Opinion

Aunque el planeta no reviente por el cambio climático, todo seguirá siendo horrible

La esperanza es una forma de consolidar la precariedad y solo hace que la urgencia de mejora se desvanezca.
04 Noviembre 2019, 4:45am
No hay esperanza
Imagen de portada vía Wikipedia/CC 0

Hablemos sobre la esperanza, ese mecanismo que se utiliza para que cierto organismo vivo pueda seguir sobreviviendo pese a un entorno tremendamente hostil. La esperanza es un amplificador de lo improbable o de lo imposible y, pese a que en primera instancia se plantea como algo positivo —“lograremos que el banco no nos eche del este piso, hay que tener esperanza” o “espero que queden algún preservativo en el baño, por Dios”— al final se convierte en una forma de consolidar la precariedad, pues si nos queda claro que algo mejor puede llegar a existir, la urgencia del cambio y de mejora se desvanece, pues, al final, el estado ideal está ahí, en algún sitio, existiendo, acurrucado pero vivo, y entonces ya no hace falta que nos preocupemos más.

Este elemento tranquilizador, esa luz lejana, ese paraíso futuro, relaja nuestras mentes y deja que podamos soportar un día más —o un mes, o varios años o toda una vida— el peso de nuestras miserias cotidianas. La esperanza convertida en proyector de ficciones que narcotiza nuestra alma. La falsa promesa de algo que, evidentemente, nunca llegará. El gran truco final.



Es la falta de esperanza, la falta de fingir que las cosas pueden arreglarse, lo que fuerza por necesidad imperiosa, el cambio. Cuando está clarísimo que nuestro deseo es algo totalmente imposible, cuando cierta esperanza se sustenta sobre la más absoluta nada, cuando no hay estudios ni análisis que amparen la mínima posibilidad de éxito, es ahí donde triunfaremos. Es ahí, entonces, donde nos veremos obligados a actuar y destruir todo aquello que imposibilita nuestra supervivencia.

Ahora nos dicen que debemos tener esperanza. Que si aplicamos un cambio radical en la emisiones de CO2, apostamos por las renovables y creemos ciegamente en un capitalismo supuestamente más ético, podremos salvar el planeta. Que es posible, que está todo muy mal pero que, en fin, es posible. Esta misma posibilidad parece ignorar el hecho de que, aunque el planeta no se vaya a la mierda por causas naturales, aunque lo logremos, seguiremos viviendo en un auténtico vertedero de humanos. La esperanza, de nuevo, utilizada como el opio, para apaciguar y desviar los problemas. No, el mundo no será un lugar mejor si no explota.

Asumamos que ya no hay esperanza. Dejemos de fingir. La humanidad hace tiempo que ha tomado un camino irreversible en todos los aspectos. El poder político y económica se encuentra en manos de una minoría que explota al resto de forma cruel, creyendo incluso que están haciendo las cosas correctas. Nosotros, como individuos, no somos nada; todos hacemos lo mismo y solo servimos para consumir y generar consumidores nuevos (hijos) a los que ponemos nombres tan originales como “Daniel”, “María” o “Carlota”. Nos arrastramos por el suelo en busca de un poco de dinero e intentamos que no nos echen de nuestros pisos mientras compramos mierdas baratas en un supermercados cuyo valor añadido es, precisamente, ofrecer productos baratos, hecho que internamente inicia una rueda de estrategias contables que terminan normalizando los salarios mediocres, las excepciones fiscales y la depuración de los derechos laborales.

Estamos en el territorio de la posdemocracia, allí donde los ciudadanos pierden todos sus derechos y la política es utilizada para demoler todo lo que han construido años y años de luchas obreras por los derechos sociales. Todo lo que existe le rinde un culto exagerado al crecimiento económico, pasando por encima de cualquier derecho o vida.

Las ciudades que no se encuentran en medio de una guerra se han convertido en hoteles para turistas cuyo único valor es su capacidad de consumo, cuando estos pierdan esta habilidad por causa de alguna crisis económica, serán tan poco bienvenidos en estas ciudades como los propios ciudadanos autóctonos. ¿Y nuestros cuerpos de mierda? ¿Por qué esos actores están tan buenos y esas tías de Instagram están tan delgadas? ¿Qué me tengo que comprar para dejar de apestar? La gran bola de mierda generada por la publicidad y las redes sociales nos hace desear productos e ideas inalcanzables y despreciar nuestros propios cuerpos y vidas.

Pero es que incluso hay cosas mucho menos fatales que convierten igualmente este planeta en un sitio horrendo. Todo el mundo compite contra todo el mundo para lograr atención, sexo o un trabajo remunerado. Gente que escupe las palabras “proyecto” o “sinergias” en medio de fiestas de cumpleaños. Ratas corporativas que con palabras técnicas y camisas caras venden humo a sus clientes y amistades para ocultar su enorme falta de talento. El género humano somos una gran masa de gente cuya única pasión es aplastar todo lo que nos impida follar, aparearnos y generar una familia antes de que alguien o algo nos mate. Todos seguimos un plan de vida ya trazado y clonado tantas veces en la historia de la humanidad que incluso resulta vomitivo, un proyecto existencial que ya se ha revelado como totalmente inútil a la hora de lograr el sencillo objetivo de suscitar un mínimo de felicidad en las personas.

La gente sale de trabajar y llega a su pequeño piso de mierda, mira la tele mientras cena una lata de “sardinillas picantonas” con arroz de microondas y luego se duerme mirando la falta de likes de esa foto de mierda delante del espejo del ascensor que ha colgado esta mañana en Instagram. Incluso fuera de lo humano el mundo sigue siendo un lugar triste y salvaje. Mirad esos putos animales que habitan por todas partes, lo único que hacen es intentar matarse y comerse mientras de vez en cuando lamen su propio esfínter para Dios sabe por qué. ¿Y qué me decís de todas esas plantas y árboles? Ahí están como si nada enseñando sus genitales coloridos y reproduciéndose sin parar e invadiéndolo y destruyéndolo todo. Construye una casa al lado de unos árboles y verás como en quince años no te queda ni casa ni huesos en el cráneo. Las placas tectónicas se mueven y generan montañas que dan más miedo que Satanás y alteran los continentes y lo destruyen todo.

Quiero decir, esto que tenemos entre manos es totalmente irreversible, así que dejadlo ya, es totalmente ofensivo tener un mínimo de esperanza. No dejéis que os animen, solo hundidos podremos mejorar.