Ayahuasca seba cestaro
Ilustración por Seba Cestaro 
Drogas

Tomé ayahuasca en un retiro en el campo y fue tan profundo como dicen

No daba miedo. Era hermoso. Mágico. Algo de fuera de este mundo. Era extraño y a la vez tenía sentido. Y no estaba sola. No lo iba a estar nunca más.
08 Enero 2019, 4:30am

Este artículo aparece en "El número del agotamiento y el escapismo " de nuestra revista. Subscríbete aquí.

Me encontraba en la sala vecinal de reuniones de un pueblo, en una ubicación secreta oculta en la campiña inglesa, a punto de tomar ayahuasca, la medicina amazónica. Nunca había tomado psicodélicos antes. Soy una dentista londinense de 33 años. Aparte de fumar mi buena cantidad de hierba cuando era adolescente y esnifar coca unas cuantas veces contadas al final de la veintena, no soy ninguna experta en consumir drogas.

Antes de decidirme a hacer esto hablé con tres personas que sabía que habían tomado ayahuasca y me sentí ligeramente desconcertada por el hecho de que, a pesar de que todas ellas eran mujeres inteligentes y resueltas, ninguna fue capaz de explicarme cómo fue la experiencia de tomar esta droga. Solo obtuve respuestas como "la ayahuasca es intensa", "te muestra tu yo", o "es como diez años de terapia, pero tienes que estar preparada para hacer el trabajo". Echando la vista atrás, ahora entiendo por qué los efectos de la dimetiltriptamina (DMT) ―el principio activo de la ayahuasca― son imposibles de explicar.


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No lo hice para colocarme; lo hacía sobre todo por curiosidad. No esperaba que sucediera nada en concreto. Me interesa mucho la espiritualidad, nuestra finalidad como seres humanos y nuestra conexión con los demás. Así que me sentí bastante fascinada cuando mis amigas me contaron que habían experimentado algunos profundos conocimientos espirituales tomando ayahuasca. Me sentí como si hubiera llegado a mi vida por alguna razón, así que me lancé a ello.

Éramos unas 20 personas de todas las edades, etnias y origen social. Dispusimos nuestros edredones y almohadas en torno al extremo de la sala, un lugar que normalmente se emplea para albergar fiestas para personas de la tercera edad o competiciones de tartas. Shaun*, un psicoterapeuta acostumbrado a la ayahuasca e interesado en explorar cómo puede emplearla en su práctica clínica, corrió las cortinas y cerró las puertas con llave. La ayahuasca es ilegal porque contiene DMT y los organizadores no podían permitir que los vecinos del pueblo descubrieran que este “retiro para meditar” era algo más que eso.

Nos quitamos nuestra ropa normal, apta para la mirada de los lugareños, y nos vestimos completamente de blanco. Nos sentamos en círculo y compartimos cuáles eran nuestras intenciones con aquella velada. Mi intención era rendirme a la experiencia y permitir que me mostrara lo que necesitaba ver.

La ceremonia comenzó y uno a uno nos acercamos a beber la “medicina”, que parecía algo así como un frasco lleno de café. El espeso líquido marrón fue repartido en vasos de chupito. Era ligeramente dulce y ligeramente amargo. Caminé de regreso a mi edredón y no tardé en quedarme dormida. Después me desperté y estaban sucediendo cosas. No eran precisamente cosas cómodas. Yo estaba flipando. ¿Qué coño había hecho? ¿Por qué me hacía esto a mí misma?

Me incorporé en busca de ayuda y Kay, una de las ayudantes de Shaun, vino al rescate. Me tumbó de espaldas y aplicó una fuerte presión en el centro de mi pecho, donde se une la caja torácica. “¿Qué estás haciendo? Es muy incómodo”, dije. “Ya lo sé”, me respondió. “Te estoy liberando de tu armadura, solo relájate”. Entonces se abrieron las compuertas y empecé a llorar. El tiempo estaba distorsionado. Me enrosqué en posición fetal y empecé a sentirme muy triste porque estaba sola. Era un bebé y estaba sola. Y no quería estarlo. “Esta es tu sanación”, dijo Kay. “Disfrútala”. ¿Me estaba tomando el puto pelo?

A pesar de tener unos padres increíblemente cariñosos y dedicados, me sentía fuertemente identificada con ese sentimiento de soledad, de desconexión. Probablemente soy la persona menos solitaria de cuantas conozco, pero muchas veces a lo largo de mi vida me he sentido sola. Incomprendida. Diferente.

"No daba miedo. Era muy bello. Mágico. Fuera de este mundo. Era extrañísimo y al mismo tiempo tenía todo el sentido del mundo. Y no estaba sola. Y nunca más volvería a estarlo"

Abrí los ojos y un brazo me envolvió desde atrás como si me acurrucara. Los dedos se entrelazaron con los míos y la conexión fue hermosa. Observé las manos unirse y girar unas en torno a las otras. Pero ningún vecino siniestro se estaba aprovechando de mi estado enajenado. Era solamente yo.

Las dos manos eran mías. Pero pertenecían a partes diferentes de mí. Mi brazo derecho, el lado sobre el que estaba tumbada, ese era mi yo corporal y terrenal; mi lado izquierdo era mi yo más elevado. De algún modo supe esto de forma instintiva. Ella tiró de mí hacia adentro. Su palma se asentó en mi frente, sus dedos rodearon suavemente la parte superior de mi cabeza y entré dentro de mi cabeza. Mantuve una conversación con mi yo superior. Tú sigues siendo tú, me dijo. Abre los ojos, echa un vistazo. Lo hice. Seguía estando allí, tumbada, ahora plácidamente. Entonces volví a cerrar los ojos y de nuevo estaba con ella. No daba miedo. Era muy bello. Mágico. Fuera de este mundo. Era extrañísimo y al mismo tiempo tenía todo el sentido del mundo. Y no estaba sola. Y nunca más volvería a estarlo.

Fui consciente de otra presencia y era Morgan, mi sobrino de tres semanas de vida. Pero ahora su nombre no era Morgan, era Nathaniel. Y me estaba llamando Anya, no por mi nombre real. Obtuve algunos mensajes bastante claros sobre Nathaniel. Va a tener que enfrentarse en la vida a muchos de los mismos retos a los que me he enfrentado yo. Mi labor es ayudarle a sufrir menos en su camino. Aunque él esté en su propio viaje particular, yo puedo ayudarle a superar el dolor gracias a mi experiencia. Más tarde busqué en Google los nombres Nathaniel y Anya y descubrí que los dos son de origen hebreo. Anya es la traducción al húngaro de “madre”.

He sentido una conexión muy fuerte con Morgan incluso antes de que naciera. El día que mi hermana se puso de parto yo tenía que volar a Ibiza. Conduje hasta el aeropuerto, pero cada fibra de mi cuerpo me decía que no subiera a ese avión. Más tarde aquella noche mi hermana inició un parto de 20 horas de duración y Morgan nació.

Ahora era sábado por la mañana en el retiro y yo regresaba a la realidad. Quería ver a Morgan. Era un retiro de dos días de duración con una segunda ceremonia programada para aquella noche, pero yo necesitaba salir de allí. Hice ver que iba al lavabo, dejando mi colchoneta de yoga y mis cosas en la habitación. Salté a mi coche y me alejé a toda prisa.

"Conforme pasan los días y las semanas, el aprendizaje y las visiones que experimenté sin duda se desdibujarán, pero siempre obtienes un mensaje claro. Yo obtuve dos"

Conduje durante dos horas desde aquel somnoliento pueblo hasta la casa de mi hermana en los Cotswolds. Observé al dulce bebé en su cunita. “Nathaniel. Soy yo, Anya”, le susurré. Pero es un bebé y estaba profundamente dormido. Y su nombre es Morgan. Antes de que me diera cuenta estaba restando importancia a mi retiro de meditación y hablando sobre pautas de alimentación con mi hermana.

Parte del trabajo que menciona la gente sobre lo que implica tomar ayahuasca es incorporar a tu vida todo aquello que aprendes. Conforme pasan los días y las semanas, el aprendizaje y las visiones que experimenté sin duda se desdibujarán, pero algo que todo el mundo dice acerca de esta medicina es que siempre obtienes un mensaje claro. Yo obtuve dos. El primero: no estoy sola porque siempre me tendré a mí. Estoy completa, soy un todo, dos en una y capaz de acceder a su sabiduría a través de una profunda meditación siempre que lo necesito. El segundo: ahora es mi deber apoyar a Nathaniel en su viaje por esta vida. Eso sí, recordando que su nombre en realidad es Morgan y que sus padres terrenales probablemente no necesitan saber demasiados detalles sobre todo este asunto.

¿Volveré a probar la ayahuasca alguna vez? No lo sé. No lo descarto. Necesito tiempo para procesar lo que he descubierto, para dejar que se integre. Supongo que la pregunta es, ¿cómo de profundo quiero adentrarme en la madriguera de Alicia?

*Hemos cambiado algunos nombres para proteger la identidad de las personas.