la chica 10

Soy Leyenda: Nadia Comăneci

Una niña de 14 años maravilló al mundo en los Juegos Olímpicos de 1976 cuando 'rompió' el marcador del pabellón con una rutina perfecta y puso en el mapa a Rumania... y las sombras del régimen de Ceaușescu.

por Guille Álvarez
21 Julio 2016, 11:55am

Nadia Comăneci en octubre de 1977, durante una exhibición en Estados Unidos. Imagen vía Wikimedia Commons

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La serie Soy Leyenda llega al mundo de la gimnasia celebrando a su figura más célebre, la rumana Nadia Comăneci, justo cuando se cumplen 40 años del primer ejercicio olímpico perfecto. Tienes las entradas anteriores de la serie aquí.

La heroína del pueblo

Nadia, derivada de Nădejde —"esperanza" en rumano—, nació en Oneşti en 1961. Por delante no había nada que hiciera pensar que ella sería la encargada de situar a Rumanía en el mapa: al fin y al cabo, en aquel entonces el país era la República Socialista más alejada de las praxis de la Unión Soviética.

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De familia humilde —su madre era oficinista y su padre mecánico—, Comăneci empezó a practicar gimnasia a los seis años como otras muchas niñas rumanas... aunque no todas ellas fueron reclutadas por el legendario entrenador Béla Károlyi. Esa niña tenía algo, y Béla lo notó al verla hacer ruedas en el parque junto a sus amigas.

Károlyi acertó: en su primer campeonato nacional quedó decimotercera, y al año siguiente, después de una de las muchas —y polémicas— reprimendas de su mentor, la pequeña Comăneci consiguió convertirse en la mejor gimnasta del país.

Corría 1970 y Nadia tenía ocho años. Era un diamante en bruto con un talento innato para la gimnasia y, quizás más importante todavía, una capacidad de desempeño y sacrifico propias del trabajador comunista prototipo. Comăneci fue sumando éxitos a nivel internacional: con 13 años presentó candidatura a la gloria eterna con cuatro oros y una plata en los campeonatos europeos de Skien, en Noruega.

En Rumanía, Comăneci se convirtió en una heroína, ya que en el torneo de Skien dio un auténtico repaso a las atletas soviéticas. El régimen del dictador Nicolae Ceaușescu, cuyas discrepancias con la URSS iban en aumento debido a su aproximación al bloque occidental, lo aprovechó para hacerse propaganda.

El misterio de la perfección

Gran parte de la atracción que genera Comăneci procede del misterio, el mismo que todavía hoy rodea su figura. Se han contado centenares de anécdotas sobre su infancia, que según cuenta ella misma en su autobiografía Letters to a Young Gymnast fue muy sencilla pero alegre. Esa es, por supuesto, la versión oficial.

Otras biografías y relatos novelados, como La Pequeña Comunista que no Sonreía Nunca de Lola Lafon, cuestionan el relato de la niña perfecta que maravilló al mundo.

"Jamás he olvidado el consejo que me dieron entonces: no contar nunca la misma historia de la misma manera a más de dos personas. De lo contrario, cuando informaban a la Securitate [la policía secreta del régimen de Ceaușescu], estabas perdido". Es la cita anónima con la que Lafon abre su libro, que arroja algo de luz sobre las incongruencias del discurso de Nadia.

A pesar de su felicidad aparente, ella también sufrió como la mayoría de jóvenes talentos la dureza de los entrenamientos —un hecho que se agudiza con las exigencias de peso y flexibilidad de la gimnasia.

"Hubo veces en las que él [Károlyi] caminó por una línea gris entre el bien y el mal", concedió la gimnasta en su autobiografía. "Todos los deportes son duros. Hay que trabajar mucho para conseguir tus metas. Lo que quiero dejar claro es que lo hacía porque me gustaba", añadió en una entrevista posterior.

Pues sí, Comăneci creció bajo la disciplina de hierro de los deportes en la Europa Oriental y de bien seguro no tuvo una infancia como la de cualquier otra niña de 14 años: una dieta que bordeaba la inanición, laxantes, diuréticos... y, todavía peor, el uso de inyecciones para controlar la regla y luchar contra el paso del tiempo, el enemigo número uno de las gimnastas.

Con esa edad consiguió el primer ejercicio perfecto en gimnasia, un 10 redondo que, al contrario de lo que muchos piensan, no se vio por primera vez durante los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976.

El primer 10 de Comăneci llegó en la American Cup, disputada el marzo de ese mismo año en el Madison Square Garden de Nueva York. Antes de los JJOO, Nadia sumó otros dos dieces en salto y barras asimétricas en la Konichi Cup en Japón, pero los responsables olímpicos les comentaron a los fabricantes del marcador electrónico que la perfección no era posible en su competición.

Sello paraguayo con la imagen de Comăneci. La gimnasta alcanzó una popularidad global. Imagen vía Wikimedia Commons

El momento: Le Forum, Montréal, 18 de julio de 1976

Quienes aseguraban que el 10 era imposible se equivocaban: Comăneci se convirtió en la gran sensación de los Juegos Olímpicos de Montréal 1976. En el primer día de competición, la niña rompió el marcador, que mostraba un 1,00 ante la confusión general.

"Cuando vi brillar un 1,00 me confundió un poco. Tuvo que ser una de mis compañeras quien me dijo lo que pasaba", comentó Nadia sobre ese momento. Ella ya estaba pensando en la barra de equilibrio, pero uno de los jueces se había levantado y hacia aspavientos mostrando las dos palmas de la mano. Un diez, ¡un diez!

El público estaba anonadado: probablemente, la gimnasta era demasiado joven para comprender lo que había logrado.

"No me impactó para nada, ni una pizca. Pensé que quizás los jueces estaban siendo demasiado buenos conmigo... era lo que se esperaba de mí, así que ganar no era una gran sorpresa. Simplemente, era lo que se suponía que debía hacer", narra Comăneci en sus memorias.

Con apenas 30 kilos y 14 añitos, Nadia grabó su nombre y el de Rumanía en la historia olímpica. "Desde entonces todo el mundo me reconoce", sigue sorprendiéndose ahora.

El interior del pabellón de hockey hielo que albergó su hazaña fue demolido, pero el ayuntamiento de Montréal decidió que la fachada se conservara debido al simbolismo de las gestas deportivas conseguidas en su interior —especialmente la de Comăneci, por supuesto.

Comăneci completó hasta siete ejercicios perfectos durante esos Juegos y se llevó tres oros, una plata y un bronce. Su brillantez y dominio llegaron a romper a algunas de sus mayores rivales, como la soviética Liudmila Turíshcheva, que lloró tras caer ante la rumana y su espectacular coreografía de suelo.

En territorio 'enemigo', en Moscú 1980, Comăneci sumó a su medallero olímpico otros dos oros y dos platas. Con 19 años, sin embargo, y apenas un lustro después de su logro en Montréal, Nadia decidió abandonar el deporte profesional.

Una vida turbulenta y una deserción

Cuando Comăneci se retiró, había dejado de ser esa niña que encandiló al mundo y fascinó a un país... incluyendo a su tirano y el hijo del mismo, con quien se rumoreó que tuvo un conflictivo romance.

El dictador nombró a la gimnasta Heroína del Trabajo Socialista, un honor reservado a las madres de familias numerosas bajo una dictadura que decretó una tasa obligatoria de cinco hijos por mujer en edad fértil y que incluso tenía una especie de policía menstrual.

Aunque Comăneci nunca renegó de su pasado y siempre ha sido muy cerrada sobre su vida privada, está claro que algo se rompió por el camino. Probablemente fue la deserción de su entrenador la que lo cambió todo para ella; tras los JJOO de Moscú, Béla Károlyi aprovechó una gira mundial del equipo rumano para escapar junto a su esposa Marta y pedir asilo en Estados Unidos.

Nadia no lo hizo, y sufrió entonces un control estricto de todos su movimientos por parte de Ceaușescu, que le revisaba la correspondencia, las llamadas y las vida íntima en general. "No se me permitía salir de Rumanía. Eso me volvió loca", explicó años después.

Nadia junto a su marido Bart Conner, oro olímpico en gimnasia en 1984, en una imagen de 1994. Foto de Radu Sigheti, Reuters

Con un tremendo pavor a las posibles consecuencias, Nadia se adentró en los bosques para cruzar la frontera con Hungría. Fue una travesía de seis horas en las que se cruzó con agentes de policía que no la reconocieron y le dejaron seguir buscando la libertad. Finalmente, Comăneci tuvo éxito: escapó de Rumanía y se refugió primero en Canadá y después en Oklahoma, Estados Unidos, donde conoció a su actual marido y vive en la actualidad.

Lo irónico de su deserción en 1989 fue que se produjo apenas dos semanas antes de la caída del régimen del que huyó. El 25 de diciembre, el dictador Ceaușescu fue ejecutado tras un juicio sumarísimo; Rumanía dejó de ser una república socialista y abandonó la órbita soviética.

Declaración final

"Es compleja, siempre ha sido misteriosa para mí, y creo que ese es parte de su atractivo. La gente está fascinada con la misteriosa chica de Rumanía".

Bart Conner, exgimnasta estadounidense y marido de la 'chica perfecta'

Después del 10 de Comăneci, otras gimnastas igualaron su hazaña... y sin embargo nadie recuerda sus nombres. Las nuevas reglas de la gimnasia no permiten obtener un diez, ni tampoco dan acceso a la competición de élite a niñas de 14 años, así que con casi total seguridad podemos afirmar que de Nadia solo hay una.

La historia de Comăneci, para bien o para mal, es irrepetible.

Sigue al autor en Twitter: @GuilleAlvarez41