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Facebook

No pienso borrarme Facebook en la vida

En medio de esta ola anti-Facebook, es hora de reivindicar las maravillosas cosas que esta red social nos ha dado.

por Jordi Llorca
02 Abril 2018, 2:46am

Todas las fotos por el autor

Ahora irás de que no te gusta Facebook y que te lo vas a borrar, de que Instagram y sus stories son lo que mola, de que en Facebook solo publican octogenarios o personas sin alma, que solo hay vídeos de gatitos con 18 mil millones de likes, de que tienes una lista de “amigos” que ya ni saludas o de opiniones que ya no te importan como antes porque eres demasiado “maduro”.

Incluso puede que te hagas el doble tirabuzón invertido con triple carpado de los bienqueda afirmando que ahora —ESTA VEZ SÍ— Facebook ha sobrepasado la línea de la privacidad con la movida de Trump en las elecciones de 2016. Claro, lo que te interesa a ti es el presente y futuro de los estadounidenses porque el sitio donde vives es un Estado próspero sin conflictos internos con una población que actúa en base a unos principios lógicos y férreos, y tanto el gobierno, como las corporaciones y marcas están tan pendientes de ti, de tus peculiaridades tan “extravagantes”, tan “únicas” y tan “especiales” que tus fotos en el espejito del ascensor o de los cereales de 8 pavos con leche azul lapislázuli son mucho más valiosas que un autógrafo de Syd Barret sobre un huevo de Fabergé que culmina una corona británica de platino y diamantes.

Facebook me ha recordado que hace 3 años estaba dibujando. Debería hacerlo otra vez

O quizás te sientes bien cuando subes tus fotos a Instagram porque, mira tú por dónde, parece ser que Mark Zuckerberg lo utiliza como herramienta de filantropía para plantar cedros reales en el jardín de tu futura casa hecha de ladrillos mágicos, mitad golosinas, mitad buenas intenciones, que se construirá en la calle de la piruleta de la ciudad DE LA SONRISA, donde tú, en esa casa junto a tu vecino Mark, felices y vivarachos, acabaréis subiendo otra maldita instantánea en Instagram tomándoos la mejor limonada de superlimones orgánicos mientras acariciáis el lomo de una pareja de rinocerontes blancos que, en otro alarde de altruismo, habréis logrado salvar de la extinción gracias a los fondos que se recaudaron con la venta de tus datos en tus perfectas y valiosas superfotos de pies, morritos, paisajes y gatos.

Aunque son la misma compañía, en Facebook todo es tiniebla, sangre y destrucción, pero en Instagram todo lo bueno es posible porque lo peor que puede pasarte es que sobre el cielo de tu futura casa de golosina se alce el ojo de un huracán de bondad tan jodidamente colosal y tan jodidamente bondadoso que en vez de gotas de agua caerán trozos de pizza cuatro quesos recién hecha. Ese es el mundo de Instagram, ¿verdad?

Pues déjame decirte que borrarte Facebook es otra chorrada más de moda y que todavía quedan muchísimos motivos para no eliminarte la red social. El primero es que pocas cosas hay tan maravillosas como entrar de buena mañana en Facebook y ver tus recuerdos. Te ves a ti en otra época, la ingenua, la sincera, la que decías que ibas a cocinar y lo publicabas, la que posteabas si alguien se iba a la playa contigo, subías canciones dedicadas de grupos que ahora odias o alardeabas de que te habías echado una buena siesta. Los tiempos en que todavía escribías “q” en vez de “que”, cometías faltas de ortografía o subías un álbum de 78 fotos de tu viaje a Londres con tu esa ex que tanto querías pero que te abandonó por demostrar una y otra vez que eres un cretino.

¿Os acordabais de la huelga general de 2012 contra Mariano Rajoy? Yo sí

También se encuentran los recuerdos de amigos que ya no están porque pasaste de él o ella ya que en algún momento tú sí que evolucionaste y saliste del botellón de cada semana cerca de la discoteca del polígono porque a ti lo que te la ponía dura era la música punk y no el electrolatino. O ves ese comentario de una charla con otro gran amigo que lamentas no hablarte porque hubo una riña o una traición tan grande por tu parte que aprendiste a pensártelo dos veces cuando una tentación irracional te persuadía, de la índole de liarte con la hermana de alguien en su portal a escondidas, porque con una cagada ya fue suficiente para aprender que un secreto no es secreto cuando lo saben dos personas y que absolutamente todo se acaba sabiendo. El culebrón, la salsa, la mandanga de lo interesante de tu vida está ahí dentro. Sin esos momento, no hubiera merecido la pena existir.

Por eso si te borras Facebook, borras todos esos detonantes que te llevan a un pasado incierto, sí, pero tuyo al fin y al cabo. Porque ahí, en los buenos tiempos de Facebook, abusabas y te divertías de la plataforma, pero ahora que pasa por sus horas tristes pese a redefinir la plataforma varias veces, piensas otra vez egoístamente condenándola de una vez por todas porque tu yo de 2018 y el de 2008 son esos dos amigos reñidos por una traición de confidencialidad porque uno lo quiere saber todo y el otro prostituye su amistad sin saberlo. El que no quiere que se sepan sus secretos —que si no te has enterado, eres tú— se lo cuenta a su nuevo amigo llamado Instagram o a otro viejo aka Google, o aquel primo lejano que viene con fuerza conocido como Amazon. Totalmente absurdo e irracional.

Hoy, por ejemplo, Facebook me ha recordado una fiesta parda con gente que hace tiempo que quiero ver, una huelga general en contra de Mariano Rajoy en 2012, un comentario de una ex deseándome suerte en un examen con sendos "te quieros", una excursión al embalse de Sau con un gorro de elefante en la cabeza y un dibujo en acuarela de cuando cogía el pincel y experimentaba a ver qué salía. Todo eso en un solo día: menudo viaje.

Otro recuerdo de Facebook de un día que me perdí en el bosque y comí uno de los mejores canelones de mi vida

Es como si renegaras que todo ese contenido almacenado no fueras tú y quisieras borrar y olvidar tu adicción a las “marchas de”, a los grupos de informers para chismorrear o encontrar a la persona de tu uni que te echaba el ojo, a los me gustas cuando solo había me gustas, a los minijuegos de la bolera o de geografía donde te picabas con tus amigos o cuando agregar a tu lista de amigos a alguien estaba bien visto.

Quizás es porque hoy en día tiene poco peso el recuerdo y la perspectiva que vamos adquiriendo es denostada por la inmediatez. Solo vale el ahora y el "qué haré mañana", y que no te rallen con reproches o cuentos de ayer, que lo que mola es el stories que subirás en esa cafetería de café artesano de 5 € porque tu personalidad cibernética ahora sí que está bien definida y pensada. Después de cagarla mucho con Facebook siendo simplemente tú —que tontería, ¿verdad?— ahora muestras una imagen de ti totalmente alterada con imágenes al más puro estilo influencer porque no hay nada más maravilloso que ser uno de ellos y que las marcas, esta vez sí que está justificado, compren tu tiempo y tu espacio digital con productos de cosmética vegana o unboxings de juguetes de perretes. Es rollito que mola.

Y sin olvidar la cantidad de información útil que está ahí dentro. Acuérdate de que hace unos años era algo así como "si no está en Facebook no existe". Si te borras la cuenta, das la espalda al mayor canal de comunicación directa del mundo donde siempre encuentras una comunidad, pequeña o grande, de cualquier afición o peculiaridad, como el grupo adictos al Respibien. ¿Quieres darte de baja? Adelante, pero si miras Facebook como una herramienta y no como un grupo de ciberespías que rebuscan en tu cuenta y te influencian para que cambies de opinión porque tu espíritu crítico muy débil, es imposible que en algún momento u otro no le saques partido.

Casi a diario tengo recuerdos de noticias chungas del PP posteadas en mi muro

Ahora, después de mucho tiempo, has construido la personalidad que buscabas en tus redes, combinas el color de los fondos y siempre vas de punta en blanco. Escoges minuciosamente lo que subes y solo dejas ver una pequeña parte de ti, la que te dé más likes y seguidores.No como antes, que eras un descerebrado que subía fotos borracho, con pintas indeseables y malos encuadres, eras auténtico y te mojabas en las opiniones políticas porque todavía había algo de indignación en tu maltrecho y bondadoso corazón.

En fin, haz lo que quieras, nada más faltaría. Sigue tu rumbo de la mano de Instagram o utiliza internet como en 2001 sin redes sociales, ni Google y cuentas falsas para comprar en Amazon. Desinstálate todo, TODO, menos Vero: la única red social que produce nostalgia en un solo mes porque nadie la utiliza.

Mientras tanto, yo seguiré recordando quien fui sin preocuparme por Facebook, del mismo modo que no me preocupo por otras compañías. Iré colgando artículos peculiares en mi muro, viendo vídeos de gatitos y seguiré conversando con el Jordi del pasado, que, aunque a veces no me cae nada bien, es mucho más auténtico y mucho más persona que el 99 por ciento de mis contactos de Instagram. Al fin y al cabo, estamos condenados a ser cada vez menos nosotros. ¿Verdad?