Formula 1

La excepción llamada Max Verstappen | ES | Translation

El ascenso del piloto holandés ha estado marcado por una inusual experiencia y una intuición sorprendente para alguien tan joven.
31.7.16
Foto: Chris Rowlands/Wikimedia Commons

Las cíclicas excepciones que cada tanto aparecen en el mundial, y que esta temporada encarna Max Verstappen, comparten todas un mito fundacional de la época moderna de la Fórmula 1. Modernidad intuida, desarrollada y ejecutada por su santísima trinidad: Bernie Ecclestone (el Padre), Ayrton Senna (el Hijo) y Enzo Ferrari (el Espíritu Santo). Un Senna ya legendario y tricampeón, a principios de los noventa, cuando el trabajo de la santísima trinidad veía sus primeros frutos, cuenta en una entrevista que para él todo había comenzado a los cuatro años a bordo de un kart. Que el desarrollo y capitalización de ese sexto sentido para encontrar la adherencia imposible del vehículo sobre la pista a altas velocidades, venía de ahí, del karting. No muchos años después Michael Schumacher abonaría su parte: a los cuatro años, su padre le construye un kart y lo enrola en un club alemán de kartismo; dicen que el padre le mojaba el circuito a los Schumacher para complicarles la conducción y desarrollarles la habilidad. Lewis Hamilton recuerda que a los nueve años se entera de la muerte de Senna un domingo de marzo en Imola mientras su papá le prepara el kart para una carrera ese mismo día. Max Verstappen, el adolescente holandés, nacido en Bélgica en 1997, promete, tarde o temprano, convertirse en otro producto más de ese discurso mítico-fundacional.

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Y es que su meteórico ascenso, causa o efecto de una voraz cosecha de resultados han generado la extendida y evidente noción de que, una vez más, la Fórmula 1 está a las puertas de un nuevo romance con otro de esos fetichizados y mercuriales pilotos destinados a marcar época. No en balde, aunque quizá con menos de evidencia que inspiración, Helmut Marko, jefe del programa de desarrollo de pilotos de Red Bull, anuncia a Verstappen como el Senna por venir. Después de salir campeón mundial de karting, pasó el 2014 en la Fórmula 3 y destacadas actuaciones en la categoría (podios, poles, seis victorias consecutivas) lograron que dos de los tres o cuatro equipos trascendentes de la Fórmula 1 mordieran el anzuelo. Finalmente fichó por Red Bull y arrancó la temporada 2015 en Toro Rosso, las fuerzas básicas de Red Bull. En 2016, la habilidad y las circunstancias, en la quinta carrera de la temporada, lo ponen al volante de un Red Bull. Así, se convierte en el piloto más joven en comenzar una carrera (17 años), el más joven en puntuar y, este años en España, primera carrera con Red Bull, en el piloto más joven en ganar un Gran Premio.

Sin embargo, no es esa comercializable narrativa de resultadismo precoz lo que ilustrados como Peter Windsor, teóricos como Martin Brundle, ex campeones del mundo como Damon Hill y altos mandos como Christian Horner han valorado como el factor idóneo para la tasación del fenómeno Max Verstappen. Para ellos, la trascendencia de su promesa y progreso está menos en esa dimensión cuantificable que en el entrelíneas de todas esas actuaciones en y fuera de la pista. En el rebase a Daniel Ricciardo en la primera curva de Sepang, o a Felipe Nasr sobre Blachimont en Spa; en la habilidad para dejar que Kimi Raikkonen, en Cataluña, se le acercara lo suficiente para no poder rebasarlo y así, en al aire sucio de la turbulencia Kimi destruyera sus llantas en una persecución estéril y él ganara su primer Gran Premio. Es decir, una inusual experiencia y una punzante intuición, a tan corta edad, dosificadas en instantes en que la presión acumulada durante el desarrollo de una carrera orillan a errores evitables que, en otros, son la orden del día. Instantes en que el revisionismo y hermenéutica de la telemetría, de análisis post carrera en televisión y entrevistas con periodistas viene dado siempre desde un carácter que mezcla serenidad y goce sin dar lugar, en la victoria o en episodios ridículos como Mónaco, la carrera siguiente a su triunfo en el circuito de Cataluña, al drama o la divinización.

Si hubiera que ir a buscar una enigmática fuente de la severa velocidad y la gracia tenaz, no para domarla sino para conducirla, de Max Verstappen. Una pista inicial sería el padre: es hijo de Jos Verstappen, un mediocre piloto de Fórmula 1 que pasó sus diez años en la categoría en la más plena intrascendencia. Un piloto que acaso sólo sea recordado como alguien a bordo de un Benetton en llamas sobre el pitlane de Hockenheim. Concediendo que el talento o disposición a una actividad de algún modo se maman o heredan, el de Max Verstappen no podría venir del padre; y, desde que toda relectura de un mito es sujeto de actualizaciones o reformas y el del kartismo como alquimia de pilotos no es ajeno a esa lógica, ese supuesto origen, dado el contexto en que se lee, es una ironía. El padre casó con la rapidísima y exitosa piloto belga de karts, Sophie Kumpen, quien, seguramente, mientras Jos corría el Gran Premio de Japón en 1997, ella cuidaba al hijo de ambos con apenas diez días de nacido.