Tengo un largo historial de relaciones con hombres casados
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Identidad

Tengo un largo historial de relaciones con hombres casados

Me sentí mal solo una vez cuando la mujer de un hombre nos encontró desnudos en el sofá.
12.1.21

Con 15 años, mi profesora de inglés me dejó una de sus obras favoritas, Fortune’s Rocks. No era el primer libro que me prestaba, pero sí el primero que me excitó. Fortune’s Rocks es una novela estadounidense de 1999 que narra la ardiente relación amorosa entre una chica de 15 años y su profesor casado de 40. Fue la primera vez que leí escenas explícitamente sexuales y me cautivó.

Leía en secreto: bajo las sábanas por la noche, en el baño, en la parte trasera del autobús. Me producía una sensación de cosquilleo que más tarde aprendí a reconocer como el deseo de tener relaciones sexuales o masturbarme, cosas que hasta aquel momento no había experimentado. No me excitaban solo las partes sexuales de la novela, también lo hacía la imaginación, el anhelo, el deseo tácito y el conocimiento de que algo “malo” fuera deseado tan descaradamente.

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No estoy segura de por qué esta dinámica tabú hizo que algo se encendiera dentro de mí o por qué se convirtió en el catalizador de tantas experiencias que tuve siendo más mayor.

Unos años después de cumplir los 18, conocí a mi primer novio, que en aquel momento ya estaba en una relación. Se habían enamorado en el extranjero, donde vivía ella. El día que lo conocí, lo vi entrar en la cocina de mi amigo y casi me fallaron las rodillas. Nunca había sentido nada igual y estuvimos juntos más de un año.

De vez en cuando, veía que ella le enviaba mensajes cariñosos, así que sabía que seguían juntos, pero nunca tuve el valor de sacar el tema. Tenía miedo de que se sintiera culpable, tuviera que elegir y no fuera yo. Fue mi primer amor, mi primer orgasmo y la primera persona con la que caminé de la mano en público. Era doloroso saber que también amaba a alguien más, pero en general, no ensombrecía nuestro amor. Cuando lo dejamos, ellos siguieron juntos hasta hoy día.

Un año después, tuve mi primera relación con un hombre casado. Él me había ayudado durante una época difícil, dándome trabajo y mucho vino. Yo era joven y él parecía sacado de un catálogo de Country Road, con un jersey de cuello alto, perfume de pachuli y una barba incipiente bien arreglada. Me atraía antes incluso de empezar a trabajar allí, así que cuando empezó a flirtear casualmente conmigo en el trabajo, me dejé llevar. Algunas personas vieron la conexión que había entre nosotros y me dijeron que estaba casado. No sabía mucho sobre él o la relación que tenía con su esposa, pero los había escuchado gritándose el uno al otro en el estacionamiento incontables veces y sabía que vivían separados.

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Una vez, en el descanso para el almuerzo, llegó al trabajo con moretones y mordiscos por todo el cuerpo. Se veía que había estado llorando. Lo abracé y lloró más. Luego me besó. Me pareció una reacción impulsiva y emocional, pero me provocó un sentimiento de excitación en el estómago. Fue el comienzo de una relación intermitente que duró casi un año.

Durante ese tiempo, me preguntaba a menudo si era una mala persona por acostarme con él y no sentirme culpable. De vez en cuando, su mujer lo dejaba en el trabajo o veía su foto en redes sociales, pero nunca tuve remordimiento de conciencia.

La razón principal era que no sentía que sus acciones fuesen mi responsabilidad. Había una parte de mí que no aprobaba su falta de honradez. No creo que sea una forma productiva de lidiar con un problema. Pero dicho eso, yo solo sentía como si estuviera facilitando algo que él necesitaba, lo cual no me hacía sentir mal.

Obviamente, era cuestión de tiempo que su mujer se enterara. Un día llegó a su casa de repente y nos encontró abrazados desnudos en el sofá. Él se quedó de piedra, sin soltarme, mientras ella nos miraba de arriba abajo y una sensación de incomodidad se apoderaba de la sala, como si ambos se hubieran dado cuenta en ese momento de que todo se había acabado. Al final, tras lo que parecieron minutos, se fue sin decir nada.

Yo más o menos esperaba que ella se pusiera en contacto conmigo después de eso. No estoy segura de qué pensaba que diría. Quizás necesitaba desahogarse con alguien o quizás quería hablar para encontrarle el sentido a todo. Pero la verdad es que nunca volví a verla, lo cual me hizo pensar que para ella la relación con él se había acabado ese día.

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Él me había dicho que me quería, pero yo nunca lo creí y pensé que tenía derecho a no hacerlo. Sentía tanto atracción como pena por él, pero, de alguna manera, la forma en la que me necesitaba me excitaba. Parte de mí era incapaz de hacerle sentir mejor, pero la parte más fuerte quería intentarlo. Su necesidad se tradujo a nuestras relaciones sexuales de una forma intensa y pasional que nunca había experimentado y que me enseñó que el sexo puede ser terapéutico. Era la primera relación sexual empoderadora en la que me había visto.

La relación se acabó porque su mujer se enteró de que estaba embarazada. Seguimos caminos separados y ellos se divorciaron amistosamente al año siguiente.

Desde entonces, he sido “la otra” más de una vez. No todas las relaciones han sido serias ni con hombres casados. Algunos tenían pareja desde hacía mucho tiempo, pero otros estaban en relaciones cortas, se estaban dando un tiempo o estaban en mitad de una ruptura. A veces, tampoco me contaban la verdad sobre la situación de esas relaciones, lo cual no me sorprende, pero normalmente yo no pregunto a menos que mis sentimientos se vean involucrados.

No me parecen experiencias de las que presumir, pero tampoco creo que deba avergonzarme. Son relaciones que se mantienen por derecho propio; tienen sus propios motivos y propósitos, con sentimientos entre medias.

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SERVILLETAS. TODAS LAS ILUSTRACIONES DE OWI LIUNIC

Creo que la infidelidad es algo de lo que se debe hablar. Históricamente, la otra mujer nunca veía sus decisiones respaldadas por los demás, ni su familia, ni sus amigos y a menudo ni siquiera sus amantes. Por esa razón, tiene sentido que no haya mucho escrito al respecto. Las mujeres a menudo cuentan sus experiencias y dicen que desearían “haber visto las señales”, que realmente “nunca se fiaron de él” y que “muy pocas veces funciona”.

Como la psicoterapeuta belga Esther Perel dice en su libro El dilema de la pareja, los terapeutas, consejeros y críticos siempre dejan de lado, o incluso ignoran por completo, a la otra mujer. Mientras tanto, el resto del mundo la insulta y la etiqueta de egoísta y de calculadora, en vez de una persona con complejidades, deseos y sentimientos propios. La villanizamos, como si fuera la única razón del fin de la relación, como si actuara con un propósito, como si los deseos de la otra persona fueran su culpa.

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En mi experiencia, la infidelidad tiene que ver menos con la falta de honradez y más con el descubrimiento de uno mismo. Todos deberíamos ser responsables de nuestros sentimientos y nuestras acciones y yo nunca he sentido que fuese mi deber negar los deseos de una persona por su situación amorosa. La gente se aleja del compromiso por un millón de razones, no todas son justificables, pero a menudo siguen cierto instinto.

Es como un hombre que conocí en Nueva York. Estaba comprometido con una mujer mayor y yo me enteré tan solo meses después por Instagram. Él volvió a Australia para visitar a su familia en Navidad y, por alguna razón, su prometida no estaba con él. Lo conocí tras atenderlo en el bar en el que trabaja un domingo en el que me sentía extremadamente mal después de beber toda la noche. Una semana después, nos encontramos por la calle y nos miramos dos veces. Nos volvimos a presentar y nos fuimos juntos. Unas horas más tarde estábamos desnudos en su piscina con unas botellas de champán.

Para mí, fue solo una cosa de verano, una aventura. Él me decía muchas veces que tenía miedo de envejecer, de convertirse en sus padres, de ser la persona que todo el mundo esperaba que fuera. Se sentía atrapado en el trabajo, en su identidad y en sus posibilidades de futuro. Yo, con 20 años menos, no pude darle muchos consejos, pero le debí de proporcionar algún tipo de solaz a modo de distracción. Una persona con la que él podía fantasear.

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Yo no lo veía como una relación emocional significante, pero me apenó cuando volvió a Nueva York y me sentí confundida cuando me bloqueó en las redes sociales. Más adelante descubrí por qué. No había hablado con él desde entonces, pero había escuchado de un conocido en común que canceló el compromiso cuando regresó a Estados Unidos.

Ahora, estoy enamorada de alguien que está solo en una relación: la nuestra. Es la primera vez y es encantador. Cuanto más experimentaba estar en el centro de la infidelidad, menos interesante era. Las mentiras de la gente empezaron a pesarme de una forma agotadora, que no era sexy. Estaba lista para enamorarme de alguien que tuviera la capacidad de quererme libre y tranquilamente.

No estoy segura de si eso significa que ser la otra ha perdido toda la emoción que tenía. Creo que los romances prohibidos siempre serán algo a lo que podré volver en las novelas y películas, en la imaginación y, quizás, de vez en cuando, en el porno.

Pensar en todo esto, hace poco, me llevó a comprar una copia de Fortune’s Rocks. Las librerías ya no lo tienen, así que tuve que conformarme con una de segunda mano de eBay. Todos estos años más tarde, no puedo evitar preguntarme si mi experiencia como la otra mujer no le habrá quitado la emoción a la historia, volviéndola menos excitante y sensual a la hora de leer.

Aunque, por otro lado, es posible que no sea así. Ahora mismo, mientras abro el paquete que acaba de llegar en el correo, siento como me recorre ese cosquilleo familiar por todo el cuerpo.

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