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Sexo, Deseo, Miedo Y Adicciones

Antoine D’Agata es un personaje discutido y polémico tanto en el mundo de la fotografía como en el del arte. Contratado por la agencia de fotografía Magnum cuando empezaron a darse cuenta del poco dinero que
1.12.10

ENTREVISTA DE ALEX STURROCK, FOTOS DE ANTOINE D’AGATA

Antoine D’Agata es un personaje discutido y polémico tanto en el mundo de la fotografía como en el del arte. Contratado por la agencia de fotografía Magnum cuando empezaron a darse cuenta del poco dinero que había en el fotoperiodismo, el contenido brutal y autodestructivo del trabajo de Antoine tiene la virtud de cabrear a la gente.

Nacido en Marsella en 1961, D’Agata dejó Francia a principios de los 80s. Más tarde estudió en el International Center of Photography de Nueva York con Nan Goldin y Larry Clark, con quienes comparte una fascinación por el lado más sórdido de las cosas. D’Agata ha vivido una vida oscura y nómada. Con frecuencia se sumerge en sus temas, normalmente las prostitutas y otros marginados por la sociedad, poniéndose a menudo en situaciones llenas de sexo, riesgo y drogas. Hablamos con él sobre la fotografía como arte, sobre la sinceridad, la moral y lo que se siente siendo adicto al cristal mientras vives con prostitutas camboyanas.

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Vice: ¿Qué artistas te interesan, especialmente entre los que no se dedican a la fotografía?

Antoine D’Agata:

Respeto a los artistas que tienen el coraje de ponerse a la altura de la locura de su arte. Céline, Artaud o Rimbaud son genios no por la destreza o la sutileza de sus palabras, si no por su honestidad. No veo el arte como una competición o un espectáculo, si no como un espacio privilegiado para darle una forma radical a la perspectiva que cada uno tiene del mundo. El arte ha sido durante mucho tiempo rehén de la técnica y hoy en día el criterio probablemente debe ser la inteligencia, por no decir el cinismo. Me atrae el arte cuando me da la sensación de que hay espacio en él para el exceso y la desesperación. Nunca he tenido la oportunidad de plantearme la historia del arte. Me interesa Georges Grosz porque en su obra encuentro, instintivamente, la monstruosidad de la sociedad, y en la de Francis Bacon, la de la carne. Me atrae el arte cuando ha sido vomitado, creado como un grito, no conceptualizado o comercializado.

¿Cómo describirías tu propio trabajo? ¿Como arte, como reportaje? ¿Crees que la fotografía pueden ser un medio efectivo y honesto de transmitir una situación?

La única conexión que tengo con la tradición de reportaje es dar con las formas más eficaces de negar, denunciar o destruir sus prejuicios. El reportaje, más allá de pretextos humanistas, siempre transmite valores oscuros e insidiosos. Su supervivencia económica siempre ha dependido de medios lógicos para perpetuar el rendimiento y el provecho de un sistema controlado por la élite para su propio beneficio. Y no hay que olvidar que ninguna fotografía puede pretender mostrar la verdad. Una foto sólo muestra una situación dada bajo una perspectiva concreta, conscientemente o no, abiertamente o no, de manera relevante o no. Los fotógrafos tienen que aceptar que lo único que pueden transmitir son fragmentos de una realidad ficticia, matizada por su propia experiencia del mundo. En este proceso de convertir en ficción una verdad inalcanzable, depende de ellos imponer sus dudas sobre la verdad fotográfica o aceptar ser peones impotentes en el juego mediático.

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En el pasado has hablado de la fotografía como no-arte. ¿Qué opinas de la fotografía como forma artística? ¿Puedes explicar cómo ves tú la fotografía con diferencia al arte?

Yo creo que la fotografía es un lenguaje artístico legítimo, pero me parece que la mayoría de las veces se le saca poco provecho, se infrautiliza. El mundo no está hecho a partir de lo que vemos, si no de lo que hacemos. Los fotógrafos que ignoran eso—y hoy en día, como en el pasado, la mayoría lo hacen]—reducen la fotografía a la capacidad que tiene de registrar la realidad. No se responsabilizan de su posición mientras miran al mundo y terminan asumiendo posturas voyeurs, sociológicas o estéticas. Al contrario que la escritura o la pintura, tienes que enfrentarte a la realidad mientras la fotografías. La única forma decente de hacerlo es sacar lo mejor de tu propia existencia. Desde un punto de vista moral, tienes que inventar tu propia vida, en contra del miedo y la ignorancia, a través de la acción. La inteligencia y la belleza no compensan la pasividad. La única manera de mantener tu dignidad es enfrentarte a la condición humana y el contexto social a través de acciones directas. Es un equilibrio difícil de mantener, el de la creación de situaciones y el desarrollo de una técnica narrativa que sirva para compartir tu propia perspectiva. En algún punto de este proceso, la vida supera al arte, y el arte distorsiona la vida. Asumiendo deliberadamente esta tensión constante, espero vivir sin tener que dar de lado a la lucidez o la experiencia.

¿Crees que tu trabajo tiene mucho en común con el de, digamos, Nan Goldin?

Los pocos fotógrafos que, como Nan Goldin, me influenciaron mientras intentaba acostumbrarme a la historia del medio, han luchado por devolver a la fotografía parte de la crudeza del mundo. Este lenguaje ha sido a menudo reducido a su capacidad de ser neutral. Nan Goldin me enseñó a no cejar, pasara lo que pasase, en la lucha política y existencial por la supervivencia. No me siento cercano a ella por nuestras experiencias similares en comunidades marginales, o por nuestra presunta obsesión con el sexo y las drogas, si no porque ella nunca se rindió. Ella nunca dudó en poner en riesgo su salud o cordura por el bien de su trabajo, y doy gracias por su coraje y tozudez; por serle fiel a su propio dolor, miedo y deseo.

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En ocasiones también has hablado sobre la fotografía como lenguaje. ¿Alguna vez te has sentido atrapado por la forma en que te has comunicado en el pasado, o disfrutas el hecho de ser una voz única?

No estoy seguro de que alguna vez vaya a tener la fuerza para que se me entienda de forma clara y coherente. Llegué tarde a la fotografía, como una forma desesperada de mantenerme con vida, y no tengo la disciplina o la energía para comunicar siempre de la forma que quiero mi entendimiento de las cosas. Mis libros están hechos con poco cuidado y están llenos de fallos, mis imágenes son confusas y mi escritura es imprecisa. Pero éstas son sólo herramientas que aún no he acabado de asimilar dentro de una búsqueda totalmente determinada que no permite ninguna concesión o punto medio. Es difícil ser tan excesivo como lo soy yo en mi trabajo y a la vez completamente eficiente. Cada libro, cada exposición y cada encargo son, simplemente, compromisos que tengo que aceptar. Los errores son mi único camino, pero mi ruta es personal e intransferible.

Una vez Nan dijo que todo el mundo le dice que tu trabajo es muy oscuro, pero ella piensa que parece como si te lo estuvieras pasando muy bien.

Imagino que la realidad nunca es tan oscura como suelo representarla, pero no puedo ignorar los sentimientos que me inundan cuando recorro los horrores del mundo. Mientras tanto, omito en mis fotografías los elementos más dramáticos y sórdidos, las condiciones atroces de las vidas de la mayoría de mis personajes. Intento expresar, de la forma más precisa y arbitraria, la indefinible e insoportable belleza de mantenerse con vida, física, mental y emocionalmente, de aquellos que no tienen nada excepto sus propios cuerpos y los venden para sobrevivir.

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La mayoría de mis estrategias fotográficas están dirigidas a alcanzar los niveles más altos de placer o inconsciencia y, en este sentido, el sexo y las drogas son métodos de trabajo altamente placenteros. Parte de mi nuevo trabajo podría ser fácilmente descrito como una caótica y personalista sociología del éxtasis. Vivo mi vida con gente que utiliza el placer como una forma de imponer su existencia e identidad en un mundo que les niega todos los derechos. Pero el placer no puede separarse del dolor y la alienación. El placer es aún un territorio oscuro para mí y estoy agotado de explorar sus límites. Es sólo una ruta. La satisfacción no es el objetivo final. Quizás lo sea el sentimiento. Estoy enganchado a la adrenalina.

He leído que hablas de “imágenes inocentes”. ¿Tú ves tus fotos como inocentes?

Mis imágenes son inocentes porque son accidentales. He utilizado todos los métodos posibles a mi alcance para eliminar el control. Uso cualquier cosa—alcohol, drogas, rabia, sexo o miedo—para forzar mis propios límites y asegurarme de que la imagen final no es una mera ilustración o una afirmación. Esto no implica que no sea un maníaco a la hora de desarrollar posteriormente la coherencia de mi trabajo. Cada imagen es, hasta cierto punto, independiente de mi voluntad. Cada una es más producto de mi sistema nervioso que de mi cerebro. Y en el mundo en el que vivimos, veo esa clase de inocencia como subversiva en la lucha contemporánea entre las fuerzas obscenas de la abstracción, la moral, la religión y la mecánica del cuerpo. El instinto en contra de la mente, el último bastión de resistencia de aquellos cuya única forma de emanciparse de la privación física es la celebración de orgías.

¿Y estar colocado ayuda activamente a crear esa inocencia?

A través de la tensión creada por la embriaguez narcótica, de esos momentos de alta fragilidad emocional, puedo explorar un sentido de la aniquilación que no podría alcanzar de ninguna otra forma. He dicho que las drogas me permiten no pensar demasiado. Me dan la energía salvaje para romper todas las barreras e ir más allá de límites aceptables. Abren una perspectiva hacia nuevas posibles estrategias. En lo que a mi respecta, estoy hastiado de luchar contra la inhibición a través del consumo de alcohol en exceso. Pero hay una nueva generación de drogas sintéticas que te permiten destruirte y, al mismo tiempo, dañar la eficiencia y la cordura del sistema. Follando y colocándome me reduzco a un estado que es mezcla extraña de carne, vacío y pánico. Un estado de existencia desnudo, la manera más inocente de experimentar el mundo, que es algo esencial antes de intentar entenderlo.

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Yo creo que cuando Nan estaba muy colocada veía y fotografiaba el mundo de forma muy diferente. ¿Crees que tu trabajo está conformado de una forma parecida?

Al igual que Nan, hago lo que puedo para crearme mi propio camino. Como a ella, no me gusta la idea de limitarme a mirar al mundo. Hablo sobre mis experiencias. En ocasiones es aceptable ser espectador, pero consumo drogas porque me hacen actuar y reaccionar de forma distinta. Las drogas no se pueden reducir a una manera mística de abrir la percepción de la realidad. Yo valoro las drogas más duras y las más físicas, las que alteran e intensifican la confrontación con la realidad, no las que te permiten escapar a un estado mental más borroso, cómodo y exótico. Todo se reduce a no ser un consumidor, a asumir los riesgos de tu propio destino. Consumir drogas de la misma manera que consumirías un programa de televisión no ayuda. Las drogas me ayudan a sentir, con mis nervios y mi estómago, dónde está transcurriendo la vida real. Aún no sé qué es la vida real, pero no aguanto más sentirme anestesiado. Intento cada día indagar en las fuerzas salvajes del instinto. En la sociedad moderna, el placer es la única norma. Todo se hace para erradicar cualquier rastro de deseo, rabia, violencia, dolor y miedo y todo tipo de instinto animal. A través de las drogas, a través del exceso, intento recuperar esos niveles esenciales de emoción incontrolada.

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¿Cuál crees que es el propósito de tu obra? ¿Tenías alguna finalidad en mente cuando te propusiste, por ejemplo, trabajar en Camboya?

No estaba buscando ningún tipo de contexto exótico para ninguna perversión específica. Pero tenía la sensación de que era un sitio donde hay pocas barreras y sabía que podría encontrar muchas de esas personas que son víctimas de la violencia social global y encontrar, en su propia desesperación, la fuerza para inventar nueva formas de sobrevivir. En Camboya, esto sucede a través del uso de drogas baratas de nueva generación, de la familia de la metanfetamina. Empecé a sentirme hastiado de la idea de transgresión, pero tiendo a darle una oportunidad a la inmoralidad de la manera que ha sido definida tradicionalmente. La vida es un punto muerto, y tenemos que apañárnoslas como podamos. Pero, debido a mi origen cultural, tengo mis límites. No es que tenga muchos, pero no son flexibles. No quiero concederle demasiada importancia moral. Es sólo una cuestión de deseo e integridad. Estar en el bando de la inocencia siempre ha estado en el corazón de cada uno de mis movimientos. A eso me ciño. No es una ideología. Es una filosofía íntima nacida de la experiencia y del dolor. He sido acusado en internet de muchas cosas por voces anónimas. Son ataques cobardes y malvados. Sé lo que defiendo y no tengo por qué justificarme. No juzgo, sino que reacciono a lo que veo y siento con mis ojos, mi corazón y mi cerebro.

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¿Qué opinas de las críticas que te acusan de explotar a las personas a las que fotografías?

Como para la mayoría de los fotógrafos, para mí es esencial merecer la confianza de la gente a la que me acerco. Pero, a diferencia de ellos, mi ambición es abolir todo tipo de distancia política, emocional o física con aquello que fotografío. Esto sólo puede suceder si muestras respeto, amor y compasión constantemente. Así, mi trabajo no tardó en convertirse en una especie de diario autobiográfico. Esta es mi forma personal de alejarme de los métodos tradicionales de la fotografía documental, los cuales creo que son frustrantes e hipócritas. Hay una parte de cobardía en la postura habitual de la fotografía documental, entre el voyeurismo y la seguridad. Ahí es donde está la explotación. En los últimos años he estado experimentando nuevos métodos de trabajo, abandonando poco a poco mi puesto detrás de la cámara para entrar en la propia imagen, formar parte de ella; ser un personaje de mis propias imágenes. Esa es la única postura legítima. La fotografía es el único lenguaje artístico que ha de elaborarse al mismo tiempo que sucede aquello que se quiere plasmar. Simplemente uso la fotografía de la forma más coherente posible mientras experimento con el mundo de la forma más intensa, intentando ser responsable de mis acciones y reconociendo la existencia y los sentimientos de las personas a las que fotografío.

La historia “Cambodian Ice Triangle” refleja algunos aspectos familiares de tu trabajo: drogas, mujeres y, en ocasiones, imágenes extremadamente perturbadoras. ¿Hasta qué punto tu trabajo es premeditado? ¿O es algo que se va desarrollando?

La única estrategia que puedo elaborar es seguir a la gente en sus excesivas formas de vida. Nunca sé hacia donde voy, pero el uso que hago de la fotografía me permite escapar del apático mundo que nos rodea. Soy el actor de un guión que desarrollo de forma muy consciente.

La autodestrucción puede ser premeditada. Cada vez más, dependo de otra gente para hacer las fotos mientras yo tengo el control, hasta donde me resulta posible, de la luz, la perspectiva, la posición de la cámara, el ángulo del objetivo y la velocidad del obturador. Por supuesto, pierdo un poco de control en este proceso, pero me permite ser algo más que un simple espectador. Mi estrategia personal para convivir con la violencia del mundo no es evitarla sino ir a por ella, y no herir a nadie en el camino, sólo a mi mismo.

Tus imágenes son muy intensas y a veces incomodan al espectador. ¿Reflejan la relación que tienes con algunas de las personas que aparecen en ellas?

La violencia de las comunidades en las que me sumerjo es proporcional a la violencia de la élite política y económica. Cualquier arma sirve. Veo el sexo, las drogas y el crimen como formas legítimas de permanecer con vida cuando se te está tratando como a un ser insignificante. Para compartir tiempo de la forma más auténtica con mis personajes, necesito ir más allá de la empatía o la compasión. No quiero entender a la gente que fotografío. No quiero estar con ellos, sino dentro de ellos. No quiero mirar al dolor, sino sentirlo. La solidaridad ha de empezar en tu propia carne. Las palabras y los pensamientos no sirven de mucho. Sólo ayudan a identificar la naturaleza de la separación entre la otra persona y yo. La experiencia compartida del sexo y las drogas me ayuda a llenar ese vacío. Prostitutas y drogadictos resisten a la opresión económica y a la alienación social con sus propios cuerpos y destinos. La violencia es parte de ese proceso; es parte de ese mundo. La mayoría de la gente que encuentro en las zonas marginales de las ciudades no tuvieron otra elección y se adaptaron a las condiciones que les impusieron.

En mi caso ha sido un proceso más consciente, pero al fin y al cabo compartimos la misma posición en el mundo. Aprendí a aceptar mejor la naturaleza legítima y escandalosa del éxtasis o la violencia. Aprendí a soportar el dolor: físico, emocional y nervioso. Hago todo lo que puedo para asegurarme de que sigo siendo vulnerable. Hago todo lo que puedo para asegurarme de que el miedo nunca supere al deseo, y que el deseo nunca supere a la compasión.

Hace años que no tengo casa. Tengo los mismos hábitos nómadas que he tenido toda mi vida. No veo mi odisea personal como un regreso a alguna clase de hogar mítico. Moverse hacia el vacío, el miedo a lo desconocido y el instinto de supervivencia definen la existencia humana. Yo intento estar a la altura y sobrevivir a mis convicciones, dudas y errores.