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Los ladrones de tumbas saquean los cementerios de Madrid

Los robos de objetos funerarios son una realidad diaria en La Almudena y Carabanchel, los dos grandes cementerios de la ciudad. Los ladrones solo tienen que esquivar a un vigilante por turno.
20.10.14

Se acerca el Día de los Santos (y el de los Muertos) y las familias de centenares de miles de madrileños se preparan para honrar su visita anual a la tumba de sus antepasados. Hoy es domingo, el día fuerte: nietos que abrazan a abuelas sentadas junto a su difunto y primos que se ven por primera vez en el entierro de su tío. Caminantes solitarios. Coches que van o vuelven de deambular entre las callejuelas que separan las islas de lápidas y nichos. Lo de siempre: flores, tarros para el agua, recuerdos personales y paseos para encontrar al muerto.

Hasta que llega la sorpresa: "Mucha gente se encuentra con que las tumbas han sido saqueadas y faltan tornillos, abrazaderas, letras y hasta crucifijos enteros, la mayoría de latón. Cuando encuentran a los vigilantes, están indignados". Habla Fernando González, el portavoz de los vigilantes de seguridad del sindicato USO, al que pertenece el personal de seguridad que patrulla ambos camposantos en coche apoyado por cámaras de vigilancia. Aunque bueno, lo del 'personal' es todo un eufemismo: exactamente, en los dos cementerios más grandes de Madrid, La Almudena (cerca de un millón de metros cuadrados) y el Cementerio Sur de Carabanchel (unas 85 hectáreas), solo patrulla un vigilante. Uno por turno.

"Un compañero de día y otro de noche", explica González. Dos ojos ("sin olvidar las cámaras de seguridad", que funcionan 24 horas según fuentes de la Empresa Mixta de Servicios Funerarios (EMSV), que opera los 13  cementerios de Madrid; aunque no vemos ninguna en nuestro paseo) para vigilar un millón de metros cuadrados. Vamos, que los ladrones de tumbas no deben sentirse muy intimidados a la hora de saltar la tapia -la misma en la que hace ocho décadas los republicanos fusilaban nacionales- o "simplemente entrar por la puerta principal y esperar a que el vigilante está haciendo la ronda por otro sector", matiza el portavoz de los vigilantes.

El sindicato USO ya denunció en 2012 el "peligro potencial" derivado los recortes y la imposibilidad de realizar su labor correctamente. Poco más de un año después, en enero de 2014, la Policía detuvo a un matrimonio que pulía cobre y latón y robaba cruces de bronce y letras a mansalva. Pero la cosa no acabó ahí: ni la operación policial Santo ni la labor de las comisarías de Ventas y Carabanchel, ni tampoco la ridícula acción disuasoria del personal de seguridad -lo de David y Goliat es un juego de niños al lado de su curro- han logrado frenar a estos ladrones de guante negro.

"La coordinación con la Policía es muy buena, el problema es -según González- el tiempo que transcurre entre el hurto y el momento en el que alguien se da cuenta". Pueden pasar meses. Fernando recuerda que en 2012, cuando "se produjo la merma de los compañeros", la rebaja de efectivos "rozó el 50%", y que hoy se sienten impotentes: "Si no vemos a alguien cometiendo el delito in situ, o tenemos una reclamación en el momento porque alguien lo ha presenciado, es imposible". ¿Y las cámaras? "Son muy importantes a nivel de disuasión, pero en este tipo de servicios lo que funciona es la presencia humana, porque la videovigilancia deja huecos que aprovechan los ladrones. Además, una cámara no puede perseguir a los ladrones. Hay que entender que en La Almudena, por ejemplo, no entran solo personas o familias andando o en coche, es que vienen autobuses enteros".

Al lado de los mausoleos en miniatura de los ricos, impolutos y sin un arañazo, las lápidas de la gente normal cada vez tienen menos ornamentos. Y no es que el minimal esté causando furor entre los muertos, es que hay tumbas en las que ya no se puede leer ni el nombre de los familiares. Y lo peor es que esa gente anónima ya no puede -ni quiere- reponer el material robado. María Josefa Aguilar es un ejemplo. Tiene 60 años y viene a visitar a su marido "cada semana desde que murió hace ocho meses".

Hoy está limpiando la tumba -"mis padres también están enterrados aquí"- y renovando las flores: "Mira, te digo mi nombre si esto va a salir en prensa, porque es una vergüenza y hay que seguir denunciándolo: nos robaron el crucifijo en febrero y lo denunciamos, pero no nos han dicho nada y como no es la primera vez, ya no esperamos nada. ¿O qué piensan? ¿Que lo voy a pagar yo? No pienso hacerlo porque además es un dinero que no tengo".

Desde comienzos de año los robos en La Almudena y el Cementerio Sur no han dejado de crecer. Grifos, pequeñas estatuas -incluso partes de alguna grande-, el cable del tendido eléctrico, letras de las lápidas, tornillos y botones de bronces, abrazaderas, cruces de latón… Los que saben de esto, como Fernando González, advierten que el Día de los Santos "las cifras siempre aumentan, las de visitantes y las de denuncias".

Aunque la cosa va por barrios. O mejor dicho, por 'cuarteles', como se denominan las manzanas de los camposantos. Si en La Almudena, más grande, más transitada, más pija- hay que fijarse bien para ver los restos de las piezas sustraídas (sombras y agujeros y óxido de letras que ya no están), el Cementerio Sur de Carabanchel es una barra libre para los ladrones de tumbas, que en algunos rincones, especialmente los más alejados de la entrada, han arrasado con todas las existencias.