Cultura

Probamos las comidas low-cost más asquerosas de Madrid

Hacemos la ruta de los turistas extranjeros, entre bares de tapas, raciones y bocadillos que ellos se piensan que es lo que se come aquí. Tenemos ardor de estómago para un buen tiempo.
21 Julio 2016, 3:00am
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En Madrid se come bien. Tampoco esta confirmado ese dicho (ese saber popular) que dice que se come el mejor pescado de este país, mejor que el de cualquier lonja gallega. No hay que pasarse. Pero sí, se come bien. Y no hace falta gastarse mucho dinero.

Están esos famosos menús del día (entre 10 y 12 euros), que incluyen bebida, postre y pan, con la opción alternativa del café por un euro más. Están los restaurantes de comidas del mundo, más arriba los que coleccionan estrellas Michelín y, por debajo, los clásicos de barrio, con sus raciones cuidadas y su atención personalizada (de Vallecas a Carabanchel, hay muchos donde elegir).

Entre toda esta oferta gastronómica se encuentra una clase social culinaria, digamos clase media, que brilla especialmente en los meses de verano: los bares para turistas. Esos que ofrecen delicias sobre platos o sepultadas entre dos trozos de barra (llamarlo pan sería una ofensa para el oficio) a precios populares. Uno se encuentra cara a cara frente a la ganga —cerveza y bocadillo menos de tres euros— y no tiene más remedio que caer rendido ante los cantos de sirena, ante la promesa de la tierra prometida del manjar, ante la posibilidad de tocar las puertas del paraíso culinario con los dedos de una mano e intentar quitarse después el desagradable sabor de la boca con la otra.

Hemos decidido hacer una ruta, siguiendo los pasos de los intrépidos guiris que se apostan en las barras de bares que suelen llevar Museo en el nombre y Jamón o España en sus apellidos.

Aunque hay otros: aquellos que rinden homenaje a regiones, los que combinan el nombre de sus fundadores con una "y" con conjunción entre medias o, incluso, que toman como referencia a grandes mitos de la Historia de la Literatura.

Los nombres no importan, lo importante es que todos se encuentran situados en un radio de un kilómetro alrededor de la Puerta del Sol. Una vez en territorio turista y con una buena ración de Almax en nuestro bolsillo, empezamos.

DESAYUNO:

Frente a la corriente que apuesta por abrazar la dieta mediterránea (ya se sabe, aceite de oliva, pan y tomate triturado con sal) existe la opción que reivindica la tradición. La tradición más grasienta, se entiende.

En esta categoría asoman sus bracitos los croissant industriales, a la plancha y con dosis extra de mantequilla; el cabello de ángel de las no menos míticas bayonesas; o el chocolate apelmazado de las napolitanas.

Pero, por encima de todos ellos, se encuentran en los más alto del podio los churros y las porras. Siempre duros, siempre fríos, siempre fieles a la tradición de absorber con su textura imposible cualquier rastro de café con leche que quede dentro de la taza. Hemos decidido subirlas a la oficina y empezar la mañana tecleando con los dedos bien llenos de grasa.

RE-DESAYUNO:

Una tradición muy madrileña. Consiste en escuchar el rugido de las tripas, mirar el reloj, ver que quedan aun dos horas para comer y decidir que es momento de repostar. Quizá mejor salado, para contrarrestar los excesos de dulce del desayuno.

De bar en bar, hemos encontrado manjares suculentos, auténticos ejercicios de virtuosismo en la cocina que hacen que el 'triste' —aunque siempre eficaz— sandwich mixto se vea como una reliquia del pasado.

De todas ellas, nos hemos quedado con el asombroso croissant —obviamente reciclado de la ronda de desayunos del día anterior— relleno de jamón serrano y queso. A destacar la firmeza del embutido, casi dureza; el color especial del queso, por llevar fuera del frigorífico demasiado tiempo; y, sobre todo, la textura del bollo, un verdadero desafío a la hora de tragar cada bocado. Muy seco. Más que el cava brut.

APERITIVO:

Se practica minutos antes de sentarse a la mesa, es un ejercicio de gula, porque si ya vas a comer para qué quieres tomarte esa cañita (pronúnciese con deje madrileño) con una tapa. Pues porque sí, porque hay que hacerlo. No es por sed, ni siquiera, es que si uno está frente a la barra del bar, esperando a que le den turno en la mesa, algo habrá que hacer, ¿no?

Habitualmente, si esperas que la tapa sea gratis no se puede elegir y si tienes los cojones de insinuarle al camarero que si te lo puede cambiar, éste te puede fulminar con la mirada. Puedes usar el viejo truco de decir que eres vegetariano, cuela y te pondrán un poco de ensalada con bocas de mar. Nosotros no lo hicimos y tuvimos que hacer frente a chorizo picante 'arrimado' a un puñado de patatas fritas rancias.

El resultado de esta audaz combinación es satisfactorio, pero solo recomendable para estómagos forrados de acero.

COMIDA:

Vamos a gastar pocas palabras hablando de nuestro plato principal del día, la imagen habla por sí sola. Estaba sabrosa, demasiado sabrosa, y decidimos compartirla con un valenciano, residente desde hace años en la capital y buen gourmet, para ver la cara que ponía ante la presencia de guisantes navegando entre el arroz y el colorante.

Podía haber sido peor, podía haber llevado aceitunas. Al fin y al cabo, la paella, sobre todo la madrileña, acepta todo. Lo peor: su digestión. Es como llevar un ladrillo en el estómago durante un par de horas. La regamos con unas buenas cañas, como para disimular el mal trago.

MERIENDA:

¿Un chocolate bien caliente? Ejem, pues no. Un poco de sangría con una tapa, eso sí que sí. Es lo mejor para recorrer ese camino que lleva desde la comida a la cena, y que se puede hacer largo, muy largo, sin nada en el estómago.

Esa mezcla de vino malo, gaseosa, refresco de limón y de cualquier licor que haya a mano y del que se puede exprimir un culín para darle algo de gracia nunca falla. Es una mezcla de todo y de nada, pero muy fresquita y con bien de grados, ahí está la gracia de este bebercio y lo que pone tanto a los guiris. Como la gente los bares lo sabe, la cobra a 2 euros, frente a los 0,90 de la triste caña. Ahora llega la tapa, a nosotros nos clavaron -no cabe aquí otro verbo- una triste pareja de empanadillas, solitarias, frías, rellenas de aire y atún...

Bueno, marinaban bien con la sangría. Mientras, de fondo, nos miraban amenazantes un ejército de salchichas. Esto también podía haber sido peor.

CENA:

Bocata de calamares, porque estamos en Madrid, porque la publicidad nos lo mete por los ojos y por meter algo de pescado en nuestra dieta. Nos merecen mucho respeto, aunque solo sea por superar la prueba de no morir ahogados (los calamares, decimos) en las turbulentas aguas del aceite de una freidora industrial.

Los de la Plaza Mayor tienen un pase, y como sabíamos que ahí íbamos a tiro hecho decidimos probar una nueva corriente 'calamarística'. Fuimos a un sitio donde los anunciaban por 3 euros y pedimos plato y bocadillo. Lo primero, para disfrutar del manjar de la forma más pura y espiritual posible.

Sin limón, no pudimos pasar del primer cefalópodo. Lo del bocata solo tiene la gracia de que entre el rebozado y la miga de pan, la cosa entra con bastante naturalidad. Es barato, llena y uno se cree que se está llevando un trozo de la historia de Madrid a la boca. Pero NO es para tanto.