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crimen

El Mataviejas, el violador cántabro que se convirtió en asesino de ancianas

Tras matarlas les robaba joyas, estampitas o porcelanas que guardaba en una habitación pintada de rojo en su casa

por Ana Iris Simón
01 Octubre 2019, 4:00am

José Antonio Rodríguez Vega, El Mataviejas. Imagen vía YouTube

José Antonio Rodríguez Vega nació el 3 de diciembre de 1957 en Santander, Cantabria. En algunas de sus fotos —basta googlear su nombre para encontrar decenas, en blanco y negro y en color, de los años en los que acaparó portadas y páginas de la crónica negra española— aparece con una media sonrisa. Su gesto es entre altivo y seguro, sereno. A veces parece casi irónico. Casi todas ellas fueron disparadas en el proceso judicial que arrancó en 1991 y por el que se le condenó a una pena de 440 años de prisión por la violación y el asesinato de 16 ancianas entre abril de 1987 y abril de 1988.

Según cuentan las crónicas, a José Antonio le echaron de casa por agredir a su padre enfermo. Fue su madre la que le invitó a abandonar el nido y aquello provocó en él un odio y unos temores hacia su progenitora que convivían con el deseo de mantener relaciones sexuales con ella. "Todos los hombres han sentido alguna vez deseos de violar a su madre", llegó a declarar.


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"Yo no me sentía atraído por las ancianas. Ha sido una venganza hacia mi familia. Ha sido una venganza contra mi madre. Al no matarla a ella pues, mira... Está el amor y el odio hacia la maternidad, y lo respetas... ¿Cómo vas a matar a tu madre, qué es la que te ha traído al mundo?", le dijo en una ocasión a la periodista Lucía Guirado, que estuvo durante dos meses carteándose y hablando con él. También le dijo, ya desde la cárcel, que en lugar de a 16 desconocidas debería haber matado a su madre. "No me la cargué de misericordia, que me la tendría que haber cargado. Muerto el perro se acabó la rabia".

En aquel momento, en los primeros noventa, apenas se señalaron sus agresiones como violencia machista, como ocurrió con otros crímenes coetáneos, como el de Alcàsser. Porque su carrera delincuencial no comenzó con los asesinatos de las 16 ancianas: antes de convertirse en "el Mataviejas" fue "el violador de la moto", por el vehículo en el que huía tras sus delitos.

Rodríguez fue arrestado en octubre de 1978, acusado de varias agresiones sexuales y condenado a 27 años de prisión. Su mujer, Socorro, le dejó al entrar en prisión. Pero permanecería allí menos tiempo del esperado: gracias a su insistencia y la de su madre, consiguió que todas las víctimas menos una le perdonaran, lo que en el Código Penal Español anterior al 95 significaba que fue eximido de su responsabilidad penal. En paralelo, su ejemplar comportamiento en la cárcel hizo que en 1986 fuera puesto en libertad. Al salir, y ya habiendo roto su relación con Socorro, contraería matrimonio con otra mujer, enferma de epilepsia, que nunca intuyó ni sospechó nada del oscuro comportamiento de su marido.

"El Mataviejas asesinaba a sus víctimas tapándoles la nariz y la boca, lo que acababa en parada cardíaca tras provocar un edema pulmonar. Un hecho que despistó a los forenses, que concluyeron inicialmente y tras varias de las autopsias en que algunas de ellas habían fallecido por muerte natural"

Entra abril de 1987 y abril de 1988 José Antonio Rodríguez Vega asesinó a 16 ancianas. En uno de los cuartos de su casa, semipintado de rojo, que en este documental emitido por Telemadrid en febrero de 2002 sus vecinas describen con inquietud, acumulaba decenas de objetos que robó a sus víctimas tras asesinarlas. Estampitas, porcelanas, joyas... algunos de ellos, sin embargo, no se correspondían con las ancianas a las que posteriormente se identificó como sus víctimas, lo que abre las puertas a pensar que más ancianas sufrieron, como mínimo, sus robos.

Su proceder era sencillo pero meticuloso. Aprovechando que era obrero de la construcción y que se dedicaba a hacer chapuzas y arreglos, elegía a una anciana que vivía sola y estudiaba sus horarios, sus costumbres, para posteriormente entrar en su casa con la excusa de hacer una ñapa. A veces se hacía pasar por un técnico de televisión y otras por revisor de gas. Una vez dentro de sus casas, se ganaba su confianza gracias a unos encantos y a un carisma del que no dejó de alardear hasta su muerte. Cuando las mujeres, que vivían solas, empezaban a confiar en él, las agredía sexualmente.

"Me lancé sobre ella y empecé a meterla mano, empezó a chillar, me notaba excitado, me lancé, nos caímos y es cuando la tapé la boca, me parece que hubo penetración, pero no notaba yo excitación en ese momento, no me corrí, ella chillando, la tapé la boca, me asusté y la dejé con quejidos salteados".

Así fue como explicó uno de sus crímenes, testimonio recogido en el sumario del caso. El Mataviejas asesinaba a sus víctimas tapándoles la nariz y la boca, lo que acababa en parada cardíaca tras provocar un edema pulmonar. Un hecho que despistó a los forenses, que concluyeron inicialmente y tras varias de las autopsias en que algunas de ellas habían fallecido por muerte natural.

"Durante las semanas que duró el juicio se dedicó a mirar a las cámaras que seguían su caso con esa sonrisa irónica con la que aparece en las fotos y que le dedicaba incluso a los familiares de sus víctimas"

Pero la gran cantidad de mujeres y los errores cometidos por Rodríguez Vega en las escenas del delito empezaron a levantar sospechas. Demasiadas muertes en demasiado poco tiempo y muchas de las escenas de los crímenes con algo en común: en los domicilios de varias de las víctimas se habían producido reformas en el momento inmediatamente anterior a su muerte.

Este dato, unido a que asesino comenzó a incurrir en imprudencias como dejar su tarjeta de visita en el domicilio, o sangre en el cuerpo de alguna de ellas, además de una dentadura incrustada en la garganta de otra hizo que las autoridades fueran cercando la sospecha en que aquello no eran muerte naturales, y en que el culpable de todas ellas era él: el violador de la moto reconvertido en un asesino de ancianas. En "El Mataviejas".

José Antonio Rodríguez Vega fue detenido el 19 de mayo del 88. Confesó los asesinatos cometidos en cuanto llegó a comisaría y en el registro de su casa encontraron las decenas de objetos sustraídos a sus víctimas y colocados escrupulosamente como trofeos de sus crímenes.

Ello no le impidió que en 1991, cuando arrancó el juicio, se declarara inocente de los cargos de violación y asesinato de los que se le acusaban y apelara a que, como decían inicialmente algunas de las autopsias, aquello habían sido muertes naturales. Durante las semanas que duró el juicio se dedicó a mirar a las cámaras que seguían su caso con esa sonrisa irónica con la que aparece en las fotos y que le dedicaba incluso a los familiares de sus víctimas.

La labor de los psicólogos y psiquiatras que trabajaron en el caso fue crucial. Concluyeron en que su imputabilidad era total ya que conservaba intacto su sentido de la realidad y era capaz de gobernar sus actos, permaneciendo resistente a los tratamientos. Presentaba, además, rasgos clásicos de la psicopatía, como la frialdad o la ausencia total de remordimientos y de la capacidad de conmoverse.

Al Mataviejas no le gustaron demasiado estas conclusiones, y en distintas entrevistas posteriores no paró de apuntar a las supuestas injerencias de su caso y a que "había puesto al sistema judicial contra las cuerdas".

En prisión se dedicó, incluso, a estudiar derecho, y no paró de esforzarse en demostrar su inocencia durante años. El 5 de diciembre del 91, la Audiencia Provincial de Santander le condenó a 440 años de prisión por asesinatos y abusos deshonestos a 16 ancianas.

Sin embargo, de puertas para adentro, tras los muros de la prisión y cuando las cámaras se apagaban, El Mataviejas se jactaba de sus crímenes, lo que le llevó incluso a un enfrentamiento con otro recluso que engrosa las filas de la crónica negra nacional: el Arropiero. Con él pujaba entre barrotes por quién había sido más cruel en sus crímenes, ante la mirada incrédula de compañeros y funcionarios.

El 26 de octubre de 2002 José Antonio Rodríguez Vega fue asesinado en la cárcel de Topas, en Salamanca, por dos compañeros de prisión: Enrique V. G. y Daniel R. O. Le asestaron 113 puñaladas y, cuando fueron a declarar, Enrique V. G, alias El Zanahorio, dijo a las puertas del juzgado de Salamanca en el que declaró que "le había hecho un favor a la sociedad". Le enterraron en la fosa común de la cárcel. A su entierro solo fueron los enterradores.

Sigue a la autora en @anairissimon.

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