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Drogas

Cómo dejé de beber en una sociedad que me quiere ver siempre borracha

Desde jóvenes, nos enseñan que beber es algo positivo y glamuroso. Es cosa nuestra aprender que realmente no lo es.

por Eve Peyser; ilustración de Lia Kantrowitz; traducido por Mario Abad
18 Octubre 2018, 3:45am

Photo illustration by Lia Kantrowitz

Desde la adolescencia hasta bien entrados los veinte, todo acontecimiento social al que asistía tenía que estar necesariamente regado con alcohol. Me encantaba emborracharme: calmaba mi ansiedad social, hacía desaparecer mis inhibiciones y me distraía de la agonía de la existencia. Sin embargo, el 1 de octubre de 2016, el día de mi 23 cumpleaños, decidí hacer lo imposible: dejar de beber. Desde entonces, he hecho el esfuerzo de hablar abiertamente de ello por las redes sociales porque la cultura de la bebida está muy generalizada y quiero que la gente sepa que hay una forma de salir de ella.

A consecuencia de mi anuncio público de abstinencia, un montón de gente me ha preguntado cómo conseguí dejar el hábito, y me encantaría poder darles una respuesta sencilla. Me he pasado muchos años ebria, a caballo entre el autodesprecio más absoluto y los episodios de euforia propios de un borrachera. El problema de ser alcohólica es que te rodeas de gente que tiene el mismo comportamiento extremo que tú. La bebida está presente en todos los aspectos de tu existencia hasta el punto de que llegas a normalizarla. La cultura en la que vivimos promueve los brunches con cócteles, las reuniones de madres con “un vinito” y los happy hours. Vivimos en un mundo en que personas maduras invitan, casi obligan, a compañeros y amigos a “tomar una copa o dos” para dejar atrás los problemas de un duro día de trabajo, por lo que el beber compulsivamente no extraña a nadie.

En un momento en que la controversia sobre el nombramiento de un juez de la Corte Suprema ha derivado en insólitas referencias a desmayos etílicos y juegos con bebida, resulta llamativo que tan poca gente muestre su rechazo a una cultura que vea normal, e incluso positivo, que sus adolescentes se pongan ciegos a beber. Los medios que tenía a mi alrededor durante la adolescencia -desde las películas de James Bond a Sexo en Nueva York- me mostraban un estilo de vida en el que la gente bebía constantemente, pero sin perder el control. Me mostraban un mundo en el que el alcohol no era nada preocupante y, de hecho, era signo de madurez y refinamiento. Cuando empecé mi primer año en la universidad, recuerdo que siempre tenía en mi diminuto frigorífico un paquete de cervezas porque me parecía que abrir una después de una dura jornada de clases era de lo más adulto.

Empecé a desarrollar mi interés por pillar ciegos en la pubertad. Me aburría y asustaba estar sobria, así que me convencí a mí misma de que no había nada malo en tomarme entre una y diez bebidas alcohólicas al día, desde los 17 años hasta el día antes de cumplir los 23.

La carismática figura del alcohólico funcional es un clásico que se repetía en películas y series que me encantaban

Había crecido en una sociedad que me decía que emborracharse no está bien, pero que me animaba constantemente a hacerlo. La carismática figura del alcohólico funcional es un clásico que se repetía en películas y series que me encantaban, como Cómo conocí a vuestra madre, Colgados en Filadelfia o Resacón en Las Vegas. Beber compulsivamente parecía ser una parte inherente de la condición de adulto. Estoy convencida de que ese es el mensaje que recibieron los miembros de la generación X durante su juventud, y el que yo recibí, también. No solo puedes verte presionado a beber por parte de la gente de tu edad, sino también por una sociedad que espera que sus adolescentes se comporten de forma imprudente.

Yo cumplí con esas expectativas: prácticamente todos los eventos a los que me invitaron desde mi graduación se celebraban en un bar o en un sitio con barra de bebidas. Y desde una edad muy temprana, el alcohol era un imprescindible en todas las fiestas a las que iba.

Tuve que tocar fondo para llegar a tomar la decisión de dejarlo. En los meses anteriores a mi 23 cumpleaños, la adicción se me había ido de las manos. He sufrido depresión y ansiedad durante gran parte de mi vida, y en el alcohol encontré una forma de automedicación que acabó convirtiéndose en un peligro antes de que pudiera dejarlo. Me emborrachaba y fantaseaba con suicidarme. Despertaba con una resaca horrible, lo que no hacía más que intensificar mis pensamientos suicidas.

El 30 de septiembre de 2016, durante la celebración de mi cumpleaños con muchos de mis amigos y conocidos en un bar, finalmente toqué fondo. Me sentía inmensamente sola, profundamente desdichada e incapaz de ser amada. Cuanto más bebía, más me convencía de que la vida era demasiado dolorosa y tenía que ponerle fin. Me fui de mi propia fiesta destrozada, llorando en el taxi, y cuando llegué a casa, escribí una nota a las personas que quería pidiéndoles disculpas y empecé a intentar materializar mis pensamientos suicidas. No recuerdo por qué decidí parar, pero finalmente decidí buscar ayuda y dejar de precipitarme hacia la muerte.

Me desperté con una resaca monumental y supe que, si no dejaba la bebida, acabaría muerta de verdad

A la mañana siguiente, me desperté con una resaca monumental y supe que, si no dejaba la bebida, acabaría muerta de verdad. Para seguir viva, debía hacer algo muy duro y que realmente no quería hacer. Al principio, me propuse dejarlo durante 100 días. Ya vería qué hacer después.

Un amigo me llevó a una reunión de Alcohólicos Anónimos. No me hacía mucha gracia la idea, pero me sentí enormemente agradecida de que alguien se preocupara por mí. Al cabo de un mes de estar limpia, empecé a salir con alguien que también hacía poco que lo había dejado. Para mí, el apoyo de mi pareja ha sido crucial para poder mantener mi decisión de no beber.

Lo increíble de haber llegado a ese punto tan bajo que propició el cambio ¾no me gusta decir que estoy limpia porque todavía fumo maría¾ fue que, con cada día que pasaba, cada vez veía más claro que la vida sin alcohol era el único camino posible. Ya mucho antes de cumplir los 100 días limpia, sabía que ese iba a ser mi nuevo estado de normalidad. Los beneficios eran obvios: ya no tenía que sufrir las resacas ni la pesada losa del arrepentimiento.

Cuando bebía, siempre me veía involucrada en situaciones peligrosas: me desmayaba, me iba con cualquier desconocido en su coche o me liaba con tíos con los que no quería acostarme porque iba demasiado ciega como para preocuparme por mi bienestar o pronunciar la palabra “no”. Después de dejarlo, el mundo no me daba tanto miedo porque ya no tomaba tantas malas decisiones que me llevaran a conocer al peor sector de la población.

No hay ningún truco secreto y sencillo para dejar la bebida. Es muy duro y te cambia la vida. Antes era una criatura muy social que iba borracha de evento en evento, haciendo amigos oportunistas que lo único que tenían en común conmigo era el estado etílico. Esta etapa sin alcohol está siendo para mí como un nuevo comienzo, y aún hoy sigo descubriendo quién soy cuando no estoy borracha. Ya no me interesan las reuniones multitudinarias ni las fiestas nocturnas, ni todo aquello que pensaba que definía mi personalidad cuando estaba bebida. Ahora casi nunca voy a los bares. He descubierto nuevas aficiones como hacer pan, los crucigramas o pasear en bici. Ya no llevo una vida salvaje, sino una existencia moderada que me parece más sostenible con cada día que pasa.

Además, no siento por esta nueva versión de mí misma que estoy conociendo el desprecio que sentía por mi yo alcohólico. Soy más reflexiva y cada vez más compasiva conmigo misma y con los demás. Antes bebía porque podía, porque era socialmente aceptable y, sobre todo, porque no me quería demasiado. Dejar el hábito no hizo que de golpe me viera imbuida de autoestima. Es un proceso lento. Ahora que no bebo, soy más paciente y, por una vez en la vida, siento que tengo control sobre mí misma.

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Este artículo apareció originalmente en VICE US.

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