas necesitan vender unidades, no historias. Hidalgo ha probado él mismo los beneficios del descalcismo para poder aplicarlo al tratamiento de lesiones de sus pacientes, aunque destaca que no es un recurso universal para todos los pies.

Fina González en una de sus caminatas por la montaña

"Pasé de no poder correr a poder seguir haciéndolo", asegura Fina González, una catalana de 47 años que ha corrido toda la vida, "pero con muchas lesiones", apunta. Una periositis tibial, una lesión muy común entre corredores, estuvo a punto de truncar su pasión por las zancadas en 2011. "Acabé tan mal mi última carrera de 10 kilómetros que un mes después todavía me dolía caminar". Desde entonces ha alternado el descalcismo y el minimalismo, una solución que empezó siendo pragmática pero que ahora ha convertido en estilo de vida.

"Antes tenía que ir con sandalias, y ahora voy descalza y siento más ese contacto directo con la naturaleza", comenta la corredora, que ha transmitido el descalcismo a otros miembros de su familia. "Tengo dos hermanos, uno de ellos ha empezado a ir descalzo y el otro va con zapatillas minimalistas. Hasta mi padre de 80 años se las pone para andar y dice que va mejor que nunca".

Los descalcistas no pretenden convencer a nadie, pero si que quieren sacarse el estigma de bichos raros. Para ellos, lo que hacen es de lo más natural, e incluso tiene más mérito lo nuestro, lo de ir por el mundo con "esos ladrillos", como definen a las zapatillas que nos venden a diario por la tele. 

"Desde que salieron las primeras Nike han pasado 40 años, que no es nada. En realidad llevamos más de dos millones de años usando calzados rudimentarios o nada", concluye Ruiz. 

Sigue al autor en Twitter: @guillealvarez41

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