Fotos por Ernesto Álvarez.
Sonora, México. Migrantes duermen sobre el techo del tren al amanecer de un trayecto de viaje de 15 horas. La militarización de estas rutas con el Plan Frontera Sur hizo que durante sus primeros 6 meses en vigencia, México deportara a 130 mil personas.
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Cerca de Trump: la política migratoria tras la Caravana Migrante

Fue como ver a un pueblo entero trasladándose junto.
28.5.18

Fue como ver a un pueblo entero trasladándose junto, dónde cada quien tenía un rol: los más jóvenes aportaron la energía y los más veteranos, la experiencia del camino. En medio de ellos, como si los protegieran, iban unos mil hondureños, familias enteras con bebés, niños y hasta abuelitos que emprendieron el largo viaje hacia la frontera norte mexicana.

A menos de un mes de la Caravana, México había entregado unos 300 permisos de estancia temporal de un año a sus integrantes, mientras que apenas 205 de las 327 personas que se entregaron en la garita de San Ysidro para solicitar asilo en Estados Unidos superaron el primer paso del proceso, conocido como la “entrevista de miedo creíble”, y ganaron un lugar para que su caso sea estudiado por un juez.

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Estados Unidos sólo acepta refugiar a quienes entren de manera legal al país, luego de haber adoptado —a comienzo de Mayo de este año— una política de tolerancia cero para las personas detenidas cruzando la frontera ilegalmente. México, en cambio, desde la salida de la Caravana en Chiapas, legalizó las entradas chuecas de sus integrantes, otorgándoles “permisos de salida” con validez de 30 días para permanecer en el país.

Tlaquepaque, Jalisco. Migrante señala el inicio de su viaje en el territorio mexicano. Las líneas rojas en el mapa muestran las rutas del tren de carga apodado “la Bestia”. La militarización de estas rutas con el Plan Frontera Sur hizo que durante sus primeros seis meses en vigencia, México deportara a 130 mil personas.

El paso siguiente en esta política de colaboración migratoria entre México y Estados Unidos es la negociación del acuerdo “Tercer País Seguro” que, de aprobarse, haría que todo solicitante de asilo que cruce por México esté obligado a solicitarlo aquí, lo que limitaría aún más la llegada de centroamericanos a Estados Unidos.

A pesar de que Gerónimo Gutiérrez —embajador de México en Estados Unidos— haya negado que este acuerdo exista; el periodista Jesús Esquivel, corresponsal de la Revista Proceso en Washington, consiguió y publicó la agenda de las reuniones sostenidas por las autoridades migratorias de ambos países, que indica que el procedimiento de asilo mexicano está en vías de cambiar; y que ese cambio será preparado y certificado por las autoridades migratorias gringas.

El comisionado de la Customs and Border Patrol (CBP), Ronald Vitiello, también lo confirmó en su presentación ante un subcomité de la Cámara de Representantes, el 22 de Mayo: “México ha ayudado en relación a la Caravana y nos ayudan bastante en la frontera sur, pero obviamente hay más trabajo por hacer. Nosotros preferiríamos que la gente no haga el viaje, el Tercer País es la manera de solucionar esto”.

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Parte del argumento del gobierno de Donald Trump para crear un “muro legal” que fortalezca una ya enorme capacidad represiva en su frontera sur, es que Estados Unidos vive una especie de apocalipsis zombie de centroamericanos tomando la frontera, argumento con el que presiona a México para que lo controle. Sin embargo, según estadísticas de la Border Patrol, en 2017 se registró un mínimo de detenciones que no veía desde 1971.

Querétaro, México. Dos elementos de la empresa de seguridad privada Multisistemas de Seguridad del Valle de México. Durante el recorrido, hubo otras dos empresas más de seguridad privada: CUSAEM y el Centro de Operaciones Preventivas en Seguridad Privada TCGA, las cuales, según fuentes de FerroMex trabajan en coordinación con el Instituto Nacional de Migración.

El Vía Crucis o Caravana migrante fue la respuesta organizada que un grupo numeroso de gente encontró para llegar protegida al norte de México, en un momento en que cada vez menos personas se animan a tirarse al otro lado.

Nació en Tapachula, Chiapas, con el empuje que 1,500 personas se dieron al verse juntas y que las animó a situar su destino del otro lado de México, en Tijuana, Baja California. Pero apenas un 15 por ciento de esos 1,500 se tiraron al otro lado: la Caravana decidió que todo se haría de manera legal y pública, bajo las normas establecidas por la ley estadounidense, incluso antes de que se anunciara la política de Tolerancia Cero. Aunque la mayoría supo que no eran candidatos a ser aceptados por las estrictas leyes gringas, fueron parte del esfuerzo que acompañó a familias enteras a huir de su país.

Este Vía Crucis tiene un sentido político que señala las dificultades que el Plan Frontera Sur multiplicó para los centroamericanos que cruzaban el duro camino migrante.

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No fue militarizando la frontera sur gringa, sino convirtiendo a México en una extensa frontera vertical, promoviendo y financiando la represión en torno a las rutas de La Bestia, el único tren que recorre México de norte a sur o de sur a norte y que fue utilizado por tres o cuatro generaciones anteriores a ésta.

Fue Obama y no Trump quien lanzó este Plan como respuesta a la llegada de niños no acompañados a Estados Unidos en 2014, coartando la entrada de los centroamericanos en México. Fue eficiente. Según cifras de la Border Patrol estadounidense, sus detenciones se redujeron notoriamente en el año 2015, meses después que las vías de la Bestia se llenaran de guardias de seguridad privados que corrían a la gente y la entregaban a migración. En el mismo período, las cifras de centroamericanos deportados en México se dispararon y superaron las norteamericanas por primera vez en su historia.

A lo largo del Vía Crucis que nos ocupa, hubo tres empresas distintas en el camino del tren: CUSAEM, en el Estado de México; Multi-sistemas de Seguridad del Valle de México, en Querétaro y Guadalajara; y Centro de Operaciones Preventivas en seguridad privada TCGA en Jalisco, Sinaloa y Sonora.

Ciudad de México. Mujeres y sus hijas, integrantes de la caravana migrante, esperan para salir en la Bestia y llegar a la frontera de los EU para pedir asilo político. México cuenta con 14,596 peticiones de asilo en el 2017 y solo atendió el 40 por ciento. También “se han reportado 2400 casos abandonados o desistidos por los largos plazos y una negación de facto a la protección internacional”, señala la CNDH en el comunicado de prensa DGC/046/18.

Llegar a la bestia

Cuando llegaron a la Ciudad de México a hospedarse en la Casa del Peregrino, junto a la Basílica de Guadalupe, la desconfianza abundaba entre la gente. El Vía Crucis había comenzado quince días antes, el 25 de Marzo en Tapachula, Chiapas, dónde la mayoría consiguió un permiso precario para moverse por México durante 30 días sin ser detenido por el Instituto Nacional de Migración (INM) Pero al llegar a la Ciudad de México, se rumoraba que un centenar de personas —96— que se habían adelantado a la caravana por la ruta del Golfo, habían sido detenidas por la migra en Veracruz. La caravana decidió tomar la ruta del Pacífico: más larga, pero más segura.

Irineo Mujica es el referente de Pueblo Sin Fronteras, los organizadores del Vía Crucis. Es viernes 13 de abril y desde un megáfono grita unas palabras para que todos las repitan: “si tengo miedo, ¡no me subo al tren!”.

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Cuando Pueblos Sin Fronteras lanzó la noticia de su salida hacia el norte de México, el Colectivo de Defensores de Derechos Humanos y Refugiados (CODEMIRE) retiró su respaldo a la caravana, argumentando que ellos brindan atención sólo a grupos de tamaños que puedan administrar. Aún así, pidieron públicamente a los tres órdenes del gobierno mexicano que les garantizaran condiciones de asistencia humanitaria y seguridad.

En la Basílica, Irineo reconoce que la cantidad lo superó, que no esperaban mil quinientas personas pero que “lo que hace la caravana es hacer visibles los problemas del camino, las familias separadas, los abusos de autoridad. Esos que ya existían para los grupos pequeños pero que es más evidente en un grupo numeroso. No es que pongamos a nadie en riesgo, sólo hacemos visibles los riesgos que hay. Esto es una lucha cien por ciento del migrante, él es participe de su liberación y empoderamiento. No se trata de caridad ni mendicidad, es la lucha del migrante con el migrante y por el migrante. Nadie pelea mejor contra la opresión que el propio oprimido”.

Tultitlan, Edo. de México. Miembros de la Caravana Migrante suben a una niña al tren, en el patio de maniobras de Lechería. Niños y mujeres primero, lo importante era mantener juntas a las familias durante el recorrido. Más de 600 personas organizadas lograron recorrer la ruta del tren La Bestia de manera segura. En el 2014 las rutas férreas se militarizaron para impedir el tránsito de personas.

A pesar de varios intentos, la Caravana no había logrado subirse al tren en el trayecto previo y sus integrantes saben que no es sencillo hacerlo. Además, el grupo se compactó a unas 700 personas, dónde la mayoría son mujeres y niños, de los cuales unos 150 son niñitos de brazos, de menos de cuatro años, que requieren especial atención. Los otros 700 que faltan se fueron perdiendo por los caminos que se le abrían en México.

Lo primero que hay que saber antes de subirse al tren es diferenciar una línea de otra: la ruta del Pacífico la opera Ferromex (FXE), un consorcio ferroviario privado que tiene concesionada la explotación de diez mil kilómetros de vías mexicanas durante 50 años. La otra línea, la del Golfo, es operada por Kansas City Southern, una empresa fundada en Estados Unidos a fines del siglo XIX y que se expandió a México un siglo después, una vez firmado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, cuando obtuvo la concesión de las líneas mexicanas, que entonces se privatizaron.

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Gari ve pasar uno de los trenes de Kansas bajo la sombra que lo protege del sol del mediodía y sigue fumando. Es guatemalteco, “chapín” como se llaman entre los viajantes —“guanacos” a los salvadoreños, “catrachos” a los hondureños— tiene 26 años y más de la mitad de su vida moviéndose: “Tenía 14 años cuando me vine para acá, man, sin conocer a nadie. Zarpé con unos catrachos y en el camino entrando a Tapachula un señor me dio una caja con chicles y dulces y me dijo: 'me tienes que traer 200 pesos al terminar la tarde'. Eran como las dos y a las cuatro había vendido todo. Saqué como 600 pesos y con eso pude llegar a Arriaga (Chiapas). Ahí compré una caja de bolsas negras, un pije (muchas) de bolsas negras, de las grandotas para la basura. En el tren son las que te quitan el frío, man. Y ya estando en el lomo, las empecé a vender. Así fue como comencé en este camino, en que no hace falta fierro (dinero) para migrar. La migración me llamó la atención desde que me di cuenta que soy libre, desde ese día lo hago.”

El Kansas pasa y sigue, con su ruido ensordecedor y su ruta peligrosa, que acaba en Reynosa, Tamaulipas. “Migrar es una forma de luchar”, sigue Gari, “y este es el primer paso. Mis hijos y mis nietos son quienes van a disfrutar de esta lucha. Ellos me van a mandar fotos desde la Torre Eiffel o las pirámides egipcias. Nunca hay que parar de migrar, man”.

Hidalgo, México. Migrante sobre la Bestia, en las máquinas identificadas con los números FXE 4559- 4550, que viajó lleno de chatarra metálica triturada y oxidada. El camino en ese tren duró doce horas, hasta que la maquina se desengancho y abandonó a las personas a 40 km del primer pueblo, en medio de la madrugada.

La ruta del pacífico

El primer trayecto que les tocó fue extenuante. Tardaron 24 horas en recorrer los 350 kilómetros que separan Lechería en el Estado de México de Irapuato, en Guanajuato, debido a las constantes paradas del tren y otras trampas que les puso el camino. Entre ellas, que la locomotora se desenganchara de los vagones y los dejara detenidos 40 kilómetros antes de llegar al patio de maniobras, en la noche del sábado 14 de abril.

A Jalisco llegaron bastante rápido, pero allí decidieron dividirse, porque la mayoría de los niños ya se había enfermado. Entonces, seis camiones con 250 mujeres y niños salieron de San Pedro Tlaquepaque, en Jalisco, directo hacia Mazatlán, Sinaloa, mientras que otras 400 personas continuaron en la ruta de la Bestia.

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La piel de su cara, cuello y brazos está tirante por las horas de sol sin protección y sienten como si se les hubiera afinado, por el desgaste del viento constante que sopla en el lomo de la Bestia. Los pies les duelen por no quitarse los zapatos en todo el día, el resto del cuerpo les duele por dormir sobre el techo de un tren de fierro y a la intemperie.

Querétaro, México. Miembros de la Caravana Migrante en la Bestia, a punto de entrar en un túnel durante su camino a Irapuato. La oscuridad, el ruido ensordecedor y las únicas dos salidas hace de los túneles un lugar frecuente para las represiones y aprensiones de migrantes.

Pero entonces, uno de los señores más mayores, como de unos 40 años, que lleva tiempo recorriendo la ruta migrante apunta lo obvio: “a pesar de todo esto, para nosotros es una carroza el tren; vamos como príncipes. Hasta nos damos el lujo de ver pasar a la perrera, man”.

La perrera es la camioneta que el Instituto de Migración de México (INM) utiliza como una cárcel móvil para detener a quienes hayan ingresado al país desde Centroamérica, sin documentos, ya que México les exige visa a todos sus vecinos de abajo. Ellos, la Caravana, están blindados por el “oficio de salida” que les dieron en Tapachula, que les da 30 días para permanecer legalmente en el país.

El tercer trayecto sobre el tren durará 60 horas, con breves pausas en el camino, en que recorrerán casi 1500 kilómetros en paralelo a la costa del Pacífico mexicano. Hacen 200 kilómetros hasta Tepic, Nayarit; otros 300 hasta Mazatlán, Sinaloa y 500 más hacia Sufragio, una localidad camino a la sierra sinaloense. Allí tienen una espera de 12 horas, para remontar luego la escalada final hacia Hermosillo, Sonora, 500 kilómetros al norte, a dónde llegan el sábado 21 de abril, a las dos de la tarde.

Mazatlán, Sinaloa. Migrante se amarra en el techo del tren la Bestia antes de dormir para prevenir una caída. Una de las inseguridades de la Bestia es el peligro de caer desde el techo del tren o morir, devorado por la máquina.

Los tuits de Trump

Al cuerpo magullado del intenso trayecto recorrido se le suman los golpes mediáticos que el presidente de los Estados Unidos emitió por Twitter. Su presión se hizo evidente para la Caravana cuando el tren llegó a la estación de Hermosillo y los esperaba un enjambre de prensa internacional.

Desde la comodidad de su Casa Blanca, Trump reclamó que México rompiese la Caravana antes de que llegue a la frontera y evitara una “giant scene” (una gran escena).

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El lunes 23 de abril, alrededor de las diez de la mañana, al menos cuatro agentes del INM se presentaron al campamento de la Caravana migrante. Habían prometido una reunión el día anterior a Irineo Mujica, uno de los organizadores, que no se concretó. La meta de la Caravana, explicó Irineo esa tarde, es que todos sus integrantes consigan algún documento, ya sea en Estados Unidos o en México.

Ese lunes, el INM accedió a tramitar la estancia legal en México para 200 personas, aunque el registro que les fue entregado —en grupos de a 50 personas en la delegación federal del INM en Sonora— no está firmado por ningún funcionario. Esa acción provocó que ese contingente desistiese de formar parte de la “giant scene” de la frontera y permaneciera en Hermosillo, dónde vela por su estancia en México.

Hermosillo, Sonora. Un grupo de migrantes espera el documento para su residencia temporal durante un año en México, mientras que otro grupo se prepara para salir en autobuses y pedir asilo en los EEUU. El año 2017, la COMAR recibió 14,596 solicitudes de asilo, 7719 siguen sin resolución mientras que las deportaciones terminaron el año con 95 mil personas presas y devueltas a sus países.

Otras figuras de la clase política estadounidense como Kristjen Nielsen, secretaria de seguridad; Jeff Sessions, fiscal general y Pete Flores, director de operaciones terrestres de la Aduana (CBP, Customs and Border Protection) de San Diego, California, se sumaron a Trump diciendo que esta migración es un riesgo de seguridad para los Estados Unidos.

Contrario a esa lectura, en Hermosillo, la Caravana decide que sólo un grupo reducido continuará viaje hacia Tijuana, Baja California, dónde apenas un centenar y medio de familias, llenas de niños y bebés, pedirán asilo en Estados Unidos: aquellas cuyos casos tienen posibilidad de ser aceptados por la ley asilar gringa. Finalmente, serán 200 personas quienes soliciten asilo el domingo 29 en el puerto de entrada de El Chaparral, en Tijuana.

Pudieron entregarse después de pasar casi una semana acampando en los accesos de las oficinas de la CBP de San Ysidro, California, que rechazó a la gente durante ese tiempo, argumentando estar a tope de su capacidad para procesar sus solicitudes.

Mientras todo esto pasaba, en los medios masivos se extendió la lectura de que fue la maldad de Trump la que hizo crecer la atención sobre esta modesta Caravana Migrante, que durante sus diez ediciones anteriores no había cobrado tal grado de notoriedad. Pero mirando de cerca, lo que hizo grande a la Caravana Migrante de este año fueron los hondureños, unas mil personas, que la convirtieron en un hecho de magnitud indomable y le dieron el músculo necesario para servir como una ola que acompañó a la minoría que pasó la frontera, mientras ellos siguen buscando suerte de este lado, expulsados de su país.

La Caravana Migrante destapó también la estrecha relación que México y Estados Unidos tienen en la aplicación de su política migratoria. Ahora, Estados Unidos busca convertir a su vecino, uno de los principales corredores migratorios del mundo, en destino final de quienes lo recorren. Si México acepta el acuerdo del Tercer País Seguro que su vecino promueve, hará que cualquier migrante que busque asilo esté obligado a pedirlo en México y permanecer allí mientras lo obtiene, más allá de su preferencia o de las capacidades del sistema asilar mexicano.