Tres noches buscando los tablaos flamencos más auténticos de Sevilla
Una actuación en Los Corralones. Fotografías por el autor
Cultură

Tres noches buscando los tablaos flamencos más auténticos de Sevilla

Aunque ya no son los centros de jarana y alboroto que eran en los 70 por culpa de las restricciones, siguen vivos y en bastante buena forma.
22.9.16

"Hola, soy Marco, de Cádiz, y llevo ocho años en Sevilla sin haber pisado jamás un tablao flamenco". Como si de una confesión al más puro estilo Alcohólicos Anónimos se tratara, empecé este reportaje que me llevó por varios de los tablaos más pintorescos de la capital sevillana, los cuales se muestran desde hace décadas como visita obligada para amantes y no amantes del flamenco.

Imagino que por eso decidí ponerme en marcha, con la mente puesta en el mito de sitios llenos de encanto y arte en los que copita de fino por aquí y de mosto por allá, se llegaban a noches de juergas interminables amenizadas por chascarrillos, coplas flamencas y, por qué no, alguna canita al aire.

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Uno de los pasos obligados es La Carbonería, una especie de antiguo caserón-tablao donde se agolpan en la entrada guiris más fetichistas, con verdadera curiosidad por el flamenco; y de los otros, de los que cada verano adornan nuestros paseos marítimos con lo más profundo de sus estómagos y que llevados por las numerosas guías de internet se agolpan en cualquier sitio donde el alcohol sea abundante y no muy caro.

Verles allí, junto con los señores de sesentaytantos del barrio que van a tomar el mostito todos los días, más algunas familias gitanas que acompañan a los cantaores, da como resultado una Torre de Babel posmoderna de lo más fotografiable.

Hablo un rato con Piscu, dueño del local y profesor de Literatura, que allí, más que un profesor parece un bohemio del París de los años 20. Piscu tiene cincuentaypocos, no es muy alto, lleva gafas de intelectual y está rodeado de jóvenes aficionados al flamenco con cierto aire de ser sus esbirros. Con una pronunciación vallisoletana perfecta pese a ser sevillano, puedo ver enseguida que es una biblioteca andante del flamenco. Y entre historias y tecnicismos se queja de que esos tablaos y tabernas donde se daba el cante improvisado y las jaranas hasta el amanecer están desapareciendo porque "el ayuntamiento nos quiere tener a todos en la cama a las 12 de la noche".

Ese ayuntamiento, de momento, no ha podido meter en la cama antes de las 12 a Don Enrique. Un fijo del lugar que, con unos sesenta y tres años, pelo cano -con un poco de melenita por detrás como declaración de intenciones- y camisa de jornalero andaluz del campo, se arranca por bulerías en cuanto acaban los espectáculos principales.

Don Enrique y un botellín de Cruzcampo son inseparables y se viene arriba cuando le digo que quiero saber cosas; del lugar, de él, de los tablaos. Me pide fervientemente que le pregunte lo que quiera a la vez que da las palmas para unos chavales que empiezan a tocar a su lado.

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Me cuenta que se gana la vida vendiendo incienso en su quiosco, aunque de vez en cuando le sale algo cantando en un cortijo y que ha dejado "citas con mujeres de bandera por ir al cante". Recuerda que las grandes juergas con cante y baile se daban en la intimidad, cuando se quedaban diez o doce aficionados y amigos cerrando un tablao —entre los que solía haber cantaores famosos— y que, a su ver, el problema de sitios como La Carbonería son los vecinos, que ahora se quejan por todo.

A pesar del toque nostálgico y un tanto dejado del lugar, no parece haber rastro de aquellas épocas setenteras donde cante flamenco y tablao eran sinónimos de fiesta casi sin límites. De hecho, uno lleva tan presente la leyenda sobre esos lugares, que roza la decepción cuando entra al baño y lo ve limpio de cualquier sustancia ilegal o personajes sospechosos.

La noche acaba en un bar no muy lejos, La Jara, también en el casco antiguo de Sevilla, a la que voy dando un paseo con Sara, una joven cantaora gaditana y varios profesionales del flamenco que, llegados desde distintos puntos de la provincia de Sevilla, ahora trabajan en la capital y se ganan la vida con el cante o la guitarra de forma legal o, como ellos dicen "con mi nómina y todo". Allí coinciden con otros aficionados y profesionales, es un punto asiduo de reunión. Todos se conocen, todos están de buen rollo y todos hablan de flamenco y batallitas mientras yo siento que me quedo fuera.

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A la siguiente noche cambio de barrio y me voy a Triana a la Casa Anselma que, como podéis imaginar, es la dueña y protagonista absoluta del lugar.

Casa Anselma cumple con todos los clichés que puedan abastecer a un buen turista llegado desde Tordesillas o cualquier otro lugar de España y que porte en su muñeca una pulsera con los colores rojigualdas.

Cabezas de toro disecadas en la pared, imágenes de Cristos y Vírgenes y cierto olor a garrafón. Todo tan kitsch que podría haberlo diseñado el mismísimo Jeff Koons. Tan pronto estaba escuchando flamenco como de repente cambiaban a sevillanas, con lo que conseguían trasladarte desde El Corral de la Pacheca hasta la Feria de Sevilla o El Rocío en cuestión de segundos. Con todo el toque nocivo que ello conlleva. Y si no me creéis, probad a estar escuchando La Leyenda del Tiempo de Camarón y cambiad de repente a Cantores de Híspalis.

Anselma es una señora al borde de la edad de jubilación; aparece vestida de negro y lo mismo te pone un gin tonic, que te canta un fandanguillo o te cuenta un chiste.

En menor número, el local también acoge a guiris y españoles de fuera de Sevilla llenos de curiosidad.

Hablo un rato con Evelyn, una joven belga que tras un año de Erasmus en Barcelona se defiende en un español más que decente. Me cuenta que ha llegado hasta allí con una amiga, huyendo de lugares más comunes. En esa huida fueron cazadas por dos sevillanitos de pro que, con la promesa de acompañarlas a lugares auténticos de la capital andaluza, las llevaron a Casa Anselma. Y a tenor de las miradas de ellos y las copas a las que las invitaron, juraría que no era al único sitio al que deseaban llevarlas.

Poco después, cuando me presento y le digo a Anselma qué hago allí, me saca a la acera y se marca un speech sobre lo malvados que somos los periodistas y dejándome claro que no intente manipular sus palabras, sin que aún hubiese empezado a preguntarle. Era el alegato antiprensa con el que sueña más de un político español. Lo justificó diciendo que ya se ha visto envuelta en más de un lío por culpa de la prensa local.

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El discurso de Anselma va pasando de la protesta a lo egocéntrico, intentando hacerme ver que ella no tiene la culpa de que los propietarios de otros lugares flamencos la califiquen de diva.

En ese momento entra y empieza a reclamar la atención de un público cada vez más menguante, pidiéndoles que se queden porque ahora viene la actuación de ella. Y ahí me doy cuenta de que Anselma tiene potencial para llenar horas y horas de programas de Tele5 y rezo para que los ojeadores de Sálvame, tan ávidos siempre en Sevilla, no la descubran. O sí, no lo sé.

Empieza a cantar, y entre copla y copla se marca pequeños monólogos, la mayoría de las veces con chanzas inocentes sobre las distintas nacionalidades de los allí presentes. Se enfada cuando el público no la acompaña a las palmas y al reaccionar este se vuelve a sentir cómoda, sabe que juega en casa y lleva ya muchos partidos en sus espaldas.

Mientras dura el show de Anselma, yo entablo conversación con una joven pareja: él, un valenciano calvo y no muy alto; ella, una argentina que vivía en Málaga simpática y atractiva. El cóctel da como resultado un auténtico clásico: en cuanto él se pasa unos minutos hablando conmigo sobre qué hacían allí y porqué les gustaba el sitio, un italiano aprovecha para levantarse, obviar a Anselma y su espectáculo y presentarse a ella con un lenguaje corporal tan explícito que hizo que mi interlocutor valenciano tuviese que cortar nuestra conversación para espetarle al transalpino que llevaban un año casados.

Todo ello dio como resultado que el valenciano se pusiera a bailar sin muchas ganas con su pareja argentina, algo a lo que no se había sentido obligado en toda la noche.

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A todo esto Anselma sigue con su espectáculo de refritos, compuesto por clásicos de la música española con un toque flamenco y que pasa de una de Perales al "A mi manera" sin el más mínimo rubor. Cuando anuncia que va a cantar algo para los jóvenes, se marca una versión flamenca de 'La Gozadera' seguida de otra del 'Bailando' de Enrique Iglesias y yo me doy cuenta de que soy un auténtico profesional porque he aguantado ambas sin huir de allí despavorido.

Aquello ya es más una reunión de conocidos con unas copas de más que un bar de flamenco y se confirma cuando los asistentes, todos; incluidos portugueses, alemanes, italianos… cantan —o mueven los labios— una Salve Rociera a un altar con una Virgen del Rocío acompañada de velas que cuelga de la pared.

Como la experiencia fue de lo más grotesca, decidí esta vez volver a un sitio de flamenco puro, donde lo de menos es el envolvente y al que acuden para empaparse jóvenes aficionados y estudiantes de este arte. Hablo de los Corralones de la calle Castellar. Se trata de una antigua corrala de vecinos que hace años se hizo tan popular que se vio inmersa en juergas abarrotadas hasta el amanecer, todo de forma ilegal. Quien allí tenía un local; recogía unas neveras viejas, unas cervezas y hacía negocio. Por en medio, cantaores aficionados amenizaban las madrugadas por los distintos locales.

El ayuntamiento y la policía acabaron con aquello, al menos con lo más excesivo de aquello, porque aún sobreviven algunos locales que, aunque sin licencia para dar espectáculos, están constituidos como peña flamenca. "Al llevar cierto control del ruido y de la gente que puede entrar, aún no teniendo licencia de actuaciones, la policía viene y da el visto bueno", me cuenta el Presidente de la Peña Flamenca Niño de la Alfalfa, que son quienes allí organizan su espectáculo y de los pocos supervivientes del corralón.

El local es pequeño, no cabe un alfiler y el calor es tan insoportable que hasta podría haberme bebido con gusto una Cruzcampo, pero la barra me cogía en el lado opuesto y pasar entre tanta gente era una aventura para la que no me sentía preparado cargando con el bloc de notas, la cámara, unos vaqueros de pitillo y sin alcohol en el cuerpo.

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El espectáculo era realmente bueno, no hacía falta ser un experto para apreciarlo. Tanto la cantaora, Guadalupe Torres; como el bailaor, Marcos Flores, dan la sensación de ganarse la vida con esto. El otro cantaor, Jesús Flores, fue uno de con quienes acabé aquella noche que desde La Carbonería nos fuimos a otro bar. También vuelvo a encontrarme allí a Sara, la joven cantaora gaditana, acompañada de amigos y entiendo que, para todos ellos, esos tres o cuatro rincones son un lugar fijo de encuentro.

El ambiente es tan bueno como el recinto auténtico, tanto que maldices esos ocho años deambulando por calles cercanas sin haberle dado la menor oportunidad a ese sitio y a esa gente.

A esa gente y a Jesús, el cantaor, les oigo hablar de Lola Cazerola, un local en Triana con terraza hacia el Guadalquivir, favorito de muchos artistas y aficionados al flamenco para acabar las noches que no quieren que acaben.

Hasta allí me voy y me vuelvo a encontrar un Casa Anselma más digno estéticamente y más grande. Hay gente de todas las edades.

Se unen cantes más flamencos con sevillanas. Compruebo que Triana tiene un ambiente más rociero y menos purista que los locales del centro y también que la versión 'aflamencada' del 'Bailando' de Enrique Iglesias es todo un hit en el barrio porque lo vuelve a entonar medio bar al compás de una guitarra española.

También como en Casa Anselma, me invitan a una copa y el lugar es una fiesta, anárquica, donde cualquiera puede lanzarse a bailar y a cantar al son de los dos chavales que allí tocan y cantan.

Me acerco a preguntarle sobre el sitio a una pareja de mediana edad. Me contestan amablemente a todo desmitificándomelo, diciendo que allí acude todo tipo de gente. Y puede que tengan razón, pero aquella noche yo al menos sólo veía uno.

Se hace tarde y el lugar cada vez está más lleno de lo mismo: camisas lisas bien remetidas por los pantalones, patillas anchas y olor a Baron Dandy. Da la sensación de que para ellos está empezando la noche y son casi las 4. Para mí ya ha sido suficiente.

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