Coronavirus

Chatear con desconocidos me ha ayudado a sentirme menos sola durante la cuarentena

Sí amigos, Chat Roulette y el chat de Terra siguen existiendo.
01 Abril 2020, 7:40am
chatear con desconocidos cuarentena
Todas las imágenes cortesía de la autora

Estoy pasando la cuarentena sola, en un piso de 40 metros cuadrados con vistas a un patio interior, lo que quiere decir que la única posibilidad de contacto que tengo es a través de videollamadas. Con el aislamiento, se han acabado las citas, pasar el domingo en un after drogándote con desconocidos y follar en los probadores del Bershka. Todo eso ya no volverá, por lo menos durante varios meses.

Echamos de menos nuestra vida, cosa que se ve reflejada en que la gente se las está ingeniando para seguir haciendo lo mismo que antes. Simplemente, han cambiado el sol y la terracita del bar por cuatro paredes amarillentas de gotelé. Es una iniciativa muy bonita, pero siento decirte que no es lo mismo tomarse unas birras por Skype con tus amigos mientras apoyas el móvil sobre las otras latas que ya te has bebido antes con tu soledad. Deja de romantizar la cuarentena ya de una vez.

Ah, ya que estoy, aprovecho para pedirte también que no propongas más “unas videocañas” por grupos de Whatsapp en los que hay gente a la que apenas conoces. La palabra “videocañas” hace más daño que “juernes” o “tardeo”. Por favor, para.

Yo me paso el día masturbándome en mi habitación (o en la ducha) y nominando a mis amigos a retos ridículos que consisten en que suban a Instagram una foto de cuando eran pequeños. Claramente, esta cuarentena me está haciendo retroceder en el tiempo. Siento que he vuelto a mi adolescencia y no sé si eso es bueno. El confinamiento nos está poniendo nostálgicos -quizá demasiado- o puede que, simplemente, ya no sepamos que cómo mantenernos ocupados durante tantas horas con el único fin de evitar caer en rayadas mentales que nos hundirían más todavía.

Lo que más echo en falta de todo este aislamiento es el contacto físico y conocer a gente nueva. Muchos de mis amigos han retomado sus perfiles en apps para ligar, pero dicen que solo por puro entretenimiento. Tienen bastante claro que no van a quedar con sus ligues de cuarentena cuando acabe todo esto. Yo, de momento, solo me he bajado apps de juegos, pero aun así siento que necesito socializar con caras nuevas.

Me recomendaron que entrase en Chat Roulette que, por si ya no te acuerdas de lo que era o no la conoces, es una web en la que se generan videollamadas con gente aleatoria. Era el típico plan que se proponía cuando tenías 16 años y te quedabas con tus amigos en tu cuarto (con la puerta cerrada), pero era la primera vez que yo me metía ahí.

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Me advirtieron de que, básicamente, me iba a encontrar con penes de todo tipo, así que opté por ponerme unas gafas de sol sobre mis gafas de ver para ocultar mi identidad. He de reconocer que me quedó un look muy a lo Fernando Arrabal, pero eso no interferiría en mi capacidad para hacer amigos. Varias conversaciones (de apenas diez segundos) más tarde, cerré la ventana de Chat Roulette.

No conseguí ampliar mi círculo de amigos, como era de esperar. Tan solo me topé con una pareja desnuda sobre un sofá que miraban ojipláticos a la webcam, un tío masturbándose en una bañera con luces de colores y la lavadora de fondo y otro sobadísimo en la cama con un casco de moto puesto.

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Tras mi intento fallido de conocer a gente nueva, me metí en Terra, ese chat en el que se entraba cuando eras adolescente para hablar con desconocidos agrupados por salas temáticas. Primero que todo escogí “anitadinamita” como nombre de usuario porque era el nick que utilizaba cuando usaba Messenger. Empecé investigando en la sala de España. Mi sorpresa fue que mi nombre de usuario causó sensación. Unos me dijeron si era actriz porno y otros, muy amables, me ofrecieron mechas muy largas para prender mi dinamita y comprobar si de verdad era tan explosiva como me había vendido.

Sin embargo, lo que más me impactó fue la variedad de profesiones de los tíos que chateaban conmigo. No es que se presentasen con su nombre, edad y profesión, sino que lo incluían en su nick. Hablé con un entrenador personal, un masajista en un balneario, un comercial de seguros, un militar que trabajaba solo por las mañanas y que insistía en que tenía el uniforme, por lo que se lo podía poner en cualquier momento.

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Necesitaba un poco de variedad, así que me fui a otra sala: la nudista, sin ser yo nada de eso. Simplemente, me llamaba la atención porque caminar en bolas es de las únicas costumbres que no nos ha arrebatado la cuarentena.

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No sé si el nudismo será mi objetivo poscuarentena, pero aún falta mucho para retomar la normalidad, así que no lo descarto.

Ya tuve suficiente de chat Terra, y puede que de charla con desconocidos, pero aún era pronto y me daba un poco de pereza ponerme el vídeo de "consigue unos glúteos grandes" de Patry Jordán, así que escribí Omegle en el buscador.

Es una aplicación en la que se liga a la antigua usanza, es decir, nada de selfies en el váter ni de vídeos tocándote en la cama con tus peluches de fondo.

Aquí, se conquista a tu nueva amistad (o crush) a través del don de la palabra. En vez de videollamadas aleatorias, te conecta a través de chats escritos, con personas de cualquier parte del mundo. Me quité las gafas de sol y empecé a chatear. Tuve que hacerlo incluyendo alguna que otra falta de ortografía porque algunos sospechaban que mi buena ortografía era una clara señal de que era un bot.

El algoritmo de Omegle decidió emparejarme con un tío que, sinceramente, había nacido para ligar en esta web en concreto. ¡Qué dominio de la retórica y del erotismo! Ni cuando salía de fiesta en el Cocoloco de Gandía me soltaban esas frases. La verdad es que no sé si conseguirá ligarse a alguien con sus “rimas”, pero si no, siempre le quedará leerlas con un poco de autotune y convertirse en una estrella del trap.

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Necesito saber cuál es la fuente a la que recurre, pero un verdadero héroe del amor, como lo es él, nunca lo revela. Lo entiendo y lo respeto. La verdad es que me tengo mucha curiosidad por descubrir cómo es en la vida real. Me gusta imaginarme que es él quien realmente escribe esas declaraciones de amor y que las tiene anotadas en una libreta que oculta en su mesita de noche junto a la caja casi sin estrenar de condones. Me despedí educadamente de él y pasé a la siguiente conversación. No quería seguir presionándole por si se le agotaban sus frases brillantes. Hay más gente que merece que se las digan.

Me enteré de que la peña estaba quedando con sus amantes en los supermercados para lanzarse unas miradas furtivas, tal y como se practicaba en la Edad Media (o no sé qué época exactamente). Antes se cortejaban cubriéndose parte de la cara con un abanico y, ahora, con una mascarilla y guantes de fregar. ¿Estaría dispuesto mi nuevo amigo de Omegle a quedar conmigo en algún pasillo del supermercado? ¿Pasaría nuestra relación de la sección de congelados a la de bollería recién salida del horno? Claramente, sí. Esto es lo que me contó:

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Tras esta conversación, me sentía totalmente integrada en el universo de los supermercados. Me veía capaz de hacer una metáfora sexual con casi cualquier producto. Cerré el chat con mi muffin de 30 años y le di al siguiente. Esta vez, opté por recurrir a uno de los productos estrella de la cuarentena: el papel higiénico. Me sorprendí a mí misma con la cantidad de dobles sentidos que se me empezaron a ocurrir. Me vine arriba y le dije todo esto:

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No sé si es que llevo muchos días encerrada en casa, pero de repente, el supermercado me parece uno de los sitios más sensuales. Hay tantos 2x1, tantos pasillos sin videocámaras... En vez de sacar vídeos porno sobre el Coronavirus, deberían hacerlo de los supermercados. Al releer este párrafo que acabo de escribir, solo me doy cuenta de dos cosas: la primera es que, a partir de ahora, no podré evitar ir a la sección de papel de váter sin excitarme un poco; y la segunda es que necesito (más de lo que imagino) que la vida vuelva a la normalidad y, sobre todo de retomar el contacto físico.

El único momento en el que estoy un poco feliz desde que nos aislaron es cuando llegan las 8 de la tarde: el momento del aplauso. Salgo a mi patio interior a darlo todo, aunque no sirva de mucho. Únicamente escucho algunos aplausos lejanos porque mis vecinos no salen. Aun así siento un poco de conexión con el resto del mundo. Para mi última conversación en Omegle, decidí saqué mi lado más sensible y estuvimos hablando de esto:

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La verdad es que no sé cómo acabaremos psicológicamente después de estar no sé cuántos días sin poder salir de casa ni socializar, pero el mensaje que me escribió este tío en Omegle me pareció muy bonito y me animó un poco. Antes de que llegase el Coronavirus, deseábamos que alguien se masturbase pensando en nosotros, ahora nos conformamos con que nos dedique un aplauso. Mucho ánimo y, a partir de ahora, pensad en esa persona con la que os masturbáis, también cuando agitáis las manos para aplaudir.

@soycardo