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Así fue crecer en

Así fue crecer en: Saltillo

El Ateneo, la Guayulera, la Catedral, la Alameda... en Saltillo hay tan pocos lugares interesantes que se vuelven íntimos y entrañables. Asfixiantes de nostalgia.
3.8.15

En Saltillo no hay nada. Uno puede verlo de lejos, de cerca y de más cerca, y ni así encontraría una cosa 'interesante'.

Saltillo está en medio de la nada. O de la medio nada, que es peor. Está en medio del semidesierto del norte. Ni tan desierto, ni tan norte. Una zona liminal que no se decide entre los yermos pelones de la carretera a Monterrey o el bosque suizo a la salida de Huachichil. También es un híbrido que no quiere ser ciudad texana como Monterrey, pero tampoco se vuelve poderosamente colonial como San Luis Potosí.

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Saltillo ni siquiera es la capital indiscutible de Coahuila: se da de cachetadas por la corona con Torreón.

A Saltillo la fundaron, según la historia y la leyenda, los españoles más aventureros, lujuriosos y asesinos que recuerda el norte. Para muestra, la historia del conquistador Diego de Montemayor y su acuchillada esposa. En la fundación también participaron los tlaxcaltecas. Como todos sabemos, los tlaxcaltecas tienen cierta fama de traidores que, históricamente hablando, no merecen. En fin, que Saltillo tiene un origen novelesco de presidiarios y traidores. Alguien la llamó 'La Australia de América'.

Saltillo ni siquiera tiene una etimología genial. Se llama así porque se fundó sobre un salto de agua pequeño.

El canal principal de la ciudad, RCG, es una aberrante coctel de retransmisiones de otros canales, programas chafas de payasos, y un conductor de noticias tan chayotero que provocó que la gente empezara a ver su programa sólo porque ponía la hora y la temperatura. Saludos, Soriano.

Porque eso sí, en Saltillo hace un frío del carajo durante el invierno. Nomás en eso es riguroso.

Aunque sucede que a veces sí hay cosas, algunas, tan pocas que se vuelven íntimas y entrañables. Y asfixiantes después de un rato. Apestosas de nostalgia. En Saltillo hay tan pocos lugares que es muy fácil recordarlos todos los días.

Las esquinas de mi mundo en esa ciudad eran las esquinas de la colonia en que crecí: la '26 de Marzo', conocida por ser medianamente peligrosa y porque fue semillero de un montón de skaters y bandas de ska.

Al norte estaba el CBTis, la preparatoria técnica, el purgatorio en que todos los niños pobres iban a dar al terminar la secundaria. La verdad es que los niños pobres 'pobres' no 'iban a dar' a ningún lado, sino que a los 15 empezaban a acompañar a sus papás a la obra y se volvían albañiles como ellos. En la mente de mis compañeros y yo, esos muchachos dejaban de existir. Los otros, los no tan pobres pero lo suficiente como para no salir jamás de la colonia, estudiaban en la prepa técnica y eran considerados 'inferiores'. El sistema de castas de la pobreza es implacable. La casta superior lograba colarse a la preparatoria de la universidad, escuela cuyo prestigio se sustentaba en su ubicación, un edificio viejo y alejado de la colonia; y el orgullo rancio de haber tenido como alumno a un arribista de la Revolución Mexicana. Hablaré de esa escuela más adelante.

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Al sur estaba La Cañada, un fraccionamiento con casas de cantera, pero con automóviles destartalados y viejos al frente. Nadie recortaba los jardines, que cada vez se parecían más a los lotes baldíos de mi propia colonia. De todas maneras, los habitantes de La Cañada conservaban su orgullo: en la rotonda de la entrada un guardia pedía identificación, aunque al final dejara pasar a quien fuera. Allí sucedieron los veranos de mi infancia, dando paseos en la bici y sufriendo el desprecio de aquellos que ya no tenían el dinero para mirarme por encima del hombro, pero guardaban el resentimiento de quien estuvo arriba. Una vez que iba en la bicicleta fui derribada por un objeto. Lo lanzaron unos niños blancos y con el cabello cortado a cazuela que se rieron al verme empapada; la botella de cocacola que me aventaron quedó en el piso, su contenido se esparció sobre mí. Gracias al episodio me di cuenta de los misterios de los genitales masculinos: la botella estaba llena de orina. Imaginé con qué instrumento se podía llenar. Todavía me pregunto si la humillación y el sexo van de la mano.

Al este se extendía el terreno baldío, de vocación múltiple. Comenzó como un desierto terroso por donde pasaban los niños que volvían de la primaria. En 1997 nevó y los mismos niños que caminaban por allí, asoleados y aburridos, lo visitaron desconociendo su blancura. "Ceguera de la nieve", dijo mi papá. Nada más en esa ocasión jugamos allí. Luego se convirtió en sitio de entrenamiento para los skaters que se pusieron de moda a finales del milenio. Acomodaron sus rampas y fundaron el soberano territorio de los adolescentes. Nos obligaron a dar un rodeo y asolearnos todavía más. Finalmente, los adolescentes fueron desalojados por una inmobiliaria que construyó minicasas.

Y al oeste quedaba la carretera a Zacatecas, sitio prohibido por ser la ruta de paso de 'traileros violadores'. Por allí se llegaba a Matehuala, ciudad que confundía con Guatemala y que me hizo pensar que vivía al sur de México y no en el semidesierto del norte.

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Algunos años después, mi mundo se extendió otro poco y conocí sitios que todavía recuerdo.

Como el Ateneo Fuente, el atenebrio, una prepa tan vieja que tuvo como alumnos a Carranza y Julio Torri, el escritor más menospreciado de la literatura mexicana.

El edificio lleva allí más de cien años y estudiar en sus salones mohosos es lo más cerca que he estado de ir a Hogwarts. Hasta tiene su piso prohibido, el cuarto, un lugar lleno de muebles antiguos. Los alumnos iban allí a coger.
Había también una pinacoteca oscura y un museo con frascos rellenos de fetos y una cabra de dos cabezas. El lugar parecía más bien un freak show. Allí también cogían los alumnos.

Amé mucho esa escuela. Hasta que me corrieron.

El Danés, la cafetería del Ateneo. Allí hacen los mejores burritos.

Hay lugares como el valle ciberpunk, un sitio horrendo lleno de bodegas, transportes de carga y lotes baldíos. Está por la calle Venustiano Carranza, antes de acercarse al centro. En ese lugar, atrás de un tráiler, besé por primera vez a una chica y supe que no habría vuelta atrás. Me monté en el tráiler y no me he bajado.

Y hablando de eso: Saltillo es un ambiente contradictorio para las personas LGBT. A veces es gay, mucho. Tanto que Raúl Vera, el obispo, llegó a hospedar el festival de cine queer. No había marcha del Orgullo, pero sí un Vía Crucis. Y claro, San Elredo.

En Saltillo hay matrimonio gay, pero no se puede ir de la mano con tu novia.

Cuando me monté en mi tráiler y supe que lo mío era la pantufla.

Existen sitios como la Guayulera, una colonia que nació gracias a la riqueza nazi. Era un barrio bravo donde se ponía un mercadito digno de La Medina. Entre los puestitos podías encontrar esquíes, la moda más ochentera de las modas ochenteras, pollitos de colores y casetes de Sonido Mazter. Mi tía tenía un puesto allí y visitarla era lo mejor que me podía suceder.

El centro de Saltillo me infundió la fantasía de vivir en los centros de las ciudades. Un centro tan pequeño que parecía escenografía de cartón. Un centro tan bello como una maqueta. Entre su perímetro contiene el café Flor y Canela; la alameda de árboles tallados y pasillos oscuros; una catedral que combina lo barroco con lo churrigueresco para dar como resultado el estilo 'pastel de boda'; y el palacio de Gobierno, hecho de cantera rosa, hogar del original Moreira bailador que endeudó al estado y lo llenó de zetas.

Unos buenos amigos. Atrás, la catedral-pastel de Saltillo.

Poco después de que me fui, Saltillo empezó a tener lugares como el Hotel La Torre, un antiguo hotel con arquitectura futurista y aire jetsetero que se convirtió en guarida de tortura durante la 'guerra contra el narco'.

No alcancé a ver eso. Me fui a Monterrey, otra urbe igual de áspera: allí la guerra fue más fuerte, dolorosa y pública. De todas formas, no me arrepentí nunca de dejar Saltillo. Eso sí, jamás odié mi ciudad, aunque no tuviera nada y nunca fuera un sitio para volver.