Comida

Deberíamos pensar en comer nuestra caca para tener un futuro mejor

¿Por qué ser reformistas cuando podemos ser revolucionarios?

por Josh Evans
11 Octubre 2016, 4:00am

Ilustración por Sofie Kampmark

Este artículo se publicó originalmente en Munchies, nuestra plataforma dedicada a la comida.

Últimamente, cada vez son más las personas bienintencionadas que, convencidas de estar en posesión de la verdad y dando prueba de ello con datos supuestamente contrastados, insisten en que todos deberíamos comer bichos.

De hecho, ya se hace en muchos sitios, y es que los insectos tienen multitud de propiedades: son ricos en proteínas, grasas e incluso minerales. Además de que su consumo genera muchos menos gases de efecto invernadero que el de carne de res, los insectos consumen poca agua, hacen un uso mínimo de la tierra y generan menos residuos.

Por estas y muchas otras razones, mis excompañeros de NordicFood Lab, en Copenhague, y yo pasamos los últimos cuatro años y pico investigando los posibles beneficios del consumo de insectos. Probamos decenas de especies de más de diez países en los cinco continentes, desde las lujosas termitas reina de Kenia a las larvas del gorgojo rojo de la palmera de Uganda y Perú o los mortales avispones venenosos gigantes de Japón. Muchas de estas especies ya son auténticas exquisiteces gastronómicas en ciertos lugares. Hay, por tanto, mucho potencial.

Pero me pregunto si no podríamos —incluso deberíamos— ir más lejos. ¿Por qué detenernos con los insectos? ¿Por qué conformarnos con su cada vez más impresionante elenco de cualidades beneficiosas y altamente eficientes? La conclusión lógica de esta reflexión, bajo mi punto de vista, es evidente: creemos el circuito cerrado perfecto y alimentémonos exclusivamente de nuestras propias heces.

Mi humilde propuesta no es tan descabellada como se podría imaginar. Empecemos por aclarar las dudas que puedan surgir. Una de las objeciones que se suelen esgrimir está relacionada con la composición nutricional. ¿Cómo pueden las heces contener los nutrientes necesarios para mantener la misma vida de la que proceden? La clave está en el procesamiento. Las heces son una sustancia compleja que, además de residuos de los alimentos digeridos, contiene sustancias valiosas como proteínas no digeridas o absorbidas, grasas, carbohidratos, micronutrientes como vitaminas y minerales e incluso enzimas. También es posible encontrar fibra, agua y células muertas del cuerpo, sin olvidarnos de los microorganismos que habitan en el tracto intestinal.

Josh Evans (centro) con Andreas Johnsen y Roberto Flore, del Nordic Food Lab de Japón, durante la grabación del documental 'BUGS'

Con frecuencia, la materia fecal conserva cerca de un 50 por ciento de la energía contenida en el alimento original. En principio, utilizando el sistema de tratamiento de aguas residuales y las tecnologías de separación de que disponemos actualmente, podríamos obtener compuestos nutricionales puros que, combinados de forma distinta, podrían servir para suplir nuestras necesidades de alimentación. Con el tiempo, todas estas tecnologías se irían desarrollando y sofisticando.

Otro argumento frecuentemente usado para rebatir esta teoría tiene que ver con el índice de recuperación. Imaginemos que hemos llegado a un punto en que nos alimentáramos únicamente de materia fecal: incluso en el supuesto de que el cuerpo no absorbiera el 50 por ciento de la energía de los alimentos ingeridos, cada ciclo de ingestión y recuperación reduciría a la mitad el suministro de nutrientes obtenido de las heces. Eso sin plantearnos si estas contendrían las cantidades adecuadas de proteínas, grasas y otros nutrientes.

Existen al menos cinco estrategias que podrían usarse para abordar este problema. La primera solución —y la más viable— requiere el uso de microbios. Como he mencionado anteriormente, nuestras heces contienen gran cantidad de bacterias y hongos intestinales, de las cuales nos interesan especialmente, por su valor nutricional, aquellas que pueden cultivase en masa. Una investigación más exhaustiva nos permitiría alterar la cantidad en la que se producen e incluso inducir la producción de compuestos diferentes según la necesidad de forma que se pueda generar ese 50 por ciento de energía restante y heces más nutritivas.

Otra posible solución implica el uso de ganado. Cuando ya no necesitemos comernos a las vacas y a las de su especie, podremos dejarlas en libertad y recolectar sus heces para procesarlas de forma similar a las nuestras.

La ética animal será un tema de debate. Los únicos organismos que necesitaremos para alimentarnos serán los microbios que, además, ya forman parte de nuestro cuerpo. Garantizar la recuperación del 100 por cien de la energía, o incluso más, va a suponer todo un reto de diseño.

Aunque está demostrado que es posible reciclar heces, la principal objeción es la repulsión que causa. ¿Quién estaría dispuesto a alimentarse de heces? Si bien hay mucho escepticismo respecto a si se podría lograr que la humanidad empezara a alimentarse de sus propios excrementos, existen estudios psicológicos que señalan que la repulsión que nos causan las heces no es innata, sino adquirida, lo que significa que es una conducta que podría cambiarse.

De hecho, muchas especies animales practican la coprofagia, o ingestión de heces. Hipopótamos, elefantes, koalas, pandas y otras especies nacen con un tracto digestivo estéril, y los más jóvenes se comen los excrementos de sus madres para inocular en sus intestinos la población microbiana adecuada. Asimismo, también se ha observado a perros, conejos y monos, entre otros, comiendo sus propias heces y las de otras especies (no se sabe para qué, pero lo hacen).

Nuestra cultura permite alterar fácilmente el concepto de repulsión. Fijémonos en el debate que ha suscitado recientemente el reciclaje de aguas residuales mediante un proceso de filtración y saneamiento. Pese a que el agua resultante es mucho más pura que la que sale del grifo, muchas personas se mostraban reticentes a consumirla. Sin embargo, ese rechazo está empezando a ser cada vez menor.

En resumidas cuentas: es posible comer nuestras propias heces, y deberíamos hacerlo. Desde una perspectiva ética y medioambiental, la autocoprofagia es la opción más sensata a largo plazo. La variedad alimentaria resulta muy poco eficiente y es un problema interminable para nuestro planeta y sus habitantes.

El único plan de acción responsable es hacer que el origen de nuestra dieta proceda directamente de nuestro propio recto. La dieta moderna definitiva no son ni los insectos, ni el Soylent, como algunos tecnócratas quieren hacernos creer, porque todos esos ingredientes siguen procediendo de alguna parte que, tarde o temprano, acabará destruida por la explotación.

¿Por qué ser reformistas cuando podemos ser revolucionarios? ¿Por qué esperar al fin del mundo cuando podríamos tomar las riendas de nuestro destino? Amigos, el sueño de la autosuficiencia está al alcance de nuestras manos y empieza, ineludiblemente, en nuestros anos.

Josh Evans está estudiando un posgrado en Cambridge. Estuvo al frente de las investigaciones llevadas a cabo por el Nordic Food Lab de Copenhague y aparece en el documental BUGS.