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Cultură

Confesiones de gente que se masturba en el trabajo

En el trabajo se masturba más gente de la que piensas. ¿Cómo lo hacen?
19.1.16

Imagen vía el usuario de Flickr simpleinsomnia

En este mismo instante existe una cabina pública de masturbación en la Cuidad de Nueva York. Se llama GuyFi, y contiene un ordenador portátil y una mesa, ocultos tras una cortina. Una empresa de juguetes sexuales la instaló a modo de idea publicitaria, lo que, por supuesto, parece el tipo de cosa que una empresa de juguetes sexuales iba a acabar haciendo. Pero lo que más me fascinó fue que en sus comunicados de prensa sobre la falsa cabina de masturbación, la compañía declaró que el 40 % de los hombres de Nueva York se masturbaban en el trabajo.

Ver aquella cifra me dejó perplejo. Hasta aquel preciso momento, nunca se me había ocurrido pensar que la gente se la pelaba durante las horas de trabajo, y muchísimo menos se me había ocurrido hacerlo yo. Llamadme prudente, pero jamás se me había ocurrido pensar en el lugar de trabajo como un lugar donde podías "hacer eso" sin ninguna consecuencia.

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De modo que, como cualquier periodista que se precie, pedí a internet que me proporcionara historias de meneos de churro y refrotes de pepitilla en la oficina, esperando más bien no recibir respuesta alguna; pero en lugar de eso, como unas 30 o 40 personas se ofrecieron a contarme sus historias sobre cómo añadieron un poco de masilla a las baldosas del baño de empleados.

Parece que, en su mayor parte, quienes se habían masturbado en el trabajo no lo veían como una cosa tan extraña. Una mujer me contó que veía justificados sus hábitos de masturbación en la oficina después de ver a Matthew McCaughnahey interpretando a un corredor de bolsa en The Wolf of Wall Street, donde afirmaba que se masturbaba todos los días después del almuerzo.

"Lo hago constantemente", me dijo Javi*, un veinteañero que trabaja en una oficina. "Siempre lo he empleado como método para relajarme y aliviar el estrés ocasionalmente en mitad de la jornada laboral".

Y otros se hacían eco del sentimiento de Javi. Alguien a quien llamaremos Santi* me dijo, "cuando trabajaba de 9 a 5 en un bufete de abogados, buscaba cualquier excusa para escaparme al baño y tomarme un descanso de 15 minutos. Meneármela era una forma fantástica de pasar esos 15 minutos y, en ocasiones, acababa siendo el momento más destacado de mi día".

Un tío al que llamaremos Carlos* me contó que se masturbaba en el baño de la empresa donde trabajaba con contrato temporal para alejar el aburrimiento. "Acababa [mi trabajo] horas antes de lo que pensaba mi supervisor que tardaría, así que esperaba por ahí hasta que se les ocurría alguna otra tarea para mí. Lo veía como una especie de descanso para el almuerzo o para fumar".

Los motivos de la gente para masturbarse en sus lugares de trabajo abarcaban desde lo práctico —como una cura desesperada para la resaca, como un alivio para el estrés o como forma de salir de la rutina — hasta lo erótico, ya que algunas personas me dijeron que les ponía cachondos romper con el tabú de la sexualidad en el trabajo. Para un tipo al que llamaremos Eduardo*, era ambas cosas. "Creo que soy más productivo después de correrme, o al menos me distraigo menos", me dijo. Y añadió: "en realidad lo encuentro bastante sexual, pero quizá sea porque siempre me ha dado la impresión de que los lavabos de caballeros eran lugares cargados de erotismo. El miedo a que te pillen también aporta mucha excitación".

Pedro*, que con frecuencia le daba al manubrio mientras trabajaba en un Body Shop, hacía que pareciera como si el miedo a que le pillaran durante una paja le convirtiera en una especie de Bear Grylls, el protagonista de El último superviviente. "En mitad de la faena, los sentidos se agudizan. Puedes oír con tanta claridad que sabes cuándo se empieza a abrir una puerta. Tu visión es de lo más nítido. Es como si estuvieras tan alerta como cachondo".

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Mucha gente me contó que creían que esa actividad debería dejar de ser estigmatizada. "No creo que hacerte una paja sea mejor ni peor que cagar", me explicó un chaval al que llamaremos Toni*, que se masturbó en los numerosos trabajos que tuvo durante el instituto. "Incluso podría decirse que es mejor, porque no huele". Toni me explicó que se había masturbado mientras llevaba el marcador en un partido de softbol, mientras se suponía que debía vigilar una pista de hielo al aire libre y una vez durante un turno trabajando en Taco Bell.

"Estoy seguro de que los adolescentes se la menean en el trabajo constantemente", afirmó un hombre al que llamaremos Juan*. "Y sobre todo estoy seguro porque yo mismo lo hice". Juan trabajaba como ayudante de camarero en un club náutico y se enzarzaba en lo que él denominaba "entre tres y cinco minutos de intensa masturbación deliberada" mientras iba a buscar servilletas al almacén. "No es que intentara sabotear la comida de nadie", me explicó, "pero si lo pienso ahora, no estoy seguro de que me lavara las manos después".

Sin embargo, una mujer a la que llamaremos Ana* y que se masturbaba en su oficina como "acto de rebelión", me advirtió que quienes lo hacen para soportar su trabajo en silencio o para aliviar el aburrimiento quizá deberían pensarlo dos veces antes de entablar un combate mano-glande en el trabajo. "No por ética, ni por comportarse como es debido, ni nada de eso", me aclaró, "sino porque masturbarte no es algo que quieras hacer a toda prisa en el lugar al que odias ir todos los días".

Timothy Faust, colaborador de VICE y director general de lucha libre independiente en Austin, Texas, oyó que iba a escribir sobre la masturbación en el lugar de trabajo y me envió un email diciendo que semejante acto podría "sexualizar un espacio compartido de un modo que los demás podrían no apreciar". Me explicó que "meneársela en el lugar de trabajo quebranta un contrato social tácito: que el lavabo es todo tuyo para verter ahí todas tus penas. En la era de los planes de 'oficinas abiertas', los lavabos son el único lugar auténticamente privado. Se trata de un sitio muy importante".

Quizá la masturbación en el lugar de trabajo debería tratarse menos como un tabú y más como una actividad beneficiosa que la gente realiza de vez en cuando. "No estoy seguro de si se lo oí decir a un presentador de la MSNBC o si estoy parafraseando a Jack Bauer en la última temporada de 24 en respuesta a si se debería permitir que los agentes de inteligencia practiquen la tortura para proteger el país", me dijo un tipo al que llamaremos Marcos*, "pero voy a hacer lo que haga falta para conseguir llegar al final de mi jornada laboral sin volverme loco, aunque eso no signifique que lo que haga no sea desagradable que te cagas".

Nota: *los nombres no son reales.

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