Cultura

Sexo, perico y farra: un retrato de ser joven y mujer en Nueva York

"White Girl" es la primera película de ficción de Elizabeth Wood, calificada como la "Kids" de esta época. Por estos días se anda presentando en el marco del Festival de Cine Independiente de Bogotá.
19.7.16

En el centro de una discoteca, una luz azul ilumina a una rubia platinada. Lleva unos shorts amarillos, que apenas le cubren las nalgas, y una blusa azul que amenaza con caerse en cualquier momento. A veces baila con varios tipos a la vez, a veces con su amiga, una pelirroja con cara de muñeca y axilas peludas: pero casi siempre baila sola. Baila y huele cocaína. Va al baño. Se mete otro pase. Vende pequeñas bolsitas de perico. Sigue bailando, sigue metiendo. Farrea con la euforia de quien no solo está haciendo plata sino que tiene, a su vez, los bolsillos y la nariz llenos.

Ella se llama Leah y es la protagonista de White Girl (2016), el primer largometraje de ficción de Elizabeth Wood, que por estos días anda rodando en varios cines de Bogotá en el marco del Festival de Cine Independiente de Bogotá, IndieBo. Leah tiene 19, vive en Ridgewood ––un nuevo barrio del Queens neoyorquino producto de la gentrificación de la ciudad––y está a punto de empezar su segundo año en la universidad.

Buscando marihuana conoce a Blue, un puertorriqueño que vende drogas en el barrio que ella vive y que, a pesar de tenerla todo el tiempo en el bolsillo, no consume cocaína. Terminan saliendo y a Blue lo terminan metiendo a la cárcel, justo después de haber comprado una bolsada de cocaína que planeaba vender entre los niños ricos con los que salía Leah. Ella se queda sola, con el paquete en las manos, y la convicción de sacar a Blue de la cárcel.

Y aunque ser joven no siempre significa terminar con una bolsada de cocaína y un novio en la cárcel, la película logra hacer un retrato ––reflexiones muy afinadas de por medio–– de lo que significa vivir en Nueva York, ser joven y, sobre todo, de lo que significa ser mujer joven. Leah no es mojigata, se apropia de su sexualidad y la muestra como se le da la gana. Consume drogas, porque puede y porque le gusta. A veces pierde un poco el control, y baila, y sale de fiesta y de vez en cuando se da besos con algún desconocido en una discoteca, porque son pocas las razones que tendría para no hacerlo. La violan, porque nació mujer y algunos creen que eso hace de su cuerpo algo que se puede reclamar.

La franqueza de la historia de la directora estadounidense le ha valido comparaciones con Kids(1995), Dope (2004) y Party Monster(2003). La misma franqueza, como es de esperarse, ha sido blanco de críticas que revelan más de quienes hablan que de la película misma. "El puñado de reacciones muy negativas que he recibido son de hombres blancos mayores, que parecen no poder superar la sexualidad del personaje y ver que es una película sobre raza y género. Pienso que algunos hombres no soportan ver la realidad de cómo las mujeres piensan sobre sexo que, de hecho, no es diferente a la forma en que los hombres lo hacen", me dijo Elizabeth Wood cuando me reuní con ella en un hotel al norte de Bogotá.

Elizabeth Wood, la directora, es una pelirroja de Oklahoma que antes de cumplir 20 años se mudó a Nueva York para estudiar Arte. En el barrio en el que vivía terminó conociendo a unos chicos que vendían drogas, se volvió su amiga y uno de ellos terminó en la cárcel. Mientras trataba de sacarlo de la cárcel, hizo un pequeño corto documental sobre la experiencia. Por la misma época empezó a escribir los primeros borradores de White Girl, por ahí en 2009, antes de atravesar los típicos problemas de financiación —que eran aún más, dice, por el hecho de ser la primera película de una mujer cuya protagonista era también una mujer— y lograr finalmente su estreno siete años después.

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"La realidad es mucho más loca que la ficción. Si hubiera incluido todo lo que realmente pasó no lo hubieras creído. O sea, mi roommate tuvo un hijo con uno de los chicos". Y aunque Elizabeth se reserva cualquier comentario sobre qué tanto se parece su historia a la de Leah, entre las líneas de nuestra conversación se alcanza a intuir una vida casi tan desenfrenada como la de su personaje. Las escenas explosivas de White Girl son la evidencia de su impetuosidad transformada, convertida en escenas cuidadas y contenidas en su desenfreno. Con el mismo cuidado en la iluminación, muestra a Leah tirando con Blue en un carro en movimiento o lidiando con el hecho de saberse ahora una víctima de violación por parte de quien se ofreció a ayudarla.

Ese cuidado con el que ilumina y encuadra, es el mismo con el que Elizabeth hace comentarios en el silencio de sus personajes. La meticulosidad alcanza su punto máximo en la escena de la violación y en las escenas que le siguen. Leah está en su apartamento acompañada por un tipo que, dice, la va a ayudar. Ella está en el sofá, borracha, más inconsciente que despierta. El tipo se acerca y tiene relaciones sexuales con ella. Ella no lo aprueba, no "se lo busca". Tiene un vestido muy corto, y eso no quiere decir nada. En las escenas siguientes Leah guarda silencio. Nadie dice nada. No hay un sólo diálogo que haga referencia al hecho. Solo está ella, en su cama. Luego en la ducha, con su amiga abrazándola. En el silencio está el dolor y la denuncia. No hace falta decir nada más.

Pero gran parte de la habilidad con la que White Girl es capaz de señalar lo importante en medio de lo ligero es gracias a Morgan Saylor, la actriz de 21 años que interpreta a Leah. Morgan se llevó el papel cuando llegó a una audición cubierta por un abrigo, se lo quitó, quedó en brasier y shorts, se acostó en el piso y empezó a interpretar una de las escenas de Leah. Eso bastó para que Elizabeth quedara cautivada.

"Cuando estaba haciendo el casting tenía miedo de que el tipo de actriz que quisiera este papel fuera una cocainómana fuera de control. Entonces cuando encontré a Morgan me emocioné mucho, ella es muy profesional e inteligente. Unos meses después de terminar el rodaje vi a Morgan con su pelo normal de nuevo y ocupada estudiando Matemáticas en la universidad. Y ahí fue como 'Wow, es una actriz putamente buena'. No es nada como Leah. Tuvo una transformación increíble".

Como parte del entrenamiento para convertir a Morgan en Leah, Elizabeth dedicó un tiempo a salir de fiesta con ella —que poco sale de fiesta— y con otros miembros del reparto. Además, le mandó una playlist con las canciones que escucharía Leah de farra, trabada o sola. Mientras Morgan jugaba con una cámara que la seguía por el lobby del hotel en el que Elizabeth y yo estábamos hablando, me mostró en su celular las cuatro canciones que había seleccionado, y que escuchaba casi a diario, del montón que Elizabeth le había mandado: Toxic de Britney Spears, Marijuana de Cibo Matto, Pussy de Lady y Spread de Outkast —que yo no he podido parar de escuchar desde ese momento—.

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Las canciones, como la película, hablan de una sexualidad asumida y libre, que se reconoce sin tapujos ni miedos, una actitud que poco se le concede a las mujeres en el cine y que, por lo mismo, desencadena reacciones como la de la reseña de la revista Variety, en la que su autor afirma que Leah "transforma" a un hombre en violador.

Toda la idea de que las mujeres son las culpables de la violencia por vestirse de cierta manera, por bailar demasiado o por drogarse, sale cuando la sociedad no entiende que una mujer joven puede usar y llevar su cuerpo como se le dé la gana. Esa crítica, sin embargo, está hecha en silencio. No sale a dar lecciones: sólo muestra la escena, casi con ojo clínico, y luego deja ver a una joven que guarda silencio después de una violación.

Tampoco se le escapan las muchas tensiones de clase y raza que navegan debajo del agite hedonista de la farra y las drogas, y que perfilaban su entorno cuando era una estudiante en Nueva York. "La primera película que hice fue un documental en la que comparaba a gente con la que tenía clase, que eran chicos blancos y ricos que presumían de todas las drogas que habían metido, con mis amigos puertorriqueños de Queens que eran dealers, pero no consumían".

Por su raza y condición socioeconómica, la ley le pegaba a unos más duro que a otros, y Elizabeth sutilmente decidió hablar de eso también enWhite Girl. Me contó que a principios de los 2000 existía una política contra las drogas en Nueva York, la ley Rockefeller, que estipulaba que cualquiera que fuera arrestado con una cantidad relativamente pequeña de drogas sería sentenciado a mínimo de 15 años, con la posibilidad de convertirse en cadena perpetua. "Fue una ley devastadora que llenó las cárceles de gente por delitos menores de drogas.Esta ley ya no está vigente, pero muchos de ellos todavía están pagando condena, y la mayoría son negros y latinos. Es una mierda de sistema". Blue, el protagonista de White Girl, termina sentenciado a 15 años de cárcel por una pequeña cantidad de cocaína que tenía en el bolsillo.

Cuando le pregunté a Elizabeth, para ella, de qué se trataba la película, me contestó que no estaba segura. "Cuando estaba escribiendo la película me hacía esa pregunta todos los días, cuando empecé a dirigir también lo hacía, y cuando empecé a editar cambiaba de idea. Mi respuesta evoluciona porque es una película sobre muchas cosas complejas y las relaciones entre ellas".

Para las mujeres adultas que se le acercan llorando después de ver la película, se trata del abuso ––los abusos–– que padecen las mujeres, y que muchas veces quedan en silencio. Para otras mujeres se trata de un retrato fiel de la sexualidad femenina que, me contó Elizabeth, disfrutan y agradecen. Para los adolescentes puede ser la declaración de amor a la farra y la música. Para los periqueros puede ser la cocaína —o la "white girl"—. "Cuando la gente me pregunta de qué se trata la película, respondo que eso es algo que quiero que cada quien responda por sí mismo. Para mí es una película sobre preguntas, no respuestas".

Nota: El artículo fue modificado el 21 de julio a petición de la directora, quien quiso ampliar algunas de sus declaraciones.

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White Girl solo se presentará el próximo 20 y 23 de julio en Avenida Chile, y Tania quiere repetírsela. ¿Quiere saber por qué? Pregúntele acá.