Cultura

Guía para robar en grandes almacenes

Mis dilemas de ladronzuela y nuevos trucos para burlar las alarmas. Mangar fue y es para mí el sueño infantil de tener lo que quieres sin que haya que pedirlo ni pagarlo ni nada.

por Sabina Urraca
03 Junio 2015, 10:59am

Imágenes cortesía de YOMANGO

Imágenes cortesía de YOMANGO

"Los centros comerciales son mierda. Destruyen el pequeño comercio. Robar a esa gente no es robar, es hacer justicia". Mirada enfurruñada y fiera de jovencita rabiosa. Tenía dieciocho años, acababa de llegar a vivir a Madrid y, con el vacío de alma de los cachorros que salen por primera vez solos al mundo, robaba botellas de whisky, solomillos, tomates de los buenos, latas de bonito del norte, un pisto en bote que se parecía al de mi madre. Esa parte, por lo menos, estaba bajo mi control. Recién llegada de la isla en la que me crié, robar discos en El Corte Inglés de Preciados no era ganarle el pulso a la ciudad que tanto me imponía, pero sí tenerle la mano sujeta con firmeza.

En realidad robaba por el mismo impulso por el que, de niños, dábamos la vuelta a ocho manos a la portada del catálogo de juguetes e invadíamos a toda leche la primera página con los dedos sudorosos. ¡Me lo pido! Robar fue y es para mí exactamente eso: el sueño infantil de tener lo que quieres sin que haya que pedirlo ni pagarlo ni nada. ¿Lo quieres? Lo tienes. Reconoce que, solo de pensarlo, te llenas de gozo. Y una vez que empiezas, si sabes los trucos correctos y, sobre todo, si posees el don de la naturalidad, que te hace ser capaz de meterte cinco libros en el bolso paseando lentamente por el pasillo central de la Fnac, frente a los ojos de los seguratas, estás perdido. Es probable que sigas siendo un mangante por los siglos de los siglos. Creo que en ese momento de no retorno conocí a YOMANGO. Si no recuerdo mal, tenían un puesto en El Rastro en el que vendían manuales y bolsos con la cara de Winona Ryder, que la acababan de pillar en el robo que sería el principio del fin de su carrera.

YOMANGO es un colectivo nacido en Barcelona con raíces en el grupo subversivo SCCPP (Sabotaje Contra el Capital Pasándoselo Pipa). En palabras de su representante Eva Fina Segura (prefiere mantenerse en el anonimato con este elegante seudónimo), el colectivo "lucha por la libre circulación de bienes y contra el capital. Aunque -advierte Eva- las ideas que provocaron el nacimiento de nuestro colectivo llevaban ya tiempo circulando. Si se rebusca un poco, se pueden encontrar antecedentes en los yippies (partido político antiautoritario, pro libertad de expresión y antimilitarista, altamente teatral, establecido en EEUU en 1967) y el libro Steal this book (Roba este libro), recopilado hace ya cuarenta años por el activista Abbie Hoffman". Yo, con mi Libro Rojo en el bolsillo, me sentía una pequeña terrorista fabricando bombas caseras por una causa justa. Fue allí, en esos manuales de robo, donde adquirí los grandes trucos que me harían prosperar en la carrera hacia un hurto más hábil y consciente.

Gracias a esos manuales, supe que los códigos de barras pegados tras los libros no son más que eso, una fila de numeritos, y que no pitan. Dejé de arrancarlos y temerlos, y mi vida cobró otro sentido. Lo único que debes hacer es husmear entre las páginas traseras del libro por si hay alguna tramposa pegatinilla cuadrada con circuito azul metálico en el reverso. Si así es, no hay más que romper una esquina, de manera que el circuito se rompa. Estos consejos me abrieron las puertas a una lectura libre y descontrolada que duró años y años. Y, sobre todo, me iniciaron en el mundo celestial del REGALAR.

Al tercer año de mangante especializada, el alcohol y las latas de atún se transformaron en cosas más rebuscadas que jamás me hubiese comprado con mi propio dinero, como kéfir de leche de cabra, unos dátiles que venían ya envueltos en beicon o castañas en almíbar, que estaban estupendas con el kéfir. Mi corazón de señora de su casa empezaba a madurar, y adoraba hacer grandes cenas mangadas para los colegas. La cantidad de libros robados iba en aumento. Y ahí surgió la inquietud. ¿No desmontaba mi caprichosa conducta los principios que me justificaban y daban fuerza a mis robos? ¿En qué se diferencia la experiencia del mangante concienciado, que tiene un trasfondo activista y anticapitalista, del ultracapitalista "quiero eso y eso y lo de más allá"? Y, lo que a veces era aún más difícil... ¿Cómo hacer frente al amigo moralista que, mientras se zampa tus gambas robadas con tanto amor te dice que robar está fatal?

En un historial de dos-tres robos semanales, solo me pillaron tres veces: una de ellas en el Women´s Secret (por no cuidarme de quitar esos códigos de barras de plástico duro que meten dentro de la etiqueta interna de tela en algunas prendas de ropa, atención a ellos) y las otras dos en El Corte Inglés, porque me vieron por las cámaras de seguridad. En las dos últimas me metieron en el cuartito de seguridad y jugaron a la de humillarme. Incluso me trajeron una solicitud de empleo para rellenar y dejar allí, espetándome: "Ya que no tienes dinero para pagarte la comida, mejor estarías aquí trabajando".

No me importó, no lo viví como una humillación ni pasé vergüenza; teniendo en cuenta que llevaba años y años mangando allí, aquellas compras robadas que tuve que pagar eran algo insignificante. Mi sensación fue que en España robar era una risa, cero complicado, y que, en realidad, nada malo podía pasarte. "En caso de pillada", advierte Eva, "lo importante es la humildad. Si te pillaron... Estás pillado. Intenta siempre ser educado y aguantar el tipo. Nunca te las des de listo, ni les digas lo que pueden o no hacerte. Lo mejor es dar pena. La pillada no deja de ser un juego: tú mangas, y ellos te pillan. El juego del gato y el ratón".

Sin embargo, sí que conozco algunos casos de gente que ha terminado yendo a juicio por robar un CD y cosas así. Eva advierte: "Tenemos casos de mangantes que supieron llevar la situación y, como en tu caso, no les pasó nada. El caso más raro del que tenemos constancia pasó en Cádiz, donde un joven mangante intentaba liberar una camiseta, los vigilantes lo interceptaron y como tenía claustrofobia (diagnosticada), llamaron a la policía para poder controlarlo. Acto seguido se lo llevaron detenido por desobediencia, ni siquiera por hurto. Fue por un capricho de los señores agentes. En Europa es difícil acabar en la cárcel por haber robado, siempre que lo robado esté por debajo de los 500 euros. A partir de esa cifra, ya es un delito penal. Pero en ningún país europeo está prevista la cárcel para este tipo de situaciones. Eso no quiere decir que no se hayan dado casos complicados y difíciles de manejar".

Es decir, que lo que pueda sucederte una vez pillado, es bastante aleatorio. Según lo que he visto y oído, hay bastante racismo e importancia del aspecto físico en las preciosas cabecitas de los seguratas: si tienes palidez de yonqui, vas un poco pedo o hay algo en tu rostro o tu vestimenta que ellos puedan considerar equívoco, vas jodido. Yo, creo, siempre salí impune por mi cara de mema y mi discurso lloroso sobre la crisis. La VERDADERA CLAVE de todo esto, en realidad, está en una especie de aura de naturalidad que debes fabricarte tú mismo. Lo importante es que las cosas que vas a mangar, una vez que hayan rozado las puntas de tus dedos, sean TUYAS. Que parezca que las has traído de casa, que siempre las llevabas encima, que naciste con ellas puestas.

Olvida la imagen del mangante que recorre pasillos vacíos, mira mil veces a su alrededor con cara de comadreja asustada y esconde la presa rápidamente en su bolso. Lo mejor es pasearse tranquilamente por pasillos centrales, aunque haya cámaras que te apuntan directamente y, con cualquier excusa (coger el móvil, por ejemplo), guardar tus objetos de deseo de manera distraída, sin dejar de caminar y hacer como que escribes un mensaje. O incluso salir con ellas en la mano, que es precisamente lo contrario de lo que los seguratas esperan que hagas. ¿Quién sería tan gilipollas de salir con el objeto robado en la mano? De esta manera, haciendo el gilipollas, se han venido a casa conmigo exprimidores eléctricos de naranjas, un reproductor de DVD y -increíble, pero cierto- dos hula-hops.

Por supuesto, antes de arramblar con todo lo que te apetezca y pasar entre los temidos arcos magnéticos, debes asegurarte de que todo lo que llevas queda adecuadamente "desparasitado". Esto es, que has arrancado, desmagnetizado, cortado y, en definitiva, hecho desaparecer, todo tipo de alarmas, pitas, etiquetas magnéticas y un largo etcétera de dispositivos antirrobo. Los tipos de pita y su modo de desactivarlos los tienes en El libro morado de YOMANGO.

Los arcos magnéticos son la esfinge y tú eres un Edipo desnortado que tiene que pasar su prueba para salvar el pellejo. Si pitas, es muy probable que acabes pasando un ratito tenso en el cuartito de seguridad, aunque mi consejo, por experiencia propia, es que en primera instancia continúes hacia delante como si ese pitido penetrante fuese el hilo musical. Si vas relajado, sin huir y si en ese mismo momento pasa más gente contigo a través de los arcos, es muy probable que paren a otro, o que no le den importancia y dejen pasar a todo el mundo.

Han pasado años ya desde los inicios de mangar consciente, cuando los ladronzuelos principiantes se animaban a ir más allá y forraban el interior de bolsas de papel con una capa de papel de aluminio con el fin de desactivar los pitas. Pero los cerebros no dejan de funcionar. "La técnica que despunta ahora", me cuenta Eva "es la tela de Faraday, una especie de tejido flexible de cobre que no es detectable y que además puede cortarse y coserse. De esta forma, puedes introducir tus presas en el bolso sin necesidad de eliminar pitas y salir tranquilamente sin que los arcos magnéticos suenen".

Tela Faraday. Nuevos inventos para nuevos mangantes. Siento que el mundo del hurto me ha dejado atrás. Ahora vivo en un país en el que robar es impensable (porque aquí sí que la policía y los cuerpos de seguridad son absolutamente imprevisibles y no quiero imaginar cómo se comportarán en el cuartito de seguratas con una extranjera que viene a tocarles los cojones). Sin embargo, siempre hay en algún sitio de la mente de un mangante un palpitar oculto que recuerda el feliz momento en el que se había cumplido la misión y se caminaba por la calle con el bolso repleto de triunfos bien calientes. Cuando veo que el de seguridad mira hacia otro lado, cuando los dependientes se han metido en el almacén y tardan, una culebra se me remueve por dentro y me susurra: ¿LO QUIERES? LO TIENES".