Trabajadoras sexuales y violencia policial en el Bronx

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Trabajadoras sexuales y violencia policial en el Bronx

Tribunales especializados en prostitución y el mito del rescate.
16.2.15

Love es una mujer negra de 48 años. Tiene unos pómulos bien marcados y sus labios gruesos tienden a dibujar una sonrisa irónica, especialmente cuando escucha algo que le parece tonto. Durante algunos años, Love trabajó como prostituta en Hunts Point, la zona roja del Bronx que se volvió famosa con el documental Hookers at the point. Necesitaba pagar la renta y estaba harta de la beneficencia pública, así que un día fue a dar un paseo con una amiga, en busca de algo de dinero. Tomaron precauciones: la amiga vigilaba desde la siguiente cuadra y apuntaba las placas de los coches en los que Love subía. Esa noche ganó cuatrocientos dólares.

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Con frecuencia, la policía la arrestaba, pero ella siguió trabajando. Le gustaba el dinero y debía mantener a su hija.

En 2009 fue violada mientras trabajaba, lo que le ocasionó un cuadro de estrés postraumático. Gracias al trabajo de organizaciones dedicadas al servicio social, pudo dejar la prostitución, comenzó a tomar clases y llegó a convertirse en técnico quirúrgico.

Pero se mantuvo en contacto con algunas de sus amigas de Hunts Point. Especialmente con Sandra*, a quien consideraba como una segunda madre. Hasta que el verano anterior, Sandra dejó de contestar el teléfono. Love temió lo peor y decidió buscarla.

Una vez en Hunts Point, las dos se pusieron al tanto de sus vidas. Cuando paseaban por la esquina de Edgewater Road y Lafayette Avenue, vieron un coche que ya había dado varias vueltas a la manzana. Love pensó que era un conocido suyo y lo saludó.

—Sube —le ordenó el conductor—. Te doy treinta dólares por una mamada.

—Sale, oficial. Que tenga buen día —le soltó Love.

Mientras se alejaba, el hombre gritó:

—Tú debes ser policía, si dices que yo lo soy.

Ella se olvidó del hombre hasta que, en el camino de vuelta hacia el metro, tres oficiales la rodearon y la detuvieron por prostitución.

Love pasó dos horas esposada en el interior de una van asfixiante y oscura, mientras los policías buscaban subir en ella a los suficientes "sujetos" que justificaran el viaje de regreso a la estación central. Confundida y furiosa, pasó la noche en una celda y perdió un día de clases. Todo el asunto duró 24 horas.

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El sistema judicial en que Love se vio involucrada era, supuestamente, distinto de aquél con el que había lidiado durante sus anteriores arrestos. Los Tribunales para la Intervención en casos de Tráfico de Personas del Estado de Nueva York (HTICs, por sus siglas en inglés) son los primeros de su clase en Estados Unidos. Inaugurados en medio de elogios, redefinieron a las prostitutas como víctimas y no como criminales.

"El tráfico de personas es una forma moderna de la esclavitud que no podemos tolerar en una sociedad civilizada", dijo el juez Jonathan Lippman, creador de los tribunales, en una conferencia de prensa que anunciaba su integración. "Ahora comprendemos que la mayoría de las personas que son imputadas con el delito de prostitución es explotada comercialmente o está en riesgo de serlo. Al ofrecer servicios cruciales, en vez de castigar a los acusados, el HITC trabajará para transformar y salvar vidas y, eventualmente, establecer mecanismos legales para identificar, investigar y castigar a los traficantes".

A pesar de los argumentos de reformistas como Lippman, los HTICs recurren a los mismos mecanismos de control que los otros tribunales. Las prostitutas reciben el calificativo de víctimas pero siguen siendo arrestadas, esposadas y arrojadas a una celda. La única diferencia es que ahora están sujetas a un sistema que no distingue entre trabajadoras y sujetos de tráfico. Para el tribunal, cualquier persona detenida por trabajo sexual es materia prima, incapaz de tomar sus propias decisiones. Es como si no existieran aquellas y aquellos como Love, que se prostituyen por necesidad financiera antes de retirarse por voluntad propia.

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En los HTICs, los fiscales de distrito les dan a las acusadas la opción de presentarse a seis sesiones de programas de intervención. Si las completan, se vuelven candidatas a una suspensión del proceso para considerar su sobreseimiento. Si pasan seis meses antes de que vuelvan a ser arrestadas, se retiran los cargos. Esto puede ser una bendición para las que tienen un historial limpio.

Pero Love llevaba varios arrestos en su expediente.

"La fiscalía asumió que, como ella había sido sometida a juicios previos por el mismo delito, también debía ser culpable esta ocasión", me dijo Zoe Root, la diligente abogada del HTIC para las acusadas del Bronx, la oficina que representó a Love durante el juicio. El fiscal no estuvo dispuesto a nada menos que ofrecer un alegato por el cargo más grave y siete sesiones con la organización Bronx Community Solutions.

Love se quedó perpleja. "He estado trabajando en el sector médico por más de diez años", me dijo. "Debido a las circunstancias y a una mala relación de pareja, terminé por salir a la calle. Pero acabo de terminar mis estudios. Completé los programas que me pidieron. Tengo 48 pinches años. No soy drogadicta. ¿Qué chingados me están ofreciendo?" Decidió que llevaría su caso a juicio.

Visité los HTICs de Bronx y Brooklyn. El segundo sesiona en el tribunal de materia criminal de Brooklyn, en la calle Schermerhorn, número 120. Se trata del mismo sitio donde se atienden los asuntos de violencia doméstica. Las prostitutas se sientan junto a hombres acusados de golpear a su esposa.

Cada mañana, en la amplia sala del tribunal se atiende a una fila de acusadas que dura media hora. Afuera de sus instalaciones, una mujer negra gritaba en su celular:

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—Son chingaderas. ¿Por qué tengo que ir a esa mierda de clases? ¿Esperan que cuente la historia de mi vida?

Mirando a las acusadas, uno pensaría que no existen las prostitutas blancas en Nueva York. Aunque sólo representan el 16 por ciento de la población de Brooklyn, las mujeres negras integran el 65 por ciento de la población de indiciados en el HTIC de ese distrito, de acuerdo a un estudio realizado por la organización defensora de las trabajadoras sexuales RedUp. En Brooklyn hay una población considerable de inmigrantes asiáticos que requieren un traductor del mandarín. Pero en el tribunal del Bronx las únicas caras blancas son las de los policías, los jueces y los abogados.

Las instalaciones del tribunal de Bronx son diminutas. Cuando llegué, la juez Shari Michaels me ordenó pasar al frente. Parecía que la presencia de reporteros la ponía nerviosa. En 2013, el New York Daily News arremetió contra ella por pedirle a un policía que enviara una carta al menor del que había abusado.

Cuando le pregunté a la juez cómo diferenciaba la ley entre una víctima de tráfico y trabajadoras sexuales, me acusó de hacerle una pregunta capciosa. "Ninguna niña sueña con ser una trabajadora sexual", sentenció en un volumen suficiente para que las acusadas le escucharan. Y agregó que la mayoría de las trabajadoras sexuales han sufrido abusos.

En los tribunales se procesaba a las indiciadas con una rapidez mecánica. Si se trata de un caso nuevo, el juez pregunta al fiscal de distrito cuál era el trato que ofrece. El fiscal entonces recomienda una organización y un número de sesiones. Cuando las mujeres se encuentran en el proceso de liberar sus cargos, deben presentarse periódicamente al tribunal, para asegurarse de que están asistiendo a sus sesiones. El juez John Hecht, del tribunal de Brooklyn, se despedía de cada una deseándole suerte, mientras que la juez Michels parecía esperar muestras de gratitud de su parte.

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Si una mujer reincide y vuelve a ser arrestada antes de completar sus sesiones, el juez le asigna aún más sesiones.

En ningún caso el juez preguntaba a las acusadas si habían sido víctimas de tráfico.

Jilian Modzeleski, abogada que realiza un proyecto en la rama de derecho penal de la organización Legal Aid Society, especializada en la defensa de acusadas de prostitución, comenta que las clientas han comenzado a ser tratadas como criminales por el tribunal. Así que, comprensiblemente, son reticentes cuando hablan con los abogados que ven por primera vez durante su comparecencia. Esto hace difícil que los abogados establezcan cuáles de sus clientas han sido sujeto de tráfico y cuáles son trabajadoras sexuales.

Una víctima de tráfico de personas se define como alguien que desempeña su labor bajo coerción, por efecto de un fraude o debido a un vínculo de deuda. De acuerdo a la Organización Mundial del Trabajo, 21 millones de personas son víctimas de trabajos forzados, por lo general en los ramos de la construcción, agricultura, manufactura y labores domésticas. Obreros que han sido traficados cosechan fresas y construyen rascacielos. En Tailandia, hay esclavos que trabajan en barcos camaroneros, bajo las órdenes de capitanes que llegan a asesinarlos como castigo, antes de arrojar su cuerpo al océano.

Cuatro millones y medio de esos 21 son forzados a trabajar en la industria del sexo.

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Una víctima de tráfico puede ser un migrante arrastrado por una deuda creciente con un grupo de contrabandistas, o una mujer obligada a realizar servicios sexuales por un socio abusivo que se quedará con parte de sus ganancias. Muchas de ellas son víctimas de violación no se reconocen como tales.

Kate Mogulescu, abogada que trabaja en la misma organización que Modzeleski, señala: "Las clientas que llegan a nosotros a través de [los HTICs] enfrentan una amplia variedad de necesidades, al punto de que con frecuencia la cuestión de si han sido víctimas de tráfico o no carece de importancia".

Los tribunales no gestionan vivienda para las acusadas, algo que probablemente requeriría una persona que escapa de un traficante. Sólo están disponibles los mismos refugios a los que acuden las mujeres víctimas de violencia familiar y los indigentes. Tampoco les proveen ayuda económica, ni siquiera protección frente a los traficantes.

Conocí a una latina trans en el Bronx, arrestada por un delito menor relacionado con drogas, a quien habían enviado al tribunal especializado en delitos sexuales por haber sido detenida antes bajo cargos de prostitución. Ya había estado sujeta a realizar servicio social por abuso de sustancias, lo que la salvó de quedar sin techo, pero aun así, el fiscal insistió en que se declarara culpable para resolver el caso: el mismo trato que le habrían ofrecido si no hubiera hecho ningún servicio.

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Una trabajadora sexual me dijo: "No quiero ir a la cárcel. Sólo quiero que esto se termine. No quiero pararme aquí para ser humillada".

Pero Mogulescu argumenta que los tribunales desgastan a sus clientas cuando insisten en su inocencia, por medio de aplazar el proceso en períodos sucesivos de cuatro meses. Eventualmente, se sienten tan frustradas que aceptan realizar los servicios ordenados por el tribunal.

Y eso, si es que tienen la suficiente fortuna de ser liberadas.

Si una acusada tiene cargos previos por posesión o consumo de drogas, puede pasar unas semanas en prisión, a la espera de que una agencia saturada de trabajo le "evalúe". Aunque se les recluya por cargos de prostitución, los fiscales sólo suelen recomendarlas para servicios si se someten a un tratamiento de rehabilitación e internamiento que no difiere mucho de la cárcel.

Las que pasan por su primer arresto generalmente son liberadas después de diez horas, bajo condición de que regresen a comparecer de nuevo más adelante. Pero si tienen antecedentes criminales, el juez seguramente las retendrá bajo fianza. Para las mujeres que suelen contratar defensores de oficio, casi todas en la pobreza, una fianza de 250 dólares les supone quedarse encerradas en la brutal Rikers Island.

Tomando en cuenta que un juicio puede demorarse semanas o meses antes de su comienzo, la fianza obliga a las acusadas pobres a negociar un trato, sólo para contar con una fecha en la que pueden ser liberadas.

Como Love vivía en la parte este de Brooklyn, debía levantarse a las cinco de la mañana para llegar puntualmente a cada una de las cinco citas en el tribunal.

Se sentía cada vez más confundida en las audiencias previas al juicio. Los policías encubiertos supuestamente debían llevar consigo grabadoras para tener la prueba de que había tenido lugar la solicitud y aceptación de los servicios sexuales. Dado que Love no había establecido ese contacto, los policías no tenían evidencia. Con todo, la juez Michels no desechó el caso, así que iba a ser su palabra contra la de los policías.

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Love se decidió a testificar. Habló del secuestro y de la violación que sufrió cuando trabajaba y de su cuadro de estrés postraumático, que había sido devastador al punto de dejarla discapacitada. Habló de su estima por Sandra y de cómo estaban sólo hablando, recargadas en un coche, como dos viejas amigas.

Pero cuando el policía encubierto subió al estrado, ella entró en pánico. Nunca lo había visto en su vida. Su historia estaba llena de incoherencias, pero el fiscal alegó que eso sólo probaba que se trataba de una persona honesta.

El hombre en el estrado declaró que a las 3:30 de la tarde, en la cuadra del parque Hunts Point Riverside y la panadería Valencia, Love le había ofrecido sexo oral por veinte dólares.

Por treinta, dijo el policía, ella le ofreció coger con él en la calle.

"Rescate, mis nalgas", se rio Love cuando le pregunté si ella creía que los policías la habían salvado. "Dealers, prostitutas, indocumentados… somos dinero fácil para ellos. Les resultamos atractivos. Eso somos para ellos".

Mogulescu era de la misma opinión: "No creo que los oficiales que hacen esos arrestos compren la idea del rescate, para nada".

La policía es violenta en general, y lo es especialmente hacia las mujeres que, suponen, son trabajadoras sexuales. De acuerdo a un estudio realizado en 2012 por la Young Women’s Empowerment Project (Proyecto para el Empoderamiento de las Mujeres Jóvenes) con muchachas que han vendido servicios sexuales, una tercera parte de los abusos reportados vinieron de la policía. Mis entrevistadas me refirieron que los oficiales se dirigen a ellas como "puta", las manoseaban durante el arresto y llegaban a hacer la mímica de masturbación usando sus macanas en el tribunal. En el HTIC de Brooklyn, la organización RedUp vio a una mujer negra que dijo haber sido golpeada tan fuerte por los uniformados que acabó en el hospital.

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Policías encubiertos engañaban a las mujeres ofreciéndoles un aventón y, cuando estaban arriba, las arrastraban a la cárcel.

"Tienen que cumplir una cuota de arrestos cada mes", dice Lucy*, una chica de 19 años que fue detenida después de que un policía encubierto le hiciera una oferta de cien dólares por "pasear con él", sin tener sexo, según enfatizó ella. Durante el arresto, los oficiales la acusaron de fumar crack.

Hay mujeres de quienes los HTICs esperan que encuentren empleo legal, pero son arrojadas de nuevo a la cárcel por policías que asumen que si ejercen una vez la prostitución, serán para siempre prostitutas. La policía levanta a mujeres con base en una supuesta identificación visual.

"Mis clientas rara vez, si es que alguna, me han dicho que su encuentro con la policía ha sido amable o útil", me dijo Abigail Swenstein, abogada de planta en la división para la defensa de víctimas de tráfico de la Legal Aid Society. "Al contrario, casi siempre escucho que han sido acosadas verbalmente por los oficiales responsables de su arresto. En muchas ocasiones, han hablado de conductas sexuales abusivas por parte de ellos. Nunca se propicia la confianza". Otros abogados coinciden en la parte de los abusos sexuales.

La policía se aprovecha en especial de trabajadoras sexuales con problemas de adicción. "Si eres una de las chicas que llora y les ruega que no le lleven a la cárcel", dice Love, "los oficiales pueden llegar a ofrecer la libertad a cambio de sexo". Pero siempre se trata, en sus palabras, de "un trato con el diablo". Después de eso, los policías regresarán a explotarlas, exigiéndoles información, arrestos fáciles o más sexo.

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Lo que en cualquier otro caso debería llamarse "violación a punta de pistola", es etiquetado con el eufemismo de "favores sexuales" cuando se trata de trabajadoras sexuales.

La policía no necesita presenciar el momento en que alguien ofrece sexo a cambio de dinero para arrestarle por un cargo relacionado con la prostitución. La sospecha de "vagancia" con la posible intención de prostituirse le da a los policías el derecho de levantar a alguien sólo por hechos como saludar a personas del sexo opuesto, caminar en una zona de comercio sexual o, recientemente, cargar condones. Love me comentó que los policías novatos con frecuencia arrestan chicas que no están trabajando, sino solamente caminando hacia el parque de Hunts Point.

Los formatos para el reporte de los policías incluyen espacios en blanco para describir el atuendo de las mujeres. Una mujer fue arrestada por usar una chamarra con unos jeans que "delineaban sus piernas". Si no pueden encontrar una mujer con vestimenta ligera, se inventan una. A una de las clientas de Modzeleski se le detuvo bajo la acusación de haber saludado con la mano mientras usaba una blusa escotada y minifalda. Pero su abogada la encontró usando pantalones y saco durante su arraigo. El caso fue desechado después de que la abogada mostró las fotos como prueba, pero el policía que mintió se fue limpio.

La identificación de sospechosos con base en sus rasgos étnicos es una epidemia. El 94 por ciento de los detenidos en Brooklyn por "vagancia con intentos de prostituirse" son afroamericanos. Las mujeres trans negras son catalogadas como prostitutas con una frecuencia desproporcionada, y son tratadas de una forma particularmente cruel cuando se les detiene. En 2011, una trans llamada Ryhannah Combs fue arrestada bajo esos mismos cargos cuando hacía un mandado. Un oficial dijo en su reporte que llevaba nueve condones, cuando no llevaba ninguno. En lugar de meterla a una celda, la encadenaron a un muro junto a un elevador por "un periodo extendido de tiempo". Combs entabló una demanda contra las autoridades de la ciudad.

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En la parte trasera del juzgado de Brooklyn, estaba sentado un grupo de mujeres trans negras, obviamente amigas entre sí. Una de ellas, que llevaba un peinado a lo Jayne Mansfield y un anillo de perlas, dijo que jamás salía sola a la calle, por miedo a ser arrestada.

Cuando les dije que buscaba historias sobre la identificación policial de mujeres trans con fines de arresto, una de ellas me respondió: "Aquí estamos".

Durante el tiempo que visité los HTICs, el tribunal ordenó cinco días de servicio para la mayoría de las acusadas. Las organizaciones (sin fines de lucro) donde pueden realizarlos son muy variadas. Algunas, como el Urban Justice Center, tienen lazos profundos con la comunidad de trabajadoras sexuales. Otras atienden grupos étnicos específicos. Unas más están fundadas en una forma del feminismo que es agresivamente contraria al trabajo sexual.

En las organizaciones se imparten clases de yoga y se ofrecen sesiones de terapia artística o de grupos. Los trabajadores sociales ayudan a sus clientes en asuntos relacionados con la inmigración, vivienda o cuidado de los hijos. Hay algunos datos acerca de qué sucede con las clientas una vez que terminan su servicio.

Las mujeres con las que hablé describen a los trabajadores sociales como amables y dispuestos a ayudar. Pero los servicios que proveen estarían también disponibles para ellas sin necesidad de pasar por el trauma del arresto.

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Entrevisté a dos encargados de estas organizaciones: Jimmy Lee, director del Christian Restore de Nueva York, y la juez Judy Kluger, directora del feminista Sanctuary for Families (y uno de los principales arquitectos detrás de los HTICs).

Además de orientación, Sanctuary ofrece asesoría legal gratuita. Restore, por su parte, puede dar vivienda segura para un máximo de 11 mujeres. Por sí solos, estos servicios sin duda han implicado una mejor forma de vida para muchas personas. Pero tanto Kluger como Lee están convencidos de que, aunque la industria del sexo es violenta hacia las mujeres, la policía no lo es. Christian Restore considera que las redadas son indispensables y colabora con el ICE, oficina encargada de aplicar las leyes migratorias, y con el resto de la DHS (de la cual depende el ICE), que tiene a cargo la seguridad interna de Estados Unidos.

Las dos asociaciones están convencidas de que el abuso sexual de los policías hacia las detenidas es la excepción y de que los policías que llegan a hacerlo enfrentarán las consecuencias en cada caso.

"Como todo gran aparato burocrático que recurre de forma legal a la violencia, llega a haber excesos, algunos de ellos horribles", señala Lee. "Pero tal como sucede con la policía, creo que el ICE, el FBI, la aplicación de la ley y el sistema penal, pueden cumplir y de hecho lo hacen, un papel muy benéfico para la sociedad".

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Tanto Lee como Kluger son partidarios del "modelo nórdico", que aplica Suecia: la criminalización de clientes y proxenetas, pero no de las trabajadoras sexuales. Su meta es "terminar con la demanda". En Suecia, las trabajadoras sexuales rechazan el modelo nórdico por considerar que las estigmatiza. Sus caseros, choferes e incluso colegas corren el riesgo de ser acusados de padroteo. Y el que haya menos clientes implica que las trabajadoras ganen menos y tengan menos medios para garantizar su seguridad. Esto supondría también que los defensores de víctimas de tráfico no tendrían descanso.

Para Kluger, el trabajo sexual es inherentemente degradante: nada que una persona podría elegir libremente. Ella no se cree las historias de las mujeres que relatan cómo pagaron su universidad trabajando como escorts. Afirma que las trabajadoras llegan a tener sexo con treinta clientes diarios y considera al Distrito Rojo de Ámsterdam, "lo más triste [que ha] visto".

Lee y Kluger están convencidos de que la trabajadora sexual que dice serlo por voluntad propia está delirando o es una mera ficción. De acuerdo a Kluger, los HTICs están logrando que se legitime la prostitución en el sistema penal, a pesar de los arrestos y encarcelamientos en que se cimienta el trabajo de los tribunales. Sus ideas sobre las trabajadoras sexuales vienen de aquéllas que ha tenido frente a sí, en el estrado. A ella le parecen "comatosas", despojadas de emociones, controladas por traficantes y proxenetas. Para apuntalar su perspectiva, Kluger y Lee citan estadísticas refutadas desde hace tiempo: "el 70 por ciento del tráfico es de la industria sexual", "la edad media en que se empiezan a prostituir es de entre 12 y 14 años". Ninguno pudo citar sus fuentes cuando se las pedí.

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Pero aun si se piensa que todas las prostitutas han sido violadas y víctimas de tráfico, la forma en que son tratadas por la policía tiene tanto sentido como el que tendría arrestar mujeres golpeadas por el marido.

En noviembre de 2009, el Sex Workers Project (SWP) publicó un informe sobre el tipo de redadas que apoyan los activistas contra el tráfico como Nicholas Kristof. "Estas redadas son horribles", dijo una víctima de tráfico a SWP. Otra víctima contó que un policía la había golpeado con la cacha de su pistola. En una nota sobre los HTICs que publicó el New York Times en noviembre de 2014, su autor resumió la postura de una docena de inmigrantes chinos que se hallaban en el juzgado: "No se sentían como víctimas de tráfico, sino como víctimas de la policía".

El pasado primero de noviembre, regresé a la sala del tribunal de Brooklyn para escuchar el veredicto del caso de Love. El papel del policía encubierto la había cimbrado, pero prometió que hablaría conmigo cuando se sintiera "menos cansada y lastimada". Antes de que comenzaran a hablar los abogados, la juez Michels me llamó al estrado. Me dijo con nerviosismo que los periodistas tienden a filtrar las cosas a través de un prisma y magnifican cosas que en realidad son bastante ordinarias.

En sus comentarios finales, su defensora estableció que no había evidencia de que Love hubiera incitado al policía encubierto y habló de la gran redada que la policía había planeado para ese día: cuatro patrullas, diez oficiales. Llevaban cinco horas en la calle y no habían realizado un solo arresto. Para ellos, Love era sólo un cuerpo con el que podrían llenar la van.

El fiscal comenzó así su exposición: "Puedo hacerle una mamada por veinte dólares. Por coger, son treinta. Podemos hacerlo en la calle", dijo, imitando a Love. Se burló de su trastorno de estrés postraumático y se la pasó describiendo su pelo rubio y su blusa dorada. Puso en duda que ese día estuviera en una zona en la que no vivía ni trabajaba. Dijo que sus anteriores arrestos por prostitución le restaban credibilidad y que la policía no tenía razón alguna para mentir. Incluso negó que ella se sintiera humillada. Para él, se trataba de un caso sencillo: "Todo encaja", soltó, arrastrando las palabras. "El crimen de prostitución involucra pocos elementos. Dos personas. Dinero".

Love clavó su mirada en el fiscal, con su cara vuelta una máscara de rabia. Sus ojos se humedecieron. No iba a bajar la vista.

Durante el siglo 19, se extendió una variedad piadosa de feminismo clasemediero, dedicada a levantar el ánimo de los pobres. Las esposas de los burgueses se dedicaron a sermonear prostitutas, lo que les suponía un trabajo respetable y la emocionante cercanía a un entorno de vicio.

Pero como escribió la profesora de la Northwestern University, Ellen Carol DuBois:

El anzuelo era que las prostitutas debían asumirse como víctimas. La "esclavitud blanca" como explicación de la prostitución (que las prostitutas han sido forzadas a entrar en el negocio) permitía a las feministas verse a sí mismas como liberadoras de esclavas. Pero si las prostitutas no se mostraban afligidas ellas perdían su derecho a ser apoyadas y reconocidas por las reformistas.

Esas reformistas son las abuelas del movimiento opositor al tráfico de personas en la actualidad. Pero la conmiseración que las defensoras sienten hacia las trabajadoras sexuales no va de la mano con el respeto. Las víctimas de tráfico y las trabajadoras sexuales siguen viéndose, no como iguales, sino como objetos de trabajo que deben ser forzados a recibir ayuda que no pidieron, bajo la amenaza de la violencia policial. Los corazones de estos defensores sufren por esas mujeres, pero no están dispuestos a escuchar lo que ellas dicen.

En aras de ayudar, el movimiento contra el tráfico ha respaldado la vigilancia. Ha mandado cerrar sitios de internet donde las trabajadoras sexuales se anuncian o se organizan. Han creado una falsa dicotomía: las víctimas sufrientes y las escasas "putas felices", que unen los privilegios de la gente blanca y los accesorios de marca. Niegan la existencia de personas como Love. Cuando Love escuchó el veredicto que la declaraba inocente, esperó hasta que había salido de la sala para arrojarse a los brazos de su defensora.

Me encontré con ella la siguiente semana, en un restaurante en el que cenaba con sus abogados. El dolor que le provocó el juicio había desaparecido de su rostro. Usaba un vestido rojo y una corbata femenina con joyas de fantasía. Se veía recuperada y fuerte, lista para comenzar su internado como técnico quirúrgico.

—Casi todas las que son acusadas de prostitución intentan conseguir un trato, pero tú elegiste echar abajo los cargos. ¿Por qué? —le pregunté a Love.

—Porque no se trataba de eso… No esta vez. Nada de eso— me dijo Love pausadamente.

—¿Cuándo será legal la prostitución? —siguió Love, tomando el último trago de refresco. —Es un crimen insignificante. Es un desperdicio de dinero público. Un desperdicio de recursos humanos. Sólo es un pinche desperdicio.