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Una escena común de la infancia: uno se despierta a las seis o siete de la mañana, va a la cocina por un plato de cereal, prende el televisor y sintoniza Caracol. Suena en la pantalla una canción apacible, con una voz que canta en japonés sobre la sombra de una niña que gira en el aro que la contiene, al tiempo que sopla un cuerno y sale volando. Después, una secuencia de créditos que se intercala con escenas de varios paisajes fantásticos (entre dragones, hongos enormes, castillos, hogueras y gigantes) anuncia el comienzo de un nuevo capítulo: uno más de los Cuentos de los hermanos Grimm.Los 47 capítulos de la serie, producida por el estudio japonés Nippon Animation, fueron emitidos por primera vez entre 1988 y 1989 y, poco después, aterrizaron en América Latina. En episodios de veinte minutos se narraban algunas de las historias más famosas de los Cuentos de la infancia y del hogar, de Jacob y Wilhelm Grimm —así como algunos de Charles Perrault y Hans Christian Andersen—. Versiones coloridas, amables y sencillas de los relatos originales.En Colombia, este anime colonizó las franjas matutinas de Caracol y no ha salido del aire desde entonces. Y, me atrevo a especular, no precisamente por ser un relleno fácil de ciertas franjas muertas de programación, sino por una voluntad deliberada y consciente. Por una necesidad: educar a los niños en las horas muertas.Aunque no lo parezca, este repertorio dominguero de cuentos tradicionales en dibujitos animados fue uno de los grandes pilares de nuestra educación moral. Detrás de sus vivos colores, de las voces dobladas al español y de sus finales felices, se cocieron —como en sus versiones originales a principios del siglo XIX— unas máximas de vida en comunidad y unos parámetros de comportamiento ideales que podrían explicar su larga duración en las mañanas de nuestras programadoras y sus nada azarosos horarios en las parrillas nacionales. Sin que nos diéramos cuenta, en el espíritu mismo de esos relatos matutinos se ponían en escena mandamientos y restricciones, moralejas fácilmente aprehensibles: no transgredir las normas, cuidarse de los extraños, seguir las instrucciones de nuestros papás, respetar a las autoridades. Los soportes del tránsito hacia una "madurez familiar y cívica".Las estructuras básicas subyacentes a los cuentos ensamblan el espejo de un orden social ideal. Ya la crítica francesa Marthe Robert había identificado la alegoría en los cuentos originales: "El 'reino' del cuento no es, de hecho, nada más sino el universo de la familia, cerrado y claramente definido, en el cual se pone en escena el primer drama del hombre". Sí, los reinos de los Grimm son alegorías familiares. Los relatos operan como proyecciones narrativas de dramas o conflictos en el interior de la familia para los cuales hay un aprendizaje posible, un límite que no debió haber sido sobrepasado. "Ya no te volverás a desviar en toda tu vida del camino, si tu madre te lo ha prohibido", se dice a sí misma Caperucita en el cuento original cuando regresa a donde su abuela una vez las han salvado de ser digeridas por el lobo.Esta pedagogía de la conducta —y el desenlace trágico que sigue a no hacer caso a las normas determinadas por las autoridades morales y familiares— están puestas de manifiesto en los cuentos originales; de hecho, aún más en las versiones simplificadas de la serie animada. La apreciación de Robert sobre los cuentos compilados por los Grimm puede extenderse a la serie: "con sus características épicas y su estilo, el cuento de hadas es una verdadera nouvelle de 'educación sentimental', y probablemente nada justifica mejor su vocación pedagógica". Pareciera que la estrategia es ubicar, en convenciones simples y estructuras narrativas casi idénticas, enseñanzas que hasta los más pequeños puedan asimilar desde figuras arquetípicas (que ya gente como Vladimir Propp había hecho evidentes): un padre/rey bondadoso lleno de riquezas, un príncipe o joven a quien aman u odian sus padres, normalmente la madre o madrastra, cuya ferocidad contrasta con la generosa cobardía del padre.Núcleos básicos, como los de Los músicos de Bremen, Cenicienta, Blanca Nieves, Caperucita roja, El sapo y la princesa. El rey/padre bondadoso, la reina/madrastra malvada, el príncipe/hijo desobediente, los animales antropomorfos, la maldición o el obstáculo, la resolución satisfactoria; alguien a quien le sucede algo que lo obliga a viajar, el camino que se desvía, los acompañantes y opositores, el problema que se resuelve con una lección. También los otros símbolos y arquetipos: la mujer (generalmente una anciana sabia, como observa Robert) que le da consejos al héroe para conseguir su objetivo, el bosque en el que ocurre una transformación o que detona la ruta de escape del problema, la ironía trágica que, en un giro edípico, hace que la profecía se cumpla a pesar de los intentos por cambiarla (lean, por ejemplo, Los tres pelos de oro del diablo). En últimas, artificios para enmarcar relatos moralizantes en empaques digeribles para los niños, con la contundencia propia de la tradición oral popular.Nosotros, niños colombianos en formación a finales de los noventa, recibimos el peso de una estrategia de crianza centenaria. La ficción narrativa, en ausencia de los padres, desliza un esquema de comportamiento para acceder a una vida social común. Los personajes de los Grimm televisivos debían sobrellevar ciertos ritos de pasaje hacia la vida adulta —que no depende de la edad sino de la capacidad para cumplir con ciertas normas e insertarse de manera casi inconsciente a ciertos marcos sociales—. De hecho, para Ruth Michaelis-Jena y la misma Marthe Robert, los relatos originales de los Grimm eran eso: un conjunto de relatos de pasaje, narraciones de tránsito hacia una verdadera madurez: "Desde las fabulaciones más improbables hasta los hechos más reales [en los cuentos de los hermanos Grimm] siempre emerge lo mismo: la necesidad de un individuo de pasar de un estado a otro, de una edad a otra y ser formado a través de dolorosas metamorfosis que solo culminan con su acceso a la verdadera madurez".Sin embargo, las adaptaciones animadas hacen un proceso de limpieza y caricaturización del horror. Los cuentos originales de 1812 estaban precedidos por una nota de precaución por su contenido violento y explícito. Algo así como un Parental Advisory del siglo XIX. Nada raro con cuentos como Blanca Nieves, en donde la Reina —mamá y no madrastra de la princesa— ordena los pulmones y el hígado de la niña para comérselos. O con las crudas quemas de brujas en cuentos como Hansel y Gretel, en el que también hay una anciana antropófaga y donde una madrastra es capaz de abandonar en el bosque a unos niños. Todo esto es mermado y representado de forma cómica y colorida en el anime.Por esa presunta 'inocencia' de la serie animada podíamos ser abandonados solos frente a la pantalla del televisor todas las madrugadas del fin de semana. Con los Grimm no había preocupación alguna. Más aún porque el mensaje pasaba de forma casi delirante, en una hora en la que no había un despertar pleno, esa tempranera franja horaria del fin de semana (solía transmitirse de 5:30 a 6:30 de la mañana). Un espacio liminal, entre el sueño y la vigilia, en el que los mensajes pasan de forma casi invisible. Un catálogo de sentencias morales despojadas de la violencia pero con el miedo latente: sé buen hijo, compórtate bien, no excedas los límites, ayuda al prójimo, no te metas en lo que no te corresponde.Como todo aparato ideológico, las ficciones televisivas —y, de manera más contundente, las que son "para niños"— se han deslizado, en silencio y con aparente inocencia, hacia nuestro inconsciente. Esa proyección normativa desde la que están confeccionadas termina determinando parámetros de conducta y afianzando cierto statu quo. A diferencia de las reglas que nos imponen nuestros papás, que en la infancia sentíamos violentas y arbitrarias (nos daba rabia hacerles caso), la televisión no obliga, ni dicta: insinúa, urde indirectamente, sugiere y habla en nuestro propio registro, el del entretenimiento y la alegría. Pero no por eso es una norma menos violenta u obligante. Lo que se insinuaba como un relleno contingente para nutrir los vacíos de programación en las madrugadas del fin de semana nos formó, subrepticiamente, para ser 'niños buenos' y 'ciudadanos ejemplares'.Los Cuentos de los hermanos Grimm son, en cierto sentido, la muestra ejemplar del triunfo de la literatura y la televisión como dispositivos de regulación social y como refuerzos sigilosos para nuestra educación moral. Una que ha permanecido casi intacta en esas historias que han circulado desde la oralidad en Alemania, pasando por las compilaciones de 1812, hasta llegar a ser una animación japonesa traducida al español latinoamericano. Lo sorprendente es que, aun después de tanto tiempo y a través de esos extensos itinerarios geográficos, todavía nos interpelen.Como en los ritos de pasaje, ya no vemos los Cuentos de los hermanos Grimm madrugados con cereal, sino recién llegados a la casa después de una fiesta, caldo en mano y con la conciencia carcomida porque no seguimos los consejos de nuestros 'padres bondadosos'. Al estilo Caperucita, nos comió el lobo. Pero ya sabemos cómo engañarlo.* Este es un espacio de opinión. No representa la visión de Vice Media Inc.
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