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Cultură

Drogas, aislamiento y malos tratos: la triste realidad de un psiquiátrico de España

"Los que entran a este lugar ya no salen nunca". Una trabajadora de un centro psiquiátrico revela los abusos y vejaciones que tienen lugar en una de las llamadas Unidades de Media Estancia (UME).
11.5.16

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"Los que entran a este lugar ya no salen nunca. Llegan aquí por una orden judicial: en su mayoría son enfermos de esquizofrenia o trastorno bipolar con duras historias de violencia a sus espaldas".

Hace años que conozco a Sol*. Y aunque en alguna ocasión me había hablado de su trabajo, nunca hasta ahora nos habíamos sentado para hablar largo y tendido sobre los detalles de su día a día.

Desde hace diez años, trabaja como cuidadora en un centro psiquiátrico de titularidad pública de los muchos repartidos por España, las llamadas Unidades de Media Estancia (UME). Un nombre puramente eufemístico, dado que aunque desde instancias oficiales se asegura que la estancia media es de seis meses, el periodo se alarga durante años en muchas ocasiones o, como apunta Sol, toda una vida. Una vida que transcurre lentamente en un lugar en el que conviven un centenar de enfermos mentales crónicos.

La violencia aquí es habitual: una compañera abofetea a los internos con frecuencia, y un antiguo trabajador les daba patadas y puñetazos constantemente

"Procuro llevarme bien con los internos", cuenta Sol. "De hecho, con la mayoría de ellos tengo una buena relación, casi maternal. Pero los episodios violentos son frecuentes: esta misma semana uno me amenazó y tuve que ponerle en su sitio. Le dije que no tenía ningún problema en darle con la garrota que tengo guardada bajo el mostrador".

Los turnos son rotatorios y las guardias, habituales. Largas noches en las que Sol está acompañada de otras tres mujeres, y en las que el silencio es el mejor de los síntomas. Si reina, todo va bien.

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Cuando los conflictos se agravan, lo internos son introducidos en lo que los trabajadores llaman "la sala de agitados", una minúscula y claustrofóbica celda con sus cuatro paredes convenientemente acolchadas para evitar lesiones.

Cuando uno de los internos pierde el control, se le desnuda y se le encierra durante un tiempo indeterminado. Hasta que se relaje. O hasta que el cuidador o cuidadora estime oportuno.

"Nunca me ha hecho falta llegar a las manos", reconoce Sol. "Pero la violencia aquí es habitual: una compañera abofetea a los internos con frecuencia, y un antiguo trabajador les daba patadas y puñetazos constantemente. Ellos son los que llamamos 'de la vieja escuela'".

A pesar de que hay cámaras repartidas por todas las instalaciones del recinto, las agresiones jamás han sido denunciadas. Tampoco por los escasos familiares que visitan a los internos. "Al fin y al cabo, ¿quién va a creer a un enfermo mental?", se pregunta Sol.

Esa situación, unida al aislamiento de por vida, lleva a que los intentos de suicidio sean frecuentes. "Muchos lo intentan, pero rara vez lo consiguen: están muy drogados. Pero en una ocasión uno de ellos sí lo hizo: se escondió un mechero durante la noche, prendió fuego a su colchón y murió asfixiado".

Desgraciadamente en muchos casos los familiares de los pacientes no denuncian por miedo al estigma y a las repercusiones que pueda tener en la vida de esos familiares que padecen una enfermedad mental

Los mecheros, como el tabaco, están terminantemente prohibidos cuando llega la hora de apagar las luces, de diez de la noche a ocho de la mañana. Pero durante el día es prácticamente la única distracción de los residentes. "Fuman y fuman sin parar. Y ven la tele. Realmente es lo único que hacen: no hay terapias ocupacionales de ningún tipo, ni posibilidad de realizar ejercicio o salir al exterior, más allá de un pequeño patio flanqueado por una valla".

'Casa de locos' de Francisco de Goya. Imagen vía

Estigma y exclusión social

Desde la Asociación Madrileña de Amigos y Familiares de Personas con Esquizofrenia (AMAFE), su subdirector, Joseba Rico, subraya que no tienen constancia de este tipo de malas praxis. "Quiero pensar que es una excepción y no la norma, lo cual no quiere decir que no haya un amplio margen de mejora en la atención a estas personas".

Desde AMAFE hacen hincapié en la necesidad de invertir fondos públicos para que los enfermos mentales puedan ganar en calidad de vida. "Es muy importante impulsar medidas de sensibilización social y de detección precoz, porque es más fácil no perder que tener que recuperar. Cuanto antes se detecte un problema de salud mental y antes se apoye a un joven que lo sufre, más medidas se podrán poner para solucionarlo, y no se interrumpirá su proyecto vital.

La tasa dedesempleo de los enfermos mentales es del 80%

La realidad es que los enfermos mentales se enfrentan a un estigma social importante que hace que su incorporación a la vida laboral sea muy complicada: la tasa dedesempleo de los enfermos mentales es del 80%, lo que es un auténtico drama", apunta Rico.

Ángel Lozano, gerente de la Federación de Salud Mental Castilla y León, que gestiona muchos de estos centros en esa comunidad autónoma, asegura que "en Castilla y León no existe este problema. Lo que cuenta esa trabajadora es extremadamente grave, y no debería ocurrir hoy en día. Es cierto que en el pasado sí se produjeron situaciones similares, pero en centros privados. Hace 8 o 10 años, y ante la gran demanda de este tipo de centros de asistencia, comenzaron a proliferar centros que daban una atención muy deficiente. Desde las administraciones públicas lo pusimos en conocimiento de las autoridades judiciales y se cerraron varios de ellos que no cumplían con los requisitos mínimos. Pero en el caso de centros públicos, existe un control exhaustivo de los ratios de trabajadores, así como de las condiciones de los internos. Hay inspecciones frecuentes. Si un trabajador es testigo de estas prácticas, debería denunciarlo. También los familiares, aunque desgraciadamente en muchos casos no se hace por miedo al estigma y a las repercusiones que pueda tener en la vida de esos familiares que padecen una enfermedad mental".

Sol no se muestra sorprendida por las palabras de los responsables de centros como el suyo. "¿Qué van a decir?", se pregunta. "La realidad es que denunciar algo así es muy complicado: te juegas el puesto de trabajo por haber consentido este tipo de abusos y vejaciones".

Nadie habla, aunque todos saben. Y por el momento, así seguirá siendo para uno de los colectivos más olvidados de la sociedad.

*El nombre de la trabajadora se ha cambiado por motivos de privacidad.