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Cultura

Por qué deberíamos dejar de tirar petardos en Nochevieja

Superemos ya esta tradición tan garrula, por favor.

por Dani Cabezas
31 Diciembre 2015, 4:00am

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Ecuador de las fiestas navideñas. El centro de la ciudad se llena de hordas de consumidores compulsivos haciendo cola en las tiendas de ropa barata para, de cara a los Reyes Magos, hacerse con alguna ganga confeccionada en condiciones miserables por gente cuyos derechos nos la traen floja. Los anuncios de colonias muestran a jóvenes con tanto pis en la cabeza como olorosa fragancia en la piel. Y aún resuena en tu cabeza la brasa que te dio tu primo el pijofacha en la cena de Nochebuena, en la que no paró de decir que Podemos quiere convertir España en una república bolivariana. Todo va según el guión.

Pero lo peor de las fiestas, al menos para muchos, está aún por llegar. Se acerca el Fin de Año y, con él, el particular agosto de los fabricantes, vendedores y amantes de los petardos. Da igual que esté prohibida su venta y su uso en ciudades como Madrid, donde vivo, tal y como recoge la ordenanza municipal. Da igual que todo el mundo coincida en que son peligrosos. El hecho es que, por alguna razón que desconozco, aún hay gente que encuentra extremadamente divertido colocar estos pequeños artefactos en la vía pública, prender la mecha y alejarse unos metros para, tras la explosión, soltar una risotada de excitación nerviosa. Digámoslo alto y claro: a menos que tengas 10 años o seas un auténtico soplapollas, tirar petardos no tiene ninguna gracia.

"Llevo tres semanas sin poder soltar a los perros", explica María. "El barrio se ha llenado de carteles con fotos de perros perdidos, que han salido huyendo despavoridos tras escuchar un petardo". Sólo hace falta una mínima dosis de empatía para ser consciente de que un petardo genera auténtico terror en un perro: su capacidad auditiva quintuplica a la nuestra, por lo que uno de estos artefactos les vuela literalmente la cabeza. Las taquicardias, los temblores, la ansiedad, las nauseas y la desorientación son las respuestas más frecuentes. "Tengo cuatro perras, y tres de ellas sufren durante todas las Navidades", cuenta Laura. "Una no quiere ni salir a la calle desde que se hace de noche. Puede estar más de doce horas sin hacer pis, y si escucha un petardo echa a correr hacia casa. Las otras dos tiemblan como hojas". En Vitoria, por ejemplo, han decidido este año limitar el lanzamiento de petardos a un cuarto de hora. Solo quince minutos para festejar el Año Nuevo, con el objetivo de proteger a las mascotas.

"Mamá, he perdido un ojo"

Más allá del coñazo que viven estos días los perros y sus dueños está la infinidad de ocasiones en los que, manejando petardos, alguien sale herido. Y habitualmente suelen ser los niños.

"Mi vecino tenía siete años cuando un petardo le explotó en el ojo", me cuenta mi amigo Santiago. "Tuvieron que ponerle uno de cristal para el resto de su vida". Y es que a mediados de los 80 conseguir petardos era muy -pero que muy- sencillo. En mi barrio los vendía el dueño de una tienda de ultramarinos que, aun a sabiendas de estar haciendo algo dudosamente ético, no tenía reparos en despacharlos a micos que apenas acababan de aprender a leer. Lobitos, chinos, cobras, correpiés... Todo un muestrario de sugerentes nombres que te permitían imaginar el cristo que eran capaces de montar por apenas un par de duros la unidad.

Además de animales y menores insensatos, hay otros colectivos especialmente vulnerables a este tipo de diversión tan típicamente navideña. Los niños autistas los sufren especialmente, y algunas asociaciones de padres piden encarecidamente, año tras año, que no se use pirotecnia. "Cualquier modificación del ambiente rutinario afecta enormemente a algunos niños del espectro autista", explica Montse Giménez, psicóloga y profesora de deficiencia mental y auditiva en la Universidad Cardenal Cisneros de Alcalá de Henares. "Entre esas alteraciones, la sobreestimulación sonora es una de las que genera mayor malestar", apunta.

Esta Nochevieja, emborráchate. Si puedes folla como un conejo. Ponte un gorro de papá Noel o una peluca ridícula. Cómete las uvas en los cuartos y haz circular whatsapps con deseos hipócritas. Haz lo que quieras, pero no tires petardos. Yo, y muchos como yo, te estaremos eternamente agradecidos.

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