Identidad

Marga Gil Roësset, la escultora que pudo haber sido

El documental "Las Sinsombrero" recupera la memoria de artistas olvidadas de la primera mitad del siglo XX. Entre ellas, está la obra de esta escultora brillante y precoz que acabó de forma abrupta con su carrera.
10.5.16
Marga Gil Roësset trabajando en una escultura en 1930.

"Una señorita se suicida en un hotelito de las Rozas". Es el titular de un recorte del periódico La Libertad. Corría el año 1932. La nota sigue así: "una señorita elegantemente vestida alquiló un taxi y ordenó al chofer que le condujese a Las Rozas". Al cabo de unos minutos, mientras el taxi esperaba en la puerta, se oyó un disparo.

Fue el último suspiro de Margarita Gil Roësset (Madrid, 1908-1932). Tenía 24 años.

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Marga, como tantas otras, fue una artista española que cayó en el olvido demasiado pronto y cuyo legado recupera Las Sinsombrero, un documental que dignifica la obra de aquellas mujeres artistas de primera mitad del siglo XX que permanecieron a la sombra de sus coetáneos hombres —Rafael Alberti, Luis Cernuda o Federico García Lorca— sin importar el incalculable valor artístico que pudiera tener su obra.

En el caso de Marga su historia y su corta trayectoria artística encierran un poso algo más trágico: un suicidio prematuro antes, siquiera, a que le diera tiempo a desarrollar su carrera como escultora. Pero en el momento de su muerte, su nombre ya empezaba a ser reconocido. A los 7 años empezó a destacar por su extraordinario talento para el dibujo y dedicó su primer libro ilustrado a su madre, La niña curiosa. Sus dibujos eran maduros, oscuros, irónicos, parecía imposible que los hubiera trazado la mano de una niña. También empezó a esculpir de joven, a los 15. Y a los veinte y pocos ya se ganó la valoración de algún crítico que destacaba su "implacable rigor sarcástico en sus estatuas" y un estilo personal. Tener estilo. Con poco más de 20 años. Todo un logro. Marga consiguió el Premio Nacional de Escultura por su obra Adán y Eva cuando tenía 22 años. Algo totalmente inusual, no solo por su corta edad, sino porque una mujer esculpiera en granito y piedra.

Era un tema tabú en la familia, no se podía hablar de Marga. Y yo no podía comprender por qué se la mantenía en silencio

Para ella, pasar del dibujo a la escultura fue algo natural: sus personajes encerraban tanto misterio que era como si tuvieran que salirse del papel y materializarse. Con fango o con lo que fuera. Marga Clark, sobrina de la Marga escultora, también artista, escribió una novela testimoniada sobre ella, Amarga Luz (Funambulista, 2011), en el que explica cómo descubre la vida y obra de su tía a partir de cartas, escritos, diarios personales y charlas con personas que estuvieran cerca de ella, que la vivieron.

"Era un tema tabú en la familia, no se podía hablar de Marga. Y yo no podía comprender como una artista de tal calaña se la mantuviera en el silencio. Yo no estaba muy de acuerdo con eso, pero respetaba a mi familia. En 1997, cuando murió mi padre y su hermana Consuelo, leí un artículo en el suplemento cultural del diario ABC sobre mi tía Marga con una foto suya que me miraba con una profunda tristeza y sentí que debía hacer algo para reivindicar la obra de mi tía a partir de relatos familiares", me explica Marga Clark, al otro lado de la línea telefónica.

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La madre de Marga, Margot, fue la que le animó a seguir con las esculturas. En la familia había una inclinación innegable por el arte. Eran de clase acomodada y religiosa. Tanto Marga como su hermana, Consuelo, y sus dos otros hermanos, sabían idiomas, viajaban, leían, dibujaban y se codeaban con los más ilustres artistas de la época. Así lo describe Ana Serrano en su blog, comisaria en el año 2000 de la única exposición que se ha hecho sobre la obra de Marga. La exposición consiguió reunir 16 esculturas, 80 dibujos y acuarelas, dos fotografías, objetos personales y cuatro libros.

A la edad de 12 años, Marga y su hermana escriben un libro juntas. Un relato fantástico titulado El niño de Oro. Consuelo escribía y Marga lo acompañó con ilustraciones. Consiguieron publicar una tirada pequeña. La madre andaba orgullosa enseñando el ejemplar a todo el mundo. Ese primer libro, tal y como se expresa en El cuadernillo de la tía Marga, dentro de Amarga Luz, marcó su vocación.

"Este libro marcó mi vocación como artista. Todos me consideraban una dibujante excelente, pero mamá ya intuía que mi mundo sería mucho más duro y pedregoso, más exhaustivo y demoledor" .

Y sí, en realidad, hay cierto aire funesto que invade la biografía de Gil Röesset haciéndola más trágica y premonitoria, como allanando el camino para ese final que ya todos conocemos, pero del que aún desconocemos el motivo principal. El porqué de su suicidio.

Pero volvamos a ese libro infantil: Consuelo y su hermana se lo enviaron firmado a Zenobia Camprubí, a quien admiraban por ser esposa del poeta Juan Ramón Jiménez y lo acompañaron con una tierna dedicatoria que decía algo así como: "Aún no nos conoces, pero pronto seremos amigas". Un día, a principios de 1932, en un concierto, las dos hermanas conocen a Juan Ramón Jiménez y a su esposa. Y Marga se enamora casi al instante del poeta. Entonces, ella tenía 24 años y él 51. Y también casi al instante se ofrece a hacer dos bustos de la pareja, empezando por el de su esposa. La escultura de Zenobia es, de hecho, una de las pocas obras que se conservan de Marga en la actualidad. Lo destruyó casi todo antes de suicidarse.

Juan Ramón Jiménez describió ese primer encuentro con Marga en su libro Españoles de tres mundos, en el que él también parecía fascinado en cierto modo por la belleza oscura de Marga, muy distinta a la de su hermana Consuelo.

"Yo me había imaginado que Marga era rubia como Consuelo, su hermana mayor, y creí entreverla así en la penumbra carminienta de un palco, una mañana de concierto. Aquella tarde Marga era morena pálida de verdoso alabastro, con ojos hermosos grises, y pelo liso castaño. Sentada tenía una actitud de enerjía, brazos musculosos, morenos, heridos siempre de su oficio duro. Y al mismo tiempo ¡tan frágil! Llevaba el alma fuera, el cuerpo dentro. Le dije al momento: Amarga. "Persa, fuerte, viril".

En la misma novela, Juan Ramón Jiménez explica como las visitas de Marga a su casa empiezan a hacerse cada vez más y más frecuentes. El matrimonio también estaba alumbrado por el talento de aquella niña prodigio, así que le abrió las puertas de par en par. Marga les traía regalos, rosas, frutas y libros. Trabajaba sin descanso y se deshacía las manos por la dureza y la disciplina que exigía el trabajo de escultora. Continúa así el relato: "Se iba ya de noche, corriendo. Siempre corriendo, entrando, saliendo, cargada de cosas, subiendo, bajando. Dormía poco, abandonaba el comer. Café, té, vida abreviada. No le importaba seguramente vivir. Una estoica".

A media que descubrimos los diarios íntimos de Marga, sabemos más acerca de esa admiración intensa y destructiva que sentía hacia el poeta. Marga no estaba preparada para un amor tan fuerte, y menos en ese contexto: un hombre casado, mucho mayor que ella y en el seno de una familia profundamente religiosa. Eso es lo que se desprende de los versos que le dedicó (y que posteriormente el propio Juan Ramón Jiménez editaría en un recopilatorio llamado Marga). "Vamos a ver, Juan Ramon Jiménez…", así empieza éste en el que, en resumidas cuentas, le anticipa su propio suicidio. Aunque, claro, el poeta no sabría nada de esto, ya que recibió esos poemas la misma mañana de su muerte. Marga le dijo "¡No los leas ahora!". Y eso hizo. Esperar.

Marga también escribió tres cartas de despedida, que se pueden leer en el libro Amarga luz. Una, a su hermana Consuelo; otra, a sus padres y, una más, a Zenobia. En todas ellas habla de ese amor fatal y no correspondido que le impide la vida y pide perdón "por lo egoísta de su acto". Y también se disculpa a Zenobia, a quien considera su amiga: "Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramon!".

"Pero la vida de Marga es mucho más rica que ese triste final. Ella conoció a Juan Ramón Jiménez a principios del año 32 y se mató en julio… Es solo una parte de su vida. Lamentablemente no pudo sublimar ese amor en su obra. Pero ella aportó mucho más", insiste la sobrina, Clark, quien cree que la prensa se ha dejado llevar por la morbosidad de un amor tan desgarrado por un poeta tan conocido. "¡Si se llega a enamorar de una persona normal y corriente…! Seguro que la prensa no le habría prestado tanta atención", espeta al otro lado de la línea.

Marga fue mucho más que una suicida enamorada. "Fue una niña prodigio con un don extraordinario para el dibujo y la escultura. Si hubiera vivido más tiempo, seguro que hubiera ocupado un lugar relevante en el mundo del arte y de la cultura de nuestro país en el siglo XX. Marga sigue viva entre nosotras porque las grandes creadoras nunca mueren", concluye Clark.