sex with chronic pain
Ilustración por Cathryn Virginia 
Sexo

Mi vida sexual ha mejorado desde que sufro dolor crónico

Durante mi convalecencia, he aprendido a obtener placer de mi cuerpo.
03 Diciembre 2019, 1:41pm

Al igual que no sabía nada del sexo queer hasta que lo probé, tampoco sabía nada sobre practicar sexo cuando sufres dolor crónico hasta que me pasó a mí. No podía imaginarme ninguna de estas realidades porque no las viví en mi infancia, así que tuve que inventar mi forma de disfrutar el sexo sobre la marcha.

La primera vez que me acosté con otra persona con dolor crónico, mi cuerpo se convirtió en una pesadilla. Tres años antes, me había atropellado un coche y, después de la operación, no solo tuve que volver a aprender a andar, sino también a vivir con dolor el resto de mi vida. Llevábamos semanas recorriendo Estados Unidos y me sentía dolorida, agotada y muerta de frío. Mi pareja me tumbó cerca de la chimenea y me preguntó si me apetecía hacerlo. Era ancha de hombros, tenía unos hierros en la espalda y la cabeza afeitada. “Sí”, respondí.



En un momento dado, le pedí que me golpeara. Cogió unas piedras calientes de la chimenea y me quemó. Me tiró del pelo y me presionó la cara contra el suelo. Movió las manos dentro de mí, como si estuviera resolviendo un puzle. Le supliqué que continuara más fuerte, más duro, y ella respondió. Todo respetando lo hablado en múltiples conversaciones previas sobre límites, deseos y palabras de seguridad. En ese momento, al tiempo que exhalábamos bocanadas de vaho, decidí que quería sentir dolor. Era mi elección, y aquella elección supuso una revelación: apropiarme de mi dolor y convertirlo en placer me confería autonomía.

Esta mañana, cuando busqué en Google “dolor crónico y sexo”, la Clínica Mayo me informó de que “a menudo, cuando el dolor crónico invade tu vida, desaparecen los placeres de la sexualidad”. También dice que, a pesar del dolor crónico, puedo recuperar mi sexualidad. Esa es la lógica más común que encuentras en las principales fuentes de información sobre el dolor crónico: que es algo que debes conquistar o contra lo que debes luchar.

"Mi dolor crónico e intenso me ha guiado hacia un tipo de sexo más queer, fetichista e íntimo. Por eso me entrego a él voluntariamente"

Pero, ¿y si resulta que el vínculo con mi cuerpo mejora precisamente gracias a ese dolor? Contrario a lo que dicen en la Clínica Mayo —y a pesar, también, de la desexualización de las personas con discapacidad, en general—, el dolor no ha hecho desaparecer mi capacidad de sentir placer ni ha invadido mi vida. Yo no trato de superar o gestionar el dolor para recuperar el sexo placentero ni la conexión con mi cuerpo. Mi dolor crónico e intenso me ha guiado hacia un tipo de sexo más queer, fetichista e íntimo. Por eso me entrego a él voluntariamente.

No siempre he sufrido dolor crónico. Llevé una vida normal hasta los 21 años. Pasé de ser una universitaria deportista a tener que dejar los estudios y vivir con mis padres porque no podía caminar ni ir al baño sin que alguien me ayudara. Me sentía avergonzada y deprimida. Prácticamente no salía de mi habitación ni hablaba con nadie. Dormía y vivía en la oscuridad. Vi 22 temporadas de Ley y orden: SVU en seis semanas. Poco más recuerdo, excepto que me enamoré de Olivia Benson y que mi cuerpo era todo dolor y sufrimiento.

Un día, una miga me dio una copia de Briliant Imperfection, de Eli Clare y al final dejé de ver Ley y orden. Clare es un poeta y erudito en materia de discapacidades trans. En Brilliant Imperfection, Clare profundiza en la medicalización de las discapacidades, la obsesión de nuestra sociedad por las curas y su vinculación con la transición de género, la sexualidad, las relaciones con personas con y sin discapacidad y los entresijos del sexo queer con estas personas. “¿Qué pasaría si aceptáramos, asimiláramos y abrazáramos nuestra condición de personas rotas?”, decía Clare.

El libro no era un manual sobre cómo superar el sufrimiento y el dolor. Era un pase para ser la persona en la que el accidente me había convertido: una boyera con discapacidad. Era un pase para exorcizar ese sentimiento de vergüenza lesbófoba antidiscapacidad que había ido interiorizando. Clare fue la única persona en manifestar que mi valía no depende de mi capacidad de mejorar o de hacer desaparecer el dolor. Mientras lía, no podía dejar de llorar.

"El dolor es mi forma de evadirme de lo convencional"

Meses más tarde, volví a caminar. Un mes después, conocí a mi novia. En nuestra primera cita, al verme cojear, aminoró el paso sin decir nada. Esa noche nos acostamos y, como cada vez durante el primer año de relación, lloré durante y después de sexo. “No te pasará nada”, me decía mi pareja. “No me voy a ninguna parte”.

En brazos de mi novia, me di cuenta de que mi homosexualidad me había preparado para la enfermedad: aquello era exactamente lo que mis amantes y mentores me habían dicho durante la turbulenta época en la que salí del armario. Muchas amistades se distanciaron de mí después de salir y sufrir la discapacidad, pero en mis momentos de mayor debilidad también recibí el apoyo de una legión de mujeres lesbianas y queer que ajustaron su ritmo para caminar a mi lado.

Mientras sigo con mi recuperación, he desarrollado la capacidad de obtener placer de mi cuerpo a través del buen sexo, algo que ahora, en mi caso, requiere una buena dosis de creatividad; locura; y de espíritu subversivo, de disfrutar de las actitudes hacia el sexo más marginalizadas. El dolor es mi forma de evadirme de lo convencional, una vía hacia el sexo más queer, morboso e intenso que jamás haya tenido.

A diferencia de muchas personas, para quienes el dolor crónico no tiene ese efecto catalizador, para mí ha marcad un antes y un después en mi vida y mi forma de ver el sexo. Cuando comparo mi vida antes y después del accidente, percibo cómo el dolor crónico intensifica y amplía las formas en las que practico sexo con otras personas. Antes, durante el sexo, me invadía la ansiedad por la incertidumbre de si estaría a la altura: ¿Les gustará esto? ¿Lo estaré haciendo bien? El placer llegaba, en forma de alivio, cuando el sexo se había acabado, no por el acto en sí mismo.

"La sumisión me permite centrarme de forma intensa y prolongada en mi cuerpo y en lo que me pone"

Gracias al dolor crónico, ahora soy capaz de sentirlo todo —física y emocionalmente, y de otras formas— a través de mi cuerpo. El dolor crónico me apacigua la mente y me abre nuevas oportunidades físicas y sensuales, por lo general como pasiva o sumisa total. Antes, pensaba que hacer de pasiva me ponía en una posición muy vulnerable, que pedir que te hicieran determinadas cosas era egoísta y que mis perversiones eran vergonzantes. Ahora que tengo más paz mental, la sumisión me permite centrarme de forma intensa y prolongada en mi cuerpo y en lo que me pone. El dolor ha dado protagonismo total al placer. Es como un bálsamo.

Para mí, el sexo ideal es siempre un corte de mangas a las fuerzas que siguen machacando y marginando a las personas queer discapacitadas. El dolor crónico no ha supuesto nunca el fin de mi sensualidad, sino su extensión a un ámbito queer más extraño y complicado. Además de verme obligada a aumentar mi tolerancia al dolor, he aprendido a apreciar mucho mi capacidad de sentir. Sin el dolor crónico, tal vez nunca habría encontrado esa fuente de agua fresca.

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