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Crisis

Trabajar de cara al público me hizo odiar a la humanidad

‘Una mujer abrió la cortina del probador y se puso a mirar cómo su hijo vomitaba la comida. Cogió una de las camisas que tenía colgadas del brazo, le limpió con ella la cara al niño y me la dio’.

por Juli Katt; traducido por Mario Abad
06 Noviembre 2018, 4:45am

Este artículo se publicó en VICE Alemania.

“Disculpa”, dije, “solo una persona por probador, por favor”. La adolescente me lanzó una mirada desafiante mientras su novio se ponía rojo como un tomate. “¿Qué pasa, que estás celosa porque tengo novio?”, respondió.

Varias horas después, otra clienta arrancó un vestido de su percha, exigiendo saber si teníamos más tallas. Después de decirle que no, dejó caer el vestido al suelo, se dio la vuelta y se marchó sin mediar palabra. Le pedí por favor que lo volviera a colgar en su sitio y respondió: “Yo me lo he encontrado ahí”.

Más tarde, ese mismo día, un tipo me gritó por haber movido la bolsa que se había olvidado en el suelo de la tienda. Intenté explicarle que alguien podría haberla robado si yo no la hubiera llevado a objetos perdidos, pero él no hacía más que gritar que no necesitaba que “una dependienta le diera lecciones”.


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Días como ese eran demasiado frecuentes en los cuatro años que pasé trabajando en la venta directa al público en dos grandes cadenas de moda. Pero realmente da igual que vendas ropa, café, condones, brócoli o aspiradoras: siempre es igual. Lo odiaba y lo odio desde que lo dejé.

Hace poco me reuní con dos excompañeras que odian a la humanidad tanto como yo para compartir nuestras peores experiencias trabajando de cara al público. Anna y Miriam siguen siendo dependientas, por lo que hemos cambiado sus nombres para proteger su trabajo. Y mi nombre tampoco es Juli: tuve que firmar un contrato de confidencialidad cuando empecé a trabajar para esos sitios horribles.

ilustración ropa

Los guarros

Juli: Una vez entró una mujer en la tienda con un carrito e iba tirando todo a su paso. La seguí cabreada hasta los probadores. Me puse a clasificar la ropa mientras esperaba que acabara. Entonces, la mujer abrió la cortina y se puso a mirar cómo su hijo vomitaba la comida. Cogió una de las camisas que tenía colgadas del brazo, le limpió con ella la cara al niño y me la dio.

Miriam: Los probadores son los sitios más asquerosos porque la gente sabe que ahí nadie la ve. Una vez alguien dejó un montón de ropa tirada en el suelo. Me puse a recogerla y de repente noté algo en los bolsillos de unos vaqueros: un tampón lleno de sangre.

Anna: Una vez encontré una tarrina de helado tan pegajosa que no quería tocarla. Más tarde volví a entrar en el mismo probador y la tarrina estaba llena de orina. De hecho, todo el suelo estaba lleno de pis. Luego vi que una de las chaquetas tenía mierda en el bolsillo.

ilustración tienda de ropa

Los maleducados

Juli: Llevaba varias horas en la caja y no podía tomarme un descanso porque había poco personal. Cuando por fin llegó mi sustituta, cerré mi caja. Entonces, una señora mayor que estaba al final de la cola se puso a gritarme, enfadada porque me iba. Intenté explicarle que tenemos que ceñirnos a nuestros horarios de descanso, a lo que contestó: “Pues parece que vivas en un descanso constante”.

Anna: Era casi hora de cerrar y había terminado de ordenarlo todo. Me dolía mucho la espalda y tenía ganas de cerrar e irme. Solo quedaba una clienta en mi departamento, una madre con su hijo. Estaba moviendo las prendas con tanto brío que al final tiró un montón de ropa al suelo. Cuando su hijo le dijo que había tirado la ropa, la madre respondió: “No pasa nada, la chica tiene que recogerlo”.

Miriam: Una clienta quería pagar una cantidad muy pequeña con un billete muy grande. Le pregunté si tenía suelto y no me respondió. Se lo volví a preguntar y me gritó, “¡No!”, así que cogí el billete y lo puse en la caja. Después de contar el cambio, la mujer se puso a rebuscar en su bolso, sacó unas monedas y las estampó sobre el mostrador. La ignoré. Mi respuesta en estos casos es siempre la misma: “Lo siento, ya he hecho la transacción”. La mujer volvió a gritarme: “¿Es que ya no enseñan matemáticas en el colegio?”.

Los sinvergüenzas

Juli: Se activó la alarma de incendios y tuvimos que salir rápidamente de la tienda. Varias personas entraron en pánico, a excepción de dos chicas en la sección de zapatería. “Tenemos que evacuar el edificio; por favor, usad la salida de emergencia más cercana”, les dije.

“Enseguida, que estamos terminando”.

“Esto no es un simulacro. ¡Por favor, salid inmediatamente!”.

“¿No podemos pagar los zapatos rápidamente?”.

“¿¡Qué parte de ‘salid inmediatamente’ no entendéis!?”.

“Perdona, es que no lo habías dicho muy claro”.

Miriam: Una mujer quería devolver una chaqueta con un agujero de cigarrillo. Se enfadó cuando le dije educadamente que era imposible que hubieran fabricado la prenda con ese agujero ya hecho y me exigió de muy malas maneras que le devolviera el dinero. Yo ya estaba cansada de tener que aguantarla, así que me mantuve firme en mi decisión. Como ella tampoco se rendía, al final llamé al encargado para ver si él lo arreglaba. Vino a la caja, vio lo que pasaba y decidió aceptar la devolución. No solo eso, sino que me hizo disculparme “por mi impertinencia”. La clienta me miró con una sonrisa de satisfacción y dijo: “Bien, adelante”.

Anna: Una mujer muy embarazada se estaba probando una prenda en un rincón de la tienda, en la sección infantil. Yo la estaba observando para ver si dejaba lo que no quería ahí. Entonces me di cuenta de que tenía algo debajo de la camisa: era su marido, que le estaba dando placer con la mano.

ilustración niño llorando

Los agresivos

Juli: Odiaba tener que decir a los clientes que debía cobrarles las bolsas, pero no me quedaba otra. Mucha gente directamente me decía que no, pero luego me miraban con cara de sorpresa cuando les pasaba su compra sin la bolsa. Eso fue lo que pasó con un tipo, que se quedó plantado delante de mí, muy cabreado, y me preguntó dónde se suponía que tenía que poner sus cosas. Le repetí que las bolsas costaban 15 céntimos y entonces el hombre se puso hecho una furia, me tiró varias monedas de céntimo a la cara y gritó: “¡Ahora, dame la maldita bolsa!”. Se había pasado de la raya, así que tuve que echarlo.

Anna: Había un niño pequeño que no paraba de gritar. Su madre lo había dejado ahí. Al cabo de diez minutos, volvió y le dio una bofetada al niño. Llamé a la oficina y pregunté si deberíamos llamar a la policía. Por desgracia, la mujer se dio cuenta y se marchó de la tienda.

Miriam: Una clienta había dejado el probador hecho un desastre. Ese día me sentía envalentonada y le pedí por favor que volviera a colgar la ropa. La mujer se enfadó y me dijo que solo se lo había pedido porque era negra. Yo le contesté que el color de la piel era irrelevante, pero ella ya me había tirado un jersey a la cara. Antes de que pudiera reaccionar, me había tirado encima todas las prendas del probador y se había ido corriendo.

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