Traemos adelantos de los libros que te van a ensartar en las mesas de novedades.
Hugo César Moreno es escritor y sociólogo. Es un tipo divertidísimo y fue él quien nos contó el chiste de la paleta de clítoris: todo un maestro. Fundó la revista independiente El Chiquihuite. Ha publicado los libros Cuentos para acortar la esperanza (Netamorfosis, 2006); Cuentos porno para apornar la semana (2007, FETA-Conaculta); Cuentos cortos para acortar el domingo (2008, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis) y Enseres de supervivencia (2011, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis). Así como el libro infantil Así aprendió a volar José (2009, Cofradía de Coyotes-IMC). Actualmente imparte el taller de poesía y narrativa en el Faro de Indios Verdes.
Este cuento es de un libro inédito, así que en La pura puntita le hicimos bullying para que ya se anime a publicar su nuevo volumen de cuentos.

Foto por Richard Kern.
Un fantasma
¿Estoy llorando? No, el fantasma ya no me pega en los huevos como antes. Es posible que muchos me consideren un tipo decente. Bien a bien no entiendo el significado de la decencia. Supongo muchos de sus principios, pero no estoy seguro de llevarlos a cabo o, siquiera, considerarlos como normas de conducta. Pero muchos asumen decencia en mi persona. Me gusta jugar con eso, sobreponerme a los demás con el simple elemento de la decencia como escalón en los niveles de superioridad. Es una pendejada monumental, pero funciona en determinados espacios.
Sin embargo, yo mismo no me considero decente, más bien una especie de espantapájaros. Quiénes son los pájaros… bueno, ése es otro tema y no es muy complicado asumir su identidad.
–¿Dormiste bien?– bajo las sábanas no queda tibieza. Ella se fue tres horas antes mientras yo dormía aún saboreando sus jugos. Desde que me cambió me ha dado por chupar hasta los calambres su puchita. Esos poemas pseudoeróticos o semipornográficos donde la sed se calma con la violencia del torrente vaginal son pura estupidez. Pero algo se calma. Quizá se calma la ausencia. Claro, eso es, pues ahí, de esa manera tan unida, es imposible que escape, al menos en cuerpo. Si recuerda o recupera o se exilia en pensamientos y memorias de otras lenguas, labios y dientes, a mí no me afecta, pues mi lengua, labios y dientes son lo degustantes presentes.
Y sin ella, me da por pensar en cómo me consideran: Decente. Meses antes, ante tal desastre, es decir, este remedo de abandono, me hubiera puesto a llorar. Pero hoy algo me fortalece, ella misma, ella misma como mi mal, mi virus, mi enfermedad. Ni siquiera tuve que amenazarla con el suicidio, sí, con asuntos como “si te vas me mato y sobre tu conciencia”, claro, hubo espasmos melodramáticos como “sin ti mi vida se va a la mierda, sin ti me siento vacío, no me dan ganas, no me da nada esta puta existencia” y con lagrimitas, luces y explosiones. Pero no. La vida es miserable a pesar de todo y es ahí donde brilla su decencia, pues en nada nos miente, sólo nos manda escenarios, obras de teatro mal hechas para que nosotros, embobados, las creamos y actuemos totalmente anestesiados por la necesidad.
Todavía adormecido alcanzo a escuchar rearviewmirror de Peal Jam, el tono de mensajes de mi teléfono celular. La dejo sonar. La música no acompaña el devenir de un espantapájaros. Sólo el sonido de la ventisca se convierte en soundtrack. Pero desde el celular no suena bien, es opacado, aplastado por la enormidad comprimida. Me cansa su transcurso, busco el teléfono, no para leer el mensaje, pues sé que es de ella, disculpándose por abandonarme otra vez. Con la intención de detener la reproducción de mala calidad, tomo el aparato y presiono la tecla adecuada.
Leer, se ve en la diminuta pantalla. Más que una sugerencia es una orden. Los tipos decentes descubren su decencia en la capacidad para seguir órdenes. Los tipos indecentes son, esencialmente, desordenados. No puedo negarme y leo. Hola, perdón por no avisarte que me iba, pero tengo mucho que hacer, besitos. Sí, besitos en la gran verga de la cosa horrorosa sobre tu cama. La desdigo en mi cabeza. Intento levantarme de la enorme cama. Las camas de hotel son vacaciones, inmensas vacaciones que duran cuatro horas cuando se renta la habitación de entrada por salida o se cancelan a las tres de la tarde. La pantallita del teléfono pone 12:34.
¿Por qué sigue haciendo el amor conmigo? Yo sé por qué la sigo buscando, por qué la sigo encontrando. Es mi vida. No ella, ella no es mi vida. Me refiero a mi vida, a salvar mi vida, a salvar mi vida de ella, de sus ataques. Su ausencia no es mi enfermedad. Es su presencia. Esa constante presencia en ausencia, esa colocación de su ser entre los pliegues de mi vida, su perenne presencia, su persecución. La miro sin descubrirla, la hallo en las tanguitas perdidas entre mis trusas, cogiendo sin remordimientos, como pedazos de tela, alegorías de humanidad.
Yo sigo atrapándome entre sus piernas porque necesito pequeñas dosis de su presencia para curarme. Del mal, sólo del mal, proviene la cura. Un goteo, derrames por las ingles, su olor aletargando mis sentidos, reacciones irreversibles. Ella es mi mal, ella es mi vacuna, ella es el círculo asesino con el cual puedo salvar mi vida. Así es el absoluto. Mi mal es mi bien y se enfrentan cuando lamo los pliegues rosados y húmedos de su puchita. Quizá porque quiero entrar y no salir es que me he aficionado tanto al cunnilingus. Antes no me fascinaba tanto. Me gustaba, pero no a alturas embriagantes, no a escaldarme la lengua y trabarme la quijada.
Me siento al borde de la cama. Es muy alta. La mía es bajita, muy cercana al suelo. Caerse de la cama debe ser una de las situaciones más ridículas. Pero morir por caer de la cama debe ser una muerte casi heroica. Las sábanas, antes limpias, ahora dejan ver manchitas grises, la grasa de nuestros cuerpos contaminando el universo, haciendo del paraíso vacacional un chiquero. Siempre entramos a este hotel porque es limpio, ella no me dejaría llevarla a un muladar. ¿Qué pensaran las lavanderas cuando descubren manchas de semen, sudor y sangre? ¿Sabrán reconocer las manchas provocadas por el llanto, esa mezcla entre mocos y lágrimas? Uno creería que en un hotel de éstos, para coger y nada más, sólo se escuchan gemidos, risitas, grititos ahogados o a algún romántico pendejo declamando poesía a su acompañante, para endulzarle los oídos y después desublimar el momento metiendo su verga.
Pero no, yo he escuchado llanto. Y no exclusivamente de mujeres, la mayoría de las veces son hombres. El llanto femenino puede ser excitante. Si estás ahí, en una posición donde se logra penetración profunda y, de repente, de la habitación de junto, escuchas el gimoteo de una mujer, eso te enciende y a veces no puedes controlar la eyaculación. Si estás en el escarceo inicial, te la pone tan dura que muchos de tus planes se vienen abajo y buscar metérsela ya. Pero no sucede a menudo, al menos a mí no me ha pasado mucho, dos o tres veces. No, las mujeres no van a los hoteles a llorar, van a coger, a sentirse felices, puede que hasta libres. Van con un tipejo a que las zarandee, las haga flotar, reír, gritar o, sí, llorar, pero de placer, como cuando uno ríe hasta las lágrimas. Es común asumir que los hombres van a los hoteles para lo mismo. Pero no.
Es un mito aquello de la sincronización de las mentes por el simple regusto del sexo o por la brutalidad del amor. Y es que las mujeres son sinceras porque son animales crueles, su crueldad es instintiva, digamos natural. Los hombres, para ser crueles, debemos desnaturalizarnos, nuestra crueldad es artificial. Si una mujer no quiere ser cruel, simple, debe dejar de ser. He escuchado a muchos hombres llorar en este hotel. Yo mismo he llorado hasta el desmayo, con ella consolándome. Sí, ella consolándome por un dolor provocado por ella. Se nota ya el nivel de crueldad femenino.
A diferencia del llanto femenino, casi canto, casi música, el llanto masculino es desgarrador. No sé, será que soy un macho, sí, un macho, aunque decente, siempre un macho, pero escuchar el llanto de un hombre atemperado por las paredes, me desarma, me provoca malestar estomacal, me reblandece la verga y me enferma.
Ahora mismo casi noto el berreo inconsolable de alguien en alguna habitación. Seguramente despertó como yo, solo en una de estas enormes camas–vacaciones. Pobre hombre. Je, qué fórmula: pobre hombre. Es tautológica. Pero no puedo burlarme de él sin hacer lo mismo conmigo y la decencia dicta una pena mortal contra la burla. La burla es indecente y la decencia es un palo en el culo. Entonces suelto una carcajada. Pero no es alegre, es mortuoria, pesada, lenta, con puntitas de metal martilleando en mi garganta. Río más y más hasta que me doy cuenta de la futilidad de mis risas. Me recuesto nuevamente en la gran cama.
Me hallo entonces ante una disyuntiva: le contesto o no. Qué podría decirle: no te preocupes, preciosa, entiendo, yo también debo hacer muchas cosas, besotes. Repito, con los ojos cerrados, la fórmula de cortesía. Al mismo tiempo intento una respuesta más honesta: chinga tu madre, vete a coger con el puto ése, ya no me busques. Pero no, ésa no. Ésa podría negarme mis vacunas contra ella, es decir, ella misma. El debate llega a confines de confrontación.
Giro mi cabeza hacia la izquierda, abro los ojos y descubro un vello púbico de ella. Lo miro, le saludo, le sonrío. Es casi ella, aún conserva la raíz (¿el folículo?). Lo observo, está a plenitud, con su forma serpenteante, su oscuridad ominosa, su luz aterradora. Éste debió estar en mi boca. Pero esta completo. No lo mordí, no lo trocé con mi emoción. ¿Podría clonarla a partir de él? Imaginar, a veces, es buen divertimento. Me da por imaginar imposibles y hasta escenificarlos. Éste cuarto de hotel es el escenario donde muchas de mis imaginaciones se han revolcado con la realidad desmintiéndola.
–Hola, cómo va todo. Te has portado mal ¿verdad? ¿Qué diría él si entrara y te viera aquí acostada y desnuda conmigo? ¿Le dirías el clásico: no es lo que estás pensando? Ja ja ja ja… no es lo que estás pensando… ay, qué risa. Mira, pelito, te voy a guardar porque quizá la pueda clonar de ti, pero primero debo saber si es posible detectar el gen de la voluntad para quitarlo y tener lo que se me antoje ¿qué opinas?– debo estar muy mal. No he llorado, ni siquiera me ha dado ese dolor irritante en el estómago ni he sentido ganas de hiperventilar. Pero ponerme a platicar con un vello púbico es, sin duda, un mal síntoma.
Lo más absurdo es que, como soy un tipo decente y la decencia impone cumplir lo prometido, busco algo para guardar el pelito. En el buró miro la cajetilla de cigarros. Claro, la bolsita que la envuelve servirá como recipiente, casi como en serie de asesinos seriales, donde se guardan las evidencias para no contaminarlas. Aunque aquí se trata de contaminación, de seguir contaminando mi existencia con el único fin de salvar mi vida. El lloriqueo del tipo se ha terminado. Nadie puede llorar más de treinta minutos. Sí, lo he cronometrado, mi record es de veintiocho minutos y segundos. Quizá haya tipos con mejores pulmones. Ja, un atleta debe ser un buen llorador.

Foto por Richard Kern.
Quito la bolsita de la cajetilla y, con sumo cuidado, levanto el pelo. Es negro, de un negro hermoso y macabro. Las sensaciones dobles son, redundancia, regodeo, regreso, doblemente placenteras, doblemente dolorosas. Quiero decir, son la vida, la posibilidad de seguir vivo. Seguir vivo es una necedad. Pero qué quieren, soy un tipo decente.
Tomo el teléfono celular con la intención de enviarle un mensaje, el cortés, no el honesto. La decencia exige cortesía y es entonces cuando permite un amplio rango de superchería, la mentira como elegancia, deferencias exquisitas para lo demás. En un día normal cualquiera llega y te saluda con el anodino ¿cómo estás? Lo honesto, pero no cortés, sería replicar con un de la verga, estoy que me carga la puta chingada. Pero la verdad es que quien pregunta lo hace por cortesía, nunca para saber cómo está el otro. ¿Quién, realmente, pretende ayudar con la mierda ajena? Nadie, aquellos profesionales de la mierda cobran, y mucho. Miro los números de la hora: 13:34.
¿No debería estar haciendo algo útil y decente, como trabajar? Salto de la cama y vuelvo a considerar que morir por caer de la cama de un hotel de paso sería lo más heroico en mi vida. Pero suicidarse dejándose caer de la cama no me suena satisfactorio. Además, el suicidio no está en mi agenda, no aún.
Camino al baño. Ella dejó colgados sus calzoncitos en la llave de la regadera. Están mojados. ¿Los olvidó o los dejó como trofeo o como delimitación de territorio? A veces creo que me sabe suyo, o cree saberlo.
Me gusta lamerla con los calzones puestos. Lamer y lamer haciendo apenas a un lado la ropa intima. Empapándola con mi saliva y sus juguitos. Después metérsela sin quitárselos. No sé, me pone muy cachondo eso, es casi como si lo hiciéramos en público. Como si abriera una rendija de ella misma y la hiriera con todo mi rencor y se lo empujara por el agujero y la rellenara conmigo mismo, aterrando sus entrañas, accediendo a mi salvación con la maldad pura, con mi suicidio y su muerte, con su muerte y mi suicidio. Al final, los calzoncitos terminan impregnados de nosotros y se convierte en una incomodidad usarlos así. Los lavó antes de dormirnos, pero no secaron. Supongo que por eso los dejó.
La imaginó todo el día con el pantalón de mezclilla ceñido a su cuerpo, presionando culo y vagina y con cada paso excitándose, mojándose, manchando su caminar y resbalando, irremediablemente, a los pasos de una estatua estúpida. Digo irremediablemente porque, creo, o quiero creer, que mi tratamiento profiláctico ha concluido y no la veré más, ya no más. Me he conciliado con su ausencia. Antes de abrir la regadera exprimo los calzoncitos. No están tan mojados. Me los llevaré, me propongo y los coloco en el lavabo.
El agua caliente me revitaliza un poco. Me pongo a canturrear una canción. Buen síntoma me digo cuando caigo en la cuenta de lo que hago. Buen síntoma, repito y sonrío y miro los calzones heredados. ¿Si me hago una chaquetita? Me pregunto más como pidiéndome permiso. Jaloneo mi verga como si quisiera despertarla. He visto películas donde los tipos se ponen muy calientes con ropa interior femenina.
A mí me prenden mucho las tangas.
No sé, es una especie de desnudez con ropa. No son tangas lo que dejó. Son chiquitos, pero no tangas. Imágenes flasheadas me llegan a la cabeza y la erección va tomando forma.
Le meto la lengua, le paso levemente los dientes, finjo una mordida, le sorbo el clítoris mientras jalo mi verga y ella arquea la espalda como si preparara una metamorfosis diabólica de la vagina, cómo si un hocico de loba estuviera a punto de arrancar mi faz. Me jala los cabellos, gime, suelta ahs entrecortados, pronuncia mi nombre alargando desde la garganta la única consonante de mi nombre, una consonante suave y gutural.
Mi lengua recorre todo el camino y salta hasta su culo y ella respinga como si un gancho la hiriera, aprieta un poco las nalgas, pero después afloja y mi lengua siente los pliegues, la estrella oscura, la entrada impenetrable a medias, a fuerzas, a gusto o disgusto. Me pongo muy a tono y sin jalar los calzoncitos del lavabo. Me pregunto si es bueno continuar hasta eyacular.
No soy un amante de largo alcance y debo administrar con inteligencia mis fuerzas, pero otro coito no está muy cercano en el horizonte. Eso es parte del tratamiento, me alecciono y sigo. Coger sin ella, coger con ella cogiendo con otro, coger, cogerme. Se trata de eso, me explico. No es amor, no tengas miedo, ya no es amor, es tratamiento, es la vacuna y ya, ya la tienes bien adentro, estás tan infectado, tan inmunizado. Sigue, sigue, sigue. Y sigo.
Sigo y las escenas del teatro montado horas antes se me repiten: ella montada sobre mí moviendo su gran culo maravilloso, arriba, abajo mientras disfruto el espectáculo de mi verga entrando y saliendo por el espejo. Mi verga mojada con sus jugos, mi estómago empapado. Ella llueve, ella revuelve, inunda todo con su olor, con su viscosidad. Ella es lubricidad, una cápsula inmensa de lubricidad. El aceite de su ser ha manchado las sábanas blancas de la cama. La lubricidad de su ser suaviza mi manoteo y me hace llegar con un chorro nada insignificante de semen.
–Ah… uf… lo hemos hecho de nuevo ¿eh? Me gusta cogerte en la regadera. Cogerte y cogerte. Me gustaría que él llegara mientras te la meto por atrás y se desmayara, por el asco o el susto o por lo que fuera y luego patearlo y patearlo… je, puta, me cae que sí. Ponerle una putiza de la chingada al muy culero– me preocupan estos parloteos. No son buen síntoma.
Me preocupa no responder su mensaje con palabras honestas: ya, bien, qué bueno que te fuiste, además sólo vinimos a coger ¿no? ¿Quieres coger otra vez? Me preocupa pensar en esa pregunta y, sobre todo, la tentación de hacerla: ¿Quieres coger otra vez? O la fórmula decente: ¿quieres hacer el amor? Hacer el amor.
Carajo, voy de pendejada en pendejada. ¿Queda algo de amor? ¿Durante las noches, cuando el eso innombrable se la coge o le hace el amor, ella aún me amará? ¿Cuándo el eso la desnuda, le chupa un pezón, me amará? ¿Cuándo le chupa la verga pensará: lo amo, es decir, a mí? Es difícil creerlo.
Anoche me dijo: te amo y eso me excitó. No sé, de verdad no sé, si me puso más caliente por el amor o si fue la traición. Quizá ambas, quizá ese círculo malévolo donde es posible el nacimiento de la bondad profunda, quizá porque es muy parecido al llanto femenino, quizá por el poder, quizá porque la amo, o quizá porque ya no la amo. Pero, si es la maldad de ella lo que me cura ¿No debería amarla por malevolencia?
Otra vez suena rearviewmirror.
La dejo sonar. No lo hace bien. Dejo caer displicente el agua y pienso en las problemáticas ecológicas, el calentamiento global, la polución y mamadas por el estilo. Pienso en mi rol dentro del sistema destructor ¿Juego un papel activo en la eliminación del planeta, en la condena de la raza humana? Sinceramente espero que sí. Me pregunto si debería hacer algo como ahorrar agua y apagar las luces cuando no las necesito. Creo que sí. Y rearviewmirror va a la mitad y ella seguramente espera una respuesta. La respuesta cortés, rúbrica de un tipo decente como yo. Y sí, seguramente mucha gente me considera un tipo decente. Las compañeras del trabajo me consideran un tipo decente, no notan lascivia en mi semblante, no se enteran de mis imaginaciones groseras. No creerían que siempre trato de adivinar si traen tanga o pantaletas sexis o cualquier calzón horrible. Creo que las mujeres no me notan con capacidades sexuales. Claro, hay algunas que no me generan enigmas sobre la ropa íntima. Pero hay otras de las que me gustaría saber si se rasuran el vello púbico, si les gusta que se las cojan por el ano o prefieren dar unas mamadas a que les metan la lengua por el culo. Por supuesto, nunca pregunto ni preguntaré sobre el asunto, pues soy un tipo decente.
Rearviewmirror terminó. Yo sigo sintiendo cómo los chorros de agua caen. Poco a poco se va enfriando el torrente. No me gusta el agua fría. Señal de mi despedida. Mi semen se ha ido por el desagüe. Debo tener varios millones de hijos ratas.
Otro mensaje: Hola ¿te enojaste? Discúlpame, es en serio tengo muchas cosas que hacer. Te amo, besitos. Ahí está otra vez el te amo. Meses atrás me hubiera emocionado y mi corazón habría creado ya una fantasía de vida feliz con ella. Hay una en particular cursi, tétrica: ella y yo sentados en una playa, con las pieles arrugadas y un montón de condecoraciones tontas avalando nuestra estadía sobre la arena. Otra es sobre hijos. Otra sobre casas. Otra sobre autos. Otra donde ella moquea por el fastidio laboral. Y así, así hasta construir una novela familiar. Pero ahora no. Miro ese te amo y la imagino a ella en el baño de su casa, con el seguro puesto para que el cosa no la sorprenda redactando el mensaje apócrifo. Mientras ella escribe, como si fuera guerrillera clandestina mandando un mensaje a sus cómplices, el cosa, cual carcelero vil, la espera en la cocina con una sopa amarga preparada amorosamente para que, juntos como pareja, la consuman en silencio, mirándose con ojos de enamorados. No puedo evitarlo, ahora su te amo está vacío, sin sentido, lo único que provoca es que se me pare la verga otra vez. Y no sé por qué.
Tengo la firme intención de contestar su mensaje. Pero no lo haré de inmediato, como antes, como un hambriento devorando pan rancio. No, primero me visto. Ojeo al buró para saber la hora: 14:09. Tengo tiempo de sobra para salir sin sobresaltos del limpio hotel. Me pongo los bóxers. Los elegí para que le gustaran a ella. Para que sobre la tela mordisqueara feliz mi verga. Ahora me repugnan. Son de chico sexy. De eso que muestran testículos y pene hinchados por el photoshop. Extractores de fluidos vaginales. Yo no soy así, estoy muy lejos de ser así, mus sponsoreado, o sea, muy work out, gym e hipertrofia muscular. Soy todo lo contrario, casi cuerpo de poeta, si eso dice algo o si los poetas tienen cuerpo. Tampoco soy poeta, lo poético se me apelmaza en lo patético. Me pongo los calcetines y luego los pantalones para alejar los calzoncillos. A ella le gusta que los use. No sé si sea parecido a mi afán por las tangas. Le he preguntado si le excita ponérselas. Ha dicho sí, pero porque a mí me gustan. Algo parecido me pasa a veces, cuando me los pongo se me endurece al imaginar su sonrisa maliciosa. Me pongo la camisa y los zapatos. Tomo las llaves de la habitación, repaso el lugar buscando algún objeto olvidado, recuerdo sus calzoncitos. Los tomo, aún está húmedos, pero no importa, los guerreros se llevaban las cabezas chorreando sangre. Un trofeo es un trofeo y su suciedad es sólo metáfora de los designios humanos, pues quién ha ganado algo honestamente.
No me siento vencido. Sí un poco vencedor. Pero hay algo que me escamotea la sonrisa. Es el mensaje de respuesta. Sigo cavilando sobre su tono. Salgo de la habitación. Miro la hora: 14:34. Buen tiempo. En el ascensor doy a la opción mensajes y aparece una larga lista con su nombre. Elijo el último, lo abro y ahí está de nuevo el te amo. Nada, sólo otro conato de erección. ¿Será eso amor, respuesta a su te a amo con un te amo mío en forma de verga parada? No sé y no me aflige.
Pero sigo sin saber cómo responder. Repaso mis apreciaciones: estoy curado, pero una vacuna extra no estaría mal. Y sé, muy bien lo sé, que un fantasma no es representación carnal del virus de su alma ni de su maldad, esa maldad necesaria en mi sistema para salvar mi vida. Un fantasma acaso sea yo. Para solidificarme necesito su presencia, su ausente presencia. Un fantasma no me sirve.
Quizá otra vez.
Le doy a la opción responder y escribo mi mensaje: Hola, no te preocupes, no me enojé, apenas desperté. Yo también te amo ¿cuándo nos vemos? Termino su redacción, le doy enviar y listo, las ondas hacen lo suyo y el viaje infernal recomienza para rozar con mi lengua el cielo. Creo que todavía no estoy curado.