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Cultură

Drogas y pollas en el reino de las flores

No recordaba Cortylandia así de pequeña.

Si hay un clásico entre los clásicos navideños en Madrid, casi a la altura de comerse las uvas frente a la tele, desayunar churros con chocolate en año nuevo o las colas en Doña Manolita, es la visita obligada a Cortylandia, uno de los horrores más horteras y míticos que recuerdo desde que tengo uso de razón.

Para los que no se crecieron en Madrid, Cortylandia es una copia descarada del  ‘it’s a small world’ de Disney, que se erecta cada año detrás de uno de los cuatro edificios de El Cortes Inglés que hay en Callao. Cortylandia tiene su propia entrada en la web oficial de fiestas de Madrid, así que entiendo que tiene un encanto especial para los madrileños. Para mí, como para muchos otros, el Cortylandia ejerce un magnetismo curioso.

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De pequeña me llevaban mis padres, de adolescente iba a fumar porros y a emborracharme con mis amigos ante la mirada asesina de las madres, y ahora… Ahora voy por puro reflejo pavloviano. Este año mi visita ha sido reveladora. Quizás por el hecho de ir sobria y ser de día, me di cuenta que lo que se presenta como un espectáculo para niños es, en realidad, una oda al vicio y a las ideologías rancias en un contexto freak y decadente. ¿Empezamos?

La temática de este año, era  el “Reino de las flores”. Cómo nos gusta un buen rey con su corona y todo, éste no cazará elefantes en Bostwana, pero seguro que tiene alguna amante tulipana holandesa.

Y hablando de la flora holandesa, aunque Cortylandia siempre ha tendido hacia lo lisérgico, nunca había sido tan obvia la influencia de las drogas. Seguro que los representantes de El Corte Inglés dirían que estaban pensado en la  escena del jardín de Alicia en el país de las maravillas. Sí, tíos, claro.

Aquí el DJ.

Un feliz asistente tomándose un cubata.

Aquí un adorno de una de las columnas que sostienen el decorado. Una flor con cristalitos.

Vale, este apretón de mandíbula y estos ojos explican lo de antes.

Espera… ¡Bob tomó de lo mismo!

Quizás esto pase de forma desapercibida a los ojos inocentes de los niños, pero conste decir que este Melchor estaba vendiendo globos y mecheros. Solo faltaba que hiciera mejor tiempo y un par de crusties de fondo, y el panorama hubiera sido igual al del tercer día en el Dragón.

Me diréis que soy una exagerada, pero….

Avisados estáis.