Cultura

Así se enviaban las imágenes antes de los móviles y las cámaras digitales

Hacía falta una línea de teléfono. Y un cuarto oscuro donde revelar los rollos. Y los químicos para el proceso. Y un armario para montar la ampliadora con la que hacer las copias. Y un hotel que no se enfadará mucho con los destrozos en la habitación.

por Iker Morán
11 Noviembre 2016, 4:00am
En verano del año 2000 el entonces rey Juan Carlos I inauguró el museo Chillida Leku en Hernani. No hace falta ser un experto en política vasca para saber que esa combinación de monarquía y uno de los pueblos más vinculados al independentismo vasco puede resultar bastante explosiva, por recurrir al chiste fácil.

Si en ese contexto te sueltan por allí como el becario de fotografía de un diario conservador y vas cargado con un enorme teleobjetivo, tus posibilidades de acabar recibiendo por parte de la policía y de los manifestantes se multiplican considerablemente.

 El periodista de 'El País' Agustí Carbonell usando un Leafax. Cortesía de Agustí Carbonell

Pero además de sacar fotos, ser identificado por la policía y abucheado por la chavalada borroka, aquel 17 de septiembre del año 2000 fue la primera vez que vi una cámara digital en acción y una transmisión de imágenes digitales sobre el terreno.

Imagen publicitaria de una Lea Fax

Sí, todo suena muy prehistórico, lento, pesado y caro a estas alturas en las que nuestro iPhone hace mejores fotos que aquellos trastos de poca resolución que costaban muchos miles de euros. Batallitas de abuelo cebolleta.

Pero la necesidad de los medios de comunicación de transmitir imágenes al momento no nació con la fotografía digital. Así que durante décadas las agencias de prensa recurrieron a inventos y sistemas más o menos sofisticados para que sus reporteros pudieran enviar las fotografías desde cualquier lugar del mundo.

Sólo hacía falta una línea de teléfono. Y un cuarto oscuro donde revelar los rollos. Y los químicos para el proceso, claro. Y, llegado el caso, un armario para montar la ampliadora con la que hacer las copias. Y un hotel que no se enfadará mucho con los destrozos en la habitación... Nadie dijo que las prisas en los tiempos de la fotografía química fueran buenas.

Política, actualidad y deportes –sobre todo deportes, que por algo son los periódicos más vendidos- han sido siempre los grandes interesados en esto de que la foto no sólo hay que hacerla, sino también enviarla para que luzca en portada al día siguiente.

En realidad, la historia de la transmisión de imágenes por radio, telégrafo o teléfono se remonta a principios del siglo XX. Si el belinógrafo (1913) puede considerarse el tatarabuelo de esta historia, durante los años 20 y 30 los primeros dispositivos de la llamada telefotografía comenzaron a utilizarse.

Incluso una patente de 1930 sitúa en la localidad catalana de Sabadell un transmisor y receptor de imágenes inventado por Pau Abad i Piera y con un funcionamiento más ágil (15 minutos por foto) que los que por aquella época operaban en el extranjero.

Una Pau Abad. Fotografía cortesía de David Airob

Pero no hace falta retroceder tanto en el tiempo, porque hasta los años 90 sistemas similares de transmisión de fotografías químicas estuvieron en uso en los principales diarios y agencias del mundo. David Airob, veterano fotoperiodista de La Vanguardia, recuerda perfectamente aquella época antes de que llegaran no ya las cámaras digitales, sino los escáneres y los ordenadores portátiles.

"En el periódico lo llamábamos el mármol de Carrara por lo que pasaba", recuerda mientras hace la cuenta de las maletas con la que un reportero viajaba y el miedo a que los espacios del avión para el equipaje de mano cedieran por el peso. Aquel apodo era para el AP Leafax 35, un sistema de transmisión que en su momento era el no va más en la innovación fotográfica.

La pesada maleta lleva un escáner para negativos o diapositivas y un sistema de envío que había que conectar a la línea de teléfono. Llegar al hotel y buscar la caja de teléfonos era parte del ritual que, muchas veces, incluía dejarla medio desmontada o destrozar el papel de las paredes tirando del cable hasta encontrar la caja.

Cada uno de los colores de la imagen se transmitía por separado y tardaba unos 5 minutos, de modo que si todo salía bien en 15 minutos la fotografía estaba camino a la redacción. Si se cortaba en el último color, eso sí, tocaba volver a empezar desde el principio. Los pitidos de aquellos trastos y de la línea de teléfono –similar a los módems- era la banda sonora de aquellos tiempos.

Imagen publicitaria de una Hasselblad Pixel

Por suerte no todo el mundo iba con tanta prisa. En National Geographic –explica Tino Soriano, fotógrafo de esta histórico publicación- lo habitual era acabar el trabajo, poner los carretes en un sobre, buscar una oficina de Fedex para mandarlos a Whasington a la redacción central y olvidarse del tema.

Ahora mismo suena a ciencia ficción, pero durante mucho tiempo –recuerda- él sólo veía las fotos una vez publicadas o un par de años después de sacarlas, cuando le devolvían los originales. Igualito que cuando ahora tú te pones histérico si no hay conexión 4G y tu foto no se sube a Instagram a la velocidad adecuada.

Pero volviendo a aquel rapidísimo transmisor de la agencia AP, lo primero era revelar el negativo. "Los baños de los hoteles siempre quedaban hechos un cuadro", explica David Airob mientras rememora aquel día en el que se equivocó con el orden los químicos –alguien había cambiado los tapones, matiza- y se cargó los rollos de todos los compañeros de que le habían pedido que revelara también los suyos. "La mala noticia es que no tengo las fotos –cuenta que dijo al llamar a su editor-, la buena es que ningún medio las tiene".

Esta querencia de los periodistas por los baños de los hoteles le sirvió a la reportera Gabrielle Duvall de la agencia France Press el mote de Madame Pipi, según recoge Soriano en las notas para su próximo libro. Llegaba, se encerraba en el baño de turno y allí no entraba nadie hasta que acabara de revelar.

Pero todavía podía ser peor, porque la versión anterior a estas máquinas no podía trabajar con los negativos o diapostivas, así que había que hacer una copia en papel antes de poder enviarla. ¿Solución? En el equipaje se incluía una ampliadora portátil y el armario se vaciaba –otro atentado con el mobiliario de los hoteles- para convertirlo en una zona oscura. Una vez la foto estaba en papel, se colocaba en una especie de tambor que giraba y la transmitía.

La agencia AP usó este sistema (WirePhoto) desde 1935 y hasta 1989 las primeras cámaras digitales –electrónicas, en realidad y nada que ver con las de ahora- no empezaron a dejarse ver. Tardarían todavía años en ser parte habitual del equipo de los fotógrafos, así que durante décadas estos sistemas fueran parte del día a día de muchos reporteros.

Eran otros tiempos. Los químicos del revelado se embarcaban sin problemas en los aviones e incluso era habitual acercarse al aeropuerto para entregar un sobre con los rollos usados a algún viajero simpático que volara a la ciudad del periódico para que los llevara de vuelta a casa.

"Llamabas a la redacción para dar el nombre de la persona y el color de la camisa y alguien le esperaba a la salida del aeropuerto cuando llegaba", recuerda Airob. Probar algo parecido hoy en un aeropuerto puede ser un buen atajo hacia el calabozo más cercano o a Guantánamo, si jugamos a la nostalgia fotográfica en Estados Unidos.

Escuchando sus recuerdos da la sensación de que iban más cargados, pero también se lo pasaban mejor.