Me pasé un día respondiendo en WhatsApp con el texto predictivo del móvil

Dejemos que las máquinas piensen por nosotros de una vez por todas.

por Ana Iris Simón; ilustración de Teresa Cano
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22 octubre 2018, 4:00am

Me pasa a veces, a todos nos pasa a veces, que respondo mensajes de WhatsApp, mails e incluso llamadas como una autómata, casi sin pensar. Como si en mi cabeza no hubiera nadie al volante. De hecho es que en mi cabeza a veces no hay nadie al volante. Me pasa a veces, a todos nos pasa a veces, que se nos acumulan los WhatsApp por responder, las notas de voz por oír y de repente fuera llueve y la vida pesa y la tecnología pesa aún más.

Y pienso entonces, todos pensamos entonces, que a la mierda el móvil. Que lo mejor sería vivir como Unabomber o al menos como nuestros abuelos, tranquilamente, sin notificaciones. Sin retuits y sin likes. Pero luego reculo un poco, todos reculamos siempre un poco, y decido que con que alguien, una inteligencia artificial, un asalariado, me da igual, me responda gentilmente los mensajes de WhatsApp me vale. Con no tener que pensar lo que escribirle a cada persona en cada momento me es suficiente.

Y un día, de repente, caigo en la cuenta: el texto predictivo del teclado. El jodido texto predictivo del teclado, la solución siempre había estado ahí. Así que decido probar. Durante un día escribo y respondo mis WhatsApp eligiendo únicamente las dos primeras palabras de cada frase. Las siguientes serán fruto del azar, de la casualidad, de la inteligencia artificial de mi teléfono. A continuación, una pequeña muestra del día que comprendí por fin el dadaísmo y cómo funciona la cabeza de Dorleta.

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Mi primera víctima es mi amiga Cynthia, con la que además de 20 años de amistad me une una tendencia irremediable a la turra, ya sea en formato analógico o digital. Andamos hablando sobre el precio del alquiler en Madrid cuando arranco mi experimento. Ella me dice que cómo pueden las familias asumir esos precios y yo, como solo puedo elegir las dos primeras palabras de la frase, me decanto por "las familias".

Me compara con Rajoy —no será la única a lo largo del día— y, en un giro inesperado del guion, se echa la culpa sobre los hombros: "No entiendo nada hoy Ana Iris". Hemos quedado al día siguiente, así que me sugiere que repasemos la conversación juntas para ver si así logra entender. Y al final, cuando el autocompletar decide que voy a parecer un libro de Josef Ajram, acaba entrando en mi juego: "Tan felices que es lo más importante de la vida y de la verdad", le digo. "Claro, el mejor momento de la semana", responde. +1 para el texto predictivo.

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La segunda damnificada del día es madre. El experimento dura poco con ella porque la frase con que la abordo gracias al texto predictivo no es precisamente tranquilizadora: "Hola mamá, estoy aquí en casa y voy a ducharme con el tío". A la segunda interacción me llama, evidentemente. Sabía que iba a ocurrir. Me dice "¿QUÉ PASA?", pero su tono no es de preocupación sino de indignación. Le explico la movida, claro, y se empieza a reír hasta casi ahogarse al otro lado del teléfono. Me dice que pensaba que le estábamos haciendo una cámara oculta. Me cuenta que estaba repartiendo —es cartera— y se le acercó un chico, veinteañero según ella.

Le dijo que si le podía hacer una pregunta. Ella respondió que sí. "¿Tienes novio?", la interrogó. Ella respondió que sí. "Es que lo acabo de dejar con mi piba —mi madre dijo mi piba, una palabra que no había usado seguramente jamás, así que el chaval dijo claramente piba— y estoy buscando algo sin compromiso", anunció el muchacho. Mi madre se indignó, le dijo que se buscara a otra y siguió andando con su carro amarillo. A los cinco minutos yo le escribí ese mensaje, y claro, la mujer ató cabos y pensó que aquel mozalbete era mi cómplice y que en ese momento había una cámara grabándola desde Dios sabe donde. A veces los jueves pueden ser maravillosos, máxime si hay un texto predictivo y una casualidad de por medio. Te quiero, mamá.

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El día anterior a mi experimento Guillermo, mi novio, había ido por circunstancias que no vienen al caso a ver al Mago Pop. Así que aprovecho para abordarle preguntándole sobre el tema. Me explica, audio de tres minutos mediante, la función. Le pregunto si el mago "es un tío guay" porque el móvil así lo decide y responde en otra nota de voz más breve esto que procedo a transcribir:

"No, eh... no es un tío muy guay, no sé, un classic. Mítico catalán así delgadito, pequeñito y que se pone pantalones pitillo todavía y combina zapatillas con una corbata negra corta. A mí eso guay no me parece, pero bueno". Lo que sucede después es una conversación que podría incluirse en el guion de Colega, ¿dónde está mi coche? en la que mi novio me entiende.

Me entiende, joder, y no estoy eligiendo yo las palabras, lo que me lleva a reflexionar sobre el sentido y la coherencia de las conversaciones que tenemos normalmente. Sobre qué imagen tiene de mí, de mi capacidad discursiva y de mis dotes para seguir una conversación. Mi novio me entiende hasta que, como mi madre, se asusta porque el modo predictivo se pone existencialista y habla de calles oscuras y lados oscuros. Entonces Guillermo decide llamarme.

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"Joder, estaba en un parque y me he tenido que sentar en un banco y todo", me dice asustado cuando le cuento que todo forma parte de un experimento y que emosido engañado. "No entendía por qué te molestaba que dijera que el Mago Pop era bajito, tío, pensaba que se te había ido la cabeza o que te habían robado el móvil y me estaban vacilando" me cuenta. Hay posos de indignación, pero también de alivio en su voz. Y comprendo por qué quiero a Guillermo: el pobre hace por entenderme hasta cuando estoy en modo aleatorio.

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Esta es mi prima Isabel. El experimento del texto predictivo coincidió con su cumpleaños, así que de su felicitación solo pude elegir las dos primeras palabras: "Felicidades, Isabel". Para mi sorpresa, responde a mis incongruencias con emojis de corazón. Y también para mi sorpresa, el jodido texto predictivo acierta en algo: le había dicho que buen viaje y, en efecto, Isabel, que vive en Irlanda, viajaría en los próximos días. ¿Casualidad? Que los conspiranoicos hagan sus conjeturas.

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Esta es mi conversación con Macarena, compañera en VICE, mi gran fracaso. Días antes había estado hablando con una amiga —Cynthia, la de las turras, la que acabó siguiéndole el rollo a los mensajes fruto del teclado predictivo que le mandaba— de La Mano Negra, una asociación anarquista secreta del siglo XX. Quizá por eso salió a colación en esta conversación aleatoria. A Maca, que estaba en una reunión, no le interesó lo más mínimo. Quizá está demasiado acostumbrada a mis idas de olla.

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A última hora me doy cuenta de que no he experimentado con los grupos, así que elijo el de mis compañeros de piso. Es de noche y mi móvil ya está en plan existencialista, como demuestran las opciones que me ofrecía para continuar mi frase.

Lo que ocurrió a continuación fue la conversación más profunda que nunca se había dado en este grupo, en el que los mensajes se mueven entre el "¿Habéis ingresado ya la pasta?" y el "Que alguien compre aceite". Así que quizá deberíamos usar más el texto predictivo del móvil como faro textual, incluso vital. De hecho os animo a coger el testigo, a replicar el experimento y a comprobar cómo de repente la magia sucede. Porque me lo pasé increíble y porque autómatas ya somos y decimos tantas cosas al día que acaban perdiendo el sentido. Así que total, ¿qué más da?

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