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Fotos

En la profundidad del bosque

Una vieja historia en medio de ninguna parte.
1.12.10

Foto de Lois Carbone Barber

Tim Barber—fotógrafo, comisario de exposiciones, propietario de tinyvices.com y primer editor de fotografía de Vice—nos trajo recientemente este tesoro oculto de fotografías que su madre y su padre, junto con sus compañeros hippies, tomaron durante sus días dorados de contacto con la tierra en los años 70. Al principio dijimos, “¡Guau, vuestros padres no hacían el capullo!” Luego dijimos, “Guau, estas fotografías son preciosas! ¿Qué diablos hacemos viviendo en este lugar, urbano y peligroso, cuando podríamos estar allí, con el aire y la nieve fría, con las cabras y las águilas?” Entonces Tim nos llevó aún más lejos, entregándonos una reliquia en la que su padre, Robin, estuvo trabajando a lo largo de aquellos días; días que ya quedaron atrás. Así que aquí la tenemos: una visión de la vida en el campo cortesía de un padre verdaderamente enrollado.

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Cambiamos el domingo por el lunes, porque el domingo resultó ser el día de las visitas inesperadas. Quisimos hacer del domingo un día de descanso que dedicar a pasatiempos como leer, escribir cartas, explorar o llevar a cabo las complejas rutinas de aseo personal, pero constantemente nos interrumpían los “

¡Hooolaaa!” procedentes del sendero, que eran tanto saludos como anuncios de llegada. Debían conducir en furgonetas de empresa amarillas desde el campo de tala y luego caminar unas dos millas a través del bosque. Sólo había un sendero, así que no había manera de perderse, ni ningún lugar más donde ir a parar—sólo la cabaña del trampero, allí, en un claro del bosque, al final del camino, a la que nosotros habíamos vuelto a dar vida. Esto fue en 1971, en un gran valle vacío en la agreste zona de la Columbia británica, cerca de Alaska. Aparentemente nuestra pequeña comuna era una de las cosas más interesantes por aquellos lares. Los leñadores, a menudo, convertían su visita en una excursión familiar, contentos de tener una razón para salir de su claustrofóbico campamento; un lugar de hileras de cabañas prefabricadas, cobertizos de trabajo, multitud de enormes máquinas amarillas y tanques de acero llenos de petróleo. Los leñadores se acercaban con franca curiosidad esperando ver a los hippies en su comuna, pero también con un espíritu de sincera vecindad, preparados para aceptarnos como gente normal, dispuestos a admirar el esfuerzo que habíamos dedicado en asentarnos, dispuestos también a ofrecer ayuda. A veces nos traían comida o herramientas y, una vez, una radio portátil de doble dirección que, para evitar riesgo de incendios, educadamente rechazamos. El camino hacia allí era largo y duro, y sabíamos que ellos no dejarían de llevar consigo a sus niños, que llegarían exhaustos, muertos de hambre y quejándose. Nos sentíamos obligados a preparar té y a ofrecer comida a cada contingente. Nuestra comida era escudriñada pero siempre despachada a fondo, y cuando el último grupo se alejaba ya por el sendero, lo único que deseábamos era volver de nuevo a nuestro día de descanso. De modo que movimos nuestro Sabbath al lunes, día en que los madereros estaban ocupados en el monte con sus máquinas amarillas y sus vapores diesel. Así fue cómo el domingo se convirtió en un día laboral; los visitantes tenían la oportunidad de vernos trabajar y también de arrimar el hombro: serrando madera, acarreándola, martilleando, cavando. Todo ello resultó una gran idea, pero eso es otra historia. Mi historia, hoy, concierne a nuestro ritual de baño de los lunes. Mantenerse limpio fue una de las cosas más duras cuando llegamos al río Tseax. No teníamos agua corriente, ni electricidad ni bañeras, y la ciudad más cercana estaba a casi 100 kilómetros de distancia. Estábamos fuera, en la ladera, todo el santo día, desde abril hasta mayo; primero con nieve, luego entre el lodo, rodeados por la nube de humo que desprendían los arbustos ardiendo, haciendo un duro y pesado trabajo. Nuestros cuerpos estaban impregnados de mugre y olor a humo. Olíamos a trabajo sudoroso y, a veces, al sudor que produce el roce constante y las discusiones. La lluvia era frecuente: raras veces estábamos completamente secos. Con la llegada del calor llegaron los mosquitos, moscardones y no sé qué otros bichos, de modo que nos untábamos el cuerpo con un repelente de insectos casero hecho a base de aceite de oliva, citronella, alquitrán de madera y eucalipto.

Fotos (de izquierda a derecha empezando por arriba): Robin Barber; Lois Carbone Barber; Robin Barber; Charles Sprague

El aire a nuestro alrededor era bastante espeso. En el crepúsculo, después de la cena, dábamos un paseo hacia lo alto, desde donde podíamos contemplar la luz desvanecerse detrás de las altísimas montañas. Vastas ráfagas de aire puro se extendían a través del valle, hacia una línea de nubes, planeando por encima del lejano río Nass. Los únicos sonidos eran el viento, el agua y el canto de los pájaros. No se divisaba ninguna luz, salvo la luz de las estrellas al anochecer. Si el calendario hubiera saltado 200 años atrás, el único cambio que se habría percibido sería el ocasional ruido del corte de un tronco, abriéndose camino entre las enmarañadas montañas. El lugar estaba tan limpio que incluso nuestro sudor parecía encajar en él. Lo único que teníamos para calentarnos era una estufa de metal, pequeña y suficientemente ligera como para llevarla a cuestas dentro de la mochila. La preparación para empezar a lavarnos comenzó con la alimentación de la estufa, esperando hasta que el delgado acero brillara, chasqueara y se combara. Mientras la estufa desprendía vapor, cogimos agua de nuestro arroyo en dos cubos de plástico blancos que habíamos tomado de la cocina del campo de tala. El agua del arroyo—al cual denominamos arroyo Beaver [castor], porque había siete juegos de presas de castor corriente arriba—era oscura, de un color ámbar, como de té poco cargado, y de una textura ligeramente jabonosa. Calentamos el agua en una caldera oval, de esmalte negro con motas azules y con oxidadas abolladuras rodeadas de finas y perfectas grietas. Al principio, cuando Charles la encontró, había una gotera, pero la fijó cuidadosamente al ensartarle un tornillo a través del agujero, poniéndole arandelas a cada lado. Vertimos el agua espumosa dentro de la caldera. Luego esperamos. Pasado un tiempo ya teníamos unos cuantos galones de agua caliente; entonces cada uno de nosotros bailoteaba, por turnos, delante de la estufa, utilizando una manopla con la que podíamos limpiar nuestras irritadas zonas blandas, usando cada gota de aquella agua, calentando nuestras partes delanteras mientras las posteriores se helaban. Dio mucho que hablar esta sauna o ‘habitación del sudor’; se trataba de una atracción que nos permitía, en el fondo, estar calientes. Pero había otras necesidades más básicas que se imponían primero: que si la azotea podrida, un nuevo suelo en la cocina, la búsqueda constante de leña, el tener que abrir nuevos senderos, lavar y cavar el jardín o plantar patatas, guisantes y judías. Fue entonces cuando Little Joe Jackson nos proporcionó una bañera. Como todo el mundo en el valle sabía que necesitábamos una, pudimos imaginar la hilaridad que se desencadenó cuando propusieron, en la casa de Peter Hughan, la bañera como regalo. Peter era el padrastro de Little Joe, el benefactor que—por 1 dólar el acre—nos arrendó la tierra; nuestro mentor, el colono más antiguo de esa pequeña comunidad, alejado del campo de tala y fuera de la reserva india. Como nosotros no éramos ni leñadores ni indios, y teníamos la aceptación de Peter Hughan, fuimos, en definitiva, considerados colonos provisionales. Así que un día, yendo a visitar a Pete, durante el almuerzo, Little Joe anunció: “Vamos a buscar algunas cosas útiles para vosotros. Necesitamos espacio en el cobertizo. Espero que os lo llevéis todo.” Abrió de golpe la puerta de su cobertizo; las gallinas salieron aleteando de la oscuridad. Encima de la base de una vieja furgoneta había apiladas todas las cosas que nos había indicado, pieza por pieza: un envasador a presión al que le faltaba el precinto, un enorme hacha, un poste de maderero para girar troncos, un bidón vacío de 200 litros de capacidad (de los buenos) y, arriba del todo, una pequeña bañera galvanizada de hoja metálica que, al revés, parecía una artesa para dar de beber al ganado. La furgoneta y su contenido estaban salpicados de excremento de gallina, y la cabina parecía estar llena de nidos. “La furgoneta funciona”, nos aseguró, “pero no la he usado en años: llévate la furgoneta también. Necesito espacio en el cobertizo.” No quiso ni oír hablar de dinero. “Estás ayudando al viejo.” Era el 10 de mayo, el día que “el viejo”, Peter Hughan, arreglaba sus plantas y tempranas patatas. Trabajamos todo el día con Peter, tratando de aprender lo que podíamos, preparándonos para el esfuerzo que supondría trabajar, como principiantes que éramos, en nuestro propio jardín. Su granja tenía la mejor tierra del valle; amplios campos de suelo rico, con varias pilas de leña para la construcción, tablones para los tejados y una amplia vista hacia las montañas del oeste. Al anochecer, Peter nos llevó a su ruidoso y cristalino arroyo donde tenía un lavadero construido con pilotes de hormigón para protegerlo de las inundaciones. Nos mostró su método para calentar agua. Había abierto una de las caras de un bidón como si fuera un libro, doblando una de las hojas atrás. El bidón abierto descansaba sobre una rugosa estufa encima de una pila de ceniza. El agua se suministraba gracias a la gravedad, mediante un tubo de plástico negro de cinco centímetros que había colgado sobre una cuerda en el pórtico del lavadero. El agua fluía todo el tiempo, derramándose desde la corriente del riachuelo. Para llenar el bidón, Peter simplemente balanceaba el tubo ligeramente sobre su cuerda, de modo que un arco fijo de agua clara entraba en el bidón, llenándolo en pocos momentos. Con un fuego enérgico debajo, la temperatura del agua subía rápidamente; pasando de helada a estar en total ebullición. Dentro de la lavandería había una incongruente bañera rosa con puertas de cristal que estaban heladas. Llenamos el bidón con más cubos de agua, mientras hervía, agitándolo, mezclando el agua caliente con la fría hasta que la temperatura fuera perfecta. Al lado de la bañera había una lavadora Maytag que funcionaba con gasolina, y mientras nos empapábamos de ese abundante agua ardiente, nuestra ropa, tiesa, asquerosa, se lavaba; absorbía y traqueteaba ruidosamente gracias al mismo agua de nuestro aseo personal. Al lado de la lavadora había una estufa metálica de hoja hermética, como una enorme lata de tomate, bombeando el calor hacia fuera. Nos secamos en una empañada y humeante atmósfera llena de vapor. Cuando sacamos el tapón, el agua de baño sobrante se deslizó hacia el banco de agua que había debajo de la casa. Más tarde, a la hora de cenar, alrededor de la luz de la lámpara que había en la mesa de Hugan, brillando límpidamente, y con la ropa que nos habían prestado, empezamos a dar cabezadas, antes de dormirnos del todo.

Fotos de Robin Barber

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De vuelta a nuestra ladera, y durante varios días, usamos la bañera de Little Joe y el bidón de 200 litros para montar nuestro propio baño al aire libre, debajo de Beaver Creek. Charles y yo acarreamos el bidón por el sendero, como si lleváramos el trofeo de una partida de caza. Luego pasamos la tarde con los oídos tapados con algodón, serrando el bidón con un gato mecánico y un cortafrío y poder doblar así la hoja atrás. El resultado quedó deforme, comparado con el de Peter; trozos de acero sobresalían de los bordes del corte. Nos imaginamos a toda la gente que se corta mientras trata de hacer eso y nos dimos cuenta de que nosotros habíamos tenido que pasar, además, una hora más de la cuenta en el húmedo y frío crepúsculo para poder sujetar del todo los puntos. Lois se acercó para vernos, tapándose los oídos con las manos. Podía ver sus labios moverse, así que dejé mi tarea durante un momento para escucharla: “¡Dale! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!,” gritaba. “¡Dale fuerte! ¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!”. Tan pronto paramos, lo único que aún resonaba a cada martillazo era aquella palabra: ¡Dale!

Charles había estado recopilando cosas bastante excéntricas, de las que nosotros normalmente nos solíamos burlar. Tenía un par de barras de taladro; barras hexagonales de acero de unos dos metros y medio de largo, con agujeros en el centro, como antiguos barriles gigantescos, usados normalmente para evitar el paso en los caminos de tala. Deslizamos las barras de taladro bajo las solapas de nuestro bidón y lo colgamos con un cable sobre un par de troncos de dos cedros, que estaban a ras de suelo, formando una especie de tina sobre los dos lados del bidón. “Vamos a llamarlo Baños de Castor.” “No, vamos a llamarlo sencillamente cuarto de baño.”

Usando trozos de tubo de cinco centímetros, también encontrados por Charles, creamos nuestra propia versión del abastecimiento de agua que tenía Peter. Hicimos un agujero en la parte inferior de un cubo, colocando en él la parte final del tubo, sujetándolo con trapos y un trozo de manguera. Luego atamos el cubo a una pequeña caída de agua corriente arriba. En un momento, como si fuera un motor de succión, hizo que el agua atravesara el tubo, creando una especie de pequeña riada bajo los cedros. Así, pudimos levantar el final del tubo, que temblaba un poco por la fuerza del flujo, y rápidamente llenar el bidón. Con el bidón lleno, las barras de taladro empezaron a tambalearse. Por el peso calculamos que teníamos aproximadamente unos 170 litros de agua caliente. La leña representaba demasiado trabajo, así que delimitamos juntos una extensión y la lanzamos allí, sobre el lastre húmedo y musgoso de nuestro arroyo, todo ello con bastante dificultad. Pero una vez la leña estaba en llamas, y bajo nuestro bidón ennegrecido, creó un resplandor tan intenso que lo calentó y secó todo a su alrededor, haciendo de este espacio entre los árboles algo confortable. Incluso la húmeda lluvia parecía secarse antes de alcanzar la tierra. Con tablas de cedro hicimos una pasarela entre el bidón y la bañera, rodeada de una tela antimosquitos. La tentativa de pasar el agua hirviendo del bidón a la bañera era arriesgada, pero Lois se dio cuenta de que podíamos utilizar para ello el tubo así como un grifo gigantesco de cobre, hecho para el gasoil, que había en la furgoneta de Little Joe. Así podíamos llenar la bañera en unos minutos. Sumergimos nuestro termómetro en el bidón para tomar la temperatura del agua. El mercurio apuntó 120 grados por encima de la escala de Fahrenheit. “Bien, esto está casi hirviendo, ¿así que son 212 grados, no?” “Sí, 100 grados Celsio, aquí en Canadá”. Entonces acercamos el termómetro hacia la parte fría del tubo. El mercurio descendió. “Jesús, 36 grados.” “¿Cuánto es esto en Celsio?” “Reconozco que no lo sé. Cuando se congela está a cero, ¿no? Entonces esto sería sólo un grado o dos por encima de cero…” “No lo sé.” “A quién le importa.” “El agua del Beaver es muy, muy, fría. Y el agua caliente muy, muy, caliente.”

Fotos (de izquierda a derecha empezando por arriba): Robin Barber; Robin Barber; Lois Carbone Barber; Robin Barber

Nuestro primer día de baño transcurrió durante un frío y húmedo lunes. Ella fue la primera y yo el último. Las reglas consistían en que cada uno tenía que llenar el calentador y alimentar el fuego antes de entrar en la bañera. Entonces, cuando el baño finalizaba, se levantaba la mosquitera y se vertía el agua sobrante hacia la corriente del arroyo, dejando a su paso por la tierra forestal una gran cantidad de raíces de cedro, rojas rubí, expuestas. La bañera debía ser luego limpiada, aclarándola con agua fría.

Mientras Julia se dirigía hacia allí, fuimos comentando nuestra hazaña, vislumbrando a través de la niebla y las hojas su distante y desnuda figura bailando con las mangueras y el grifo entre una lluvia primaveral, aplastando mosquitos, luego esquivándolos debajo de la mosquitera mientras daba gritos de alegría. Lo intentamos uno por uno. Podías estar en la bañera contemplando los altísimos cedros y cicutas, al mismo tiempo que la lluvia fría tocaba tu cara y tus rodillas; y cada uno entraba en consonancia con su propio cuerpo; lo deshacía y lo volvía a rehacer. Había agua fría que se escapaba del tubo y salpicaba, el arroyo ronroneaba y crujía, el fuego rompía y se volvía a recomponer y la lluvia se deslizaba como un silbido. Una profunda lasitud y bienestar comenzó a generarse en el baño; era un lugar donde salías como nuevo y a la vez asombrado por el hecho de encontrarte allí. Junto con ropa limpia y almuerzo, todo este bienestar desembocó en un sentimiento de tolerancia, bondad y amor suficientes como para continuar allí siempre una semana más.