'Esta película pondrá a Providencia en el mapa de nuevo': Samir Oliveros
Foto: Juan Gordon | Detrás de cámaras de 'El día de la cabra'
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'Esta película pondrá a Providencia en el mapa de nuevo': Samir Oliveros

Hablé con el director de 'El día de la cabra', la primera película colombiana hablada completamente en el creole de los isleños.
8.11.17

Todo empieza por la cabra. Por la muerte de una cabra. Cornelius “Corn” Denton (Honlenny Huffington) y su hermana mayor Rita (Kiara Howard), dos niños isleños con personalidades casi irreconciliables, atropellan a un incauto chivo con la camioneta de su papá. Esa instantánea detona la acción: dos niños pasmados, una camioneta rota y una cabra muerta en una carretera de la isla de Port Paradise, una Providencia colorida hecha a la medida de la gran pantalla.

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—Corn, ¿wat wiguain du? (Corn, ¿qué vamos a hacer?) —pregunta Rita preocupada.
—¿Wat wiguain du? Wiain fix dis (¿Qué vamos a hacer? Vamos a arreglar esto) —responde Corn con premura.

Las satíricas aventuras de Corn y Rita para conseguir la plata y reparar la camioneta familiar antes de que alguien se dé cuenta son el motor de El día de la cabra (Bad Lucky Goat), el primer largometraje colombiano hablado completamente en el creole —o criollo—, la lengua de los raizales de la isla de Providencia. El director bogotano Samir Oliveros se la jugó por una apuesta arriesgada: una cinta con actores naturales, un score original con músicos e instrumentos de la isla, animales vivos, niños andando en motos y carros, capturas en mar abierto y en una lengua diferente a la suya. Además, financiada a punta de crowdfunding.

Samir y su equipo duraron un mes haciendo el casting entre los jóvenes isleños, dos meses en preproducción y se embarcaron en dieciocho días de rodaje continuo en la isla de Providencia. El resultado: una carismática cinta de fresco humor caribeño, singular en el panorama cinematográfico nacional, que le ha dado la vuelta al mundo. En su debut en el Festival SXSW en Austin, Texas, además de las tres proyecciones full house tuvieron que hacer una cuarta para saciar a los gringos desesperados por ver a la cabra de la que todos estaban hablando. La película ha viajado por festivales en Malta, el Reino Unido e, incluso, en la India. La semana pasada ganó el Premio Archie a la mejor Ópera Prima en el Festival de Cine Philadelphia Film Society.

Antes del estreno de El día de la cabra en Colombia charlé con Samir, que actualmente vive en Los Ángeles, para saber cómo se cocinó el proyecto, los mierderos y aprendizajes que implicó grabar con actores naturales de la isla sin saber creole, y las posibilidades del cine para tender puentes culturales entre los centros urbanos y Providencia, un territorio históricamente marginado del proyecto de nación colombiana.


Vea aquí el tráiler de El día de la cabra:


VICE: ¿De dónde le vino la idea de grabar una película tan particular como El día de la cabra? Leí que tuvo que ver con una historia de una amiga jamaiquina…
Samir Oliveros: Sí, estaba en una Semana Santa en Jamaica. Fui a visitar a una amiga de una familia de judíos blancos que conocí estudiando cine en Nueva York y que lleva viviendo treinta años en la isla. Ellos tienen un hotel allá. Y un día la mamá me estaba contando que todas las mañanas tenía que llevar a los hijos al colegio a Montego Bay, a una hora de Negril, donde viven. Tenían que salir muy temprano. Una mañana se quedó dormida, atropelló a una vaca y la mató. Esa escena me fascinó: una vaca muerta en la mañana, un carro roto lleno de sangre y tres niñas atrás llorando. Me pareció una imagen muy poderosa para comenzar algo. El impulso inicial para El día de la cabra vino de ahí y de la relación que tengo con mi hermana.

¿Cómo fue el tema de la financiación? Debe ser durísimo conseguir la plata para rodar una película tan arriesgada siendo un director joven.
Llegué con el guion de Nueva York a golpear en todas las productoras y todas dijeron que les gustaba la idea, pero que lo hiciéramos a través del Fondo de Desarrollo Cinematográfico. Pero el Fondo tiende a ser muy lento, yo no quería esperar porque sabía que uno de los riesgos era que se dilatara y la película nunca existiera. Además, yo tenía la convicción de que podíamos hacerlo con menos presupuesto. Por eso, decidimos lanzar una campaña de crowdfunding en Kickstarter. Por ahí, con esfuerzo arduo, logramos recolectar sesenta mil dólares, que logró cubrir la gran mayoría del presupuesto de la película.

¿Qué fue lo más jodido de todo el rodaje en Providencia?
Uf, todo salió mal. ¡Todo! Le juro que debimos haber rodado un documental del detrás de cámaras de la película. Habría sido mil veces más exitoso. Todo lo que podía haber salido mal salió mal. Imagínese: estábamos grabando con niños en motos y carros, con animales, en pleno mar abierto, con gente que nunca había trabajado en una película antes.

En un momento secuestraron a la cabra, nos cobraron extorsión para poder seguir usándola o la mataban. Tuvimos que pagarlo. Otra vez, Honlenny, el protagonista —un niño de quince años—, iba manejando, se quedó sin frenos y se fue derecho contra una casa. ¡Le abrimos un hueco a la fachada! Tocó repararla con el departamento de arte antes de que el dueño llegara. Nunca se dieron cuenta

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(Risas).

También en una escena en mar abierto anclamos a nuestros protagonistas, los niños, en un barco. Y nosotros estábamos con los equipos en otro. De un segundo a otro se rompió el ancla, se reventó la cadena del bote de los niños. Eran las seis de la tarde, porque estábamos buscando la “hora mágica” de luz. Pero a esa hora hace muchísimo viento: empezó la corriente a empujarlos mar adentro, se fueron lejísimos. Tuvimos que contratar una lancha rápida para ir a rescatarlos. Fue una locura ese rodaje en la isla.

Claro, además no debe ser fácil trabajar con actores naturales que, además, son niños. ¿Cómo fue ese proceso de dirección de Honlenny y Kiara, los protagonistas?
Ellos dos tuvieron un mes de clases. Todos los días después del colegio venían a nuestra casa, donde nos estábamos quedando todos, y ahí les dábamos clases de actuación con un entrenador de actores naturales, que es muy bueno. También con ellos adaptamos el guion: originalmente estaba escrito en inglés, pero lo que hicimos fue darles las escenas y ellos adaptaban el diálogo a creole y a sus formas particulares de hablar, su slang coloquial en creole. Todo el diálogo lo volvieron a reescribir los niños. Fue increíble. Por eso se siente tan natural.

Una de las cosas que más ha sonado de El día de la cabra es ese: la lengua, porque la película es hablada 100% en el creole propio de la isla. ¿Usted ya conocía el creole? ¿Cómo hizo para escribir y dirigir un guion en esa lengua híbrida y trabajarlo en conjunto con los habitantes de Providencia?
El guion original era en inglés y, como le digo, se lo di a los actores isleños para que le metieran el swing criollo de Providencia, para que se lo apropiaran y lo adaptaran a sus modos de charlar, con sus dichos, sus giros, sus cadencias. Y la verdad es que si uno habla inglés, a las dos semanas de estar en la isla ya uno empieza a entender el creole. Empieza uno a desarrollar el oído para entender lo que se está diciendo. Uno se da cuenta de que es como un inglés muy rápido con una gramática diferente, con las palabras cambiadas de lugar. Con el tiempo uno empieza a entender esos desplazamientos y al mes uno ya empieza a hablarlo. Como duramos un mes en el casting y dos meses de preproducción antes de los dieciocho días de rodaje, ya cuando grabamos yo ya podía entender lo que estaban diciendo y podía hablarles, dirigirlos, orientarlos. Y ellos retroalimentarme a mí.

La música (llena de calipso, reggae, soca) es clave para darle el tono local isleño que tiene la película. ¿Cómo llegaron al diseño sonoro y a trazar con músicos como Elkin Robinson todo el ambiente musical de la película?
¿Has ido a Providencia? Providencia es demasiado escandaloso. Todo el tiempo hay ruidos, música, gente gritando, sonidos por todas partes. Queríamos serle muy fiel a ese aspecto de la isla. Por eso queríamos que fuera súper musical, porque además todos los isleños son muy musicales. La idea era que todo lo que sonara en la película fuera de artistas de la isla, que toda la musicalización, el score, la música incidental, fuera con instrumentos de allá, interpretada por su gente.

Hay uno que es muy recurrente, que es como un shaker largo, que suena pshhhh. Es un carraca, como la mandíbula inferior de un caballo. Cuando queda el esqueleto, las muelas quedan flojas adentro de la mandíbula; así, cuando uno le pega, tiemblan las muelas adentro y crean este sonido como de shaker. Queríamos, incluyendo también a gente como Elkin Robinson, serle muy fiel en todo momento a Providencia y que la película fuera lo más respetuosa y auténtica posible con los isleños. Por eso se hizo en creole, por eso toda la música es de ellos, con sus instrumentos y actores locales.

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Providencia es una isla que ha estado siempre en un limbo geográfico y cultural: se la han peleado Nicaragua y Colombia porque está en el límite de la frontera, funciona con su lengua y su ethos propios. ¿Cómo sintió esa brecha cultural estando allá?
Ellos se sienten muy aislados. Es triste porque están muy lejos y eso los ha afectado bastante. Se siente apenas uno aterriza. No tienen mucho contacto con, como le dicen ellos, el continente. Se sienten abandonados por el país.

¿Y piensa que el cine puede hacer algo para subsanar ese abandono?
El sueño es ese: que la película ayude a poner de nuevo a Providencia en el mapa, mostrarles que se pueden sentir orgullosos de su isla. Como muchos no han salido de allá piensan que en la isla no hay futuro, que están atrapados. Sienten que vivir en Providencia es una maldición. Pero sin distancia no hay perspectiva: como no han salido nunca, no saben que lo que tienen es un paraíso. Y el cine puede intentar relocalizar la isla en el mapa, que los isleños se vuelvan a apropiar con amor de su tierra. Y creo que con El día de la cabra logramos involucrarlos en otros modos de narrar eso que los rodea, verse desde otro ángulo. De hecho, una de las cámaras que usamos para la película se la vendimos a uno de los isleños que ahora está haciendo todos los videos musicales de los artistas de allá. Con eso, queda abierta la posibilidad de que ellos cuenten sus propias historias.

No conozco películas que retraten Providencia como lo hace El día de la cabra. ¿De qué otros proyectos audiovisuales isleños se nutrió?
Me gusta mucho el cine setentero jamaiquino. Le mostré al crew dos películas de referencia antes de rodar: The Harder They Come, protagonizada por Jimmy Cliff, un artista de reggae jamaiquino, y Rockers, una de 1978 dirigida por Ted Bafaloukos. Esas dos fueron nuestros referentes en términos de color, de cinematografía, sonido, de la música, el vestuario.

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¿Cómo ha estado la recepción de la película en el mundo? Vi que la película se ha proyectado en todas partes y se estrenó en el Festival South by Southwest.
Ha sido increíble la recepción, en todas partes ha encantado. De hecho, llegué hace dos semanas de Bombay, en India, y han sido de las carcajadas más duras que he escuchado. Los indios estaban fascinados con la cabra, no se la creían. En un momento, uno de los de Fox India me dijo que quería adaptarla y hacer una versión india de El día de la cabra. La semana pasada me dijo que lo intentó negociar pero no prosperó: igual muy emocionante esa ilusión de que pudiera existir una versión Bollywood de la película. Un mes antes estuve en Londres y yo pensaba que los ingleses tenían un sentido del humor raro, que eran más serios, pero en el screening allá estaban fascinados. Todo el tiempo cagados de la risa. Y en el SxSW nos dieron una proyección adicional porque la gente amó la cabrita. Ahora vienen la prueba mayor: Colombia.

¿Y qué expectativas tienen sobre el estreno acá en el país?
Yo lo que espero es que dure más de un fin de semana. En Colombia esa parece ser la norma: las películas colombianas duran tres días en cartelera, es tristísimo. Ojalá la gente vaya a verla y haya la suficiente bulla para que la gente se entere de que hay colombianos haciendo cine de calidad. Muchas veces la gente no va es porque no tiene ni idea de que se están estrenando películas colombianas. Es un trabajo de tres años y es triste saber que, como suele pasar, puede morir en un fin de semana. Ojalá rompamos esa maldición que tiene el cine independiente.

¿Ya la vieron los chicos de la isla? ¿Qué dijeron ellos?
Sí, eso fue lo mejor. En diciembre del año pasado, apenas terminamos la película, antes del estreno en SxSW, se hizo un screening para ellos, para todos los que participaron y sus familias. Todos gritaban, lloraban, fue muy conmovedor. Ver a la gente reconociendo a sus familiares, muertos de la risa. Ahorita me están pidiendo el DVD, que va a salir en diciembre. Yo les voy a mandar una súper caja de DVD para que todos en la isla la puedan ver.

Samir, ahora que pasó por el viacrucis de hacer una película independiente, ¿qué consejo les daría a los directores primerizos que ven casi imposible filmar la película de sus sueños?
Lo único que diría es que no intenten hacer lo que las películas colombianas hacen para figurar y entrar a festivales: esa promoción excesiva de la pornomiseria y el dolor, que son las que siempre llegan a Cannes o a Venecia. Siempre se tiende a premiar las películas que solo son retratos flojos de “cómo vive el Tercer Mundo”. La gente en Colombia suele pensar que ese tono lastimero es el tono con el que van a tener una posibilidad de llegar a circuitos internacionales. Pero nosotros lo que siempre tuvimos claro es que queríamos mantener una voz nueva, una película fresca. Mi consejo es buscar siempre algo original, hacer algo nuevo: conseguir una voz propia, no replicar lo que siempre ha funcionado. Si su voz es lo suficientemente única, le van a parar bolas. Eso nos pasó a nosotros.