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Por qué la guerra entre Irán y Arabia Saudí no tiene nada que ver con religión

El ataque de la embajada saudí acometido por radicales iraníes puso al descubierto hace meses que la división entre ambos reinos no obedece tanto a sus respectivas relaciones con EEUU, si no a la profunda división doméstica con la que tienen que lidiar.
9.3.16
Protestas en Teherán. (Imagen por Abedin Tahir Kenareh/EPA)
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Cuando Arabia Saudí ejecutó de manera inesperada al prominente disidente político y clérigo chií Sheikh Nimr al-Nimr hace ya dos meses, es posible que el reino suní fuera incapaz de anticipar cuál sería la respuesta del gobierno iraní, de mayoría chií — lo que sabía con toda seguridad es que Irán reaccionaría.

De tal manera, el subsiguiente asalto a la embajada saudí de Teherán y la fulminante ruptura de las relaciones diplomáticas con Irán, pueden hacer lucir al conflicto como uno de raíces religiosas. Sin embargo, los motivos que han llevado a los saudíes a ejecutar al ilustre clérigo chií tienen muy poco de religiosos, y menos aún tienen que ver con la división suní/chií. En realidad, si algo ha desatado esta peligrosa lucha sin cuartel, ha sido el estado de las políticas domésticas y regionales de ambos países.

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Para Riad, el acuerdo nuclear sellado hace unos meses entre Estados Unidos e Irán — y más concretamente, la reintegración de Teherán en las estructuras políticas y económicas globales — supone una amenaza a su poder regional. Después del acuerdo la economía de Irán apunta hacia la mejoría, una mejoría que consistirá, entre otras cosas, en dejar atrás el escenario posterior a las sanciones económicas que el régimen chií había acumulado a lo largo de los últimos años.

De tal manera, las relaciones diplomáticas entre Washington y Teherán se han ido descongelando de manera paulatina. Y, como es lógico, este inesperado reequilibro inquieta a Arabia Saudí, puesto que ya no puede contar con la generosa ayuda que recibía de la administración estadounidense para contener a Irán política, económica y militarmente. No es que Riad haya perdido el favor de Estados Unidos, ni que Teherán la haya reemplazado como niña de los ojos yanquis. Lo que pasa es que, en adelante, el reino petrolífero deberá de asumir un rol mucho más activo si quiere contrarrestar el poder iraní.

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El lento pero imparable crecimiento de Irán en la delicadísima zona, también se produce en un momento en que el poder de los saudíes está en decadencia, tal y como demuestran sus estrepitosos fracasos militares en Yemen. Sucede que en noviembre pasado, Washington cerró la venta de un paquete de armamento valorado en 1,29 mil millones de dólares al régimen de Riad — lo cual se suma a las decenas de miles de millones de dólares que Arabia Saudí ha invertido en armamento estadounidense en los últimos años —, mientras que los saudíes han establecido un aumento de 5.300 millones de dólares en el marco de su gasto militar, una cifra fagocitada por la guerra que sigue librando en Yemen. Pese a ello, se han mostrado incapaces de derrotar a un enemigo que tiene muchas menos armas y un presupuesto irrisorio en comparación con el de los jeques del petróleo.

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La hacienda del gobierno saudí también ha caído estrepitosamente como consecuencia del derrumbamiento en los precios del petróleo. Y no hay que olvidar que la economía del reino depende casi exclusivamente de los ingresos del preciado oro negro. Este año el déficit del gobierno saudí alcanza los 100.000 millones dólares, lo que ha obligado al ejecutivo de Riad a tomar una serie de medidas de austeridad, entre las que se cuentan el incremento del precio del gas, la electricidad, el agua y la energía industrial; además de la creación de un impuesto sobre el valor añadido, y el retraso de los pagos a sus funcionarios. Con el paso del tiempo, semejantes cambios podrían dificultar el contrato social que late entre los ciudadanos saudíes y la monarquía que detenta el poder.

'La respuesta de Irán violó una de las reglas no escritas que rigen el funcionamiento de las relaciones internacionales: no toques a las embajadas'.

Jugar las cartas anti chiíes y anti iraníes es solo un pretexto estratégico, inteligentemente calibrado por el gobierno saudí. Ello le ha permitido reprimir la disidencia doméstica, hacer un llamamiento a sus aliados internacionales para que tomen partido a su favor y en contra de Irán, y desviar la atención que debería recaer en su estrepitoso derrumbamiento geopolítico, militar y económico. De momento, es posible que la estrategia les esté funcionando. Sin embargo, intercambiar la estabilidad doméstica a corto plazo, por un periodo de inestabilidad indefinido, es una apuesta de lo más arriesgada. No existe ninguna garantía de se puedan llevar las riendas del sectarismo después de este haya sido liberado.

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Por su parte, la respuesta iraní supone una violación de una de las pocas leyes no escritas que rigen las relaciones internacionales; la que dicta aquello de que las embajadas no se asaltan. Sin embargo, poco después de que la embajada fuera saqueada, una pléyade de pesos pesados de la política y el ejército iraní condenaron el acto. El presidente Hassan Rouhani lo describió como un ataque contra la reputación de Irán, y urgió al poder judicial a perseguir a los responsables del atropello.

Algunos ilustres miembros de la cúpula económica y militar de Irán se sumaron a la condena de Rouhani, entre ellos el fiscal general y los comandantes principales de la Guardia Revolucionaria. Irán también dirigió una carta al secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon en la que expresaba su arrepentimiento y prometía detener a los perpetradores y tomar las medidas necesarias para prevenir que acontecimientos tan lamentables se repitieran en el futuro. El remordimiento iraní parecía directamente dirigido a Riad.

Dicho esto, parece que el comportamiento del gobierno iraní raya con la esquizofrenia. Y si lo hace, es porque es esquizofrénico. Un pequeño pero poderoso grupo de miembros de las facciones más radicales del país está intentando hacer descarrilar las iniciativas del presidente Rouhani en materia de política internacional, con el propósito a disminuir su poder y su percepción a nivel doméstico.

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La gran parte de la élite política iraní cree que es mejor eludir imponer fuertes castigos a los saudíes, puesto que los saudíes ya están pagando un castigo de lo más elevado por los propios desafíos de sus políticas económicas y militares a nivel doméstico. Según argumentan estos, arremeter contra Arabia Saudí solo contribuirá a fagocitar el discurso de Riad sobre los intentos iraníes por reforzar su poder en la zona y ocupar territorios árabes

Las facciones más duras de la política iraní lo saben bien, de ahí que decidieran saquear la embajada. Su único objetivo es radicalizar las políticas del país para así conseguir eliminar a sus enemigos políticos. Su único pretexto es que lo hacen en nombre de la seguridad nacional; el caso es que la violencia doméstica menoscaba los intentos acometidos en la región por Rouhani, quien se ha propuesto sacar a Irán de su relativo aislamiento. En el momento en que este artículo está siendo redactado Irán está a punto de enfrentarse a sendas vitales votaciones, y las facciones más duras están haciendo todo lo posible para preservar su propio poder militar.

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Si Rouhani es capaz de mantener su promesa de dar con los asaltantes de la embajada y llevarles ante la justicia, eso dirá mucho de su poder actual. Y si el gobierno iraní es capaz de hablar con una única voz y gestionar las salvajes acciones de sus radicales, eso ayudará enormemente a asfaltar el camino rumbo a un escenario donde las tensiones con su homólogo saudí se hayan rebajado sustancialmente.

Las consecuencias de un deterioro permanente en las relaciones entre Irán y Arabia Saudí no deben de ser exageradas. Ninguno de los dos está en disposición de imponer su voluntad sobre el otro, así que ambos se enfrentan a idéntico dilema: si no aceptan sus poderes respectivos, no serán capaces de garantizar su seguridad doméstica. Si ambos no son capaces de dirimir sus diferencias y acercar posiciones verbalmente para rebajar tensiones, la inseguridad regional continuará siendo una plaga calamitosa en el interior de sus respectivos regímenes. Y lo cierto es que hasta que no se enfríen las tensiones entre Riad y Tehereán, el conflicto a lo largo de todo Oriente Medio tendrá más posibilidades de empeorar que de mejorar.

Reza Marashies director de investigaciones en el Consejo Nacional Iraní-estadounidense. Síguele en Twitter:@rezamarashi

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