FYI.

This story is over 5 years old.

viajes

Bajo fuego junto a los hombres más fuertes de Afganistán

Visité la base militar de Nolay, en Sangin, donde marines y afganos intentan dormir bajo balaceras nocturnas y balas perdidas.

En la parte trasera de nuestro helicóptero había una metralleta. Uno de cada tres vuelos sobre la ciudad de Sangin, Afganistán son tumbados, me dijo mi escolta de la marina, el Teniente Parry.

“Sangin es la primera línea de la batalla”, explicó el coronel Fitzpatrick en mi capacitación. El coronel era todo lo que esperaba de un marine. Parecía que podía partir una barra de metal con los dientes cuando estaba enojado. “Claro, la insurgencia no tiene primera línea, pero allá, ambos lados se ven frente a frente”. Ocupando la confluencia de los ríos de Helmand y Musa Qala, Sangin ostenta los campos de amapola más productivos del mundo: paisajes exuberantes llenos de rojo, blanco y púrpura. Quien controle la región controla la mayor cantidad de amapola en el mundo.

Publicidad

Estos campos fueron una gran fuente de ingreso para el Talibán, y testigos de la llegada del Ejército Nacional Afgano (ENA) justo cuando se retiraron las tropas de Estados Unidos. Los marines de la base militar de Nolay, donde nos estábamos hospedando, estaban agrupados en un búnker cuando llegamos. Protegidos por una muralla, para prevenirse de los ataques. Muy casual, el sargento Amaker mencionó que hace unos días, una bala había rozado su cara. Amaker y el resto de los soldados habían llegado a Nolay apenas hacía un mes, pero la mayoría de ellos ya tenían por lo menos una historia que contar a la hora de la comida.

Los marines salieron de sus vehículos. Estrecharon sus manos para saludarnos antes de subir a la base en la colina que tenía vista de Sangin y sus 14 mil habitantes. Hace unos años, Nolay estaba abarrotada con miles de tropas. Ahora está en manos del ENA. Para cuando yo llegué ahí, ellos sólo tenían a un pequeño grupo operando en el recinto. En el recinto, los soldados de EU está separados de la ENA por una muralla que rodea el lugar.

“Una muralla de barro que sorprendentemente fuerte”, dijo el capitán Naughton. “Vi una muralla detener el impacto de una bazuca”. El problema era que la muralla no había sido reparada desde que el recinto fue confiscado de un capo de la droga hace cinco años. La muralla había comenzando a colapsar y tenía que ser reforzada con bloques de concreto ya que ninguno de los ocupantes tenía conocimiento para construir una pared como los habitantes de esa región.

Publicidad

Dejamos nuestras mochilas en las casa de campaña antes de ver a Naughton y otros marines para ser capacitados por la ENA. Cuando íbamos de salida, pasamos un pequeño árbol de Navidad de plástico. En lugar de esferas, el árbol tenía latas de tabaco color rojo y verde vacías. Naughton abrió las puertas que dividían ambas secciones. La seguridad parecía mínima, pero la intención era a propósito: “No queremos que los afganos piensen que no confiamos en ellos”, explico.

Después, mientras pasábamos un campo de futbol, pregunté si había partidos de entre afganos y marines. “Es muy probable que nosotros ganemos, por eso no jugamos”. Si él estaba preocupado por su seguridad, Naughton nunca lo mostró. Él caminaba por la zona como si fuera el alcalde de Nolay, contando chistes y saludando a todos. Nos detuvimos por un momento bajo el sol para hablar con un soldado afgano. Todos reían mientas Naughton y el soldado bromeaban de quien se parecía más a Alejandro Magno. Las risas se detuvieron con el sonido de balazos. Las balas pasaron justo arriba de nuestras cabezas, y no era un sonido sutil, era fuerte.

Nos escondimos en un búnker de concreto amueblado con bolsas de tierra con vidrio anti-balas. “¡Estuvo cerca!” gritó Naughton. El zumbido seguía en mis oídos. Nos agachamos dentro del espacio con el techo bajo. Abdul, el hombre de guardia sosteniendo su M-16, nos sonrió. Todos se intercambiaron Salaam Alaikums y se dieron las manos sudorosas.

Publicidad

Esa noche en Nolay todos estábamos alerta. Bajo el cielo con estrellas, se podía escuchar incesantemente una batalla a lo lejos. Sonaban como fuegos artificiales estallando en el cielo. El aire olía a pólvora. Una semana antes, uno de mis compañeros me dijo que una bala perdida cayó en la cabeza de un intérprete mientras dormían en la casa de campaña. “Pienso en eso cada noche antes de dormir”, añadió. “¿Volveré a despertar? Duerme de lado”, le dijo a otro hombre, bromeando. “Así no te pega la bala”. Esa noche no pude dormir, escuchaba los disparos. A veces, el sonido de los disparos entraba a mis sueños, sonaba algo como el galope de un caballo o un disco rayado.

Ese día aprendí por qué el Talibán prefería pelear de noche. Podían cambiar de posición sin problema, mientras los afganos se quedaban en sus puestos fijos de guardia o bloqueos de carretera. Los soldados de la ENA sólo tenían linternas para alumbrar la oscuridad. “Lo que estos hombres necesitan son lentes con visión nocturna”, lamentó Naughton. “Los talibanes estudian las posiciones de los afganos durante el día y se esperan a que las luces se apaguen para ajustar su disparo. Toma unos cinco segundos”.

En mi último día en Nolay, nos amontonamos en vehículos militares preparados para resistir minas, y nos detuvimos en otro puesto militar, cerca de Heran Hill. Nos encontramos con el capitán Dewson, un hombre con una gran sonrisa. Había escuchado que se referían a él como el Justin Beiber o Keith Richards de Nolay, porque los soldados ENA lo querían mucho.

Publicidad

Cuando bajamos de los vehículos, no sólo fue Dewson quien recibió un trato exclusivo. Los afganos nos rodearon, estrecharon las manos y nos dieron unas palmadas en la espalda. Nos dieron pastelitos con té y ofrecieron matar una cabra para la cena. Massiallah, un artillero en entrenamiento, y sus amigos propusieron jugar luchas y bailar. Los marines sacudieron la cabeza y sonrieron. Los afganos se conformaron con tomarse fotos con nosotros.

"Respeto demasiado a estos hombres", dice Dewson. "Estos son los hombres más fuertes de Afganistán y puedes ver que están muy orgullosos de sí mismos. Mira sus uniformes. Viven en condiciones de miseria, pero sus uniformes siempre están limpios".

Esa noche un helicóptero militar vino por nosotros. En la oscuridad, podía ver la figura del helicóptero a lo lejos. Empecé a despedirme. El comandante de los marines en Nolay, Coronel Douglas, estuvo ahí para despedirse de nosotros. Le di las gracias y le deseé lo mejor. "¡Cuídese, señor!" le grité al oído. Me dio una sonrisa y dijo: "No se trata de mantenerse a salvo aquí, se trata de la misión".

Con eso, despegamos de Nolay, y regresamos a nuestro campamento a 20 minutos de ahí. Nuestros anfitriones lo llamaban "El lugar más seguro en el mundo". Me asomé por la parte trasera del helicóptero para apreciar la noche de Sangin. Lo único que me detenía de caerme eran las correas atadas a mis hombros. Podía ver cómo se alejaba el horizonte y debajo vi las luces de los insurgentes y lo soldados de la ENA participando en una más de sus rutinas.

Pensé en cómo Massiallah recibió a Dewson esa mañana en Heran.

"¿Cómo dormiste anoche?" preguntó. "¿Te mantuvieron despierto nuestros disparos?"

"Nunca he dormido mejor que cuando escucho los disparos", respondió Dewson. "Sé que me estás protegiendo".