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La pura puntita

Formol

Una novela de Carla Faesler.
30.6.14

Traemos adelantos, reseñas y entrevistas sobre los libros que te ensartarán en las mesas de novedades.  

Siempre nos pavoneamos de los objetos extraños que nos hemos encontrado en las extrañas casas de nuestros todavía más extraños abuelos. Pero levante la mano quien se haya encontrado el corazón de un guerrero sacrificado en el último ritual realizado en el Templo Mayor, flotando en formol en la oscura y polvorienta biblioteca de su familia.

Carla Faesler.

Formol es la nueva novela de Carla Faesler, acaba de ser publicada por Tusquets, y en ella cuenta la historia de la familia que ha atesorado este corazón, con el que tenemos una relación histórica directa.

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Aquí les dejamos los primeros capítulos del libro.

De pie, ladeada la cabeza para aguzar mejor, Larca está en trance mientras escucha lo que en la habitación de junto se revela. La joven niña está espiando. Son las voces de su padre y de su tío. Dicen cosas que ella no debería oír. Un rubor intenso como de rostro desollado. Siente vergüenza pero no puede despegarse de su falta porque sólo así puede saber. Es como si los viera desnudos, escucha las palabras que tienen entre las piernas.

Esto seguirá hasta después de que hayamos muerto.

Hagamos el último esfuerzo, no puede ser más difícil que seguir como hasta ahora.

—No sé si podré.
—No me dejes solo con esto.
—Aquí estoy aunque no quiera.
—Me pesan sus siglos.
—Yo ya estoy enterrado.
—Nos creen locos.
—Estamos locos.
—Estamos locos, sí.
—¿Tú crees en esto todavía?
—No tengo otra cosa en qué creer.

Larca se sacude la hipnosis cuando el silencio dentro del cuarto anuncia alarma de salida. Y sí, la puerta se abre al corredor ahora súbitamente vacío, aunque la luz del sol que cae sobre la duela exhibe con sus haces radiantes el esplendor de la pequeña tormenta de polvo que el vuelo de su falda ha desatado. Pero Celso y Pedro no pueden ver el luminoso rastro porque nunca se han dado el tiempo para observar las cosas bellas y únicas que suceden entre conos de resplandor y un puñado de partículas.

Ya en su cuarto con la mano en la perilla y la barbilla pegada al pecho, Larca siente los duros golpes de su corazón en las clavículas, en la garganta, en las sienes. Con los ojos cerrados arrastra sus juguetes hasta una de las esquinas superiores del cuarto y en la altura estrecha sus rodillas con los brazos. Por primera vez en su vida se da cuenta de que eso que late en ella con violencia es el centro de su cuerpo y también el de su familia.

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Esta escena tuvo lugar varios años después.

Algo de movimiento cuando un intenso olor a hierba entre armario y librero. Alguien se acerca, busca y abre una puerta justo ahí donde el húmedo bosque jaguares y coloridas plumas se asoma. Cierra respiración, la soledad madera, venado rojo que pasta. Muerde los brotes verdes, los incipientes brotes. Estremecedores pasos y lentos. Hay un pulso de estrella que en su hocico rutila mientras revela y luce como un fulgor antiguo.

El corazón, si pudiera pensar, se pararía.

Fernando Pessoa

Libro del desasosiego

Febe, la madre de Larca, toma sus pastillas por la mañana. Su sistema circulatorio propaga el fármaco en pocos minutos. Sólo así puede concentrarse y crear un desayuno. Cuando el efecto en cresta, ella ha terminado su segunda taza de café. Larca se va a la escuela de la mano de Celso, su padre, mientras Febe se sienta como una gallina absorta en el sillón a ver por la ventana una sección de fronda de árbol, un poco de cielo y el fragmento de poste de luz para imaginar cómo, luego de ir a dejar a la hija, su esposo se dirige sin ganas a la ferretería y abre la pesada cortina bajo la siempre ahí mirada de los encargados. Debido al esfuerzo físico, el rostro de Celso está inyectado en rojo por las redecillas de los finos vasos que lo irrigan. Entonces, la pálida Febe se levanta justo a tiempo para arreglarse el pelo y ponerse la ropa antes de que su marido regrese a la casa. Cuando él llega y sube, se saludan con el afecto de una mano que se posa en un hombro o el ocioso gesto de acomodarse la ropa. Inmediatamente después, bajan por la escalera de madera blanca dos maniquíes pasados de moda. Se suben al coche, van al mercado a comprar la comida y luego a revisar que en la casa de la abuela, que es en realidad la casa de Cristina la mamá de Celso ya muerta, todo siga igual gracias a las hacendosas maneras de la ya demasiado vieja Aurora. Le dejan algunos víveres y la súplica diaria de que resista una noche más el claustro que la tiene consumida de muros. No es que haya fantasmas en la casa de la abuela, con la leyenda de la familia bastaría para poblar un país ahora de muertos, lo que sucede es que Aurora se asusta de sí misma, del terrible aspecto de sus várices, de su deteriorado interior que la abruma con pensamientos que la hacen creer que no desaparecerá jamás.

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Cada vez que van a la casa de la abuela Cristina, la que fue suegra de Febe, se llevan algún objeto encontrado al azar ahí, ya sea porque aparece delante de sus ojos o en los recuerdos revisados en un sueño inquietante. Hoy se llevan un juego de doce servilletas bordadas que fueron tan blancas como ahora amarillentas, que fueron tan limpias y almidonadas como ahora húmedas y lacias en las manos de Celso.

—Mi madre las usaba en las cenas que ofrecía a gente muy especial.
—Me acuerdo de esas cenas: ¿te acuerdas de mí en esas cenas?
—Mis recuerdos son calcificaciones en un músculo atrofiado.

Febe piensa de repente en la segunda cena en casa de los padres de su entonces prometido. Y de nuevo la confusión es un fieltro de dudas o una cinta de cine que se traba, se inflama y quema come la imagen. Todavía lo recuerda: en aquella ocasión había siete personas al principio. Y al final eran ocho. No fue que Febe no se diera cuenta de que alguien llegó al final de la reunión, pues estaba bien alerta por quedar bien con los futuros suegros, el novio y los invitados. Fue de veras extraño, pero no comentó nada porque le pareció inoportuno, algo que podría mellar el buen camino que había tomado para salir de su casa, tan rebuscada y sofocante su casa. Sucedió que cuando los siete invitados, y ella bien que los tenía contados por sus nombres y temas de conversación, se levantaron de la mesa para tomar café y digestivos, fueron ocho los que ocuparon los sillones de la sala. Por supuesto, contó unas tres veces por no estar bien segura de si era un efecto del vino o la emoción de su vestido especial. Definitivamente sí, había alguien más. Y por mucho que se esforzó hasta el final de la velada, no pudo nunca identificar entre los presentes quién era el que acababa de surgir así de súbito como un brote carnoso en la textura conocida de un cuerpo. ¿Cuál de ellos era la instantánea presencia que al parecer nadie advertía? Pero todo esto ahora sólo ondea en el pantanoso pensar de Febe, que al mismo tiempo está muy pendiente de lo que se le presenta en la casa. Ellente de Febe recorre, encuentra, fija, graba y edita.

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—Oye, llevémonos de una vez el corazón.
—Mira, no, todavía no.
—Sí, me lo llevo.
—¿Qué vamos a hacer con él, dónde ponerlo?
—Hay que llevarlo a la casa para que desaparezca.
—¿Y si lo destruimos?
—Ya nos ha destruido.
—¿Y si intentamos de nuevo?
—Hay que intentar reconstruirnos.
—En esas cenas mis padres hablaban del corazón con los invitados. Estas servilletas huelen a esas conversaciones.
—Una buena lavada con cloro y ya está. Tal vez.

De regreso en el coche, los muslos pesan el recipiente cubierto con el terciopelo morado. Febe levanta apenas la tela y advierte que el líquido mece la víscera ahora que su esposo ha frenado en el primer semáforo. Ella se va en ese vaivén a los momentos en los que nada o casi nada le preocupaba. Pero como siempre, regresa.

—No sé, no sé qué hacer.
—Saber es imposible, ya sabemos.
—Lo pondré en la biblioteca, en el tercer nivel de las repisas.
—Me parece bien, pero no lo descubras.
—El frasco está tibio.
—Es que tus manos están heladas.
—¿Y si tuviera un poco de vida todavía?

Al llegar a la casa, Celso sale, rodea el coche y abre la puerta a Febe, quien se incorpora sobre la acera e inicia una procesión.

—Entra, ponlo pronto donde quieras, que ocupe su lugar y que ahí se quede callado.

Seguida por su marido, Febe sube las escaleras como si sostuviera entre sus brazos un recién nacido que llega a casa del hospital. Ya en la biblioteca se abre paso entre la mesa, las avispas cosmonaves y las sillas.

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—A ver, ¿cómo ves, qué tal ahí? Sí le voy a quitar el terciopelo Celso, yo quiero que se vea.
—Está bien, como quieras. Perfecto, ahí está perfecto. Vente, ¿quieres un campari?
—Lo que me gusta del campari es su color.
—¿Sabías que tintan el licor con cochinilla?, una plaga del nopal que en tiempos prehispánicos se usaba para colorear murales, vasijas, telas, códices y otras muchas cosas.
—¿De verdad?, pues ahora me gusta más.

Cierran la puerta sin darse cuenta de la prisa que tienen por salir del cuarto. Cierran la puerta sin pensar en el pequeño agujero de la cerradurapor la que alguna vez espiará Larca y que se ocluye apenas, imperceptiblemente. El sol de invierno, el flotar del polvo de siempre se quedan ahí dentro, pero una vibración enrarece y nueva la atmósfera.Hay un corazón humano del tamaño de un puño dentro de un frasco. Ahora se estrena en el librero con todo el esplendor de una locura.

Color panza de serpiente, glóbulos oculares de enfermo, botella de vidrio llena de humo. El tono brilla el iris, y aún más si uno piensa en el cemento bajo el cual debería estar sepultado este pedazo de carne que luce equivocado entre los vivos. Su destino es latir en otro pulso. Por un tiempo, sin embargo, serán las venas de Larca, el único fluir caliente que en sueños recorrerá esos tejidos plastificados por el tiempo.

Luego de cenar Febe y Celso vuelven a revisar lo que trajeron. Ella toma de nuevo el frasco y lo ubica en otra altura. Se aleja para ver, no se convence, lo regresa a la tercera repisa. Él, desde la puerta se recarga y se hace pared.

—Ahí está perfecto, ya ven, vámonos a dormir.
—¿Vas a leer?
—Un rato, sí, ¿tú ya terminaste tu libro?
—Todavía no, ya casi. Déjame que apague la luz.
—Apaga, vamos.
—Siento como cuando Larca era bebé y por fin se había dormido. Cerrábamos la puerta de su cuarto con mucho cuidado. Algo de mí se quedaba ahí adentro con ella, como si me hiciera una con su respiración.
—Pues sí. De alguna manera hay alguien ahí. ¿Eso quieres decir?
—No hay que hacer ruido, no se vaya a despertar.
—¿Larca?
—¿Quién más?
—Sí, sí, claro.

Al llegar a su cuarto se arreglan para acostarse. Ya a oscuras, cada uno en su lado de la cama enciende su lámpara y se mete a una burbuja luminosa que hace visibles sólo las manos, los libros y las bocas. Primero es Febe la que apaga y en un clic la negrura se la traga. Unos veinte minutos después, Celso siente que con la lectura se le ha caído el insomnio del libro. Casi sin moverse lo agarra y lo deja en su buró. Lo mismo con los lentes. Luego acerca la mano al interruptor y desaparece al mismo clic como un caprichoso fantasma cuya carcajada no alcanzamos a oír.

Hace mucho tiempo que el pecho del padre de Larca es una caja vacía. Heredó una ferretería, asunto que no le interesa en lo absoluto, y un corazón que lo fascina y lo abruma al mismo tiempo. Ahora que duerme, en su respiración las costillas se abren a un espesor tan limpio como un depósito de herramientas sin usar, así que cuando él yace y su hija lo observa en silencio de pie junto a su cama, se oye un estruendo de martillos, tuercas y clavos que se revuelven, ruedan y caen estrepitosamente contra un lado cuando él se da vueltas medio dormido, medio angustiado, completamente a flote dentro de la cápsula ingrávida de su tristeza.