ESPAÑA

Pasé una semana poniéndome Gotas de España, el perfume patriota

Tenía la esperanza de que Gotas de España aunase en su aroma todas las gotas maravillosas que podía rezumar este país si lo exprimías, pero no.
Sabina Urraca Gotas de España perfume patriota
La autora con su frasco de Gotas de España

De primeras intenté que me gustara. Que me gustara como gusta un licor de esos de mala muerte que te encuentras en el mueble bar de tu tía abuela fallecida y que tiene el tapón pegado de todo el sirope alcohólico de años que ha ido rezumando por ahí: te gusta porque es una cerdada, porque es asqueroso, porque te hace gracia. Te hace gracia porque es rancio y asqueroso. En la página web ponía: "Gotas de España nace como un proyecto 100% español, concebido y elaborado a partir de materias primas naturales de primerísima calidad, con la profesionalidad y el saber hacer de perfumistas españoles. Porque apoyamos nuestra industria y la creatividad de nuestra gente, llevamos con orgullo la etiqueta de 'Hecho en España'".

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Suena espantoso, lo sé: es un texto que hiede a señora de VOX clavándole las agujas de ganchillo a un inmigrante que se le ha colado en el supermercado porque "a ver si van a tener ellos las cosas más fáciles que nosotros" y porque aquí la que se ha colado siempre es ella de toda la vida de Dios. Pero a veces el horror, de tan horrible, hace que no nos quede otra opción que descojonarnos. Los de VICE me habían dicho: "Te la enviamos a tu casa, te la pones y ya nos vas contando". Y eso era lo que pensaba hacer: descojonarme por no llorar ante el merchandising de un país podrido, al borde de la extremaunción por extrema derecha. Ponérmelo cada mañana y decirle a la gente: "Huele, mira. Llevo una movida que se llama Gotas de España. Es un perfume facha". Risas.

Y al principio disfruté lúdicamente del asunto. El cartero me entregó el paquete ("Da lo mismo si vives en un pequeño pueblo de la Península, en una de nuestras maravillosas islas o en una gran capital. Los envíos de Gotas de España son gratuitos en todo el territorio nacional. Como debe ser", prometían en su página), lo abrí y reí. Era tan gracioso, tenía tanto salero kitsch ese frasquito transparente que rezaba, en sencillas letras negras: GOTAS DE ESPAÑA.


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Así, sin olerlo, tuve la esperanza de que esa promesa —Gotas de España— fuese real y aunase en su aroma todas las gotas maravillosas que podía rezumar este país si lo exprimías: sudor de fallera engalanada de pies a cabeza, asfixiada bajo los 30 grados a la sombra, gotas de esa solución salina que hace hervir los labios y que sólo se logra a fuerza de comer pipas por aburrimiento en un pueblo pequeño de Almería, sangre de niños que se han pegado un zurriagazo con el trineo deslizándose por las nieves del Padre Teide, el ácido biliar tras emborracharse con limonada de Veguellina de Órbigo, gotas de líquido preseminal de los quintos 2011 de Torrecilla del Jarama, las lágrimas de Isabel Pantoja al saber muerto al hombre de su vida, las lágrimas de Isabel Pantoja al saber corrupto y facineroso al segundo hombre de su vida, la saliva que cae sobre la almohada la primera vez que echas una siesta en España, en casa de tus padres, tras seis meses de obligado exilio laboral fregando platos en Londres… Esas cosas que hacen que los españoles amemos nuestro país un poco, que lo abracemos como se quiere al primo tonto y pesado, pero gracioso.

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Como siento que debo tomarme la cosa en serio, que esto es un trabajo pagado, me aproximo al producto lentamente. El bote es transparente, sin colorear (España, en general, no lo es; quizás esto sea un intento de ofrecer ese aspecto de campechanía y transparencia del que tan huérfana está nuestra patria), el líquido perfumado es también incoloro. Ahora viene El Momento: probar la fragancia, sentir si esas Gotas de España con las Gotas de mi España, la que a mí me gusta. Aprieto el dispensador, sale una nube vaporizada, restriego las muñecas, aplico tras las orejas. Y huelo. ¿Es ese el olor de España? ¿Es así como un conjunto de maestros perfumistas pagados por quién sabe qué corporación relacionada con quién sabe qué partido de la derecha (tenemos un amplio —cada vez más amplio— abanico de posibilidades) han decidido que quiere oler la mujer que ama España?

Gotas de España perfume patriota

A lo largo del día, lo único que soy capaz de sentir es, cada media hora, la sorpresa de sentirme invadida en mi propia casa. Un par de veces casi pego un respingo. La sensación es la de tener a alguien detrás. Alguien que no soy yo; quizás una señora española de mediana edad que grita "¡Guapo!" cada vez que Albert Rivera sale por la tele, y que después, sola en su salón, se roza distraídamente los pechos. ¿Sabéis esa sensación esponjosa en el corazón cuando oléis —no veis, OLÉIS— la fragancia del ser querido detrás de vosotros, o cuando el ser querido y vosotros habéis roto —diosnoloquiera— y una vaharada de perfume de alguien desconocido que usa su mismo perfume os clava una aguja en el corazón? Pues lo mismo me sucede con Gotas de España, con la diferencia de que el olor me produce miedo, porque me da la sensación de que alguien desconocido, una señora que nada tiene que ver conmigo, se ha colado en mi casa y está respirándome en el cogote mientras yo escribo esto.

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Se me hiela la sangre al ver que unas cuantas líneas más arriba se me ha colado un "Dios no lo quiera". ¿"Dios no lo quiera"? ¿Cuándo he usado yo esa expresión? Miro por encima de mi hombro, como la niña de la película de terror que se asoma al pasillo deseando que no haya nadie allí. Y allí no hay nadie. Soy yo la que despido esa fragancia: densa, dulce, ineludible. Ya sabéis de lo que hablo. Habéis olido perfumes así muchas veces. Los lleva esa prima de vuestra madre que conocéis en la boda de una prima que huele más o menos igual, pero más suave, y que dentro de unos años, en el bautizo de su hijo, también se habrá afiliado a ese olor. Gotas de España no es fresca, no es chispeante, no es sutil. Es un perfume que pesa como una losa espolvoreada con azúcar glas.

Al principio crees que puedes sostenerla. Al final del día te palpitan las sienes, tienes ganas de vomitar, quieres ducharte y quitar de tu cuello y tus muñecas el aroma de esa chica que va a los toros con su novio, que es "creyente, pero no practicante", que aspira a reproducir exactamente la misma boda de su amiga Cristina, "pero con un vestido un poco más sencillo y el pelo recogido en vez de suelto", esa chica con la que probablemente choques por la calle. Ella estará borracha a pleno día, irá acompañada de sus amigas y todas llevarán una diadema de polla en la cabeza y quizás alas y un tutú, y se sentirán extrañas de volver a salir de fiesta juntas porque hará casi dos años —exactamente dos años, en realidad, porque fue entonces cuando las dos que quedaban solteras se echaron novio y despreciaron esa unión grupal adolescente— que no se ven. Así, más o menos, huele Gotas de España.

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Aun así, no puedo evitar que me siga haciendo gracia rociarme cada mañana con Gotas de España. Y —todos tenemos nuestras perversiones— reconozco que me derrito de gusto al ver que la botellita lleva atado un lazo de cintilla rojigualda ("Al cuello de nuestro precioso frasco encontrarás una cinta con los colores de la bandera de España y un corazón bañado en plata con la palabra 'Orgullo'. Mucha gente ha decidido ponérselo en la muñeca. Y nosotros estamos muy orgullosos de que así sea", decía en su web). Siento un placer malsano mientras lo desato de la botellita y me lo anudo a la muñeca. Es la misma risa interna del que se emborracha y besa, por hacer la coña, a la cabeza de ciervo disecada de la cochera de su tío Anselmo (a la que previamente le ha puesto un sombrero de paja de publicidad de Pacharán La Navarra).

Estoy sola en casa, en pijama, pero siento ese terror que sentimos los españoles (excluyendo a esa parte de la población que siente orgullo y luce la bandera en pulseritas, polos y balcones) cuando alguien nos relaciona con nuestra bandera. Miro el rojo y el amarillo en mi muñeca, ese corazón que clama "orgullo" y, casi al mismo tiempo que lo veo, una convulsión involuntaria dictada por mi subconsciente me lleva a esconderlo bajo la manga del pijama. Más tarde, en la calle, veré que mi relación con la pulsera es esa.

¿Sabéis esta cosa que pasa cuando te lías con un amigo de toda la vida, que te hace cierta gracia hacerlo, pero al mismo tiempo te da la risa, y así no hay manera? Ese es mi rollo con la pulsera: voy a hacer la compra y contemplo con sorna esa salida de tono anudada a mi mano y me río internamente, pero cuando pago en la caja del Mercadona y la cajera ve mi pulsera, siento una oleada de bochorno, me pongo como la grana, me tiembla un poco el pulso, y siento el impulso de girarme y clamar a voz en grito para toda la gente de la cola: "A ver, la llevo de forma irónica. Es una coña, ¿vale? Es para una cosa que estoy escribiendo. No votéis a VOX, ¿vale? No".

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Pero, incluso con mi vergüenza a cuestas, aguanto cuatro días con la pulsera puesta, a modo de disfraz. Y reflexiono sobre el significado de la pulsera, intento comprender a los guardia civiles del bar fascista de mi barrio, con los bordes de sus polos ribeteados de españolismo. Como si la pulsera fuese el saco de invisibilidad de Harry Potter, por primera vez me tomo un café en esa barra plagada de hombres con violencia en la mirada. Me miran mal igual, pero yo siento que la pulsera me protege y que les descoloca ("¿Qué cojones hace esa tipa que claramente no pertenece a nuestro mundo con nuestra bandera en la muñeca?"). Siento que, ideologías aparte —muy aparte— puedo comprender la parafernalia nacionalista porque me gusta el disfraz, todo lo que es prefabricado, teatral.

Pero entonces, a eso del mediodía, veo a un vecino del edificio de enfrente, salir a su balcón que ostenta una bandera de España tamaño XXL, apoyarse en la barandilla, y escupir un gargajo denso hacia la calle. Mirando al frente, sin echar un vistazo abajo, este señor, que se ha ocupado de cambiar su bandera por otra cada vez que estaba mínimamente deslucida (por lo que supongo que ama su país apasionadamente, con auténtico furor), ha lanzado un escupitajo, se ha dado media vuelta y ha entrado en su casa, cerrando la persiana casi hasta abajo. Siento una llamarada de odio subirme del pecho a la cabeza. ¿Si tanto amas España y a los españoles, por qué escupes sin mirar a ver si uno de ellos pasa por tu balcón? ¿Si tanto temes que tu patria "se ensucie de inmigrantes", por qué te importa una mierda llenar la calle con tus gérmenes salivares?

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La escena entraña tanta contradicción que siento un desfallecimiento con respecto al país en general. En realidad, es lo que suelo sentir casi todo el tiempo, una desesperanza de la que sólo se salvan círculos reducidos de gente, pero ahora viene con más fuerza. Encuentro, además, en la página web de Gotas de España, un último texto que no había leído. Dice así:

"Una imaginativa combinación de flores como la fresia rosa y la flor de cactus, que rinde homenaje a la mujer española, a su vivacidad y a su encanto intemporal. Diseñada para permanecer en la piel durante horas, la fragancia de Gotas de España se combina en cada mujer de un modo único y siempre cautivador. Cada gota encierra la alegría y el orgullo de vivir en España".

Muy bien. Así que Gotas de España se combina en cada mujer de modo único y siempre cautivador. Llevada por la furia, pienso que, al afirmar esto, estarán teniendo en cuenta TODO TIPO DE COMBINACIONES. Por ejemplo: ¿Qué fragancia resultaría del rociar Gotas de España en el cuello y las muñecas de una chica de 16 años embarazada que se ve obligada a tener un hijo que no desea en absoluto porque la ley de aborto de su país así lo plantea? ¿Olerá rico Gotas de España aplicado tras las orejas de una mujer enferma de cáncer que no puede recibir su tratamiento a tiempo porque el Gobierno ha decidido desviar millones de euros públicos a la Iglesia y las farmacéuticas, al mismo tiempo que se reduce el impuesto público destinado a la Sanidad? ¿Qué tal combinará Gotas de España con el sudor frío de una señora a punto de ser asesinada por su marido porque el Gobierno ha abolido la ley de violencia de género?

La mañana del último día que me echo Gotas de España, cuando camino hacia el metro, veo a un chaval que va soltando papelitos a su paso. Me fijo un poco y veo que los papeles son de unas pegatinas que va despegando para pegarlas por el mobiliario urbano. Me acerco y miro las pegatinas. Sobre un mapa de España, unas letras dicen "DEFEND EUROPE". Abajo a la derecha, el símbolo de las juventudes falangistas. A los pies del chaval, regados por todas partes, volando, ensuciando la acera, los papelitos blancos desechados. Es el mismo principio que el del vecino: ¿Dónde está ese país que con tanto ardor defienden? ¿No es el mismo que están ensuciando? Intento transmitírselo como puedo, sin caer en el cabreo extremo. Me mira sin comprender. Es él el que se enfurece y me grita mientras se aleja: "¡Defiendo nuestra Europa, no vuestra Europa!

Después de eso, ya no vuelvo a echarme Gotas de España porque no le veo sentido ni siquiera como broma. Entro en la página de Facebook de la marca, llena de gente gritando alabanzas de España y su unidad (a pesar de que la marca declara estar al margen de opiniones políticas, pero la cosa está clara) y me desmoralizo. Creo que a partir de ese día sólo puedo imaginar una utilidad para Gotas de España: la única manera de aprovechar el perfume sería como hacen esos alcohólicos que, no teniendo ya acceso a alcohol para consumo humano, se echan al gaznate botes de colonia y se borran de la vida un ratito.

Sigue a Sabina en @urracasabina. Puedes comprar Gotas de España en su página web.

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