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Can Vies: crónica de un despropósito

Repasamos todo lo que ha pasado desde el desalojo de Can Vies
02 Junio 2014, 8:25am

Imágenes de Víctor Serri

El pasado 26 de mayo, un día después de las elecciones al Parlamento europeo, empezó en Barcelona una semana de protestas multitudinarias por la autogestión y de disturbios como no se habían vivido en la ciudad en mucho tiempo, quizá en décadas. La excusa fue el desalojo de un centro social okupado. Del domingo de participación institucional y voto europeo al lunes de acción directa desde Sants, uno de los barrios con mayor tejido social y político de la ciudad.

Unas horas después de esa Fiesta de la Democracia Europea en la que participaron cuatro gatos, el Ayuntamiento y la Policía desalojaban el Centro Social Can Vies, casa okupada desde 1997 que había sido propiedad de la empresa municipal de transporte público y que ahora era sede de un montón de iniciativas sociales del barrio. Algunos piensan que el Ayuntamiento eligió ese día porque pasara lo que pasara la gente ya no podía cambiar el voto. Y joder si pasó.

Can Vies es uno de los epicentros de los movimientos sociales barceloneses, donde hasta el lunes pasado se reunían anarquistas, independentistas y otras gentes sin una filiación ideológica demasiado concreta pero que entendían el valor de la gestión colectiva; colectivos feministas, talleres de gimnasia o grupos de música. Contra el mito del alienado okupa perroflauta, Can Vies representaba para Sants una vidilla necesaria para buena parte de los vecinos.

Gracias a una torpe lectura de lo que suponía el Centro para el barrio, el poder municipal ordenó el desalojo y el mismo lunes, entre nubarrones de tormenta que iban a durar toda la semana, la protesta salió a la calle. Gente del barrio. Incluso alguna abuela. El mismo lunes ya avecinaba que la cosa se le iba a salir de madre a la autoridad competente; que aquello no iban a ser solo cuatro encapuchados de bandera negra y mechero en mano (que también), sino que escondía un potencial inaudito para hacer emerger mala leche acumulada en amplios sectores de la población. Y ante eso, curiosamente el mismo día que dimitía uno de los supervillanos de la política catalana, el jefe político de la policía, la plaza se llena de antidisturbios. Al final de la marcha alguno de los del mechero queman unos contenedores y la toman con los periodistas de TV3 a los que probablemente asocian con el Gobierno. Una unidad móvil de la cadena arde en llamas en lo que sería la primera de una larga serie de imágenes simbólicas que veríamos durante toda la semana. Con la inestimable ayuda de los Mossos d'Esquadra disfrazados de marine, las calles de Sants fueron el escenario de la primera batalla. Uno de los puntos culminantes de la noche, y también simbólico, fue cuando la policía intentó entrar a la redacción del semanario Directa. Si se suponía que la misión de la policía era dispersar los disturbios aquí hubo algo que falló: mientras uno de los periodistas intentaba cerrar la puerta metálica desde dentro para proteger la redacción, los policías la forzaron y sin saber mucho por qué reventaron de un porrazo la puerta interior de vidrio que causó un par de heridos. Luego debieron caer en la cuenta de que romper un escaparate y entrar a un medio de comunicación estaba quizá algo demasiado fuera de la ley y acabaron volviendo a su posición táctica de origen.

A una velocidad que ya quisieran para sí muchos solares en construcción el martes se empezó la demolición del edificio de Can Vies. Caía la placa en recuerdo de Pere Farriol, el anarquista octogenario, antiguo trabajador de la empresa municipal de transporte, que en 1997 entregó las llaves del edificio a los recién llegados okupas. Por la tarde en otra protesta contra el desalojo alguien prendió fuego a la excavadora que los operarios se habían dejado descansando entre los escombros de la casa. Cada vez más vecinos salían a la calle en respuesta ya no solo al desalojo sino a la actuación policial y quizá porque las cosas en general, tanto en lo económico como en lo político están que echan chispas. Desde los balcones sonaban panderetas y cacerolas en apoyo a los manifestantes y sobre los silbatos, los gritos de resistencia, el crepitar de las llamas en las barricadas improvisadas con contenedores y los disparos policiales de pelotas de goma, se oía el rumor de los dos agoreros helicópteros de los mossos que sobrevolaban Barcelona supervisando la operación. Uno controlaba el barrio; el otro recorría el resto de la ciudad y anunciaba sin querer que la cosa se extendía, que había desbordado Sants, que tantos otros barrios en solidaridad se estaban sumando a la protesta. De aquella noche muchos barceloneses recuerdan que el puñetero bicho volador no les dejó dormir.

El miércoles la concentración en Sants fue masiva y heterogénea. Las columnas de apoyo llegaban de otras zonas de la ciudad y del área metropolitana entre aplausos del respetable. Mientras tanto en los medios de comunicación adquiría carácter de portada: los tertulianos lloraban y lamentaban la tristísima pérdida de los contenedores usados como barricada y algunos introducían un original elemento de análisis. La lucha por Can Vies, con sus tan antiestéticos elementos violentos, con sus barricadas y sus efluvios de lucha obrera años veinte, entorpece la causa independentista, tan moderna, tan limpia, tan aparentemente poco conflictiva. Salen los bajos impulsos de los independentistas de orden y alguno hasta dice que detrás de la protesta está metido el espionaje español. Que junto a las banderas negras ondeen también esteladas parece importar poco; que el Gobierno catalán que está liderando ese proceso independentista pida ayuda para aplacar las protestas ni más ni menos que al Ministerio del Interior parece importar aún menos. Entre todo este ruido mediático y tras la manifestación tranquila, empieza el ruido de la calle por tercera noche consecutiva, en la cita que viene siendo habitual, entre las diez de la noche y la una de la mañana. De nuevo, barricadas tácticas para evitar cargas policiales por los callejones de Sants y una imagen que efectivamente evoca tiempos pasados y rompe, de forma estrictamente literal, con la Marca Barcelona y su urbanismo de postal: un grupo de manifestantes levantan el suelo de una de las plazas perfectamente lisas de Sants para usar sus pedazos como proyectil contra la policía. Adoquines siglo XXI.

Entre los detenidos de esta noche está Joan. Tiene síndrome de Tourette y sale al día siguiente de comisaría con la cara hecha un mapa y la nariz rota: los polis no parece que hayan entendido los exabruptos involuntarios y su incapacidad en momentos de tensión para estarse quieto.

Mientras Arcade Fire inaugura el Primavera Sound ante visitantes de todo el mundo, el jueves la cosa va a más; y en una tertulia que hará historia por llevar al prime televisivo el desalojo de un centro social okupado y una protesta de indudable carácter libertario y anticapitalista, el alcalde anuncia que está dispuesto a detener el derribo si el colectivo lo pone como condición para la negociación. El problema es que Can Vies desconfía y no está dispuesta a entrar al juego de un ayuntamiento al que considera traicionero. Al fin y al cabo solo ha respondido positivamente cuando el conflicto ha subido de tono. Probablemente también digan que no por aquello de la propiedad comunal frente a la propiedad estatal (sutilezas libertarias) y porque, qué cojones, la gracia de la autogestión es no tener que responder ante el poder político.

A estas alturas, las manifestaciones de apoyo llegan de todo el territorio catalán, de toda la península Ibérica, algunas incluso del extranjero. El sábado, se convoca a la gente a reconstruir Can Vies. A las diez de la mañana se cubre la excavadora de plantitas en una estampa la mar de bucólica y se monta una cadena humana para llevar escombros desde la casa a medio derruir hasta la puerta de la sede del distrito municipal. Otro símbolo más.

Por la tarde hay convocada una gran manifestación que reunirá a miles de personas y llevará el conflicto, entre aplausos y caceroladas de los vecinos, al centro neurálgico de la Marca Barcelona. El objetivo es ir hasta la Plaza Sant Jaume, sede del Ayuntamiento y del Gobierno de la Generalitat, y plantarle la mani en las narices a los responsables locales del berenjenal. Aunque sea sábado y estén todos viendo a Caetano Veloso en el Primavera. La semana culmina con una marcha por los callejones de los barrios céntricos entre turistas asombrados por el lío y un despliegue policial que ríete tú del ejército de castrados de la Khaleesi. Al llegar a la parte baja de las Ramblas, en pleno meollo, los Mossos cortan el paso a la marcha y por aquel entonces los guiris ya se están dando cuenta de que Barcelona tiene grietas, algunas en forma de hoguera y barricada, otras en forma de cacheo, porrazo y suspensión de los derechos civiles.

El epílogo de la semana lo pone de nuevo la policía con sus innovadoras prácticas: en el cruce entre la Gran Via y la calle Rocafort crean un cordón y rodean durante un buen rato a un grupo de gente que pasaba por allí, no vaya a ser que dé la casualidad de que alguno haya quemado algo. Como no tienen manera de acusar a nadie obligan a los retenidos a ponerse capucha y les hacen fotos a ver si se parecen a alguno que salga en acción en algún otro documento gráfico. Ya han salido juristas dudando de la legalidad de la operación.

Vídeo de Semanario La Directa

De cara a los próximos días Can Vies quiere seguir con la rehabilitación del edificio. Sin embargo a estas alturas con fotos del conflicto en la portada de varios diarios y las redes sociales en llamas, se intuye que la lucha ya ha trascendido el barrio, que ni siquiera representa solo un rechazo de la Marca Barcelona y la gestión municipal, que la cosa se le ha ido de madre a más de uno.

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