Todas as fotos pelo autor.

‘Viene y va’: la Lisboa de la droga y la prostitución que nadie ve

Tras las fachadas renovadas de los edificios, invisible a los ojos de la burguesía embelesada con el “nuevo” barrio lisboeta de Intendente, se esconde el pueblo del abismo.

por Tiago Figueiredo; traducido por Mario Abad
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05 febrero 2019, 4:45am

Todas as fotos pelo autor.

AVISO: Este artículo contiene descripciones e imágenes que podrían herir la sensibilidad de algunos lectores.

Estuve más de dos meses recorriendo Intendente, uno de los barrios históricos de Lisboa marcado desde hace décadas por el estigma de la prostitución y la drogodependencia. Fui en busca de esa realidad paralela a la renovación del barrio y al éxito turístico de la ciudad.

Conocí vidas que se soñaron distintas antes de acabar en la calle. Me llevaron a las habitaciones, las casas okupas, los puntos de la droga. Estas son las personas a las que nadie quiere mirar a los ojos cuando va al nuevo Intendente a tomarse un gin tonic aromatizado con enebro. Estas son las personas que podríamos ser nosotros.

Soraia

Poco tiempo después de verla por primera vez, en un tramo de escaleras reconvertido en narcosala, la vi pasar por la calle, a lo lejos. Alguien a mi lado exclamó, en voz baja:

— ¡Joder! ¡Mira lo flaca que está Soraia! Estaba tan buena cuando llegó aquí…

— ¿Cuándo fue?

— Hará unos tres meses. No hace tanto.

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Esa noche, en las mismas escaleras en las que la conocí y fotografié fumando crack, supe que quería que fuese uno de los personajes centrales de mi trabajo, pero no era fácil llegar a ella. Más tarde la vi pasar con una amiga por Largo do Intendente. Me aproximé a ella, la saludé e intenté acompañarla a su paso.

— ¿Puedo ir con vosotras?

— ¿Adónde?

— Adonde vayáis.

— Pero es que nos vamos a nuestro cuarto, amor.

— No hay problema. Dejadme ir con vosotras.

— No puede ser, en serio. Lo siento.

Y siguieron caminando. Cruzaron la calle, se encontraron con un hombre que las esperaba y los tres cogieron un taxi, que aceleró y se perdió avenida abajo.

Hasta que, al final de un día frustrante, tras varias horas visitando los bares de Rua dos Anjos y bebiendo para conseguir charlar con las chicas sentadas en la terraza, recorriendo las calles en busca de algún personaje para mi trabajo y sin haber hecho ni una foto, cuando ya estaba a punto de volver a casa a las dos de la mañana, vi a Soraia caminar hacia mí. Ella también estaba desalentada. Había pasado la noche en Martim Moniz pero no tuvo ni un cliente. Le propongo fotografiarla en una habitación.

Bajamos juntos por Rua do Benformoso hacia la pensión más cercana. La puerta de la calle es discreta, de un aluminio verde que aparenta ser antiguo, igual a tantas otras, con una placa atornillada a un lado, en la pared, en la que se indica que se ofrece alojamiento. Soraia toca el timbre, se abre la puerta y subimos un tramo de escaleras hasta llegar a un vestíbulo oscuro con sillas dobles de madera y mesas auxiliares, mal iluminadas por la luz procedente de los pasillos que van a dar a las habitaciones. A la derecha, la ventanilla de la recepción. Soraia me pide que entregue cinco euros para la habitación. Al otro lado de la pequeña abertura, al nivel de la cintura, ya saben a qué vamos. Una mano de mujer recibe el dinero y me entrega la llave.

— Tenéis una hora.

Soraia va delante mientras yo hago fotografías, invadido por la adrenalina al saber que cada momento allí vivido es irrepetible y que la calidad del registro depende de mi observación, mi decisión y mis reflejos. Estar tan alcoholizado me dificulta el trabajo, pero si no fuera así, no habría entrado en la pensión.

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También Soraia necesitaba algo para estar ahí.

— ¿Te importa que fume?

Y fumó, después de desnudarse. Algunos clientes también fuman con ella, cuando van a la habitación. Fumar la ayuda a no sentir tanto, aunque depende de la calidad de la droga. Si está demasiado cortada, mezclada con harina o cal de las paredes, el efecto acaba antes del deseo del cliente. Esos días le cuesta más estar ahí.

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— Nunca imaginé que me pasaría esto. Durante años trafiqué con droga en España y siempre me resistí a consumir. Vi mujeres iguales que yo ahora, vi la desgracia a mi alrededor, pero nunca pensé que caería en ella.

Para llegar a este punto, hubo un recorrido. Hubo un nacimiento en Portugal, una infancia en España, criada por la abuela, la rebeldía de la juventud, los novios seductores, el vínculo con una red de tráfico de drogas y armas, el regreso a Portugal para huir de la Guardia Civil, el nacimiento de un hijo que ahora crece con familiares en la periferia de Lisboa, varios viajes a Alemania por un negocio de matrimonios concertados con inmigrantes del Este. Y, finalmente, Intendente, donde la conocí, siempre acelerada, siempre con prisas para ir a algún sitio, desesperada por la próxima dosis.

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El cuaderno de notas sobre el que Soraia deshizo la dosis que se acaba de fumar contiene textos, poemas y letras de canciones que escribe para mantener la cabeza ocupada. Escribe en español, la lengua que mejor domina, la lengua en la que piensa. Le pido que me lea el texto que más le gusta. Viene y va.

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Siquiera ha pasado una hora cuando llaman a la puerta. Oigo a la recepcionista decir que tenemos que salir, que ya hemos agotado nuestro tiempo. Soraia se pone nerviosa y empieza a meter apresuradamente la cachimba y la navaja en el bolso.

— No abras, por favor. No pueden ver que estamos fumando aquí dentro.

Respondo que todavía no ha pasado la hora. Al otro lado, la irritación va en aumento. Los golpes se intensifican. No miré el reloj al entrar, pero seguro que no ha pasado una hora. Levanto la voz, grito e insisto en que aún no tenemos que salir. Soraia se viste, nerviosa. Me pide que espere un poco más. Cuando quito el pestillo a la puerta para salir, veo a la recepcionista, una segunda mujer y un hombre en el pasillo, con cara de pocos amigos. Proxeneta, prostituta y cliente. Intercambiamos miradas, por ese orden. Odio, vacío y vergüenza. “¡No vuelves a entrar aquí nunca más!”, grita la recepcionista cuando pasa Soraia.

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Unos días más tarde, Soraia me enseñó la casa abandonada en la que dormía, en una de las calles más empinadas del barrio. Para entrar, había que atravesar una verja y luego arrastrar una tabla que cubría la entrada. Hay restos de las obras de restauración del edificio —una hormigonera, cubos, tablas—, pero por alguna razón se quedaron a medias. Ahora, es el refugio de Soraia y de otras diez personas.

Aquella noche, Soraia tenía sentimientos encontrados. Tirada en la calle halló una dosis de crack que se fumó delante de mí mientras me explicaba que uno de los ocupantes de la casa, enamorado de ella, le había pedido empezar una relación. Ella le contestó que no estaba interesada y él, consumido por los celos, cogió una navaja y le rajó la única ropa que tenía, guardada en una mochila en casa. Pero aquello ocurrió hace más de un año, en septiembre de 2017. He pasado por allí de nuevo. Han reanudado las obras. Nunca más he vuelto a encontrarme con Soraia. No sé dónde duerme ahora. Ni siquiera sé si sigue por aquí.

Intendente

La fama de barrio bohemio se coló en Intendente allá por la década de 1960. Primero surgieron los bares pequeños, luego llegó la prostitución. El 8 de agosto de 1977, el diario A Capital daba la noticia de que solo en el primer semestre de ese año, 313 prostitutas habían sido arrestadas en Lisboa, con edades entre los 16 y los 34 años.

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Con el pasar de los años, la represión de las mujeres prostituidas se redujo en la misma medida en que pasaron a formar parte del folclore local. La relación más explosiva del barrio con la drogodependencia empezó a principios de la década de 2000, con intervenciones en dos de los principales núcleos de la droga de Lisboa, Casal Ventoso y Curraleira, que, lejos de resolver el problema humano en esas zonas, lo trasladaron a otros puntos de la ciudad.

De esa forma, Intendente y los barrios aledaños pasaron a ser importantes puntos de venta de droga de Lisboa. La relación entre la toxicomanía y la prostitución, desde hacía tiempo vinculada al alcoholismo, se dio de forma natural.

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A finales de 2012, la Câmara Municipal de Lisboa apostó por la revitalización del barrio. Se llevaron a cabo obras de remodelación de la plaza principal, se reforzó la presencia de la policía de proximidad, y el gabinete del presidente de la autarquía se transfirió temporalmente al centro del barrio. Con los años, aumentó la presión política para convertir el barrio en una zona con alojamientos para turistas y residentes.

Subieron los alquileres y la población de más edad se vio obligada a abandonar el barrio ante la imparable transformación de antiguos almacenes en hoteles y complejos de lujo. Llegaron los bares de moda, los restaurantes hípster, toda una población gentrificadora que descubrió el “nuevo” Intendente, ignorando el “viejo”. Interesaba despojar al barrio de su estigma, acabar con la sensación de inseguridad para atraer a las clases más pudientes. Las redadas y detenciones son frecuentes, pero tanto prostitutas como toxicómanos y camellos continúan viviendo en las calles periféricas del barrio, físicamente cerca, aunque alejados de las miradas de los turistas.

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Ángeles y demonios

Cuando lo conocí, Erineu estaba sentado en el escalón de la puerta de un bar cerrado, en Rua dos Anjos. Concentrado en un objeto en forma de cachimba, hecho a mano a partir del cuello de una botella, usaba el muelle desenrollado de un bolígrafo para extraer del interior de la boquilla los restos de crack que había estado fumando poco antes. A continuación, cubrió la cazoleta con papel de aluminio, abrió pequeños orificios con una navaja, agrupó los residuos en el centro, se llevó la boquilla a los labios y, con un mechero, avivó el fuego.

— Ya no tira.

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Una pareja de turistas pasa por delante con paso nervioso. Van hacia Largo do Intendente, pero el GPS no tiene filtros sociales y les indicó la ruta más corta y menos renovada. Caminan encorvados mirando al suelo, la curiosidad morbosa por lo que ocurre junto a ellos a duras penas satisfecha por el rabillo del ojo, como si fuera una rendija en la pared, el agujero de una cerradura. Es toda una calle en la que se ven obligados a pasar a un suspiro de gente consumiendo, de prostitutas a la espera de clientes y antiguos vecinos ahogando sus penas. A las puertas de los bares se juntan hombres y mujeres cuya naturaleza no logro identificar. Fluye cierta sensualidad, una especie de flirteo con códigos que todavía no domino. Es obvio que me consideran un forastero; unos días me aceptan como fotógrafo, otros sospechan que soy un policía infiltrado.


MIRA:


Al caer la noche, vuelvo a encontrarme a Erineu en la calle. Va de camino a Mouraria, el barrio de al lado, para comprar una dosis. Me pregunta si quiero acompañarlo y me advierte de que allí no podré usar la cámara. Las calles del barrio se estrechan hasta convertirse en pasajes y callejuelas tortuosos que desembocan en avenidas en las que los niños corren detrás de un balón, las mujeres conversan y los abuelos beben cerveza y juegan a cartas. En la esquina donde Erineu compra su dosis de crack hay varios jóvenes señalizando la entrada y salida de compradores. Están apostados a lo largo de las calles que conducen al punto de venta; son la red de control que alerta de una posible operación policial.

Llegamos adonde está el camello. Del bolsillo de Erineu sale un billete de 10 euros. De la boca del chico, oculta entre la mejilla y la encía, sale una bola blanca de medio centímetro de diámetro, envuelta en celofán. Al salir del barrio, pasamos por un colmado. Erineu entra, entrega 20 céntimos y recibe una hoja de papel de aluminio, ya cortada. La economía del barrio se adapta a las necesidades de los que viven en él.

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Con paso ahora acelerado, regresamos a Intendente por Rua do Benformoso. Por el camino, se une a nosotros un conocido de Erineu, un rumano de facciones cerradas, rostro afilado y cuerpo enjuto. Entramos en un edificio, subimos escaleras hasta que dejamos de ver luz natural y nos sentamos. Erineu prepara su dosis sobre la hoja de papel de aluminio. A su lado, el rumano con la mirada fija.

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Ese día conocí a Soraia. Se unió al grupo, se sentó unos escalones por encima, preparó su cachimba, fumó, apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos. Quince minutos después, se despidió y se marchó con el rumano.

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Me quedé con Erineu, que estaba quemando los últimos restos de la bolita que había comprado hacía apenas una hora. Soraia se cruza con un hombre que, de repente, aparece al pie de las escaleras. Este pregunta por Erineu y, en cuanto me ve, cámara en mano, empieza a subir las escaleras con mucho ímpetu.

— ¿Tú quién eres?
— Soy fotógrafo. Estoy haciendo un trabajo sobre…
— ¡De cara a la pared! ¡Policía!

Y me enseña su distintivo abriendo la cartera con un gesto rápido. Luego empieza a hablar a su solapa, presionándola con la mano, para pedir refuerzos.

— ¿Qué llevas en los bolsillos?
— Las llaves de casa…
— ¡Sácalo todo!

Saco las llaves, varias monedas, el teléfono móvil.
— ¿Este teléfono es tuyo?
— Claro.
— Apágalo y vuelve a encenderlo.

Me devuelve las llaves, las monedas y el teléfono.

— Vete. ¡No quiero volver a verte por aquí!
— Pero puedo hacer fotos, no estoy haciendo nada ilegal.
— ¿No has oído lo que te he dicho, joder? ¡Largo! ¡No quiero verte más por aquí! Tú no aguantas este ritmo. Es por tu bien. ¡Vete a fotografiar otra cosa! No te quiero ver más, ¿me has oído?

Bajo las escaleras y vuelvo a casa, humillado y ofendido, pensando en este episodio. “Así que es un policía infiltrado. Nunca pensé… Un tío con pantalones de color caqui, alpargatas, camisa de lino blanca y tirantes. Y he dejado a Erineu con todo el marrón, joder. Mañana vuelvo a buscarlo.

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En la calle, el alboroto habitual. Los aromas de oriente invitan a entrar a los restaurantes, los colmados repletos de fruta, legumbres y productos enlatados, abiertos hasta tarde, iluminados por una mortecina luz fluorescente, los bares con las puertas abiertas y mucho alcohol, con música africana a todo volumen, seductora y sensual. Una noche como cualquier otra.

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Al día siguiente, volví al barrio. Encontré a Erineu.

— Erineu, ¿estás bien?
— Ya. Todo bien.
— ¿No hubo crisis anoche?
— ¿Eh?
— El tío ese, en las escaleras. ¿Quién es?
— Ah… No, fue todo bien.
— Pero ¿quién es?
— Está todo bien.

Era igual que Bo Derek

Se busca un milagro de euforia en el alcohol, una máscara de éxito. Bebemos para convertirnos en esa persona optimista que magnifica los hechos, engrandece los sueños y olvida las tristezas. Lo que contamos a partir de ahí puede no corresponderse enteramente con la verdad, pero casi siempre se relata con generosidad y la mejor de las intenciones. Tal vez no resista a un fact checking de cátedra, pero si quien lo narra es feliz al hacerlo, interesa a los aliados de la noche escuchar y esforzarse por creer en la medida de grandeza que la humanidad permite.

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Anabela fue una mujer que lo tuvo todo y todo lo perdió. En su juventud, vivió los privilegios de pertenecer a una clase social acomodada, deslumbrada con el poder y los lujos posibles en un país pobre que se está despertando lentamente de 48 años de invierno fascista. Me habló de los paseos en descapotable por el paseo marítimo, los viajes en velero por el Mediterráneo, su cuerpo escultural que recordaba al de Bo Derek, la cocaína de mejor calidad que se esnifaba en las fiestas de la socialité.

Y después, la caída vertiginosa con contornos de detalles que desconozco. Sé de un divorcio, la expulsión de la familia con apellido, la pérdida de privilegios, la adicción a un vicio cara de dejó de poder pagar. Al final de la línea, aquí estamos, sentados en una de las mesas de un bar en el que me advirtieron de que no pusiera un pie, antro de marginados peligrosos, bebiendo whiskies uno detrás de otro y compartiendo máximas filosóficas como si fuéramos Hegel y Kant. La euforia del alcohol haciéndonos mayores de lo que somos.

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Una cosa es cierta: Anabela se mueve por las callas como quien es capaz de percibir cosas que a la mayoría se nos escapan. Varias veces la vi charlar animadamente, en un tono casi siempre condescendiente, en algún corrillo de habituales y, de repente, saltar al otro lado de la calle para intervenir en otra charla.

Dice que practicó artes marciales cuando era más joven, y tal vez eso le haya dado una seguridad mental distinta a la de los demás. Para demostrar la veracidad de lo que dice, me enseña lo firmes que tiene la musculatura de los muslos, a pesar de sus más de 50 años.

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Varias semanas después de conocernos, sentados en una terraza bebiendo cerveza y charlando, le expliqué a Anabela que conocí al tipo de los tirantes y de la escena que me volvió a montar días después de aquel episodio en las escaleras. Era de noche y yo pasaba por Martim Moniz, otro punto de encuentro de traficantes, toxicómanos y prostitutas. El mismo tipo, las mismas alpargatas, los pantalones de color caqui, la camisa de lino blanca y los tirantes. Estaba de pie, con los brazos cruzados y las piernas ligeramente separadas, apoyado junto a la boca del metro. A su alrededor revoloteaban varios drogadictos, todos de cuerpo menudo, todos sumisos y de gestos nerviosos, como electrones girando en torno a un átomo. Uno de ellos se agacha para coger una colilla del suelo. El tipo aleja la colilla de un puntapié y el toxicómano casi se cae de espaldas del susto. El tipo mira a su alrededor y me ve, a lo lejos.

— ¡Ey, tú! ¡Ven aquí!

Me acerco a regañadientes.

— ¿No te había dicho que no volvieras a hacer fotos por aquí?

—…

— ¡Desaparece, hombre! Que tú no aguantas esto. Se te ve en los ojos. Tú no perteneces a este mundo y vas a acabar muriéndote aquí. Sal mientras estés a tiempo. No te quiero volver a ver.
Me aceleré, irritado. “¿Quién es ese tío?”.

Anabela sonrió.

— Aún no te lo había contado porque no sabía quién eras. Es un tío que hace negocios en la calle. Va apareciendo por aquí, pasa unos días y después desaparece cuando la cosa se pone fea. Estuvo como emigrante en Canadá, por eso lo llaman “el Americano”. La noche en que se hizo pasar por policía, en esas escaleras, me lo contó todo. ¡Se reía a carcajadas del susto que te pegó! Aún dice que tendría que quedarse con la cámara si te vuelve a ver, pero dudo que hablara en serio.

De entre los varios medios de subsistencia, vender su cuerpo es el que permite a Anabela ganar lo necesario para sentirse libre. Por lo menos así es como habla de la prostitución. Dice que no se va con cualquiera y que incluso tiene clientes fieles que tienen su número y la llaman para pasar un fin de semana juntos. Cuenta que una vez estuvo más de 10 horas seguidas con uno de esos clientes, un amigo, que había tomado viagra. Cuando el dolor de mandíbula se hizo insportable, Anabela le pidió que pararan. Hace unos días, prosigue, estuvo con otro, casado, que mientras lo hacían iba grabando en directo para que lo viera su mujer.

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Anabel dice que esos fines de semana especiales llega a ganar 400 euros. Somos aliados de la noche y nos interesa escuchar y esforzarnos por creer en la medida de grandeza que la humanidad nos permite. Pero, en los dos meses que allí estuve, comprobé que el valor de las prostitutas varía según la edad, la clientela del día o la desesperación por conseguir algo de dinero antes de que termine la noche.

Vi chiquillas que acababan de abandonar la adolescencia, recién llegadas al barrio, que cobraban 25 euros. Las que llevaban en el cuerpo y la cara las marcas de la edad y la salud minada pedían 20. Eso en los días más optimistas, porque podían rebajar a 15 e incluso 10, cuando la resaca del crack empezaba a dejarse notar. Una tarde, mientras conversaba con Anabela, llegó una amiga. Enervada, respirando dificultosamente por la ofensa que acababa de oír, nos contó que un hombre quería irse con ella por 7,5 euros.

— ¡Y sin preservativo!

Ella se negó, obviamente. Pero solo eran las seis de la tarde y no sabemos cómo acabó esa noche.

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Por un millón

Todo tiene un principio. Eso es así para todo el mundo. Ninguna mujer nace puta. Ninguna mujer se hace puta antes de que alguien le pague para serlo. Una vez, una persona que me quiso convencer de la naturalidad de esa opción de entrar en “la vida”, me preguntó:

— Si te ofrecieran un millón de euros para irte a la cama con alguien, una sola vez, ¿lo harías?

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Un millón de euros resuelve la vida a cualquiera. Pero esa reducción a lo absurdo de poco sirve cuando volvemos a la vida real. Para llegar al millón de euros, una mujer que reciba 20 euros cada vez debería hacerlo 50 000 veces. Si se acuesta con cinco hombres al día, tendría que trabajar durante 27 años sin interrupción, sin días de descanso, para llegar al millón. Viene y va.

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Y entonces yo pregunto, para que la comparación sea más justa:

— Si te ofreciesen un millón de euros cada vez que te fueses a la cama con alguien, pero para ello tuvieras que hacerlo cinco veces al día, todos los días durante 27 años, ¿lo harías?

La primera mujer que fotografié en la habitación de una pensión en Intendente estaba apoyada contra la pared en una esquina, bebiendo moscatel. Era una mujer negra, bonita, de formas voluptuosas, rostro maquillado, labios pintados de rojo, cabello liso y recogido en una coleta y pendientes de aro. Llevaba una falda negra plisada y una camiseta blanca ajustada sobre la cual reposaba un gran collar plateado con cuatro medallones enlazados.

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A pocos metros de ella había un colmado de pakistaníes en el que entré para pedirme otro moscatel. Le pregunté si podía invitarla a otro, con la idea de dar pie a una conversación. ME dijo que hoy no había venido a Intendente para irse a la habitación, que solo quería tomar una copa y estar con amigos.

— Solo quiero hacerte fotos y charlar contigo. Quiero saber más de este mundo. Media hora.

Aceptó. Quince euros, más cinco para la habitación. Lo que me habría cobrado como cliente.

Cuando entramos en la habitación de la pensión, le pedí que se sentara. Quería saber más sobre ella, charlar un poco antes de empezar la sesión. Sentí la necesidad de decirle que era importante para mí que la experiencia no le resultara desagradable. No reaccionó a ese momento de hipocresía judaico-cristiana. Me explicó que había tenido dos trabajos, pero perdió uno. Empezó a faltarle el dinero y, a punto de perder la casa en la que vivía sola con su hijo pequeño, desesperada, sucumbió. Una vez. Y otra y otra. Para aliviar el enojo que sentía, bebía whisky barato, que le servían en vasos de plástico en los colmados de la zona. Un día alguien le propondrá fumar crack porque ayuda a olvidar. Si cede a la propuesta, es probable que el pago del alquiler del piso pase al segundo lugar en su lista de gastos urgentes.

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Pero esa mujer, que espero que haya conseguido ya encontrar un trabajo que no la obligue a beber y le permita pagar el techo bajo el que vive con su hijo, no es la que aparece en las fotografías [arriba]. La chica de las imágenes tiene 19 años y, por asuntos familiares, se fue de casa. Sin medios de subsistencia, acabó en Intendente.

Cuando entré con ella en la pensión, salía otra mujer.

— Ah, ¿tú también trabajas? Ya te tenía vista, pero no estaba segura. Eres tan joven…
— Sí, empecé hace una semana.

Tiago Figuereido es periodista, fotógrafo y realizador. Puedes seguir su trabajo en Instagram y en su sitio web.

Este artículo se publicó originalmente en VICE Portugal.

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