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Lo mejor de VICE 2012

Los fantasmas violadores de Bolivia

Por años, decenas de mujeres de la comunidad menonita de Bolivia fueron violadas mientras dormían. ¿Cuál es el misterio detrás de esta verdad aterradora?

Sara y sus dos hijas fueron víctimas de violaciones en la colonia de Manitoba, Bolivia.

Noah Friedman-Rudovsky aportó información para este artículo. Los nombres de las víctimas y de los agresores fueron cambiados, según su petición.

Por un buen rato, los residentes de la colonia de Manitoba, Bolivia, pensaron que algunos demonios estaban violando a las mujeres del pueblo. No había otra explicación. No hay forma de explicar cómo una mujer podía despertar con las sábanas cubiertas de sangre y semen, y no recordar nada de la noche anterior. No hay forma de explicar cómo una chica se fue a dormir vestida, y despertó desnuda y cubierta de huellas sucias por todo el cuerpo. No hay forma de entender cómo otra podría soñar con un hombre arremetiendo contra ella en un campo y luego despertar a la mañana siguiente con hierba en el pelo.

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Para Sara Guenter, el misterio fue la cuerda. A veces despertaba en su cama con pequeños pedazos atados a las muñecas o los tobillos, con la piel herida y moreteada. A principios de 2013, en la colonia de Manitoba, Bolivia, la visité en su casa de puro cemento pintado en forma de ladrillos. Los menonitas son similares a los amish en su rechazo a la modernidad y la tecnología, y la colonia de Manitoba, como todas las comunidades menonitas ultraconservadoras, es un intento colectivo de retirarse lo más lejos posible del mundo no creyente. Una brisa ligera de soya y sorgo se desprendió de los campos cercanos mientras Sara me contaba que además de la cuerda misteriosa, también despertaba con sábanas manchadas, intensos dolores de cabeza y un letargo paralizante.

Sus dos hijas, de 17 y 18 años, se recargaron en silencio en la pared detrás de ella y con sus ojos azules me miraron ferozmente. El mal ha penetrado en el hogar, dijo Sara. Hace cinco años, sus hijas también comenzaron a despertar con sábanas sucias y quejándose de dolor "allá abajo".

La familia intentó cerrar la puerta; algunas noches Sara hacía todo lo posible para mantenerse despierta. En algunas ocasiones, un trabajador boliviano de confianza, de la ciudad vecina de Santa Cruz, pasaba la noche haciendo guardia. Pero, inevitablemente, cuando su casa de un piso —lejana y aislada de la carretera— no se vigilaba, las violaciones continuaban. Los habitantes de Manitoba no tienen electricidad, por lo cual en la noche la comunidad está sumergida en la oscuridad. "Pasó tantas veces que he perdido la cuenta", dijo Sara en su natal bajo alemán, el único idioma que ella habla, al igual que la mayoría de las mujeres en la comunidad.

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En un principio, la familia no sabía que no era la única ata- cada, por lo cual lo mantuvo en secreto. Luego Sara empezó a decirles a sus hermanas. Cuando se corrió la voz "nadie le creyó", dijo Peter Fehr, vecino de Sara en el momento de los incidentes. "Pensamos que estaba inventando la historia para ocultar un amorío". Las peticiones de ayuda de la familia al consejo de ministros de la iglesia —el grupo de hombres que gobiernan la colonia de 2.500 miembros— fueron ineficaces, incluso mientras los sucesos se multiplicaban. Por toda la comunidad, la gente estaba despertando con las mismas señales: piyamas rotas, sangre y semen en la cama, golpes en la cabeza. Algunas mujeres recordaban breves momentos de terror: por un instante despertaban con uno o varios hombres sobre ellas, pero no podían recobrar la fuerza para gritar o luchar. Después, todo se oscurecía.

Algunas niñas en su escuela en la colonia de Manitoba, Bolivia.

Algunos lo llamaron "imaginación femenina salvaje". Otros dijeron que era una plaga de Dios. "Solo sabíamos que algo extraño pasaba por las noches", afirmó Abraham Wall Enns, quien entonces servía como líder cívico de Manitoba. "Pero no sabíamos quién lo estaba haciendo, así que ¿qué podíamos hacer?".

Nadie sabía qué hacer, y entonces nadie hizo nada en absoluto. Después de eso, Sara se resignó a aceptar esas noches como un hecho terrible de la vida. En las mañanas siguientes, su familia se despertaba a pesar del dolor de cabeza, a tender las camas y seguir con sus vidas.

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Entonces, una noche en junio de 2009, dos hombres fueron atrapados tratando de entrar a la casa de un vecino. Los dos delataron a otros amigos y todo se derrumbó; un grupo de nueve hombres de Manitoba, de entre 19 y 43 años, finalmente confesó que había estado violando a familias de la colonia desde 2005. Para incapacitar a sus víctimas y a posibles testigos, los hombres usaban un spray creado por un veterinario de una comunidad menonita vecina, que lo había adaptado de una sustancia química utilizada para anestesiar vacas. Según sus confesiones iniciales (de las que más tarde se retractaron), los violadores atacaban a veces en grupos y a veces solos. Por la noche se escondían fuera de las ventanas de la habitación, rociando la sustancia a través de pequeñas rendijas para así dormir a la familia entera y luego entrar.

Pero fue solo hasta el juicio, casi dos años después, en 2011, que la historia completa de los crímenes salió a la luz. Las transcripciones se leen como un guión de película de terror. Había víctimas de entre 3 y 65 años de edad (la más joven tenía el himen roto por penetración de dedos). Eran casadas, solteras, locales, turistas, enfermas mentales… A pesar de que nunca se ha discutido el tema y no fue parte del proceso judicial, los residentes me dijeron en privado que también fueron violados niños y hombres.

En agosto de 2011, el veterinario que había suministrado el spray anestésico fue condenado a 12 años de prisión, y los violadores fueron sentenciados a 25 años (en Bolivia, la pena máxima son 30 años). Oficialmente, hubo 130 víctimas, al menos una persona por hogar en más de la mitad de las familias de la colonia de Manitoba. Pero no todas las mujeres violadas fueron incluidas en el proceso judicial, y se cree que el número real de víctimas es mucho, mucho mayor.

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A las mujeres que fueron atacadas no se les ofreció terapia ni asistencia. Hubo pocos intentos de profundizar en los hechos más allá de las confesiones. Y luego de que agarraron a los culpables, nunca se habló de esto públicamente. Más bien, un silencio descendió tras el veredicto de culpabilidad.

"Eso quedó atrás", me dijo en mi reciente viaje a Manitoba el entonces líder cívico Wall. "Preferimos olvidar que tenerlo presente en nuestras mentes". Aparte de las interacciones con ocasionales periodistas visitantes, nadie habla más sobre el asunto.

Pero en el transcurso de una investigación de nueve meses, incluyendo una estancia de nueve días en Manitoba, descubrí que los crímenes están lejos de terminar. Además del persistente trauma psicológico, hay evidencia de abuso sexual extenso y en marcha, incluyendo acoso desenfrenado e incesto. También hay evidencia de que, a pesar de que los agresores iniciales están en la cárcel, las violaciones con spray siguen sucediendo.

Niños menonitas juegan futbol en la colonia de Manitoba, Bolivia.

A primera vista, la aislada vida de los residentes de Manitoba parece idílica: las familias viven de la tierra, los paneles solares dan luz a las viviendas, los molinos de viento alimentan de energía a pozos de agua potable… Cuando una familia sufre una muerte, el resto de la colonia se turna para cocinarle durante el duelo. Las familias más ricas subsidian el mantenimiento de escuelas y sueldos de los maestros. Las mañanas comienzan con pan casero, mermelada y leche aún caliente de las vacas. Al atardecer, los niños juegan en el patio mientras sus padres se mecen en sillas viendo el sol.

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No todos los menonitas viven en mundos protegidos. Hay 1,7 millones de ellos en 83 países. Sus relaciones con el mundo moderno varían de una comunidad a otra. Algunos evitan la modernidad por completo, mientras que otros viven en mundos aislados, pero permiten automóviles, televisores, teléfonos celulares y ropa variada. Muchos viven fuera de sus colonias y son prácticamente indistinguibles del resto de la sociedad. La religión se formó como un derivado de la Reforma Protestante en Europa durante la segunda década del siglo XVI, por un sacerdote católico llamado Menno Simons. Líderes de la Iglesia arremetieron contra Simons por fomentar el bautismo de adultos, el pacifismo y su creencia de que solo llevando una vida sencilla se podría llegar al cielo. Amenazados por la nueva doctrina, protestantes y católicos empezaron a perseguir a sus seguidores por toda Europa Central y Occidental. La mayoría de los menonitas —como los seguidores de Simons llegaron a ser nombrados— se negaron a pelear debido a su voto de no violencia, por lo que huyeron a Rusia.

Pero en la década de 1870, la persecución comenzó en Rusia también, así que el grupo buscó refugio en Canadá, donde adoptaron la vestimenta moderna, el lenguaje y otros aspectos de la vida contemporánea. Sin embargo, un grupo pequeño, conocido como los "Viejos Colonos", continuó creyendo que solo serían admitidos en el cielo si vivían de la misma manera en la que lo hicieron sus ancestros. Así que salieron de Canadá en 1920 y emigraron hacia el sur: a Paraguay y México, primero, y luego, en la década de 1960, a Bolivia y Belice.

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Hoy en día, hay cerca de 350 mil viejos colonos en todo el mundo, y Bolivia es el hogar de más de 60 mil de ellos. La colonia de Manitoba, que se formó en 1991, parece una reliquia del Viejo Mundo: una isla ordenada de gente pálida de ojos azules, en medio del mar de caos que es el país más pobre e indígena de Sudamérica. La colonia es económicamente próspera con la suprema ética laboral de sus trabajadores, sus campos fértiles y su producción cooperativa de leche.

Manitoba se ha convertido en el último cielo seguro para los verdaderos creyentes de los Viejos Colonos. Otras colonias en Bolivia han perdido sus códigos, pero los radicados en Manitoba rechazan contundentemente los carros y todos sus tractores tienen llantas de acero, debido a que tener cualquier vehículo mecánico con llantas de caucho es visto como un pecado capital porque facilita el contacto con el mundo externo. A los hombres se les prohíbe la barba y los overoles de jean excepto en la iglesia, en donde usan pantalones. Las niñas y las mujeres usan trenzas hechas de la misma manera y sería un desafío encontrar un vestido con el largo o el ruedo que varíe más de un milímetro del diseño ordenado. No son reglas arbitrarias: son el camino a la salvación y los colonos las obedecen porque, según creen, sus almas dependen de esto.

Como todos los viejos colonos lo desean, Manitoba se ha dejado a su suerte. Con excepción del asesinato, el gobierno boliviano no obliga a los líderes comunitarios a informar ningún delito. La policía prácticamente no tiene jurisdicción en el inte- rior de la comunidad ni las autoridades estatales o municipales. Los colonos mantienen la ley y el orden a través de un gobierno de facto de nueve ministros y un obispo gobernante, quienes son elegidos de por vida. Salvo por la identificación oficial que el gobierno boliviano exige a todos los habitantes, Manitoba funciona casi como una nación soberana.

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Cubrí el juicio de las violaciones de Manitoba en 2011 para Time. Impactada desde mis primeras visitas a la colonia, lo que quería saber era qué había sido de las víctimas. También me preguntaba si las atrocidades perpetradas contra los residentes eran una anomalía, o si eso había expuesto grietas profundas en la comunidad. ¿Es posible que el mundo de aislamiento de los viejos colonos, en vez de fomentar la coexistencia pacífica haya promovido su propia desaparición, encadenados por las trampas de la sociedad moderna? Volví a averiguarlo.

Llegué un viernes de enero y fui recibida por las cálidas son- risas de Abraham y Margarita Wall Enns. Aunque solitarios, los viejos colonos son amables con desconocidos que no amenazan su modo de vida, y así es como llegué allí: conocí a Abraham —pecoso, de casi dos metros de altura— líder en la comunidad en 2011, y dijo que podía quedarme con él y su familia si alguna vez regresaba. Ahora estaba aquí, con la esperanza de ver la vida de los viejos colonos de cerca al entrevistar a los residentes sobre las violaciones y sus consecuencias.

La casa estaba impecable. Margarita me enseñó mi dormitorio, al lado de las otras dos habitaciones en las que sus nueve hijos ya estaban durmiendo. "Habíamos instalado esto por seguridad", dijo ella, agarrando una puerta de acero de tres pulgadas de espesor en la parte inferior de las escaleras. Aparentemente había habido algunos robos (atribuidos a bolivianos) recientemente. "Duerme bien", se despidió antes de atrancar la puerta que a mí y a su familia nos separaba del resto del mundo.

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A la mañana siguiente, me levanté antes del amanecer con el resto de la familia. En un día cualquiera, las dos hijas mayores —Liz, de 22, y Gertrude, de 18— pasaban la mayor parte de su tiempo lavando platos y ropa, preparando la comida, ordeñan- do las vacas y limpiando la casa. Hice mi mejor esfuerzo para no interferir mientras ayudaba con las tareas. Para la hora del almuerzo, estaba cansadísima.

El quehacer doméstico está fuera del dominio de Abraham y los seis niños Wall; es posible que durante su vida nunca limpien sus platos. Trabajan en el campo, pero ya que no era temporada de siembra, los más grandes ensamblaban autopartes para un tractor, mientras que los dos más jóvenes trepaban a los postes del granero y jugaban con loros. Abraham les permite a los niños jugar con una pelota de fútbol y en ocasiones practicar español al leer el periódico que cada semana llega de Santa Cruz. Sin embargo, ninguna otra actividad organizada es permitida: ni el deporte en equipo ni la danza o la música.

Los Walls me dijeron que por suerte nadie dentro de su familia fue víctima de los violadores. Un día, Liz aceptó acompañarme a mis entrevistas con las víctimas en la comunidad. Salimos en una carreta tirada por caballos a lo largo de caminos destapa- dos. Durante el viaje, Liz me habló de sus recuerdos durante la época del escándalo. Según ella, los agresores nunca entraron a su casa. Cuando le pregunté si estuvo asustada, dijo que no. "Yo no lo creía", me dijo. "Así que solo me asusté una vez que confesaron. Eso lo convirtió en real".

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Le pregunté a Liz si pensaba que las violaciones podrían haber sido detenidas antes si estas mujeres hubieran sido tomadas en serio. Ella frunció las cejas. ¿La colonia les había dado la libertad a los violadores de atacar durante cuatro años, en parte, porque la gente había atribuido los crímenes a la "imaginación femenina salvaje"? No respondió.

Nos detuvimos en el patio empedrado de una casa grande, y yo entré para una entrevista. En una sala oscura, hablé con Helena Martens, mujer de mediana edad y madre de once hijos, y su marido. Ella se sentó en un sofá y mantuvo las cortinas de la ventana cerradas mientras hablábamos de lo que le había ocurrido hace casi cinco años.

Abraham Wall Enns (centro) con su familia. Abraham fue el líder cívico de la colonia de Manitoba, Bolivia, durante la época de las violaciones.

Helena me dijo que en algún momento en 2008 había oído un silbido mientras se acomodaba en la cama. También notó un olor extraño, pero después de que su marido se aseguró de que el gas en la cocina no estaba abierto, se quedaron dormidos. Ella recuerda vívidamente despertar a la mitad de la noche con "un hombre encima y otras personas en la habitación, pero no podía levantar los brazos en su defensa". Rápidamente volvió a caer en un sueño profundo y a la mañana siguiente le dolía la cabeza y las sábanas estaban sucias.

Los violadores la atacaron varias veces más en los próximos años. Helena sufrió varias complicaciones médicas durante este periodo, incluyendo una operación relacionada con su útero (el sexo y la salud reproductiva son un tabú para los menonitas conservadores, a la mayoría de las mujeres nunca se les enseña los nombres correctos de las partes íntimas del cuerpo, y esto inhibe ciertas descripciones de lo que ocurrió durante los ataques y sus consecuencias). Una mañana se despertó con tanto dolor que pensó "que iba a morir", dijo.

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A Helena, como las otras víctimas de violación en Manitoba, nunca se le ofreció la oportunidad de hablar con un terapeuta profesional, pero lo hubiera hecho si hubiera tenido la posibilidad. "¿Por qué necesitan de ayuda profesional si ni siquiera estaban despiertas cuando sucedió?", dijo el obispo de Manitoba, Johan Neurdorf —máxima autoridad de la comunidad—, a un visitante en 2009.

Otras víctimas que entrevisté, las que despertaron en las violaciones, así como aquellas que no tienen memoria de la noche, dijeron que también les hubiera gustado hablar con un terapeuta acerca de sus experiencias, pero que hacerlo sería casi imposible porque no hay expertos en recuperación de trauma sexual que hablen bajo alemán en Bolivia.

Ninguna de las mujeres con las que hablé sabía que el resto del mundo menonita, los grupos más progresistas en Canadá y Estados Unidos, ofrecieron enviar asesores que eran hablantes de bajo alemán a Manitoba. Por supuesto, esto significa que ellas no tenían idea de que los hombres de la colonia habían rechazado esas ofertas. Después de siglos de tensión con grupos menos tradicionales, el liderazgo de los Viejos Colonos negaba cualquier contacto directo con miembros de otros grupos. Ellos vieron la oferta de apoyo psicológico como un intento disfrazado para fomentar el abandono de sus viejas costumbres.

El rechazo de los líderes probablemente tenía otras razones subyacentes, también, como no querer que el trauma emocional de estas mujeres atrajera demasiado la atención hacia la comunidad. Ya me habían dicho que el papel de una mujer en una vieja colonia es obedecer y someterse a las órdenes de su marido. Un ministro local me explicó que las niñas dejan de ir a la escuela un año antes que los niños porque las mujeres no tienen necesidad de aprender matemáticas o contabilidad, que se imparte durante el grado adicional solo para chicos. Las mujeres no pueden ser ministros ni votar para elegirlos. Tampoco pueden representarse legalmente a sí mismas, como el caso de violación hace dolorosamente evidente. Incluso los demandantes en el juicio eran cinco hombres: un selecto grupo de maridos o padres de las víctimas.

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Pero si bien es tentador aceptar los contrastes de los roles de género en Manitoba, mi visita también reveló temas grises. Vi a hombres y mujeres compartir la toma de decisiones en sus hogares. En las reuniones familiares de los domingos, la cocina —siempre reservada a las mujeres— se sentía llena de grandes personalidades y carcajadas, mientras que los hombres se sentaban solemnemente afuera hablando de la sequía. Y pasé largas tardes con mujeres jóvenes confiadas y comprometidas como Liz y sus amigas, quienes, al igual que sus compañeras en cualquier lugar, se reúnen para hablar y compartir las cosas molestas que hacen sus padres y recibir actualizaciones sobre quién le rompió el corazón a quién la semana pasada.

Cuando de las violaciones se trataba, esos momentos de unión femenina y esa vida de rutina segregada ofrecían consuelo. Algunas víctimas me dijeron que se apoyaban en sus hermanas o primas, especialmente al tratar de adaptarse a la vida normal tras el juicio.

Las menores de 18 años nombradas en la demanda recibieron evaluación psicológica, como exige la ley boliviana en estos casos, y los documentos de la corte señalan que cada una de estas chicas mostraron signos de estrés postraumático y se les recomendó asistencia psicológica a largo plazo, pero desde sus evaluaciones no han recibido ninguna forma de terapia. A diferencia de las mujeres adultas que encontraban al menos un poco de consuelo con sus hermanas o primas, muchas jóvenes no tuvieron la oportunidad de hablar con alguien.

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Ocho hombres menonitas cumplen condenas en la cárcel por las violaciones de más de 130 mujeres en la colonia de Manitoba. Uno de los presuntos violadores escapó y ahora vive en Paraguay.

En la sala de Helena, ella me dijo que también su hija fue violada, pero ellas nunca han hablado de ello, y la niña, ahora de 18 años, ni siquiera sabe que su madre también es una sobreviviente de violación. Entre los viejos colonos, las violaciones avergüenzan a la víctima, las sobrevivientes están marcadas, y en la comunidad los otros padres de las víctimas más jóvenes me dijeron que todo estaba mejor si queda en silencio.

"Era demasiado joven para hablar de ello", me dijo el padre de la otra víctima, que tenía once años cuando fue violada. Él y su esposa nunca le explicaron a la niña por qué se despertó con dolor una mañana, sangrando tanto que tuvo que ser llevada al hospital. Posteriormente fue llevada a consultas médicas con personal que no hablaba su lengua y nunca se le dijo que había sido violada. "Era mejor que ella no supiera", afirmó su padre.

Todas las víctimas que entrevisté dijeron que las violaciones cruzaron su mente casi a diario. Además de confiar en las amigas, enfrentaron el hecho con fe. Helena, por ejemplo, aunque sus brazos cruzados y angustia parecían desmentirla, me dijo que había encontrado la paz e insistió: "Yo he perdonado a los hombres que me violaron".

Ella no estaba sola. He oído lo mismo de las víctimas, padres, hermanas y hermanos. Algunos incluso dijeron que si los violadores condenados solo hubieran admitido sus delitos, como lo hicieron inicialmente, y hubieran pedido la penitencia de Dios, la colonia hubiera solicitado al juez descartar sus condenas.

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Me quedé perpleja. ¿Cómo puede haber una aceptación unánime de tan escandalosos y premeditados crímenes?

Entendí cuando hablé con el ministro Juan Fehr, uno de los líderes de la comunidad. "Dios elige a su pueblo con pruebas de fuego", me dijo. "Para ir al cielo tienes que perdonar a los que te han hecho daño". El ministro aseveró que confía en que la mayoría de las víctimas llegaron al perdón. Pero si una mujer no quería perdonar, continuó, ella habría recibido la visita del obispo Neurdorf, la máxima autoridad de Manitoba, y "él simplemente habría explicado que si ella no perdona, entonces Dios no la perdona a ella".

Líderes de Manitoba también alentaban a los residentes a perdonar el incesto. Es una lección que aprendió Agnes Klassen de una manera dolorosa. En un caluroso martes, me reuní con la madre de dos hijas afuera de su casa en una carretera en el este de Bolivia, aproximadamente a 64 kilómetros de su antiguo hogar en la colonia de Manitoba, el cual dejó en 2009.

Yo no estaba allí para hablar con ella acerca de las violaciones, pero una vez dentro de su casa, el tema inevitable salió. "Una mañana me desperté con dolor de cabeza y había mugre en nuestra cama", contó, refiriéndose a cuando vivía en Manitoba, como recordando algo que se le había olvidado de una lista de compras. Ella nunca había pensado mucho en esa mañana y no se incluyó en la demanda porque no veía ninguna razón para presentarse después de que se atrapó a los agresores.

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Un líder comunitario en Manitoba, Bolivia.

Yo había llegado a hablar con Agnes sobre otros episodios dolorosos de su pasado —es decir, el incesto— cuyos orígenes no están aún claros. "Todo se mezclaba", dijo sobre sus recuerdos de infancia, que incluyen ser acosada por varios de sus ocho hermanos mayores. "No sé cuándo empezó".

Una de quince hijos que crecieron en la colonia vieja de Riva Palacios (su familia se trasladó a Manitoba cuando tenía ocho años), Agnes dijo que el abuso sucedía en el granero, en el campo, o en el dormitorio compartido con los hermanos. Fue solo hasta los diez años que supo que ese comportamiento era inapropiado, cuando su padre le dio una paliza severa después de que encontró a uno de sus hermanos acariciándola. "Mi madre no podía encontrar las palabras para decirme que estaba siendo agredida y que no era mi culpa", recordó.

Después de eso, el abuso sexual continuó, pero Agnes estaba demasiado asustada para acudir a cualquier persona en busca de ayuda. Cuando tenía trece años y uno de sus hermanos trató de violarla, aunque con desconfianza, Agnes notificó a su mamá. Esta vez ella no fue golpeada, y durante un tiempo su madre hizo todo lo posible para mantenerlos separados. Pero el hermano finalmente la encontró sola y la violó.

Las agresiones de los hermanos se hicieron cada vez más comunes, pero Agnes no tenía para dónde correr. Las viejas colonias no tienen fuerza policial. Los ministros tratan direc- tamente con el mal comportamiento, pero como técnicamente los jóvenes no son miembros de la iglesia hasta que se bautizan (a menudo hasta los 20 años de edad), el mal comportamiento suele resolverse dentro de la casa.

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La búsqueda de ayuda fuera de la colonia nunca pasó por la mente de Agnes ya que, al igual que a todos los niños de las viejas colonias, se les enseñó que el mundo exterior conduce al mal. Incluso si alguien quisiera buscar ayuda, prácticamente no habría niña o una mujer que pudiera contactar o comunicarse con los habitantes bolivianos, que no hablan bajo alemán.

"Aprendí a vivir con ello", dijo Agnes con voz quebrada. Se disculpó por sus pausas y espasmos, por sus lágrimas. Era la primera vez que ella había contado toda su historia. Dijo que el incesto se detuvo cuando los adolescentes comenzaron a cortejarla, y archivó ese recuerdo en su mente como una cosa del pasado.

Pero cuando ella se casó, se mudó a su propia casa en Manitoba y dio a luz a dos hijas, miembros de la familia comenzaron a abusar sexualmente de sus hijas durante las visitas. "Estaba empezando a sucederles a ellas también", me dijo, mientras veía por la ventana los movimientos de sus dos niñas de cabello rubio platinado que jugaban afuera. Un día, su hija mayor, que no tenía ni cuatro años en ese momento, le contó a Agnes que el abuelo le había pedido poner sus manos en los pantalones de él. Agnes afirmó que su padre nunca abusó de ella o de sus hermanas, pero que supuestamente abusó rutinariamente de sus nietas hasta que Agnes huyó de Manitoba con sus hijas (y presuntamente sigue abusando de sus sobrinas, quienes permanecen en la colonia). Otro día, ella encontró a su sobrino acariciando a su hija menor. "Pasa todo el tiempo", dijo. "No se trata solo de mi familia".

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De hecho, durante mucho tiempo ha habido una discusión sorda pero agitada en la comunidad internacional de menonitas, acerca de si las colonias viejas tienen un problema de incesto desenfrenado. Algunos defienden a los Viejos Colonos, insistiendo que el abuso sexual ocurre en todas partes y que su existencia en lugares como Manitoba solo demuestra que cualquier sociedad, por muy recta, es susceptible a los males sociales.

Pero otros, como Erna Friessen, una menonita canadiense que me presentó a Agnes, insiste: "La magnitud de la violencia sexual dentro de las colonias viejas es realmente enorme". Erna y su marido ayudaron a fundar Casa Mariposa, un refugio para mujeres y niñas menonitas víctimas de abuso, situado cerca de la localidad de Pailón, en el corazón del territorio boliviano de la vieja colonia; tienen un flujo continuo de misioneros que hablan bajo alemán y que están dispuestos a ayudar, pero la cifra de mujeres que se han acercado es pequeña. Además del reto de hacer que las mujeres conozcan este espacio y conven- cerlas de que necesitan buscar ayuda, Erna me dijo que "venir a Casa Mariposa significa dejar a la familia y el único mundo que han conocido".

Una de las víctimas más jóvenes en hablar con los fiscales tenía tan sólo 11 años de edad durante la época de las violaciones. La mayoría de las víctimas no han tenido ayuda psicológica y según los expertos es probable que sufran de trastorno de estrés pos traumático.

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Mientras Erna admite que las cifras exactas son imposibles de calcular debido a la naturaleza aislada de estas comunidades, está convencida de que el promedio de abuso sexual es más alto en las viejas colonias que en Estados Unidos, donde una de cada cuatro mujeres será víctima de abuso sexual antes de la edad de 18 años. Erna ha estado toda su vida con estos grupos; ella nació en una colonia menonita en Paraguay, se crió en Canadá, y ha pasado los últimos ocho años en Bolivia. De todas las mujeres de la vieja colonia que ha conocido en los últimos años, dice que "la mayoría ha sido víctima de abuso". Ella considera las colonias "un cultivo para el abuso sexual", en parte porque la mayoría de las mujeres de la colonia crecen creyendo que deben aceptarlo. "El primer paso es siempre ayudarlas a reconocer que alguien les hizo mal. Les sucedió a ellas, les sucedió a sus madres y a sus abuelas, es por eso que siempre se les ha dicho que solo tienen que aguantarlo".

Otros que trabajan en el tema de los abusos de las viejas colonias dudan en señalar los números de los incidentes, pero dicen que la experiencia del abuso dentro de una vieja colonia hace que sea un problema más grave que en otros lugares del mundo.

"Estas niñas o mujeres no tienen forma de salir", asegura Eva Isaak, una psiquiatra y consejera que trabaja en las viejas colonias de menonitas en Canadá, Estados Unidos, Bolivia y México. "En cualquier sociedad, en la escuela primaria los niños saben que si se abusa de ellos pueden, al menos en teoría, recurrir a la policía o a un maestro o a alguna otra autoridad. ¿Pero a quién pueden buscar estas chicas?".

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A pesar de que no fue establecido, las iglesias de la vieja colonia se han convertido en un gobierno de facto. "La mi- gración de los Viejos Colonos puede entenderse no solo como un alejamiento de los males de la sociedad, sino también hacia los países que permiten a los colonos vivir como quieran", dijo Helmut Isaak, el marido de Eva, que es un pastor y profesor de historia y teología anabaptista en el Centro Evangélico Menonita de Teología Asunción (CEMTA), un seminario en la capital paraguaya. Él explica que los Viejos Colonos, al emigrar a un nuevo país, envían delegaciones para negociar un acuerdo con los gobiernos, y de esta forma tener autonomía, sobre todo en el ámbito de aplicación de la ley religiosa.

De hecho, la serie de violaciones se destaca como una de las pocas veces que una vieja colonia boliviana ha buscado la intervención externa en relación con un asunto interno. Los residentes de Manitoba me dijeron que entregaron los agresores a la policía en 2009 porque los esposos y padres de las víctimas estaban tan enfurecidos que lo más probable es que los acusados serían linchados. (Un hombre que se cree que estuvo involucrado y atrapado en una colonia vecina fue linchado y más tarde murió por las heridas).

Los líderes de la vieja colonia con los que hablé negaron que sus comunidades tuvieran un problema de abuso sexual continuo e insistieron en que los incidentes se trataron internamente cuando se presentaron. "(El incesto) casi nunca sucede aquí", me dijo el ministro Jacob Fehr una noche mientras charlábamos en el porche al atardecer. Aseguró que en sus 19 años como ministro, Manitoba tuvo solo un caso de violación incestuosa (padre a la hija). Otro ministro negó que incluso eso hubiera sucedido.

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"Ellos perdonan muchas cosas asquerosas que ocurren en las familias todo el tiempo", dijo Abraham Peters, padre del más joven de los violadores sentenciados, Abraham Peters Dyck, hoy recluido en la cárcel de Palmasola, a las afueras de Santa Cruz. "Hermanos con hermanas, padres con hijas". Peters me dijo que él cree que su hijo y toda la pandilla de agresores fueron incriminados para cubrir el incesto recurrente en la colonia de Manitoba. Abraham padre aún vive en Manitoba; consideró irse inmediatamente después de la detención de su hijo debido a la hostilidad del resto de la comunidad. Pero sacar a su familia de doce miembros resultó demasiado difícil, así que se quedó donde estaba, y asevera que en los últimos años y a pesar de su perspectiva sobre el encarcelamiento de su hijo, ha sido aceptado de vuelta al encierro de la vida de la colonia.

Agnes cree que los dos crímenes son dos caras de la misma moneda. "Las violaciones, los abusos, todo está entrelazado", afirmó. "Lo que hizo que las violaciones fueran diferentes es que no se realizaban en familia y por eso los ministros tomaron las acciones que tomaron".

Por supuesto, los líderes hacen un intento por corregir el mal comportamiento. Tomemos el caso del padre de Agnes: en algún momento, el manoseo a sus nietas se ganó un lla- mado de atención por parte de los líderes de la iglesia. Como dicta el procedimiento, él fue ante los ministros y obispos, quienes le pidieron confesar. Lo hizo, y fue "excomulgado", o expulsado temporalmente de la iglesia durante una semana, después de lo cual se le ofreció la oportunidad de volver con la promesa de que no volvería a hacerlo.

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"Por supuesto que continuó después de eso", dijo Agnes sobre su padre. "Solo que aprendió a ocultarlo mejor". Ella asegura que no tiene fe "en cualquier persona que después de una semana dice que ha cambiado su vida", antes de añadir: "No tengo fe en un sistema que permita eso".

Los agresores más jóvenes la tienen más fácil; de acuerdo con Agnes, el hermano que la violó admitió sus pecados cuando fue bautizado y fue perdonado de inmediato ante los ojos de Dios. Ahora vive en los alrededores de la vieja colonia Riva Palacios, con sus propias hijas.

Una vez que un abusador ha sido excomulgado y readmitido, los líderes de la iglesia dan por descartado el asunto. Si el abusador continúa su comportamiento de manera flagrante y se niega a arrepentirse, es excomulgado una vez más y recha- zado de forma permanente. Los líderes instruyen al resto de la colonia a aislar a la familia, las tiendas se niegan a venderle a alguien de ese hogar, los niños son suspendidos de la escuela… Finalmente, la familia no tiene más remedio que marcharse. Esto, por supuesto, también significa que las víctimas son echadas fuera junto con sus abusadores.

Sin embargo, no fue el abuso sexual lo que finalmente motivó a Agnes y a su familia a abandonar Manitoba en 2009. Su marido había comprado una motocicleta, después de lo cual fue excomulgado y la familia rechazada. Cuando el hijo de la pareja se ahogó en un abrevadero, los líderes de la comunidad ni siquiera dejaron que su marido asistiera al funeral de su propio hijo. Fue entonces cuando se fueron de Manitoba para siempre. Al final, conducir una motocicleta al parecer fue una ofensa más grande para el liderazgo de la colonia que cualquier cosa que Agnes, sus hijas, o el resto de las mujeres de la comunidad hubieran sufrido.

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Mantener unida a una colonia como Manitoba es cada vez más difícil en tiempos modernos. Agnes y su familia no son los únicos que han huido. De hecho, la cercana ciudad de Santa Cruz está poblada por familias menonitas que quedaron hartos de la forma de vida de la vieja colonia. La situación puede estar llegando a un punto crítico.

Johan Weiber, apoyado en su camioneta, es el líder de un grupo disidente de menonitas en Manitoba.

"Ya no queremos ser parte de esto", me dijo un padre joven llamado Johan Weiber un día que lo visité en su casa de Manitoba. Johan y su familia son parte del grupo de trece personas que aún viven en el pueblo, pero que han abandonado oficialmente la iglesia de la colonia vieja. Durante meses, habían estado diciendo que querían irse de ahí, incluso poseían vehículos, pero líderes de la colonia de Manitoba se negaron a indemnizarlos por la tierra que querían abandonar. Así que decidieron construir su propia iglesia disidente dentro de Manitoba.

"Hemos leído la verdad", dijo Johan. Con "verdad" se refería a la Biblia. "Nos decían que no leyéramos la Biblia porque si lo hacíamos, nos daríamos cuenta de cosas, como que en ningún lugar dice que el cabello de las mujeres tiene que ser trenzado así", afirmó, apoyándose en su camioneta blanca mientras su hija peinada de cola de caballo jugaba en el patio.

Con curiosidad acerca de detalles específicos de la enseñanza religiosa en Manitoba, un domingo asistí a un servicio en una de las tres iglesias de ladrillo de la colonia. Pronto me di cuenta de que la ceremonia solemne de noventa minutos no es una prioridad. Los jefes de familia pueden ir dos o tres veces al mes, pero muchos van incluso con menos frecuencia.

Para los niños, el plan escolar básico se basa en estudios bíblicos escogidos, pero aparte de una oración silenciosa de veinte segundos antes y después de las comidas, no hay tiempo o la necesidad de oración o de estudio de la Biblia especificado en el mundo adulto de la vieja colonia.

"Muchas personas han perdido el conocimiento de la Biblia", me dijo Helmut Isaak, el historiador menonita. Isaak me ex- plicó cómo, con el tiempo, los menonitas dejaron de tener que defender constantemente su fe contra los perseguidores y otras preocupaciones más prácticas cobraron importancia. "Para sobrevivir, tenían que pasar su tiempo trabajando".

Esto ha creado una brecha de poder: los miembros del pe- queño grupo de líderes de la iglesia se convirtieron en los únicos intérpretes de la Biblia en las colonias viejas, y porque la Biblia es vista como la ley, los líderes utilizan ese control para inculcar el orden y la obediencia.

Los ministros niegan esta acusación: "Motivamos a todos nuestros miembros a conocer lo que está escrito en el libro sagrado", dijo el ministro Jacob Fehr una tarde. Pero los resi- dentes reconocen en silencio que las clases de estudio bíblico han decaído y las biblias están escritas en alto alemán, un idioma que la mayoría de los adultos apenas recuerda después de su limitada escolaridad, mientras que las versiones de bajo alemán son a veces prohibidas. En algunas viejas colonias, los miembros se enfrentan a la excomunión por ahondar demasiado en las Escrituras.

Esta es la razón por la que Johan Weiber era una presencia amenazante; aterrorizaba el liderazgo y la comunidad en general. También les recordó el pasado turbulento de las viejas colonias. "Esto es exactamente lo que ocurrió en México y es por eso que llegamos a Bolivia", me dijo Peter Knelsen, un residente de 60 años de edad de Manitoba que llegó de México en su adolescencia con sus padres. No era solo el gobierno mexicano que amenazaba las viejas colonias con la reforma, sino también un movimiento evangélico tratando de "cambiar nuestra forma de vida", según Peter, quien me explicó que en su colonia en México un grupo de disidentes trató de construir su propia iglesia también.

Por más de cuarenta años, las viejas colonias de Bolivia habían escapado de una ruptura interna. Sin embargo, con el intento de Johan Weiber de construir su propia iglesia y de adquirir tierra en Manitoba para cultivar y construir su propia escuela, Peter y otros hablaron de un inminente "apocalipsis". Las tensiones casi estallaron en junio, luego de mi visita, cuando el grupo de Johan comenzó la construcción de su templo. Poco después de que la obra inició, más de cien hombres de Manitoba llegaron al sitio y lo destruyeron, pieza por pieza. "Creo que va a ser muy difícil mantener la colonia intacta", me dijo Peter.

Si esta brecha continúa ampliándose y la crisis llega a su punto culminante, los de Manitoba ya saben qué hacer. Hace siglos, los menonitas originales de Europa, enfrentados con la persecución, tenían dos opciones: luchar o huir. Teniendo en cuenta la promesa de pacifismo, huyeron y lo han estado haciendo desde entonces. Líderes de Manitoba dicen que esperan que no se llegue a eso. En parte, esto se debe a que Bolivia es uno de los últimos países que les permite vivir bajo sus propios términos. Así que por ahora, el ministro Jacob Fehr dice que reza. "Solo queremos que (el grupo de Weiber) salga de la colonia", aseveró. "Solo queremos que nos dejen solos".

Heinrich Knelsen Kalssen, uno de los violadores, es llevado a la sala del tribunal por la policía en Santa Cruz, Bolivia.

En mi último día en Manitoba quedé en estado de shock. "Sabes que todavía está sucediendo, ¿no?", me dijo una mujer mientras bebíamos agua helada junto a su casa. No había hombres alrededor. Yo esperaba que estuviera escuchando mal, pero mi traductora de bajo alemán repitió eso. "Las violaciones con el spray aún están sucediendo", afirmó.

La bombardié con preguntas: ¿Le había ocurrido a ella? ¿Sabía quién lo estaba haciendo? ¿Todo el mundo sabía que estaba pasando?

No, me dijo. No habían regresado a su casa, pero sí a la de su prima, recientemente. Agregó que tenía una buena idea acerca de quién lo estaba haciendo, pero no me dio ningún nombre. Y ella cree que la mayoría de la gente en la colonia de Manitoba sabe que el encarcelamiento de los violadores originales no puso fin a los crímenes en serie.

Como en una pausa extraña, después de decenas de entrevistas con gente que me dice que ahora todo estaba bien, yo no sabía si esto se trataba de chismes, rumores, mentiras o —peor aún— la verdad. Pasé el resto del día tratando frenéticamente de obtener la confirmación. Volví a visitar a muchas familias que había entrevistado previamente, y la mayoría admitió, algo avergonzada, que sí, que habían oído los rumores y que sí, ellos suponían que eran probablemente ciertos.

"Definitivamente no es tan frecuente", dijo uno de los jóvenes más tarde ese día, cuya esposa había sido violada durante la primera serie de incidentes antes de 2009. "(Los violadores) son mucho más cuidadosos que antes, pero todavía sigue pasando". El muchacho me dijo que tenía sospechas sobre la identidad de los agresores, pero no quería dar más detalles. En un viaje periodístico posterior de Noah Friedman-Rudovsky, el fotógrafo de este artículo, cinco personas públicamente —entre ellos tres ciudadanos de Manitoba, así como un fiscal local y un periodista— confirmaron que habían oído que las violaciones continúan.

Aquellos con quienes hablé dijeron que no tienen manera de detener los ataques. Todavía no hay una fuerza policial en la zona, y nunca habrá ningún elemento proactivo ni fuerza de investigación que pueda estudiar las acusaciones de los crímenes. En las colonias, cualquiera es libre para reportar a otra persona a los ministros, pero los delitos se tratan bajo el sistema de honor: si un agresor no está dispuesto a admitir sus pecados, la pregunta recae en si se le va a creer a la víctima o al denunciado… y las mujeres en Manitoba ya saben en qué acaba eso.

La única defensa que los vecinos tienen es instalar cerraduras o rejas en las ventanas, o grandes puertas de acero como la que me cuidaba cada noche durante mi estancia. "No podemos poner postes de luz o cámaras de video", me dijo el marido de la víctima de las violaciones; ninguna de estas tecnologías está permitida. Para que se termine, ellos creen que deben, como antes, atrapar a alguien en el acto. "Así que tendremos que esperar", explicó.

El último día, antes de irme de Manitoba, volví a visitar a Sara, la mujer que despertó con una cuerda alrededor de sus muñecas hace casi cinco años. Me dijo que también había oído los rumores de violaciones recientes, y dejó escapar un profundo suspiro. Ella se mudó junto a su familia a una nueva casa, después de que el grupo de nueve fuera captura- do en 2009. La vieja casa traía demasiados recuerdos llenos de demonios. Me dijo que se sentía mal de solo pensar que otras personas estuvieran viviendo los horrores que ella vivió, pero no sabía qué hacer al respecto. Después de todo, su propósito en el mundo, como el de todos sus compañeros menonitas, estaba destinado al sufrimiento. Antes de irme, dijo lo que consideró palabras de consuelo: "Tal vez este es el plan de Dios".