Pasé tres noches en la escena valenciana de póker ilegal
Fotografías por Rodrigo Márquez
Marca España

Pasé tres noches en la escena valenciana de póker ilegal

Partidas de 10 horas, drogas, prestamistas y gigantones parte piernas.
30.5.17

*Se han modificado los nombres excepto el del autor y su acompañante.

Cuando se habla del lado ilegal del juego, vienen a la mente reportajes en televisión o artículos en los periódicos sobre el lado turbio de todo ese mundo: grandes casinos ilegales, famosos y multimillonarios metidos en partidas clandestinas… Dejando a un lado los tópicos, ese mundo existe más cerca de lo que crees: puede pasar al lado de tu casa, en el bar de la esquina o en el piso de un colega. Ocurre delante de ti sin que te des cuenta.

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Para mi, todo empezó cuando un compañero de trabajo me contó que un amigo de la infancia organizaba partidas en su piso y ganaba una media de 500 euros por noche. No le creí y pensé que su colega era un fanfarrón, por lo que me animó a acudir a una de esas partidas "de amigos" durante el fin de semana.

Llegó el gran día (así lo veo ahora, en ese momento pensaba que estaba desperdiciando un sábado noche) y a las 22:30 nos plantamos en una de las zonas más adineradas de Valencia. En la dirección indicada nos recibió dicho colega con un aire (para qué negarlo) de gilipollas bastante importante. Obviamente, yo le seguí el juego y le hice creer que parecía un auténtico jefazo.

Subimos al piso y alucino. Ante mí, una mesa profesional, una crupier, drogas varias repartidas por la mesa y un puñado de jugadores de aspecto acomodado que parecen haber salido de misa 20 minutos antes.

Las normas son claras, los jugadores pagan 50 euros al colega por organizar la timba, y la apuesta mínima es de 300 euros. Como oyentes, un tipo que daba bastante mal rollo y yo.

La pasta se intercambia por fichas constantemente y pregunto al encargado X* cuánto dinero se puede mover en una de esas partidas. "5.000 euros, sin problema", me responde.

La cocaína se gasta casi más rápido que el dinero, y empiezan las conversaciones. "El hijo puta del Álvaro* me debe 3.500, dile que tiene cuatro días o le envío a Vladi*". Se me ocurrió preguntar quién es ese tal Vladi. "Mejor que nunca lo averigües chaval". Trago saliva y decido dejar el lado investigador y unirme un poco a la fiesta para ganarme su confianza.

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La "noche" acaba a las diez de la mañana, y X me habla de un club-piso de póker en pleno centro de la ciudad que organiza partidas con apuestas más asequibles. Me pasa la dirección con unas directrices muy concisas: "preguntar por Mauro, dile que vas de parte de X y que quieres apuntarte a la merienda". Tanto código y secretismo me acojona pero el rollo detectivesco me empieza a gustar y decido averiguar un poco más sobre ello. Convenzo a un colega para que me acompañe porque soy un poco torpe y eso siempre me tranquiliza.

Llegamos al piso y hacemos lo que me había indicado el tipo: pagamos, me piden el DNI y lo fotografían. Tras pasar el control,, entramos en un piso antiguo, bastante grande, en cada habitación tienen montada una mesa con crupier y todo lo necesario. Parece un día cualquiera. Para ellos es algo cotidiano, pero saben que lo que hacen puede acarrearles muchos problemas, por eso nos cogen el DNI, hay seguridad e incluso cámaras de vigilancia.

Pasamos allí seis horas y reconozco que verlos jugar es adictivo. La modalidad es póker abierto, dos días antes no sabía lo que significaba y ahora me siento James Bond en Casino Royale. Me fijo en que, durante toda la noche, un chico de apariencia normal y corriente juega hasta perder todo su dinero contra un tipo ruso que habla muy mal el castellano y que parece el villano de una peli de Van Damme de los 90.

Me voy para casa con una mezcla de sensaciones: adrenalina, morbo, ganas de participar… A la salida me encuentro con el chico que ha salido escaldado de la partida con el ruso. Se llama Pedro* y me da su número. Quedamos en vernos el día siguiente en el mismo piso.

A las tres de la mañana, vuelvo a entrar por la puerta y los porteros me saludan como si nos conociésemos de toda la vida. Me siento importante y me gusta. Esta vez asisto como oyente solo.

Dos horas después y 120 euros menos, Pedro tiene la cartera vacía y se le nota un poco deprimido. Decide no comprar más fichas y abandonar el juego, básicamente porque se lo ha gastado todo. En ese momento, se le ofrece el prestamista de turno. "Te dejo 300 y me los devuelves mañana", le dice. Pedro rechaza la oferta directamente. "El 30% tío". Los intereses, claro.

Decidimos dar la noche por zanjada. Ya tengo material suficiente y quiero alejarme de aquello y olvidarme del asunto, pero de repente nos encontramos con X.

Me invita a tantas copas que me cojo el pedo del mes. Acabamos en un pub del centro y le confieso que mi intención es escribir sobre las partidas ilegales de póker. Lejos de molestarse, me anima a hacerlo y me propone hacer otra en su casa y poder sacar fotografías. Eso sí, con ciertas restricciones, que se pixelen las caras de los jugadores y que no revele su identidad. "Enséñamelas antes de publicarlas o te corto los huevos".

Tras dormir la mona y tomarme dos ibuprofeno decido llamarlo. Me cita esa misma noche, a las nueve, cena, copas, farlopa y póker. Llamo corriendo a mi colega Rodrigo para que venga a inmortalizar lo que promete ser una noche épica.

Llegamos a las nueve y cinco. Ahí está la mesa con los mismos rostros, la farlopa, la pasta gansa y Vladi (por fin le pongo cara). Vuelvo a estar con ese hombre callado que observa y nunca juega. Al fin me entero de que es un prestamista.

El mundo del póker ilegal es bastante complicado de describir, ellos defienden lo que hacen vendiendo que la justicia se ha vuelto "muy gilipollas". "Al final es como una partida entre colegas en casa, solo que aprovechamos para jugar con desconocidos que es más interesante y así tenemos un lugar donde juntarnos, pero es cerrado, privado y no debería ser ilegal". Se saltan, claro, que hay que pagar para acceder y que el personal que trabaja no tiene contrato.

Estas timbas tienen ciertos patrones que se repiten, como las medidas de seguridad, los prestamistas, el sentirte parte de algo exclusivo… Todo esto le da un aire de secretismo y prohibido que lo hace más atractivo. Cada encuentro es una historia, no se puede generalizar. Y además cada uno puede meterse hasta donde quiera y pueda. No hay límites. Siempre tener un siguiente nivel donde todo es algo más secreto, donde se saca más pasta y donde va gente más peligrosa.