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La pura puntita

La pura puntita: Be y Pies

Con frases cuidadosamente complejas, el escritor poblano Gabriel Wolfson nos narra la situación laboral precaria de un periodista y un profesor a quienes se les presentará una oportunidad en el camino.
3.12.15

Traemos adelantos, reseñas y entrevistas de los libros que te ensartarán en la mesa de novedades.

En el libro de relatos Be y Pies, publicado recientemente por Ediciones Tumbona, el escritor poblano Gabriel Wolfson nos narra, con frases cuidadosamente complejas, la situación laboral precaria de un periodista y un profesor a quienes se les presenta una oportunidad vinculada con la opresión que ejercen dos hombres poderosos sobre ellos.

_Aquí te dejamos un extracto del segundo relato: Pies._

¿Es usted?, dijo el hombre. No esperaba a un sujeto así. ¿Es usted? No esperaba a alguien así, pensó, pero no lo dijo. Esperaba otra cosa. ¿Es usted?, dijo por segunda vez. Este sujeto constituía, pensó, rotundamente constituía una decepción. Pero no lo dijo, no estaba en posición de soltar tan rápido algo así, necesitaba afianzarse primero, no despreciar ninguna posibilidad. Todo puede servir para algo, pensó. Para el final de esa primera visita, sin embargo, llegaría a pensar que no era una decepción sino una ventaja, en realidad, pensó, una auténtica ventaja que el sujeto pudiera ser mi hijo. Por la edad, se dijo, no por otra cosa. Menos calculador, más lanzado, e igual más hábil, más hecho a este mundo que se está haciendo tan raro. Como que se me está yendo de las manos, pensó, pero este joven me va a ayudar a que no se me zafe. El sujeto se llama Hugo; el hombre no dejó de llamarlo joven, lo mismo cuando le hablaba que cuando hablaba consigo mismo, ocupación a la que, según piensa aún, podría y debería dedicarle más tiempo. ¿Es usted?, dijo el hombre y luego extendió una mano para indicar una silla que Hugo no vio porque no había tal silla. La mano siguió extendida y entonces Hugo se sentó en el piso, algo que no hacía, según dedujo, exactamente en dieciséis años. Por lo tanto, se sentó en el piso y se sintió joven. Luego el hombre le dijo: muy bien, joven, vamos a platicar, le cuento rápido cómo está la cosa y luego vamos a platicar y a conocernos, y entonces Hugo se sintió definitivamente acabado.

Las calles comenzaban a llenarse de propaganda. Esto, dicho así, suena a que las calles, solas, hicieran florecer la propaganda a la manera del musgo que crece en las calles próximas al puerto de las ciudades que tienen puerto. Esta ciudad no tiene puerto ni mar ni ríos ni lagos ni prácticamente árboles ni prácticamente fauna, es una ciudad admirablemente seca. Alguien, en suma, pone esa propaganda, alguien cuelga los carteles de plástico, rotula bardas, monta los anuncios encima de casas y edificios, otros mientras tanto preparan las prensas de donde saldrán camisetas, volantes, dípticos, trípticos, publirreportajes e historietas, y todo ello, pensó Hugo, sin que muchos hayamos visto nunca a esa gente llenando las calles de propaganda. Más bien apenas comenzando a llenarlas, ni comparación con lo que vendría en unas semanas, cuando arrancaran las campañas. Hugo pensaba en el tema del trabajo fantasma, que más bien es varios temas: el trabajo inexistente pero por el cual se cobra, el trabajo disfrazado de no trabajo, y el trabajo arduo y talachero cuyos resultados son visibles, incluso palpables, y que sin embargo nadie ve realizarse. Ilustraciones clásicas: el ama de casa para la segunda opción, según Hugo. Demasiado clásica. En realidad, el sueño destilado en las más de doscientas universidades de la ciudad es que, los alcancen o no, sus jóvenes deseen ese tipo de trabajos que no parecen trabajos sino, digamos, excursiones escolares, la vieja bohemia, la perpetua hora del recreo. Y para la tercera opción, claro, el trabajo de quienes, sin que nadie lo advierta, llenan las calles de propaganda. La ilustración clásica para la tercera opción es, como suele decirse, quienes limpian nuestras oficinas, pero Hugo no tiene oficina propia y en todo caso los encargados de las diversas limpiezas de las cosas son mucho más visibles. Hugo pensó entonces en la falta de buenos restaurantes chinos en la ciudad, de menú surtido y prometedor, sospechosamente baratos y limpios, y de ahí fue obvio que recordara el asunto de los barcos impresores piratas chinos. ¿Cómo ordenar esto? Barcos chinos de impresores piratas, barcos piratas de impresores chinos. Alguien le habló de eso, de esos barcos-imprentas que se quedan unos metros antes de las costas territoriales de los paí- ses, toman encargos gigantescos, se ponen de nuevo en marcha rumbo a otro país, mientras tanto van imprimiendo el encargo —revistas de tiraje masivo, libros lujosos— y después vuelven, entregan el trabajo y cobran, claro, mucho menos que un impresor en tierra, si es que existe esa categoría, entre otras cosas porque no pagan impuestos y porque, como todo hace suponer, en sus camarotes viajan cientos de esclavos chinos, diestros en los oficios de la impresión y diestros en el hambre y la invisibilidad. Hugo pensó en un reportaje sobre esos barcos fantasmas de impresores chinos, y luego se vio viajando a las costas del Pacífico, investigando durante un mes, incluso subiendo a uno de esos barcos mediante un cambio de identidad, haciendo preguntas a algún profesor de la UNAM para enmarcar bien la historia —Hugo no pensó en ninguna de las más de doscientas universidades de esta ciudad— y volviendo finalmente con un reportaje que se tendría que publicar en varias entregas. Esto es lo que, en una sacudida, se borró de su cabeza cuando vio que el contacto se acercaba en su coche. Era un coche japonés ya despintado por el sol.

Antes de la segunda visita Hugo supo que la famosa propuesta no llegaría a ningún lado. Fue mejor así, se ahorró tener que pensar qué hacer en caso de que la famosa propuesta prosperara. Pero hubo la segunda visita, y ahí sí aceptó un refresco de tamarindo: el hombre salió a comprarlo y regresó al cuarto con los refrescos y una torta de milanesa, por si se ofrece, dijo. La primera vez no había tomado nada, necesitaba estar muy concentrado, pensó, y el refresco podría distraerlo de alguna manera. En todo caso, había supuesto que el hombre tendría uno o dos ayudantes, tres esclavitos que le hicieran los pequeños servicios a cambio de algo, nada, lo que fuera. Y no. Había gente por ahí, había gente que lo ayudaba pero como en un plano de igualdad, incluso como si más bien fueran ellos los jefes y el hombre un chalán multiplicado, comunal, el único esclavo para cientos de jefes. Algo así hacía pensar el modo en que todos se comportaban, como hombres puestos bajo la protección de un niño a quien al mismo tiempo protegieran. Pero era claro que no. Por ejemplo, quien llevó a Hugo desde la entrada hasta el comedor, donde estaba el cuarto del hombre. En realidad no desde la entrada, al menos no desde la primera entrada sino, por decirlo así, desde la cuarta entrada, desde ahí hasta el cuarto del hombre en el comedor. Y más bien, según el hombre, no era su cuarto, pensé que era mejor vernos aquí, había dicho el hombre en la primera visita, pero al término de esa primera visita Hugo dudó: este es su cuarto, si no por qué tiene esa tele ahí y ese dvd y esas películas y cosas. Quien llevó a Hugo conocía a Hugo, lo había conocido muchos años antes, cuando Hugo organizaba conciertos de rock y él mismo tocaba en un grupo. El Mosco, le dijo, y entonces Hugo se acordó, claro, dijo, qué hay, cómo estás. Esto fue ya en el comedor; antes, en el trayecto, Hugo no sabía quién era el que lo guiaba, y el Mosco no hacía amago de plática porque en esos pasillos había que ir silencioso pero atento, con la vista baja pero con la vista panorámica a la vez. Todo era concentración ahí y al mismo tiempo todo era calmo, como en cualquier calle vacía, cualquier madrugada quieta. El Mosco le contó que ya llevaba siete años ahí y mencionó lo del robo al camión repartidor de refrescos, de lo que entonces Hugo se acordó inmediatamente, lo había oído por ahí en su momento. Ya mero salgo, le dijo el Mosco, y luego se apartó, fantasmal, unos metros antes de la puerta del cuarto, en el segundo piso.

Dice Ulises, nacido en los Tuxtlas, Veracruz: Mi generosidad adquiere su mayor dimensión cuando estando frente a alguien hablo como si estuviera solo.