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Ser joven en Las 3.000 viviendas, la cara B del turismo en Sevilla

El Polígono Sur de Sevilla lucha por prosperar y darle la espalda al continuo lastre mediático de reyertas y tráfico de drogas y armas.

por Alberto G. Palomo; fotografías de Anthony Coyle
26 Febrero 2018, 5:00am

Imagen por Anthony Coyle modificada por VICE

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Un autobús conecta con frecuencia coreana las icónicas setas sevillanas (Metropol Parasol, la estructura de madera más grande del mundo) de la plaza de la Encarnación con el Polígono Sur, el barrio al que todos conocen por Las 3.000 Viviendas.

El contraste con la manida postal de sol, Giralda y coches de caballos salta a la vista: mientras en el centro desfilan turistas con mapa y réflex al hombro, en "las tres mil" manda el buscavidas, el humilde, el obrero, todos pululando entre edificios desconchados, carreteras semivacías y aceras con basura y restos orgánicos que nadie recogerá en días.

El distrito de "las tres mil" lo comprenden seis barriadas (Paz y Amistad, La Oliva, Antonio Machado, Martínez Montañés, Las Letanías y Murillo) en las que viven unas 50.000 almas. Más de siete mil pisos arracimados entre las vías del tren, la avenida de La Paz y la carretera de Su Eminencia. La variedad entre sus bloques, a los que se les suele conocer por sus colores, va desde el piso desarrollista hasta la oquedad del esqueleto de viga y candela donde se trapichea y consume droga.

Un lastre que acompaña a sus vecinos desde el nacimiento del lugar, a mediados de los años sesenta. El realojo de familias desfavorecidas y la progresiva inclusión de la heroína hicieron añicos la convivencia y los edificios.

A pesar del negativo bombo mediático, en Las 3.000 Viviendas hay también sitio para la esperanza. El polígono quiere salir adelante. Desde hace doce años, un Plan Integral consensuado entre el Ayuntamiento, la Junta de Andalucía y el Gobierno promueve iniciativas para la mejora del barrio en todos los ámbitos, desde urbanísticos hasta socioeconómicos y de seguridad pasando por culturales y de ocio.

Con un paro en torno al 40%, una renta neta media de 13.180 euros por persona al año (la mitad que la media sevillana, de 27.755, según el Instituto Nacional de Estadística en 2017) y una posición titular en el podio de los más pobres de la urbe andaluza (junto con Los Pajaritos y Amate), esta zona marginal levanta cabeza: un 20% del empleo que encuentran sus vecinos es duradero y uno de cada tres logra un título superior.

Hoy algunos de sus jóvenes busquen alternativas para prosperar lejos de clichés impuestos. Hablan a los ojos. Con orgullo, pero también con críticas a algunos compañeros de barrio. Una idea sobrevuela firme: ninguno quiere quedarse atrapado. Samuel, Antonio Borja, Maite, David nos lo cuentan.

Samuel Romero, "cuando dices que eres de aquí la primera imagen es de rechazo"

“En este barrio, aparte de gente buena, hay gente mala”, resuelve Samuel Romero, de 24 años, un jugador de futbol semiprofesional. “La primera imagen cuando dices que eres de aquí es de rechazo”, prosigue Samuel, reloj dorado, brazos tatuados y figura atlética encajada bajo un polo salmón abrochado al límite y unos vaqueros rotos por las rodillas.

De padre trabajador en una empresa de limpieza y madre empleada del hogar, Samuel ha aprendido a buscarse la vida desde pequeño. Él piensa que no ha tenido las mismas oportunidades que sus amigos de otras zonas. “Tenía uno, con un padre abogado o médico —¡vamos, de buena familia!—, que me decía antes de entrar a su casa que no les dijera de dónde soy. Me fastidia porque yo trato con gente de todo tipo”, recuerda. “Y hablo bien, que no voy con un acento feo”, se defiende.

Su infancia estuvo marcada por la tentación de “atraparse” en el barrio, pero intentó salir a menudo, graduarse y encontrar algún sustento lícito. “No me gustaba quedarme aquí, que ves cosas que no aportan nada para el futuro. Me estuve juntando con gente perdida, porque era más inocente y me atraían, pero siempre me dio por el fútbol y estaba de un campo a otro”, resume el ahora titular del Club Atlético Cortegana, en la sierra de Huelva.

Samuel luchó por no quedarse "atrapado" en el barrio y ahora es futbolista semiprofesional

“No me ha costado encontrar trabajo. Tampoco he detallado de dónde era”, añade. Samuel está a punto de empezar unas prácticas en una tienda de ropa después de haber pasado por contratos temporales en tiendas o supermercados. “Me encantaría quedarme ahí”, suspira.

¿El futuro? Aunque enfatiza las cosas positivas de "las tres mil", a Samuel le gustaría irse fuera. “Quiero explorar y estoy cansado de este ambiente”, expresa a la sombra de la Parroquia Jesús Obrero. Muchas jornadas de ver las mismas caras y de idas y vueltas al centro, donde suele empeñar los fines de semana o las tardes.

“Lo mejor de aquí es que te ayudan mucho y te conciencias de lo que no quieres ser. Eso sí, tienes que esforzarte el doble y demostrar que vales, porque nadie te regala nada” – Antonio

“No quiero que el día de mañana se vea la degradación de la misma gente. Y eso que tengo muchos colegas. Alguno con un aspecto muy chuleta que luego son buenísimos. Aquí cada persona es un mundo”, zanja.

Antonio Borja

Antonio Borja tiene 20 años. Nos recibe en la entrada del instituto donde cursa 2º de Bachillerato, el Antonio Domínguez, con muros multicolor plagados de graffitis contra el machismo y latas de Red bull esparcidas por el suelo. Es gitano, algo que lleva con orgullo y que le hace usar con frecuencia un "nosotros" en honor a la comunidad. En el barrio, aún resistente a la inmigración, un 25% de la población es de esta etnia.

“Muchos dicen que es peligroso, pero esto es lo mejor”, afirma este chaval al que le encanta “el ambiente, la gente” y que todo el mundo se conozca en estas calles. “De lunes a jueves me paso las tardes en la biblioteca. Y los fines de semana intento dar una vuelta por el centro”, comenta. Su familia le anima a terminar los estudios: “No queremos cambiar las tradiciones, pero sí formarnos y salir adelante. Nos suelen poner la etiqueta de casarse, tener hijos y vender en la calle”, protesta.

Antonio ha sufrido discriminación por ser gitano y de "Las 3.000 viviendas"

Por su origen, apunta, a veces nota cómo le ponen reparos para entrar en algunos bares o se alejan. “Miran con desconfianza. En el autobús se cogen el bolso y en las tiendas el guardia te sigue”, lamenta. Ve cómo su zona está degradada y, “claro”, le preocupa la imagen que da en la tele y los periódicos, pero cree que “muchos se quedan en la superficie y no entienden que la mayoría se faja por sacar un sueldo al mes”. Él apenas ha tenido dinero para sus caprichos, al contrario de lo que ve cuando coincide con gente de otras zonas: “Pueden pedir más cosas, yo tengo lo justo”.

“Lo mejor de aquí es que te ayudan mucho y te conciencias de lo que no quieres ser. Eso sí, tienes que esforzarte el doble y demostrar que vales, porque nadie te regala nada”, resume. ¿Lo peor? El estigma de “robos, peleas y drogas” que carga en cuanto pisa otra zona. Ni se plantea moverse del barrio: primero le toca gastar silla en la biblioteca, superar el instituto y buscar trabajo. “Prefiero hacer un ciclo superior de cualquier oficio que la universidad, pero ya veré”.

Maite Rosales está haciendo un taller para jóvenes de la zona

“Criarte aquí es duro”, suelta Maite Rosales, de 27 años, al acabar sus clases de personal de supermercado en la Fundación Don Bosco, un centro que ofrece cursos y talleres a los jóvenes de la zona. “He visto pistolas, me he tenido que tirar al suelo por los disparos y he conocido a mucha gente de mi pandilla a la que le ha influido la calle”, enumera.

“Esto es la ley del más fuerte. He tenido que aprender a defenderme para que nadie se crea más que yo” – Maite

“Por otro lado, hay familias muy trabajadoras y somos personas corrientes”, sonríe. Maite tiene una hija de tres años, una madre que trabaja en casa y un padre churrero en Triana. Un buen conjunto de alegrías que también le han limitado a la hora de moverse. “He tenido que estar muy pendiente de todos y no me he movido mucho”.

Por eso ha pasado tiempo en el barrio. Ha tenido que seguir el precepto que rige en los bloques de colores: “Esto es la ley del más fuerte. He tenido que aprender a defenderme para que nadie se crea más que yo”, explica, “pero también he desarrollado mucho afecto, y me pesa cada vez que digo que soy de ‘Las 3.000’ y la gente lo relaciona con ladrones o pegones”, cuenta con la luz de cara.

Maite tiene una hija de tres años y lleva una vida tranquila en el barrio

“Desde los 10 años estaba en la calle de un lado a otro. He fumado mis porritos y he sido un poco golfa, pero siempre en mi sitio”, rememora cuando piensa en su adolescencia y en cómo sus amigos “han dejado de estudiar” por esas costumbres que impone la calle. “Muchos tienen dos opciones: o la droga o la delincuencia”.

“Nacemos con una carga extra para ascender. Al final me he sacado el graduado y he podido sortear lo que me venía”, sintetiza. Ha trabajado como limpiadora y dependienta, ha apostado por llevar una rutina sana que entre semana transcurre de casa al trabajo o al curso y en fin de semana se presenta “tranquila”.

“A veces paseo por el centro y las zonas bonitas. Me da rabia que por ser de aquí a veces te traten como que no te enteras o eres una mierda. Y que a algunas amigas les dé miedo visitarme”, zanja, convencida de que progresará y saldrá de aquí, pero jamás dejará ese espíritu de superación. “Sé que conseguiré lo que yo quiera”.

David Cruz hará un curso de fontanería y calefacción

David Cruz, de 25 años, luce un diploma de admisión a un curso de fontanería y calefacción. Está satisfecho con sus logros y “más que orgulloso” de su procedencia. “Gracias a Dios, nunca me ha faltado de nada. Mis padres me han dado lo que he pedido”, remarca David Cruz.

Sin lujos, pero con las mismas posibilidades que cualquiera. “Estudié en el Instituto Polígono Sur y veías a los típicos que están por obligación, que no quieren hacer nada, pero hay buena gente”, justifica.

"Me iría a otra zona a vivir, no por nada, sino por conocer más cosas. El barrio te enseña a ser más amigable, a respetar y a pasarlo bien" – David

A sus 25 años siempre ha tenido el apoyo de sus padres para que estudiara. Ella, limpiadora de hospital, y él, chapista jubilado, le han empujado a no permanecer quieto, a aprobar, a imaginar siempre un peldaño más. “Naces con una etiqueta y con muchos prejuicios, pero piensas que si los demás no tienen problemas en acceder a ciertos puestos, por qué tú sí”, acusa. “Nunca me han relacionado con drogas o tráfico, pero sí que notas el cachondeo cuando dices que eres de aquí”, ríe, “¡y eso que del barrio han salido médicos y abogados!”.

David dice que se quiere ir de 'las 3.000' pero no porque no le guste el barrio, sino para conocer otros lugares

De sus amigos, la mayoría está estudiando o trabajando. “Entre semana he estado yendo al colegio, a la orquesta o a ver a la novia. Lo normal los fines de semana era salir, dar una vuelta por el centro”, dice. Su novia hasta ha mirado pisos en la zona.

“He visto persecuciones de policía, pero nunca me han dicho por dónde no caminar. En los últimos años, además, ha habido mucho cambio, hay más apoyo al barrio. Antes era más peligroso”, analiza, pero dice que se iría a otra zona a vivir “no por nada, sino por conocer más cosas” y cree que el barrio enseña “a ser más amigable, a respetar y a pasarlo bien. ¡Aquí hay mucho arte!”.

Esther, 21, dice que la gente no se cree que sea del barrio

El caso de Esther Vázquez, de 21 años, es singular. Vive en un bloque doble en el que una parte está en perfecto estado y otra sellada. A ellos les pusieron aparcamiento de motos mientras en el edificio de al lado retiraban marcos de ventana y escaleras de acceso: no querían inquilinos enganchados después de que muchos vecinos abandonaran las casas, igual que su madre “nunca” quiso que ella se relacionara con los chavales de su manzana.

“Nos llevaron al cole y al instituto fuera. Tuve suerte, porque nos podía acercar mi abuelo o ir en bus”, dice, incluyendo a su hermana. Ninguna quería quedarse en el barrio. “Digo que soy de aquí y no se lo creen”.

“He sacado muchas cosas buenas de aquí. Primero, a buscarme la vida poco a poco. El compañerismo, la empatía, la complicidad, la ayuda al prójimo y el librarse de prejuicios. Todos juzgamos sin saber y es muy fácil criticar si no lo ves" – Esther

“He visto amigas que dejaban los estudios y se quedaban embarazadas. Una tiene ahora 21 con una niña y está preparándose la ESO”, cuenta, describiendo cómo se ha pasado parte de los últimos meses dando biberones a primera hora de la mañana o de niñera no pagada algunas tardes. “Si salíamos de ‘botellona’, ella se volvía a dar de comer al bebé”.

Esther y su hermana fueron a una escuela fuera del barrio

“He notado carencia de dinero, pero nunca he echado de menos nada”, continúa. “Mi madre ha tenido que decir que la casa está en otra zona, algo mejor, y yo he ido de guardiana de algunos chiquillos. Hasta he roto porros en su cara”, asiente. “Ahora esto está muy reformado, con zonas buenas y malas. Pero es muy fácil criticar si no lo ves”, concluye.

Con un curso de grado medio de Auxiliar Administrativo y otro de Personal de Supermercado, espera marcharse en algún momento “con mi pareja e hijos” al este de la ciudad. “He sacado muchas cosas buenas de aquí. Primero, a buscarme la vida poco a poco. El compañerismo, la empatía, la complicidad, la ayuda al prójimo y el librarse de prejuicios. Todos juzgamos sin saber. Vemos a alguien enganchado a la droga o que roba y lo señalamos, pero no sabemos por qué está así. Uno de mi piso perdió a su hermano y a su madre y cayó. Por eso tienes que ponerte en su lugar y saber que si no eres fuerte te refugias en lo que sea”.

Diego Gandul está a punto de coger un avión por primera vez para estudiar en el extranjero

Diego Gandul tiene 19 años y carga una mochila con los libros del curso que quiere terminar en junio: 2º de Bachillerato. Es compañero de Antonio Borja y en unos días va a coger el avión por primera vez gracias a un intercambio de su centro de estudios.

No habla mucho inglés, pero va a salir del barrio sin miedo. “Todos mis amigos son de aquí”, se excusa para que se comprenda por qué solo ha ido fuera en alguna ocasión.

Diego, con su móvil, en la puerta del instituto

Es reservado. Su día a día ha transitado entre el instituto y casa, con tardes de estudio y horas deambulando entre los inmuebles de Las 3.000 Viviendas. De vez en cuando cae algún centro comercial o alguna vueltecita por otras zonas. “Aunque degradado, esto está mucho mejor. Hay gente muy trabajadora que se va de madrugada y vuelve por la noche”, arguye. “Aquí todos somos uno, y lo que le pasa a ese uno lo cuidamos entre todos”.