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COLOMBIA

Crónica de una Bogotá en silencio

Después del anuncio sobre el plebiscito en el que los colombianos votaron por el "No" a la paz, la capital del país se convirtió en una ciudad muda. Muchos lloraban, se abrazaban, se consolaban y otros se agarraban la cabeza por la incertidumbre.
3.10.16
Imagen por Santiago Mesa/¡Pacifista!

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Este artículo fue publicado originalmente en ¡Pacifista!, la plataforma de contenidos para la generación de paz de VICE Colombia.

Pasadas las cinco de la tarde, después del anuncio de que los colombianos rechazaban la paz luego de una guerra que duró décadas entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Salón Rojo del Hotel Tequendama estaba en silencio.

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Un silencio extraño y distinto. Un silencio del alma. En las pantallas gigantes decoradas con los coloridos carteles del "sí" todavía se pasaban los videos de la campaña. Los periodistas buscaban con desespero las declaraciones de Horacio Serpa, Armando Benedetti, Mauricio Lizcano y cuanto político hubiera. El resto de las personas miraban impávidos al vacío. Muchos lloraban, se abrazaban, se consolaban, se agarraban la cabeza. Nadie podía creer la derrota. Era como estar encerrado en una especie de letargo colectivo en el que solo había una pregunta: ¿Y ahora qué?

Así es la derrota, amarga, indignante, impotente. Pero hay dos formas de asumirla: echarse al abandono y dedicarse a llorar como todos lo que estaban con sus flácidas banderitas, o secarse las lágrimas y volver a levantarse. "No hay que bajar los brazos", "debemos seguir trabajando", "esto no significa que todo está perdido", "ahora hay que hacer un llamado a la unidad", decían algunas personas, así como cuando el equipo de fútbol pierde una final. Pero daban más ganas de irse a la casa a llorar y gritar: "¡País de mierda!" hasta perder la voz.

Aún así había quienes se negaban bajar los brazos y las pocas personas que quedaban empezaron a gritar: "¡Ni un paso atrás, queremos la paz!" como una forma de aferrarse a la esperanza. La poca que quedaba.

Pero en verdad no había nada que hacer más que empacar. Nunca decir "amanecerá y veremos" tuvo tanto sentido. Un grupo compuesto en su mayoría por estudiantes universitarios bien vestidos, blancos, bogotanos en su mayoría y menores 27 años, decidió ir a la Plaza de Bolívar con sus banderas blancas. Como diciendo: "Esta búsqueda no se acaba. Derrotados pero no vencidos, carajo".

Imagen por Santiago Mesa/¡Pacifista

Bogotá se encontraba en silencio. Fría y oscura como las caras de los peatones que recorrían el centro. Por su parte, en la Avenida Séptima la vida transcurría como si nada hubiera pasado. Como si fuera un domingo cualquiera. Los vendedores ofrecían sus artículos. Un tipo gordo cantaba y un comediante se inventaba una historia de amor entre Álvaro Uribe y Piedad Córdoba.

Pura indiferencia, a nadie le importaban los cuatro gatos que gritaban por la paz y ondeaban banderas blancas. Sólo los miraban, en silencio, mientras tomaban tintico. Nadie opinaba, nadie hacía mala cara. Sólo miraban. El vivo rostro del abstencionismo.

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Aún así, esos pocos estudiantes de clase media alta y uno que otro extranjero curioso avanzaban con el firme objetivo de llegar a la Casa de Nariño, la residencia oficial del presidente Juan Manuel Santos.

Colombia dijo 'no' a los tratados de paz y se aboca a la incertidumbre. Leer más aquí.

La Plaza de Bolívar recibió una marcha triste. No había ni palomas cagando sobre la estatua del libertador. Solo frío, sombras, los fantasmas de todos los que murieron allí en 52 años de guerra con las FARC y unas cincuenta personas a las que las policía les bloqueaba el paso a la Casa de Gobierno. Los gritos y el júbilo que tanto se sintieron en ese lugar durante los días previos al plebiscito fueron reemplazados por los murmullos de incertidumbre de unas pocas personas que no sabían si quedarse, irse o comprar una agüita aromática.

En la espera llegó el discurso del presidente Santos. La gente se unió en grupos alrededor para escucharlo desde la radio. Cuando el presidente dijo que se mantenía el cese al fuego bilateral todos aplaudieron con alegría. Hay que agarrarse de algo ¿o no? El resto del comunicado lo vivieron en silencio, manteniendo la dignidad y aguantando las lágrimas. ¿Qué más se podía hacer?

Imagen por Santiago Mesa/¡Pacifista

Cuando Santos dijo "buenas noches", siguieron los intentos para pasar la barrera de los policías. Un hombre de complexión gruesa cantaba en voz baja: "Volveremos, volveremos. Volveremos otra vez. Y la paz perseguiremos, como la primera vez". Pero nadie parecía hacerle mucho caso.

De repente la valla se abrió y la gente empezó a entrar desesperada. Algunos hicieron un llamado al orden, pero la policía una vez más cerró el paso. Un comandante dejó entrar a sólo unos cuantos. Los demás, que coman mierda. "¡Ahí está pintada la paz de Santos!", dijo un hombre indignado.

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A pesar de la tristeza, la gente decía que hay que seguir luchando. Es hora de la unidad, de no expresarse con odio hacia los simpatizantes del "no", decía un hombre de gafas con la voz entrecortada. "Sentimos una tristeza, pero esperanzadora", comentó.

'Siento que le fallé al país'.

Mientras tanto, una periodista extranjera le preguntaba a las pocas personas qué opinaban del triunfo del "no". Una señora narizona, cabello negro y vestida con una camiseta con un diseño de flores dijo: "Estoy feliz de este resultado y me lleno la boca de decir que vote por el 'no'". Y empezó a explicar que lo hizo en nombre de la justicia y para que esos criminales paguen por su pecados.

Un hombre en bicicleta empezó a gritar: "¡No a la violencia, sí a la reconciliación!", pero la mujer estaba desatada. Peleaba e insultaba junto otras tres personas que se le unieron: una señora de unos 68 años, un joven de 22 años que venía del departamento de Tolima, y un tipo flaco, que cubría su rostro con una capucha y un tapabocas.

Mientras las mujeres discutían, los hombres gritaban: "¡Que viva la guerra!" y "¡Uribe va a matar a Timochenko!". El hombre de la bicicleta simplemente repetía como un mantra "¡no a la violencia, sí a la reconciliación" y los del "no" se reían de forma burlona. La gente indignada empezó a discutir. Un español que grababa con un celular la deplorable escena se acercó a la señora mayor y le dijo: "¿usted qué le va a decir a la madre del próximo muerto de este conflicto?". La mujer gritaba que la guerrilla le había matado a su familia, y el joven de 22 gritaba que el odio que sentía no podía dejarlo atrás y que no fue a votar.

Imagen por Santiago Mesa/¡Pacifista

Un hombre se acercó al joven. Le dijo que él era una víctima de las FARC. Con lágrimas contó que los guerrilleros mataron a su hermano frente a sus ojos y aún así los perdonaba. Pero la discusión no tenía sentido. Los del "no" solo provocaban sin argumentos y con agresividad, y los del "sí" peleaban una batalla ya perdida.

Así vivió el centro de Bogotá los momentos posteriores al plebiscito. Un grupo de personas derrotadas, peleando contra cuatro provocadores. Sólo un muchacho de cabello largo dijo algo con sentido. "Reunámonos y empecemos a proponer nosotros, porque la paz la construimos todos".

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Era un cuadro desolador. Había odio por todos lados y la policía miraba con indiferencia. "Siento que le fallé al país", dijo el hombre de las gafas mientras se iba mirando al piso. Finalmente, salieron los que habían entrado a hablar con Santos. Una muchacha con gafas dijo que el presidente los recibió y les dijo que la lucha recién empieza y hay que seguir adelante. De repente, ese grupo de jóvenes bien vestidos y muertos de frío expresaban un renovado optimismo. Pequeño, pero optimismo al final.

Imagen por Santiago Mesa/¡Pacifista

Llegó la hora de partir. En la plaza, cinco gañanes en bicicleta miraban al grupo para ver si por ahí le echaban la manita a alguna pertenencia ajena. El grupo se fue caminando hacia Las Aguas. Algunos seguían gritando por la paz, pero en la Avenida Séptima sólo había un indigente que decía: "Viva la paz, hagan el amor y sean vegetarianos".

Más tarde terminaron las coplas. "Tengo hambre", "tengo frío", "quiero una pepa", decían los estudiantes. El joven de Tolima aprovechó y antes de desaparecer gritó por última vez "¡viva la guerra!".

Después, en la noche más importante de la historia reciente de Colombia, el centro de la capital quedó en silencio.

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