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Cultura

Ficción 2012 #1: Cartas desde el más allá

Les pedimos permiso a los del fanzine Chuck Norris para reproducir algunos de sus cuentos y ellos, tan generosos como gallardos, nos lo dieron. Cada lunes, uno. Aquí tenéis el primero.
6.8.12

Para algunos fue un acto de vandalismo, para mí supuso ver mi primera mujer desnuda. Ocurrió en una de las plazas más concurridas de la ciudad, la misma por la que pasaba cada mañana para ir al colegio. Nunca se supo a ciencia cierta quién pudo ser el artífice de aquel luctuoso acto pero yo siempre pensé que se había tratado de una intervención divina; un ángel caído del cielo con un gran póster en una mano, un cubo con pegamento en la otra y quizá una escoba atada a las alas.

El caso es que una mañana, pegado en lo más alto de una de las columnas que daban forma al soportal de la plaza, a la manera de un deslumbrante capitel, apareció un póster de la revista Interviú en toda su majestuosidad. El póster en cuestión tenía un tamaño descomunal y, pese a encontrarse a una altura considerable, podían apreciarse todos los detalles desde el suelo. En él aparecía una bella dama de larga melena negra, grandes pechos y un bonito triángulo de vello a la altura del pubis.

Con sólo poner un pie en la plaza me di cuenta de que allí estaba sucediendo algo, algo realmente extraordinario. Cientos de cabezas clavadas en lo alto de la columna me llevaron hasta ella. Era hermosa y estaba completamente desnuda. El revuelo que había provocado aquella prodigiosa gamberrada era inaudito y, aun así, lo recuerdo como un momento de paz. Había oído hablar sobre ellas pero, joder, eran dos grandes tetas y estaban allí, bajo el mismo trocito de cielo. En ese instante el tiempo se detuvo, se acallaron todos los gritos, todos los suspiros, todos los aplausos y allí, rodeados de señores sonrientes de mediana edad y abuelas clamando al cielo, estábamos solos ella y yo. Al poco, apareció un hombre calvo con una escalera y una rasqueta y la fiesta terminó tan rápido como había empezado. La gente se fue disipando y yo me marché de allí, con una media sonrisa en el rostro y un recuerdo imborrable en algún lugar de mi alma.

Trata de levantarse de la cama pero el cuerpo ya no le responde. Un bote de barbitúricos y una botella vacía de vodka sobre la alfombra, dos moratones en el brazo y la marca de cinco dedos en el rostro; esos números separan el aguantar un día más del decir basta. Todavía conserva la larga melena, aunque algunas canas rompen el negro y hace años que dejó de ser una mujer atractiva. Esa noche muere sin haber conocido jamás la historia que protagonizó de forma involuntaria en aquella plaza que nunca llegó a pisar. Quizá su existencia hubiera resultado un poco más soportable si hubiera sospechado que aquella lejana mañana, cuando las cosas todavía estaban lejos de torcerse, su sola presencia había cambiado la vida de un niño. Un niño capaz de llegar a la edad adulta con la suficiente cordura como para acordarse de ella de vez en cuando, alzar la cabeza y posar la vista sobre las fachadas en busca de una señal que de algún modo le devuelva a aquel momento mágico.

Este y otros relatos en el último número del Chuck, Historias cortas de hombres sin dinero, cobardes y calvos. Lo podéis pedir aquí.

Ficción 2012 #2: De cuando follamos en ese sofá