Mi vida como cleptómano
Cultură

Mi vida como cleptómano

Hay algo profundamente gratificante en la sensación de transgresión. Son cosquillas que bajan por mis vías neuronales, que a su vez están desgastadas por la constante depresión y ansiedad.
11.5.16

Estoy en el Vaticano viendo otro de los mil cuadros de la crucifixión. Mientras tanto, me meto una pluma dorada de 600 pesos dentro de la manga y la dejo caer en el fondo de mi chaqueta. Desaparece en uno de mis bolsillos ya llenos y se suma a un gran total de 2.500 pesos en baratijas católicas. Todas son símbolos con los que la gente indica: "Miren, estuve en la Basílica de San Pedro" y "me flagelo cuando pienso en Elizabeth Warren en un contexto erótico". Para mí, en cambio, no significan nada. Son sólo pendejadas que enriquecen mi colección de artículos robados en aeropuertos, tiendas departamentales, librerías y almacenes de todo el mundo: cosas fáciles de ocultar e inservibles que no puedo evitar agarrar.

Determinaron que era cleptómano poco después de que me diagnosticaran otras condiciones que se convirtieron en mi identidad: depresión crónica, trastorno de ansiedad generalizada, bipolaridad, trastorno límite de la personalidad, dolor crónico, entre otros. Y de todas las consecuencias de tener un cerebro defectuoso, creo que mi compulsión por robar es la menos problemática. He robado desde que era niño. Antes lo hacía con algo de culpa, pero dejó de ser así cuando llegué a la adolescencia.

Oliver Twist dejó una marca indeleble en mí cuando tenía 8 años (¡LOS LIBROS ARRUINAN VIDAS!)

Muchos cleptómanos dicen que se vuelven adictos a la "adrenalina" del robo. Comúnmente la enfermedad se relaciona con depresión severa. Para algunos, robar es una forma de romper con la apatía. Pero como pasa con cualquier enfermedad mental, las razones que conducen a un comportamiento y las sensaciones que produce éste son diferentes. En mi caso, la cleptomanía es parte de mi lado maniático. Se siente como dominar un arte oculta y sirve para significarme que estoy vivo.

Oliver Twist dejó una marca indeleble en mí cuando tenía 8 años (¡LOS LIBROS ARRUINAN VIDAS!). Todo el tiempo quería emular al ingenioso Dodger y al astuto Fagan. Por otro lado, la obra maestra de Robert Bresson, Pickpocket, inicia con una detallada descripción de la fluidez y habilidad de un ladrón patético. Muestra la naturaleza ilusoria del acto y la extraña sensación de realización que se produce al desaparecer algo justo enfrente de alguien desprevenido.

Publicidad

Sé que creen que estoy buscando maneras de intelectualizar un crimen insignificante, pero no importa. Hay algo profundamente gratificante en la sensación de transgresión. Son cosquillas que bajan por mis vías neuronales, que a su vez están desgastadas por la constante depresión y ansiedad. El placer se manifiesta con escalofrío físico: un cosquilleo profundo difícil de explicar o simular.

Todavía me sorprende que la gente reaccione de una manera tan negativa a mis robos. Cuando alguien se entera, la respuesta que recibo casi siempre es algo del estilo de: "Vas a arruinar tu vida, ¿qué pasa si te atrapan?". Pero nunca me han atrapado, y parte del terror/encanto de las enfermedades mentales es la estrecha relación que se desarrolla con el riesgo. Además, escojo muy bien mis objetivos. Incluso antes de tomar medicinas para el autocontrol tenía reglas: nunca robar pequeños negocios, a amigos o ciudadanos particulares; no tomar nada de valor sentimental o algo irremplazable. Pero, eso sí, pónganme en un aeropuerto o en las oficinas de una institución y me vuelvo un poco loco.

Una vez me robé los cojines de un casino. Lo hice por rencor y porque estaba aburrido. Los lancé por la verja que rodeaba la piscina del lugar y los metí en mi camioneta. A mi mamá le encantan los cojines. Yo odio los casinos. Todo cuadraba.

En una época también robaba pequeñas macetas de bares y restaurantes. Tengo una linda colección de plantas de los mejores restaurantes de mi ciudad. Y, gracias a mis otras enfermedades mentales, no sufro mucho de culpa. Cuando uno vive en un estado constante de ansiedad es complicado tomarse un momento para reflexionar: "Tal vez no debí robarme todas esas fundas de celular… Espero que no cierren el local por mi culpa". Mi cerebro no tiene ese tipo de claridad. Todavía estoy lidiando con la culpa que me generó reventar el globo de "Felices 80 años" de mi abuela. Esto fue hace 20 años y es, según todos los testimonios, un recuerdo falso. Pero eso es a lo que me enfrento…

Durante cuatro años básicamente dejé de robar porque estaba tomando medicamentos más fuertes. Pero en septiembre pasado dejé un veneno para pasar a otro. Así, con una rápida disminución de peso y una excitación sexual incontrolable, empecé a robar otra vez.

Desde entonces he robado alrededor de 8.000 pesos en accesorios de oficina (casi todo en libretas Moleskine porque creo que exageran con los precios). Mantengo un registro en mi teléfono de lo que robo; escribo dónde fue y cuánto costaba el artículo. En mi más reciente viaje de seis semanas a Europa robé 1.600 pesos en agua y sándwiches de varios aeropuertos, 4.500 en artículos de tiendas de regalos de museos, 700 en aguas embotelladas, y 2.500 en ídolos del Nuevo Testamento y artículos de tiendas del Vaticano.

En ese momento le estaba robando a la Iglesia Católica. En mi cabeza, sin embargo, estaba cobrándoles por todos los crímenes sexuales que han ocultado por tanto tiempo. Mejor llenar mis bolsillos que los de algún cardenal.

Además, ¿el perdón no es acaso su lema?