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El patético acto de imitar los gustos y aficiones de nuestras parejas

Siempre te la ha sudado pero de golpe te gusta Phil Collins y la pizza hawaiana simplemente porque a esa persona que te follas le encanta.

por Pol Rodellar
11 Enero 2017, 5:00am

Cuando uno de esos animales que viven tirados en la naturaleza quiere sobrevivir dentro de este contexto terriblemente peligroso y competitivo, se ve obligado a desarrollar ciertas habilidades especiales. El camuflaje les otorga la capacidad de mezclarse con su entorno y, simplemente, les permite desaparecer a los ojos de los depredadores. Nadie se los comerá, nadie sabrá que existen. 

Ahora alejémonos del mundo animal y mirémonos en el espejo.

No sé muy bien por qué pero los humanos se comportan de forma parecida en el peligroso y competitivo campo de batalla de las relaciones sexuales y sentimentales. Para lograr emparejarse y consolidar esta empresa —que, al fin y al cabo, supondrá la supervivencia de la especie—, los humanos recurrirán a tácticas parecidas a las citadas anteriormente. De repente, decidirán que les apasionan las aficiones de su pretendiente y se dedicarán a imitar sus conductas, camuflándose entre los gustos y aficiones de la persona amada hasta llegar a anularse por completo, volviéndose invisibles a ojos de otros depredadores sexuales.

Sí, habrán sobrevivido y estarán emparejados pero para conseguirlo habrán tenido que renunciar a su propia personalidad. ¿Es esto lo que queremos? ¿Desaparecer en el seno de nuestro amante? ¿Convertirnos en él o ella para que nadie nos pueda volver a percibir como "nosotros" nunca jamás? Que nadie me intente convencer, es evidente que esto de las relaciones de pareja es algo tremendamente demencial.

Supongo que ahora estaréis indignados y haréis un barrido rápido por el historial de vuestra última —o presente— relación y pensaréis que a vosotros nunca os ha pasado tal cosa y que, en todo caso, si alguna vez habéis vivido situaciones de camuflaje similares, estas han funcionado meramente como un instrumento para generar muestras de afecto, no como una grieta por la que se cuelan la debilidad y la hipocresía.

Por lo que parece, este comportamiento es algo muy habitual durante la primera fase del enamoramiento de una pareja, según me asegura Carme Sánchez Martín, codirectora del Instituto de Sexología de Barcelona, psicóloga clínica y sexóloga. "El enamoramiento provoca una idealización de la persona amada y esto facilita también una aceptación, casi sin reparos, de sus gustos o aficiones", afirma.

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Supongo que más o menos todos hemos empezado a amar la pizza hawaiana porque a una colega nuestra —cuyos genitales son visitados muy frecuentemente por la yema de nuestros dedos (unos dedos que tampoco saben muy bien cómo actuar ahí debajo)— le encanta la que para muchos es la peor pizza del mercado. 

Y tú, ¿por qué tienes estos discos de mierda de Phil Collins en tu casa? Ahora resulta que te encanta este tipo. Vale, tocó en algunos discos de Brian Eno pero no me jodas. La verdad es que solo lo escuchas porque ese cretino que se queda a dormir en tu casa casi cada día de la semana llevaba una camiseta de Phil el día que os conocisteis. Tus colegas te preguntan si te has vuelto loca pero tú solo contestas que "no está tan mal y tiene buenas letras". En fin, decir que "baby, you and me got a groovy kind of love" es una buena frase es discutible pero lo que es totalmente inmoral es que encima intentes convencer a tus amigos de que Phil es uno de los más grandes artistas vivos. Está bien que no veas la realidad porque estás enamorada pero, joder, no intentes que otros caigan en el mismo pozo de mediocridad en el que has caído tú.

Son errores comunes de los enamorados. Nos encanta una persona y por eso somos menos críticos con sus gustos, incluso los convertimos en nuestras propias aficiones, por muy mediocres que sean. La permisividad de los amantes está hecha de una membrana tan fina y permeable que casi no ofrece veto o resistencia a nada. Esta adaptación es la representación pura del miedo a la soledad y a la muerte, es la viva imagen de un búfalo moribundo tirado en el suelo mientras su manada lo abandona bajo la lluvia. Nadie quiere morir solo y si para distraer este terrible destino tenemos que ceder ante unas pocas excentricidades, pues adelante. Ambos enamorados se van convirtiendo en una entidad nueva en la que conviven unos patéticos sucedáneos de esas personas originales. La identidad se diluye y ya nadie puede reconocer o recordar cómo eran esas criaturas antes del acoplamiento.

Este mimetismo puede entenderse como un acto de debilidad pero también puede verse como una muestra de valentía e humildad. En el fondo, desprenderse de este narcicismo eterno con el que convivimos —algo que forma parte de los seres humanos pero que se ha exaltado mucho más a partir de la entrada en juego de las redes sociales y la cultura del estrellato fácil— es algo maravilloso e inaudito, esta forma de "ceder" en una relación también puede verse como el último resquicio que nos queda a los humanos donde habitan la empatía y la comprensión. Claudicar e intentar comprender y experimentar lo que a tu maromo o maroma le genera felicidad puede ser algo maravilloso siempre que este acto de bondad no esté manchado de hipocresía y misericordia, cosa que sucede casi siempre (conscientemente o no). Los enamorados bailan con el autoengaño y viven en un estado en el que la percepción de la realidad está totalmente alterada.

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"Todo ello también está mediatizado por otra circunstancia y es que en el inicio de la relación de pareja, y por tanto durante el enamoramiento, se potencian los aspectos, aficiones y gustos que los dos miembros de la pareja tienen en común y se dejan de lado los discrepantes. Esto provoca el 'efecto media naranja'" comenta Sánchez Martín. Imaginémonos esto: a Sara y a Carlos les encanta viajar. A la que tienen tres días de fiesta, cogen un avión y se largan. Menuda pareja de viajeros, ¡tienen tanto en común! El problema es que Carlos es muy controlador y siempre quiere tener todas las rutas diarias bajo control —el muy capullo contrata el servicio de roaming de su operador y se lleva una tablet con itinerarios trazados en Google Maps y tiene instalado un programa que propone rutas alternativas si surgen adversidades medioambientales— mientras que a Sara esto se la suda, de hecho prefiere improvisar y ha habido veces que ha perdido aviones por no llevar el maldito pasaporte. Ambos se centran en que, simplemente, son unos amantes de los viajes pero prefieren obviar el hecho de que uno de ellos es un fanático del control y la otra una loca irresponsable.

Pero tranquilos, la buena noticia es que cuando la relación esté en sus momentos más bajos volveréis a odiar la pizza hawaiana y a Phil Collins, incluso con un odio mucho más justificado, intenso y real. Será algo que, precisamente, os molestará especialmente de esa persona con la que ya casi ni folláis ni habláis obsesivamente por WhatsApp. El amor, el sacrificio y la empatía convertidos en odio visceral, casi, irracional.

Porque llega un momento en el que todas estas concesiones que hemos hecho caen por su propio peso; el día a día, el aburrimiento y el tiempo han destapado la verdad. Según la psicóloga, "antes de que la pareja haga aguas se pasa por una fase más realista y si la pareja no realiza de manera satisfactoria ese encaje con la realidad, puede sobrevenir el comienzo del fin y la persona que más ha cedido en sus gustos o aficiones, se da cuenta de 'ese periodo de enajenación enamoradiza' y el 'efecto media naranja' se desmonta y aparecen más las discrepancias que las concordancias". Es entonces cuando aparecen esas imágenes de discos de Phil Collins tirados y rotos al lado de un contenedor. "La persona a la que se ha idealizado al completo ahora no solo se ha vuelto real, sino que provoca disgusto porque solo percibimos los aspectos negativos. Tanto el enamoramiento como el abandono son efectos distorsionados de la realidad", afirma Sánchez.

Supongo que todos hemos vivido estas sensaciones, aunque sea a niveles muy leves. De hecho, sobrevivir a estos devaneos emocionales genera parejas más o menos estables. "Las parejas que se mantienen equilibran los gustos, aficiones y la percepción de los rasgos porque el enamoramiento da paso a un estado afectivo más realista y sereno" concluye Sánchez Martín. En fin, cuando el amor descontrolado se calma y se relaja es entonces, y solo entonces, cuando los seres humanos dejan de hacer estupideces. Venga, deja de leer y pregúntate por qué tienes tantos pósteres de películas de Godard si siempre te la ha sudado el cine, es más, si siempre te la han sudado los pósteres.

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