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El famoso helado cubano ha dejado de tener candela

Fui a Coppelia, "la catedral del helado" en La Habana, Cuba. Me imaginé un paraíso de mantecados y recibí un postre triste, como un payaso que perdió su gracia después de contar muchas veces el mismo chiste.

"¿Ya viste Fresa y Chocolate?", me pregunta Eric, un estudiante salvadoreño con el que tomo clases en en el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. Yo asiento con la cabeza. "Aquí se filmó", me dice. "¿Aquí, en este parque?", pregunto. Veo una larga fila que busca la sombra de un árbol porque el sol pega fuerte. No hay una puerta o una entrada. Simplemente los veo formados desde la mitad de la pared. "No es un parque; es Coppelia", responde.

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LEE: Cómo comer como cubano en La Habana.

Coppelia, la heladería de la que los cubanos están tan orgullosos que la apodaron "La catedral del helado" en Fresa y Chocolate. El inicio y el final de ese clásico del cine cubano, se desarrollan en la zona del Vedado que exhibe la arquitectura cubana contemporánea: construcciones de mediados del Siglo XX. Llevaba tres semanas estudiando en La Habana y no había probado este mantecado que casi casi es un platillo nacional. Un poco por el horario de clases y otro por la larga fila que debía hacer en la esquina de L y 23 —esa avenida que desemboca en el Malecón y que los habaneros conocen como "La Rampa" porque está tan inclinada que prefieren subirla en "guagua" y no a pie—.

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Coppelia, en La Habana, Cuba. Todas las fotos son del autor.

"Mi amor, ¿eres la última?", pregunta Jorge, un escritor y periodista cubano, también compañero de clase, a una mujer. "Sí, nadie detrás mío", contesta la dama enfundada en un short de mezclilla que mostraba la parte interna de las bolsas delanteras, sobrepasando el dobladillo.

"¿Y por qué no vamos a la otra fila?", preguntó después de ver en la esquina de L y 21, la parte trasera de la heladería, una formación más pequeña que avanza más rápido. "No, mi hermano", contesta el cubano. "Acá es moneda nacional; allá en CUC", la divisa cubana con la que se mueven la mayoría de los extranjeros y que sólo tiene valor en la isla (un CUC equivale a 80 centavos de dólar).

En 1966 Coppelia comenzó a dar servicio. No hubo una inauguración oficial, simplemente un 4 de junio abrió sus puertas y las filas enormes se formaron desde entonces. Se dice que Fidel Castro es un amante de los lácteos, del helado en particular. Se crió en un granja en Holguín, en el oriente de la isla, y de ahí le viene el gusto. Luego de la ruptura de relaciones con Estados Unidos, el comandante ordenó a su embajador en Canadá que le enviara algunos contenedores del helado que se vendía en los hoteles y restaurantes Howard Johnson, entonces la cadena más importante en el norte del continente. Era tan bueno el postre, y no podía importarlo, que Fidel decidió hacer una contraofensiva que superara al gringo: crear "el mantecado de la Revolución", por supuesto, a bajo costo y con alta calidad.

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No es que no existieran helados en Cuba antes de la Revolución. Había fábricas que distribuían su producto en camiones, casi refrigeradores andantes, o en los clásicos carritos cuadrados que el heladero empuja y al mismo tiempo toca las campanillas para anunciar su llegada. La cosa fue que con el arribo del socialismo todo se nacionalizó.

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Ensaladas, con cinco bolas de chocolate encima.

El avance de la fila es lento. Aunque está un poco nublado el calor se siente fuerte. Es de ese húmedo, que provoca que el sudor del cuerpo se vuelva pegajoso. Tomo agua, como un poco de cacahuates que venden en un cucurucho de papel, platico de cualquier cosa. No quiero que la espera me ponga de malas. Llevamos media hora formados. Antes de nosotros había más de 150 personas. Policías controlan la entrada; la heladería atiende casi a mil personas al mismo tiempo. Desde adentro les indican cuánta gente pueden ingresar. Más o menos es un promedio de 20 en cada tanda. Luego de cuarenta minutos hemos avanzado bastante, adelante de nosotros hay ya como 50 personas.

Estamos detrás de una pareja joven, mulatos los dos, de unos 20 años. Sus ropas un tanto ajustadas permiten que veamos sus cuerpos delgados bien definidos, sobre todo ella, aunque no mide más de 1.60, cumple con el estereotipo cubano: la cintura estrecha, las caderas torneadas. En una de esas el chico baja la mano más de la cuenta, cubre toda una nalga de la pequeña muchacha y la estruja. Casualmente están debajo del poste que sostiene el logotipo de la heladería: unas piernas con curvas suaves, bien moldeadas que danzan. Parece muy erótico pero en realidad es artístico. Entre los cubanos se cuenta que Coppelia se llama así porque ese es el nombre de la obra de ballet favorita de Celia Sánchez, exsecretaria particular de Fidel Castro y primera directora de la empresa de helados. Sin embargo, no hay registro de ello.

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Después de una hora por fin ingresamos al parque. Hacia la izquierda, donde están las mesas al aire libre, pasan los de la fila que pagan con CUC. Nosotros, con moneda nacional, vamos al interior del edificio. Hay que esperar un par de minutos antes de tomar asiento en uno de los bancos de metal de la barra o subir las escaleras para ingresar a uno de los tres salones circulares bordeados por paredes de madera con algunos cristales de colores que las hacen ver como vitrales. Uno aprovecha para leer la oferta de helados en una mampara.

Al inicio el menú es un tanto confuso. Entre el mantecado y otros nombres para los postres, se ofrecen "ensaladas con tocinillo", "tocinillo helado" o "ensaladas" solas. No, no son las ensaladas que se conocen en México con lechuga y jitomate, sino un plato con cinco bolas de helado, y el tocinillo no es de cerdo, sino una especie de flan. Los precios no rebasan los 10 pesos cubanos, poco menos de medio dólar.

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Al subir lo primero que vemos es un saludo revolucionario: "Con más y mejores ofertas. Saludamos el 56 aniversario del triunfo de la Revolución". Después de unos minutos de habernos sentado llega un mesero de camisa naranja y pantalón negro, limpia la mesa y nos ofrece el menú. Se va para darnos tiempo de escoger el postre ¿Dónde quedaron las meseras con minifalda escocesa de las que había leído? Luego de un rato, unos cinco minutos, regresa.

"¿Qué van a querer?", dice con fastidio. "¿Qué sabores hay?", pregunto con entusiasmo. Quiero probar los más que se pueda. En un libro leí que ofrecían 26. "Sólo chocolate", me responde. "¿No queda por ahí una bola de fresa o algo así?", bromeo. "Chocolate nada más". La broma no saca ni una sonrisa, al contrario, como que irrita más al cubano.

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"Tráenos tres ensaladas", sale al quite Jorge.

Mientras esperamos una familia (los papás, dos niños, la abuelita, un adolescente) en la mesa de enfrente recibe sus helados. Enseguida la abuelita saca dos recipientes de plástico para guardar comida, y coloca sus bolas de helado dentro. Las aplasta para que quepan. Queda hecha una mole café. Jala el plato de su hijo y hace la misma operación. Después saca la botella donde debería estar la leche del bebé. En su lugar coloca el helado lo apachurra, el calor empieza a deshacer el postre y se desparrama. El papá también guarda helado en otros recipientes. Al final sólo comen entre todos dos ensaladas, el resto va para la casa.

Llegan entonces nuestros platos. Son tazones ovalados de color amarillo. Cuatro bolas de color café están colocadas en el fondo y una más sobre ellas, como corona. Todo está espolvoreado con algunos fragmentos de un color hueso. Parece galleta triturada. Hay que comer el helado de inmediato porque el calor lo comienza a derretir.

El sabor no es espectacular. Es dulce y cremoso como cualquier otro. Por ahí destaca una nota amarga del chocolate, muy tenue, pero nada más. Es un helado triste, casi monocromático, como un payaso que luego de tantas fiestas haciendo el mismo chiste ya no cree en sí mismo y ha perdido la gracia. No es que sea malo, simplemente es uno más.

Es una de las secuelas que dejó el "Periodo Especial" en la década de los 90, cuando Cuba cayó en una crisis económica severa luego de la desaparición de la Unión Soviética, la caída del bloque socialista de Europa del Este y el recrudecimiento del bloqueo económico por parte de los Estados Unidos. Cuenta la periodista Tania Quintero, cubana refugiada en Suiza, que en aquellos años muchas mujeres se prostituyeron por razones de verdadera miseria, pero otras lo hicieron para tener perfumes y otras superficialidades. Hoy lo peor de la crisis ya pasó pero algunos hábitos se quedaron.

Coppelia tuvo problemas con el suministro de leche y crema, además el mantenimiento del equipo para preparar el helado se dificultó por la falta de piezas de repuesto. Para no desaparecer, la empresa creo otra receta con ingredientes y materias primas distintas a las originales. Surgió una nueva marca llamada Varadero, de menor calidad.

Luego de pagar 30 pesos cubanos dejamos el edificio. Al llegar a la estancia estudiantil donde nos hospedábamos cuento a otro compañero nacido en la isla mi experiencia en Coppelia.

"No, mi hermano", me dice. "Tienes que regresar. Tú probaste Varadero, no Coppelia".

Ya no hubo tiempo. Al otro día, a las 12, abordé el vuelo de regreso a la Ciudad de México.